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En los años que siguieron al de 1620, la alianza del poder de la Casa de Austria con el catolicismo contrarreformista estuvo a punto de obtener la victoria absoluta. Parecía que la Reforma estaba al borde de la extinción en toda Europa y que el mundo no tenía lugar para un león fracasado, para el ex rey de Bohemia que había perdido todos sus estados y que vivía, privado de su electorado, y en condiciones de mísera dependencia, como refugiado en La Haya. El triunfo del águila había sido completo, pero a pesar de ello Federico siguió participando en las campañas organizadas para reconquistar el Palatinado, y en todas fracasó. Con todo, el ex Elector representaba algo: su fracaso y su desesperación eran el fracaso y la desesperación de la Europa protestante, y para muchos ingleses era la personificación de la deshonra y la vergüenza de los sucesores de la reina Isabel, de los Estuardos que no quisieron seguir siendo, como la vieja reina, los protectores de la Europa protestante.

No es fácil captar en su totalidad el carácter del Elector Federico V. De seguro tenía muy pocas dotes militares, como político era demasiado ingenuo y como gran dirigente fue ineficaz. Su personalidad ha sido presentada como la de un hombre débil, dominado por su mujer y por Cristián de Anhalt y sin voluntad ni juicio propios. Pero por ejemplo ¿tendría una personalidad religiosa o intelectual propia? Que sepamos, nadie se ha planteado esta pregunta. Los que lo conocieron en Heidelberg antes de la guerra quedaron impresionados por su sinceridad, la cual realmente nunca ha sido puesta en duda; en cambio, le han sido atribuidos como ciertos los defectos de que lo acusaba la propaganda contraria, interesada en presentarlo como débil e imbécil. Quizás es un caso semejante al de Enrique III de Francia, cuyo carácter religioso, intelectual, artístico y contemplativo pasó a la historia deformado por la sátira de sus enemigos.

El retrato de Federico pintado por Honthorst (lám. 28), realizado en La Haya después de la catástrofe, tal vez lo idealiza, pero también puede ser que lo halla captado en su tragedia espiritual: un representante de un antiguo linaje imperial de Alemania, los Wittelsbach –más antiguo que el de los Habsburgos– quien (podemos tal vez imaginar) ha comprendido el significado religioso y místico de un destino imperial y ha sufrido más una tragedia personal, un martirio. Su fisonomía no refleja lo que se cree debe ser un rostro calvinista, pero en el Palatinado el calvinismo era el vehículo de las tradiciones místicas, o sea de la tradición hermético-cabalística renacentista que se pasó a aquel bando. El consejero espiritual de Federico era un “orientalista”; quizá, como Rodolfo II, buscaba un medio esotérico de resolver los problemas planteados por la situación religiosa. Tenía una cara gentil. Sea lo que fuere lo que leamos en ella, con razón o sin ella, es evidente que quien haya visto una serie representativa de retratos de príncipes alemanes de la época de la Guerra de los Treinta Años luego comprenderá que Federico por fuerza debe de haber sido de especie muy distinta.

Cuando ya hacía diez años que se oían los fragores de la guerra, con resultados desastrosos para los protestantes, llegó por fin, una vez del norte, un león liberador cuyas victorias salvaron la causa protestante: Gustavo Adolfo, rey de Suecia. Y aunque la guerra todavía tenía en reserva muchos años terribles, Gustavo Adolfo puso un freno al poderío de la Casa de Austria y dio la certeza de que el protestantismo sobreviviría en Europa. Federico fue entonces a Alemania, visitó sus antiguos estados ahora arruinados y fue muy bien recibido por Gustavo Adolfo, que le reconoció el rango de jefe de

los príncipes protestantes alemanes.1 El león fracasado y el león victorioso se saludaron, y es extraño

que ambos murieran durante el mismo noviembre de 1632, Federico de la peste que estaba devastando su asolado electorado y Gustavo en el campo de batalla de Lutzen.

