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CHAPTER 5: FUTURE DIRECTIONS OF RESEARCH

5.2 Implications for the Farmer

Volvamos ahora a precisar los tres grados de la doctrina de la raza. Como racismo de segundo grado se debe considerar a una teoría de la raza del alma y a una tipología del alma de las razas. Un tal racismo debe indi­ vidualizar los elementos, a su manera primarios e irreductibles que actúan desde lo interno, haciendo de modo tal que grupos de individuos mani­ fiesten un constante modo de ser o “estilo” en el orden de la acción, el pensamiento, y el modo de sentir. Se llega aquí a un nuevo concepto de la pureza racial de un determinado tipo: no se trata más, como en el ra­ cismo de primer grado, de ver si un determinado individuo presenta aquel determinado grupo de características físicas o, también genéricamente caracterológicas, que lo ponen en conformidad con el tipo hereditario, sino que se trata de establecer si la raza del cuerpo llevada por un determinado individuo es la expresión adecuada, conform e, de su raza del alma, y viceversa. Si ello se verifica, el tipo es puro también en el orden de la investigación de segundo grado. La cual integra pues los resultados de la de primer grado, puesto que no considera más las diferentes caracterís­ ticas corpóreas en abstracto, en una simple clasificación, y tales como podrían presentarse también en máscaras, en vez que en rostros e individuos vivientes. La misma busca en vez de captar su secreto, es decir, lo que éstas expresan, la función según la cual ellas son asumidas y por medio de la cual, de acuerdo a los distintos casos, ellas pueden también significar una cosa diferente. Como ya hemos mencionado, una nariz de una determinada forma y un cráneo prolongado, dolicocéfalo, pueden hallarse tanto en un tipo de las razas derivadas del tronco nórdico, como en un ejemplar de razas africanas: pero en el uno y en el otro caso es evidente que los mismos no poseen el mismo significado. Además, puede acontecer que un determinado tipo tenga, por ejemplo, prevalecientes características, por ejemplo mediterráneas en materia de raza antropológica del cuerpo, de modo tal que el racismo de primer grado lo asignaría justam ente a la raza mediterránea o del hom­ bre del Oeste: sin embargo la investigación puede hallar que aquellos rasgos

mediterráneos, en el tipo en cuestión, son asumidos en una función diferente de la que normalmente habría que esperar. El tipo del cual se habla los usa para expresar en vez un alma, una actitud interna que no es mediterránea, sino por ejemplo nórdica o levantina; cosa ésta que da a los mismos rasgos un valor expresivo totalmente diferente y conduce a veces a ciertas distor­ siones o alteraciones del elemento exterior mediterráneo, que en la búsqueda de primer grado son casi imperceptibles o son consideradas por ello irre­ levantes y desechables, mientras que para la búsqueda de segundo gra­ do representan en cambio vías para captar la “raza interior”. A quí la

fisionómica, es decir el estudio del sentido de las fisonomías humanas,

tendrá aquí un papel importante; se desarrollará sin embargo en direcciones diferentes de la precedente, la cual concebía a toda individualidad de manera separada, en vez que como m iem bro de una determ inada com unidad suprabiológica, de una determinada raza del alma.

Es sobre este plano más alto que la antropología y la paleoantropología se convierten en preciosos auxiliares para la investigación de los elementos raciales primarios, que entraron en composición, se superpusieron o chocaron entre sí en los orígenes de las civilizaciones. Para los fines más elevados de la doctrina de la raza no es suficiente haber constatado la presencia, por ejemplo, en los orígenes itálicos, de un determinado número de es­

queletos y de cráneos típicos e, integrando tales inc' iciones con las

arqueológicas, poder afirmar de manera fundada la existí ¡icia de un antiguo y puro tipo humano, nórdico-ario itálico. Con ello no se saldría de un ámbito de museo. Es necesario además hacer hablar a este tipo, penetrar en lo que una determinada forma corpórea expresa, en aquello de lo cual una determinada estructura humana es un símbolo. Ello es cosa imposible sin pasar al dominio del racismo de segundo y, en cierta medida, incluso de tercer grado, disciplinas que trabajan con otros métodos de investigación y utilizan otro orden de documentos y de testimonios.

Como racism o de segundo grado puede considerarse la llam ada Rassenseelekunde o “psicoantropología” de L. F. C l a u s s , por cuanto se refiere a sus métodos y a sus criterios generales. La necesidad de una tai investigación ha sido puesta en claro por C l a u s s con ejemplos convincentes. Se considere por ejemplo el fenómeno de la comprensión. En la realidad se dan demasiados casos de personas que son exactamente de la misma raza del cuerpo, del mismo tronco, a veces incluso -como hermanos, o padres e hijos- de la misma sangre en el sentido más real, pero que sin em bar­ go no alcanzan a comprenderse. Una frontera separa a sus almas, su modo

de sentir y de ver es diferente y ante ello la raza común del cuerpo y la sangre común nada pueden explicar. Existe una posibilidad de comprensión, y por ende de verdadera solidaridad, de unidad profunda, sólo donde existe una común “raza del alm a”. Entran en juego aquí elementos sutiles, de una sensibilidad instintiva. Mientras que por muchos años no se ha sos­ pechado de nada, en una cierta circunstancia puede acontecer que una de­ terminada persona con su modo de actuar nos dé la sensación neta de que ella “es de otra raza” y, entonces, no hay más nada que hacer con la misma, podrán subsistir con ella relaciones de diferente naturaleza, pero siempre dentro de un íntimo recato, de una íntima distancia. Ella “no es más uno de los nuestros”. Habitualmente se habla aquí de “carácter” en general, pero hay diferentes modos, condicionados por la raza interna, de aparecerse de cualidades de carácter. Por ejemplo, el modo de ser “fiel” de un ser de raza levantina es diferente del de un hombre de raza nórdica o dinárica.

El modo de conce) el heroísmo de un hombre mediterráneo es diferente

del de un Japonés o de un Ruso, para usar aquí expresiones genéricas y no entrar en las precisas denominaciones inherentes a una doctrina de la raza del alma.

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