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Chapter 6: Conclusion, Limitation and Implication

6.7 Implication for Further Research:

Desde luego, se debe reconocer que los episodios de Los Simpson a menudo formulan una parodia vigorosa de la televisión, la familia y toda una serie de instituciones y convenciones culturales. Por lo tanto, una deconstrucción del texto que se tome demasiado en serio se arriesga a obliterar el humor y el mordaz comentario social que, ante una audiencia demográficamente plural, han sustentado la serie a lo largo de once temporadas. Con todo, Los Simpson exige un análisis que la sitúe en el mismo género de comedia de situación televisiva que a menudo y de manera tan evidente parodia. El mapa demográfico de Springfield, como hemos visto, da cuenta del mapa demográfico de la televisión en general. Springfield (al igual que el lugar dónde se sitúa la mayor parte de la producción televisiva), es un mundo de hombres, incluso si esos hombres (o chicos) son mayormente idiotas o al menos torpes. Los personajes masculinos de Los simpson, como ocurre en la mayor parte de las comedias televisivas más comerciales del último medio siglo, (dis)funcionan en el ámbito público del trabajo, el comercio y

el entretenimiento. Y ese ámbito público en donde estos personajes masculinos ostentan su (dis)funcionalidad con demasiada frecuencia es el amargo mundo del cuestionamiento de la moral, una arena realmente posmoderna, desprovista de una estructura social que proporcione un sentido y un punto de referencia a esa moral. Y hay que conceder a Groening y los guionistas de la serie el crédito de examinar ese mundo de manera ingeniosa y esclarecedora y, de vez en cuando, ponerlo patas arriba. Por ello resulta irónico que Homer y Bart, al igual que tantos pobladores de la tierra televisiva que les han precedido, sean capaces de volver a su morada en Evergreen Terrace, hogar que a pesar de todas sus excentricidades sigue siendo un refugio en un mundo posmoderno. Ese hogar en Evergreen Terrace no es muy distinto del de los Nelson, los Cleaver y los Monster, un lugar donde el punto de referencia se mantiene en su sitio, y donde el statu quo (a fin de cuentas) no se desmorona; allí aguarda, siempre fiel, Marge Simpson, el «Ángel del hogar».

Podría objetarse a estas observaciones que no hemos captado la esencia de la serie, que Los Simpson pretende ser una parodia de «la familia estadounidense normal en toda su belleza y horror».[135] Pero no estamos de acuerdo: el ideal de la

familia no queda hecho picadillo, como corresponde a otros blancos de la serie. Tómese por caso el capitalismo: en gran medida, el señor Burns es el capitalismo personificado. Casi siempre se presenta como una caracterización exagerada del capitalista friedmanesco y desbocado que tiene el lucro por telos, cuya raison d’’être es la codicia. En el personaje del señor Burns tenemos una caricatura eficaz del capitalista implacable. Y como todo satirista eficaz, Groening consigue elaborar ciertas críticas incisivas de la visión monetarista del mundo al exagerar o ampliar esa visión como quien se vale de una lupa. Dicho de otro modo, el señor Burns nos muestra la conclusión lógica de la visión capitalista del mundo cuando otros compromisos de índole moral o social no la moldean. Sin embargo, el señor Burns no sólo es la personificación de la codicia capitalista, sino un personaje de pleno derecho, por cuanto vive momentos de angustia, o acaso desesperación existencial, como resultado directo de sus inquebrantables maquinaciones capitalistas. En una vena similar, bien podría argumentarse que el personaje de Marge (al igual que el del señor Burns) es la parodia de un ideal de mujer y madre culturalmente definido, una burla que se vale de la exageración para revelar la naturaleza en última instancia vacua de ese tipo de papeles. Desde luego se trata de un punto de vista plausible. No obstante, si interpretamos el personaje de Marge como una creación de naturaleza principalmente satírica, surgen algunos problemas. En primer lugar, la sátira exige, por definición, que tomemos alguna convención cultural en extremo familiar (el capitalismo, la religión, la maternidad) y exageremos sus rasgos más destacados hasta donde sea posible, exponiendo de ese