En una oración fúnebre pronunciada en La Haya, se honró simultáneamente la memoria del rey

de Bohemia y del rey de Suecia,2 y es curioso señalar que estos dos personajes no solamente eran

“leones” ambos, sino que los dos hablaron de la aparición de la stellae novae, del cumplimiento de

profecías, etc., aunque uno vención donde el otro fue derrotado. En Inglaterra, el culto de Gustavo Adolvo mantuvo vivo el de su predecesor en el papel de león protestante, de cuya derrota muchos

culpaban a Jacobo I por no haberlo protegido.3

La viuda de Federico, reina de Bohemia, representaba más vivamente en el ánimo de los simpatizantes ingleses la política de apoyo a la Europa protestante, que según ellos habría debido guiar a Jacobo I en su conducta hacia su hija y su yerno. En la pobreza de su exiolio, la reina de Bohemia era, desde La Haya, un reproche viviente a la política de su padre. Después de la muerte de Federico, Isabel reinó sola en La Haya sobre su miseria, viviendo de la caridad de los holandeses y de subsidios ingleses que se le enviaban de cuando en cuando, sin territorio ni otra cosa para sostenerse que su personalidad real y su numerosa prole de príncipes. En el retrato de Honthorst que se conserva en La Haya (lám. 29) la vemos recién viuda, con el aspecto de una mujer cansada pero indomable. Con todo, acusada frecuentemente de frivolidad y de amor excesivo a los placeres, en realidad Isabel tenía un carácter muy fuerte, que la sostuvo para no derrumbarse ante tan terribles pruebas como las que tuvo que soportar. Sin duda, también la sostuvo el orgullo, y aquellas buenas personas, los Harrington, que habían tenido buen cuidado de inculcarle los estrictos principios anglicanos. Y así, en el retrato de Honthorst, aparece de pie, triste pero en actitud augusta, en un jardín situado en una altura a cuyos pies corre un río (¿un recuerdo de Heidelberg?), y con la mano en unas rosas.

Durante los últimos años del reinado de su padre Jacobo I, durante todos los del de su hermano Carlos I y durante todas las guerras civiles inglesas y el régimen del Commonwealth, hasta la restauración de su sobrino Carlos II en el trono británico, Isabel sostuvo en La Haya su pobre pero digna corte, y en Inglaterra nunca fue olvidada durante aquel largo período. En verdad su aspecto real era inolvidable. Si su hermano Carlos hubiese muerto joven –era enfermizo y no se esperaba que tuviera una vida larga– ella habría ascendido al trono para ser reina de Gran Bretaña; si Carlos no hubiese tenido hijos, o si, teniéndolos, hubiesen muerto antes que él, ella habría ascendido al trono, o su su hijo mayor si ella hubiera muerto. Pues la reina de Bohemia, al contrario de su padre y su hermano, tuvo muchos hijos. Quienes en Inglaterra no aprobaban, y eran muchos, la política antiparlamentaria, antipuritana y hasta potencialmente papista de Jacobo I y de Carlos I, añoraban aquella parte protestante de la familia real que residía en La Haya y que figuraba en la línea de sucesión al trono. Y muchos años después se buscaría a un sucesor protestante entre los descendientes de Isabel de Bohemia: la última de sus hijas, duodécima por su nacimiento en La Haya en 1630, se convertiría por matrimonio en Sofía de Bruswick, Electora de Hanover, y sería madre de Jorge I, primer rey de la Gran Bretaña de la dinastía de Hanover.

Los ingleses que pasaban por La Haya iban a presentar sus respetos a la reina de Bohemia, como

por ejemplo John Evelyn, que con fecha de julio de 1641 escribió lo siguiente en su diario:4

Llegué a La Haya. Primeramente fui a la corte de la reina de Bohemia, donde tuve el honor de besar la mano de Su Majestad y a varias de las princesas sus hijas ... la reina está de luto por la desgraciada muerte de su marido, y de las paredes del salón cuelgan paños de terciopelo negro, desde su fallecimiento ...