modo el absurdo latente en la convención cultural misma, que se vuelve explícito a través de la exageración satírica de la convención o idea que tiene por objeto. El personaje de Marge no exagera la maternidad, la calidad de consorte o la feminidad hasta el punto en que el personaje de Burns exagera y satiriza el capitalismo, o el del reverendo Lovejoy hace burla de la religiosidad posmoderna. Burns lleva el capitalismo hasta su conclusión lógica y permite verlo como un modo de vida estéril. Marge, en cambio, no lleva las convenciones que encarna hasta su conclusión lógica, no las exagera hasta el espanto y, desde luego, no las expone como vacuas o superficiales. En segundo lugar, la parodia (en el mejor de los casos) nos permite ver aspectos de un objeto determinado hasta el momento inadvertidos o apreciados. Nos sacude en nuestra autocomplacencia al mostrarnos hasta dónde podría llegar una convención o un ideal si no se ve limitado por otras convenciones o ideales. En el caso del señor Burns y el capitalismo, se nos recuerdan las consecuencias de toda empresa capitalista sin bridas (la destrucción medioambiental, la explotación de los trabajadores, el odio a uno mismo y la soledad). No es éste el caso de Marge, quien no sólo no parece un retrato terriblemente exagerado de la maternidad o la condición de cónyuge, sino que conserva siempre las virtudes que tanto hemos apreciado en sus predecesoras. Marge ofrece a la audiencia una preciada y afectuosa imagen de la mujer que manda como mujer y madre.

Hay que aplaudir a Groening y compañía por la originalidad con que amplían el punto de referencia moral mediante el personaje de Lisa, la «Idealista del hogar» (con el perdón de Virginia Woolf). Lisa, que no sólo es la voz de la razón, cobra una consistencia plenamente humana, se ríe con los dibujos animados de Rasca y Pica, se deleita al participar en la pelea de tocino que interrumpe el baile escolar y arriesgar su vida en el intento de rescatar los preciados pasajes de avión de la familia. Entre sus muchas ocupaciones, incluso ha conseguido modificar para bien el comportamiento de Bart, al menos en cierta medida. Un ejemplo temprano de esto se encuentra en «Bart en suspenso», episodio de la segunda temporada en el que, después de haber conseguido un día más para preparar un examen gracias a sus rezos, que le conceden el plazo en la forma de una imprevista tormenta de nieve, Bart se ve tentado a olvidarse de los estudios y salir a jugar en la nieve. Es Lisa quien le recuerda: «Anoche te oí rezar para que ocurriera esto. Y tus oraciones han sido escuchadas. No soy teóloga, no sé qué o quién es Dios exactamente, sólo sé que es más poderoso que papá y mamá juntos, y que tú ahora le debes cantidad». Bart estudia (y aprueba el examen). En la cuarta temporada, Lisa y Bart colaboran para poner al descubierto las espantosas condiciones del «Kampamento Krusty» y la crueldad contra los animales en «El día del apaleamiento», y ayudan a