Isabel no sólo era popular entre los protestantes leales a la monarquía, sino que también lo era entre los partidarios del Parlamento. Los miembros de los Parlamentos reunidos bajo Jacobo I y Carlos I siempre sintieron simpatía por ella, y cuando el Parlamento derrocó a la monarquía los partidarios del nuevo régimen siguieron demostrando su respeto hacia Isabel de Bohemia. En realidad, podríamos preguntarnos si habría habido revolución en el caso de que ella hubiese subido al trono.

Los parlamentaristas y el mismo Oliverio Cromwell no eran enemigos jurados del régimen monárquico, y en realidad éste pensaba que la mejor forma de gobierno era una monarquía de tipo isabelino. Sencillamente, se oponían a los monarcas que trataban de gobernar sin el Parlamento y

2 Fue publicada en Londres, una versión inglesa, en 1633; cf. Ethel Seaton, Literary Relations of England and

Scandinavia in the Seventeenth Century, Londres, 1935, p. 79.

3 Véanse los panegíricos de Gustavo Adolfo, publicados en Inglaterra, a que se refiere la señora Seaton, p. 83. 4 John Evelyn, Diary, ed. de E.C. de Beer, Oxford, 1955, II, pp. 33-34.

cuya política exterior no tenía por principio básico el apoyo a la causa protestante en Europa. Pero ninguna de estas objeciones hechas a sus reales parientes se aplicaba a Isabel Estuardo, pues en realidad ella y su esposo representaban precisamente la política exterior del tipo que los Parlamentos habrían deseado que adoptaran Jacobo y Carlos. No debe sorprendernos, pues, que el Parlamento revolucionario haya reconocido que la reina de Bohemia tenía derecho a recibir su apoyo: por decisión de la asamblea, siguió recibiendo la pensión que le había asignado su hermano Carlos I. Desde su corte en La Haya entonces, Isabel tenía la posibilidad de seguir las vicisitudes de Inglaterra sin perder completamente el contacto con ninguno de los dos bandos; su simpatía por su hermano Carlos fue absolutamente firme y la ejecución de éste la llenó de horror, pero ciertros aspectos del pensamiento de Cromwell y de los parlamentaristas eran bastante afines a su propia posición.

Esta ambivalencia de la casa palatina y su capacidad de tener dentro de la familia a representantes de diversos puntos de vista pueden estudiarse en las vidas de los dos hijos más destacados de Isabel, Carlos Luis y Ruperto. El príncipe Carlos Luis, el mayor de los varones sobrevivientes, era el heredero al título electoral y al trono del palatinado (en el que fue parcialmente restaurado por la Paz de Münster, que en 1648 puso fin a la Guerra de los Treinta Años); era un intelectual, entusiasta de las nuevas ideas sobre la educación y la aplicación utilitaria de la ciencia, que se inclinaba más bien hacia el bando parlamentarista, en el cual proliferaban las ideas nuevas y del que formaban parte muchos de sus amigos, interesados en que recobrara sus estados. Por su parte, el príncipe Ruperto era un realista de acendrada convicción, conocido por su bravura en las cargas de caballería lanzadas desde el bando realista contra los revolucionarios. Pero también tenía intereses intelectuales, pues se dice que inventó el sistema de grabado a media tinta con buril.

La corte que Isabel de Bohemia tenía en La Haya es un tema aún no tratado históricamente con seriedad, pues a pesar de que la señora M.A. Green identificó numerosas fuentes documentales y de que su libro todavía está disponible, más bien se ocupó de relatar la historia de una real viuda en términos simples y románticos. Por lo que sabemos, el primer historiador que haya expuesto la necesidad de hacer un estudio más profundo es H. Trevor-Roper, quien observó bremente que la

principal mecenas de los “tres extranjeros”, Hartlib, Dury y Comenius, fue:5

Isabel, reina de Bohemia, hermana del rey, ídolo real de los rebeldes pero pensionista del Parlamento durante todas las Guerras Civiles. Y con ella están sus partidarios diplomáticos, sir William Boswell, albacea de Francis Bacon y ahora embajador en La Haya, donde la exiliada reina tiene su corte, y sir Thomas Roe, ex embajador ante Gustavo Adolfo.

Estas pocas palabras bastan para sugerir las líneas sobre las cuales debería desarrollarse un nuevo estudio de la corte de Isabel en La Haya. Habría que conocer y juntar los nombres de todos los ingleses importantes o influyentes con los cuales tuvo contacto estrecho, y para los que ella misma era el símbolo de la tradición “isabelina” de la monarquía, sin olvidar que, en su calidad de viuda de Federico, Isabel era un personaje significativo tanto para Inglaterra como para Europa entera. Los refugiados del Palatinado, de Bohemia y de todos los rincones de Europa protestante conquistados por los católicos habían venido a La Haya a ver a Federico, y siguieron haciéndolo después de su muerte, aunque su viuda no podía ayudarlos en lo absoluto desde el punto de vista económico. Y a pesar de todo ella fue, por así decirlo, el lazo ideológico que permitió al pensamiento de los tres “extranjeros”, Hartlib, Dury y Comenius, aclimatarse en una Inglaterra empeñada en ese momento en abolir el despotismo monárquico.

Samuel Hartlib llegó a Inglaterra en 1628, a raíz de que los católicos conquistaron la ciudad de Elbing, en la Prusia polaca, donde había sido entro de un círculo místico y filantrópico.

A pesar de que sabemos muy poco o nada acerca de este grupo de personas, parece que se trataba de una “Antilia”, o sea que era una de las uniones cristianas fundadas por Andreas para desechar el

ludibrium rosacruz sin dejar de perseguir los ideales rosacruces6. La “palabra” del grupo de Hartlib

era “Antilia” y no “R.C.”, aunque durante toda su vida y en toda su obra Hartlib fue lo que quizás habría sido un hermano R.C., pero real y no invisible.

Cuando llegó a Inglaterra, Hartlib juntó a refugiados de Polonia, de Bohemia y del Palatinado y

estableció una escuela en Chichester; luego regresó a Londres en 16307. Ya había definido con

claridad su misión en la vida, que consistiría en tratar incansablemente de organizar empresas filantrópicas, educativas y científicas, enlazadas por un entusiasmo religioso muy intenso aunque invisible (en el sentido de que no sería sectario).

John Dury8 era escocés, pero casi se le consideró “extranjero” por sus largos años de residencia

en otros países; conoció a Hartlib en Elbing y se entusiasmó con el mismo tipo de proyectos idealistas. Con frecuencia tuvo contactos estrechos con Isabel de Bohemia y con el consejero de ésta sir Thomas Roe; y también se interesó activamente, al igual que Hartlib, en la restauración del hijo

de aquélla, Carlos Luis, en el trono electoral del Palatinado.9

Comenius, el más famoso y productivo de los tres, después de algunas experiencias en Bohemia, de las que dimos noticia en el capítulo anterior, abandonó en 1628 su país natal para no regresar nunca, dirigiéndose a Polonia, donde fundó una comunidad exiliada de Hermanos Bohemios y comenzó a publicar sus trabajos educativos. También en Polonia empezó a enseñar su “pansofía”.