Krusty a revitalizar su imagen en «Krusty es kancelado». La sexta temporada muestra a Lisa y a Bart enfrentados como rivales en un partido de hockey sobre hielo, azuzados por la mayor parte de la Springfield adulta, Homer incluido. Cuando el partido se acerca a un final de penalti, Bart y Lisa se quitan el traje y se abrazan. El partido acaba en empate («Lisa sobre hielo»). Alzarse por encima de la inanidad del ethos de ganar a toda costa ya es un gran logro, en especial para los chicos, pero la verdadera medida de la influencia de Lisa en Bart puede verse en «La guerra secreta de Lisa Simpson». Como única cadete femenina en la Escuela Militar Rommelwood, la confianza de Lisa en su propia capacidad de superar las exigentes pruebas a las que deben someterse todos los novatos va flaqueando a medida que se siente cada vez más aislada. Al comienzo, Bart sólo la ayuda a entrenarse en secreto, pero en un momento crucial, durante la temida prueba de la soga, se arriesga al ostracismo de parte de los otros críos por gritar palabras de apoyo a Lisa, que supera la prueba. Se ha conseguido una suerte de simetría: Bart, el gandul, ha crecido lo suficiente (para el final de la octava temporada) para poner el valor privado de la lealtad familiar incluso por encima de la solidaridad masculina en un entorno público. Bart ha suscrito algunas verdades morales que, en episodios anteriores, sólo Lisa comprendía (hay que cumplir con las promesas, proteger a los más vulnerables, incluso si se trata de serpientes, y apoyar a los amigos), y ello a tal punto que, de hecho, llega a actuar con nobleza por propia decisión, sin que Marge o Lisa lo conminen a ello (esta interpretación convenientemente desestima el hecho de que, al comienzo del episodio, Bart le aplicó la ley del silencio a Lisa). Desde luego, la verdadera prueba de fuego para la influencia del idealismo moral de Lisa no es Bart, sino Homer. El marco temporal es forzosamente más extenso en este caso; de hecho, el único reconocimiento explícito de Homer al valor de Lisa ocurre en un episodio que tiene lugar en el futuro, «La boda de Lisa». En él, Lisa, que tiene 23 años, ha conocido y se ha enamorado de Hugh Parkfield, un joven inglés de clase alta que comparte su interés por la ecología, la alta estima por el talento de Jim Carrey y el vegetarianismo sin humor. Cuando la joven regresa a Springfield para casarse, Homer no cabe en sí de la emoción:

HOMER: Mi pequeña Lisa, Lisa Simpson. Eres lo mejor de lo que jamás se

haya relacionado con mi apellido. Has sido más lista que yo desde… que aprendiste a cambiarte de pañales…

LISA: Oh, papá…

sido mi mejor logro pero eso lo has conseguido tú sola. Me ayudaste a comprender a mi mujer y me enseñaste a ser mejor persona. Y además eres mi hija. Y no creo que nadie pueda tener una hija mejor que tú.

LISA: ¡Qué bobadas dices!

HOMER: ¿Ves? Me sigues ayudando.

A pesar de su notorio esfuerzo, Hugh se siente un tanto decepcionado y alarmado ante los familiares de Lisa, y cuando extemporáneamente señala que será un alivio volver a Inglaterra y no tener que tratar con ellos, la novia cancela la boda. Se trata de un momento vital en el desarrollo del personaje de Lisa. A pesar de las pistas en sentido contrario que proporciona el episodio «Lisa, la Simpson», en el que Lisa descubre que la estupidez es un rasgo congénito que han de heredar todos los varones de la familia Simpson (lo cual parece sugerir que el talento e inteligencia de la chica podrían alejarla en un futuro de Springfield y de su familia), la reacción de Lisa ante las críticas a su familia demuestra que su amor por los suyos quizá vaya en detrimento, por así decirlo, de la promesa de su inteligencia. Un solo episodio, sin embargo, no basta para determinar el personaje de Lisa, y uno puede incluso esperar que su amor por la familia pueda coexistir con esa promesa de su inteligencia. Pero la elección de Lisa de permanecer en el atolladero familiar sugiere que la promesa aún está por cumplirse. En una entrevista en Loaded Magazine, el propio Groening se ha ocupado de este tema en relación con el personaje de Lisa: «En Los Simpson, los hombres no tienen ninguna conciencia de sí mismos y las mujeres están a punto de desarrollarla. Creo que, en algún momento, Lisa podría escapar de Springfield, de modo que para ella hay esperanza».[136] La promesa de Lisa aún está por cumplirse.

Marge es la guardiana del hogar y el refugio al que Homer y Bart regresan en cada episodio, y sabemos que es demasiado importante en este papel para le sea concedido algo más que una liberación momentánea. En cualquier caso, es demasiado buena para tener éxito en la cruda y corrupta esfera pública. Después de todo, no consiguió vender siquiera una casa durante su breve contratación en Red Blazer Realty, la inmobiliaria de Lionel Hutz, y ello no porque fuese mujer, sino porque no era capaz de mentir a sus clientes. Tampoco Lisa crecerá con los años ni abandonará el hogar paterno, porque es demasiado importante como ejemplo moral. Marge tranquiliza a sus chicos, los ama tal y como son; Lisa los quiere hacer mejores, y los guía en la dirección de esa posibilidad. Se trata de papeles maravillosos y dramáticamente significativos, que parecen atribuir en

exclusiva las mejores cualidades humanas a la mujer de la especie. Y, sin embargo, servir de inspiración a los tíos tontos allí donde estén (incluidas vuestras familias) significa no cuestionar la posición de esos tontos, que ocupan de lleno el centro del escenario de la vida.

PARTE IIIYO NO HE SIDO: LA ÉTICA Y LOS SIMPSON

10

EL MUNDO MORAL DE LA FAMILIA SIMPSON: UNA PERSPECTIVA KANTIANA

JAMES LAWLER

En una reseña de Harry Potter y el cáliz de fuego, de J.K. Rowling, el autor de ciencia ficción Spider Robinson escribe: «Vale, Harry tiene algo de santurrón. De hecho, hay que admitir que se trata del Antibart. ¿Pero realmente preferiríais que vuestros hijos no tuviesen un modelo de comportamiento mejor que un Simpson?»[137]

Sin embargo, como modelo para nuestros hijos no tenemos que escoger entre el santurrón de Harry Potter y el bribón de Bart Simpson. También existe Lisa Simpson, por ejemplo, aunque Los Simpson no es reductible a una sola de sus partes; antes bien, la serie debe considerarse desde una perspectiva general. La incapacidad de reconocer la visión moral única de Lisa Simpson, al igual que la concepción del individuo «santurrón» como modelo de comportamiento moral, indica una perspectiva estrecha del bien moral.

¿Qué es el bien moral? Según Immanuel Kant, uno de los rasgos básicos del punto de vista moral es el compromiso con la realización del propio «deber». El término «deber» implica la presencia de dos fuerzas opuestas. Por una parte se encuentran los deseos, sentimientos e intereses espontáneos, incluidos los miedos y las animosidades, los celos y la inseguridad. Por otra parte, existe lo que creemos que debemos hacer, el tipo de persona que quisiéramos o tendríamos que ser. Con frecuencia, estas fuerzas opuestas entran en conflicto y, por ello, hacer lo debido puede resultar difícil o doloroso y exigir sacrificios de diversa índole. El individuo que se compromete a mantener un punto de vista moral, una perspectiva que corresponda al modelo ideal de comportamiento, es aquel que decide subordinar y, si hace falta, sacrificar los propios deseos, sentimientos e intereses personales en favor de las acciones correctas o porque busca convertirse en el tipo correcto de persona.

Los episodios de Los Simpson a menudo ponen de manifiesto el conflicto entre el deseo, los sentimientos y los intereses personales, por una parte, y el sentido del deber moral por otra. Cada miembro de la familia, incluida la pequeña Maggie, contribuye a crear una atmósfera compleja, donde la moral se destaca precisamente a causa de la existencia de su contrario: los deseos, sentimientos e intereses apasionados. Antes de centrarnos en Lisa, que encarna la persona moral que cumple con su deber, veremos brevemente cómo estas contradicciones dominan a los personajes de Homer, Bart y Marge. Y a través de esta exposición, se verá que es toda la familia Simpson la que en última instancia resuelve y supera las contradicciones entre deber y deseo.

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