La edad de estos tres hombres era muy semejante, precisamente la edad justa para haber sido testigos de la agitación provocada por el frenesí rosacruz y sus anuncios de reforma universal y de avances espectaculares en el terreno del saber. Quizá comprendieron mucho mejor que nosotros el significado del misterio de los hermanos R.C. y de su colegio invisible. Eran hombres a quienes los desastres de 1620 y de los años siguientes desarraigaron de su patria y convirtieron en refugiados errantes; llegaron a Inglaterra y allí también trataron de propagar los conceptos de reforma universal y de avance de la ciencia, y otros ideales utópicos. Representaban en el exilio y la dispersión a Bohemia y Alemania, y si agregamos a Theodore Haak, que actuaba como agente de Comenius en Inglaterra, tenemos representado también al Palatinado, su tierra natal, que abandonó para refugiarse en el extranjero.10

En 1640 se reunió el Parlamento Largo, enfurecido por la sostenida práctica de excluir a la asamblea de la decisión de los asuntos nacionales, por la política interna que seguía la Corona y, sobre todo, por su política exterior, calificada de “paz con ignominia mientras en el extranjero se

hundía la causa protestante”.11 Cuando mediante la ejecución de Strafford este Parlamento pareció

haber acabado con la “tiranía”, se creyó que quedaba abierta la puerta para iniciar un nuevo modo de tratar los asuntos del hombre. Un gran entusiasmo se apoderó del ánimo general, y volvió a hablarse de una reforma universal de gran trascendencia para la educación, la religión y el avance de la ciencia en bien de la humanidad.

A este Parlamento Samuel Hartlib le enderezó una utopía intitulada Descripción del famoso

reino de Macaria.12 Hartlib mismo dice que se trata de una “ficción”, de modo que la obra queda así

colocada en la categoría a que pertenecen los libros de Tomás Moro (Macaria es el nobre de un país imaginario en la Utopía de éste) y La nueva Atlántida de Francias Bacon.

6 Cf. supra, pp. 190 ss.

7 Trevor-Roper, pp. 249 ss.; C. Webster, Samuel Hartlib and the Advancement of Learning, pp. 1 ss. 8 Turnbull, Hartlib, Dury and Comenius, pp. 127 ss.; Trevor-Roper, pp. 251 ss.

9 En las cartas de Dury se hacen continuamente referencias a Carlos Luis y a la necesidad de restaurarlo en el trono

palatino (cf. Turnbull, índice, Charles Louis, Elector Palatine). En 1637, Carlos Luis otorgó a Hartlib un privilegio en el que lo designaba “uno de los ministros del Elector Palatino, en consideración a sus servicios en favor de los exiliados del Palatinado y de su reputación entre los grandes hombres” (Turnbull, pp. 2, 111-112).

10 Trevor-Rope, p. 289; Webster, p. 32. Al igual que Hartlib, Haak recibió del Elector Palatino un nombramiento

semidiplomático.

11 Trevor-Rope, p. 237.

La ficción o ludibrium de Hartlib (aunque no emplea este segundo término) describe una de aquellas tierras ideales que tanto gustaban en tiempos de los rosacruces, en la que todo está correctamente ordenado, donde la ciencia es muy avanzada y donde la paz y la felicidad reinan como en el Paraíso antes de la caída, aunque Hartlib hace recomendaciones más concretas que las ideadas por los utopistas anteriores, pues piensa no sólo en el milenio, sino en las posibles leyes reformistas que el Parlamento puede promulgar. En realidad, se muestra confiado en que el presente Parlamento

“ponga la primera piedra de la felicidad del mundo antes de disolverse ...”13

En aquella emocionante hora, cuando Inglaterra parecía ser el país escogido por Jehová como escenario de la restauración total, y cuando surgió la posibilidad de que sus comunidades imaginarias se convirtieran en comunidades reales y sus colegios imaginarios en colegios reales, Hartlib le escribió a Comenius instándolo a dirigirse inmediatamente a Inglaterra para ayudar en la gran labor que estaba por comenzarse. Aunque el Parlamento no patrocinó directamente esta invitación, tras ésta, como tras otra semejante que se envió a Dury, había un sentimiento general de buena voluntad, había un sentimiento general de buena voluntad, pues en un discurso pronunciado en el Parlamento en 1640 se afirmó que Comenius y Dury eran los filósofos en que había que inspirarse para las

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