Han sido setecientos, acaso mil los muertos, millares de heridos, cifras que espan- tan, porque ningún movimiento obrero en América, rarísimos en el mundo, causaron tantas víctimas. Han caído a montones los inocentes ––entre ellos no pocos niños y mu- jeres. No todos cayeron en la barricada o en el cantón de ningún modo. Los patios y ca- labozos del departamento y de las comisarías saben que feroces represalias se tomaron contra quienes, con motivo o sin él, los visitaron en aquellos días inolvidables. Buenos Aires sabe desde ahora qué cosa inicua son los pogroms, los verdaderos pogroms, lle- vados a cabo contra la indefensa colectividad judía, acusada, por una estúpida aberra- ción del noble sentimiento de patria y por la perfidia sectaria y por la cruel inconscien- cia de elementos irresponsables, de ser la única culpable. Presenció un inicuo deporte, alegremente cantado: “la caza al ruso”. ¿A qué seguir? Luego, sobre tanto horror ha des- cendido el púdico manto de cobarde silencio, de la falsa conmiseración, del cursi sen- timentalismo. Y después de “la unión sagrada” han sobrevenido las recíprocas inculpa- ciones; después de la represión desmedidamente sangrienta, el arrepentimiento tardío por todo lo que pudo hacerse y no se hizo. ¡Cuánto motivo de risa, si no hubiera más de llanto!
Y nada de esto debió suceder, a haber habido previsión y conciencia. Desvanecida la trágica farsa de la federación de los soviets argentinos, tramada burdamente por la policía y auspiciada ¡ay! por diarios que un tiempo guiaron e iluminaron la República, deshecho el espantajo maximalista, agitado, no sabemos si por cálculo o tontería; he- cha a un lado la especie tendenciosa, inaceptable a nuestro juicio, de que el movimien- to haya sido fomentado y preparado, con tortuosos fines políticos, por el mismo gobier- no, ¿qué queda?
En primer término: Una justificada explosión del sentimiento popular, extendida hasta una huelga de vastísimas proporciones, la cual degeneró en asonada, por impre- visión o desconcierto de la policía, que no supo proceder correctamente a tiempo con- tra los elementos de desorden que falsearon la que debía ser una magna y pacífica pro- testa proletaria. En segundo término: una ciega y rabiosa represión sangrienta, no proporcionada a la pasajera subversión que el primer acto de la tragedia produjo, e in- justificada en la mayoría de sus procedimientos.
Se ha sembrado mucha cizaña. Es necesario extirparla. La tarea no será fácil, pero lo mejor es empezarla en seguida. Nada se hará con leyes de excepción, con la perse- cución, la cárcel y el destierro; nada, pretendiendo ilusoriamente correr un telón entre
la República y Europa para que no veamos lo que allá sucede y nos creamos en el di- choso país donde “la cuestión social no existe, porque todos pueden hacerse ricos”. El espectáculo de Europa, al contrario, es estimulante y confortador. Allá se está hacien- do obra de reconstrucción social. […]
En tanto aquí nada hemos hecho, ni pensamos hacer. Decimos lo último calculadamen- te, porque por más que, ante los sucesos producidos, lloren y filosofen las cámaras y los diarios sobre la falta de una amplia legislación social, y prometan hacer maravillas en bre- ve tiempo, apenas el recuerdo de la tormenta haya pasado, volveremos a la criminal indi- ferencia de antes por todos los problemas sociales, o más aún, veremos a los lacrimosos cocodrilos de hoy oponerse resueltamente a todo honrado intento, venga de donde vinie- re, de reforma y progreso. A este propósito, para no dar sino un ejemplo, es lícito pregun- tar: ¿Qué ha sido del proyecto de impuesto a la renta, en principio elogiado por todos, en los hechos combatido con especiosas razones por la mayoría? […]
Es menester reaccionar. Una clase estrechamente conservadora, pretende seguir go- bernando el país con criterios y métodos anticuados, pero se engaña. No lo podrá. Aún concediendo que en 1914 se justificasen sus criterios ––que no se justificaban–– los cua- tro años de guerra han equivalido a un siglo para el progreso humano, también para la Argentina ––¡sería curioso que nos despreciáramos hasta el punto de negarlo!–– y han hecho imposible mantenerse aferrados tercamente a las viejas fórmulas. O nuestra cla- se gobernante transforma su mentalidad volviéndose capaz de comprender la hora que corre, o será barrida. Habrá que dar mucho, para conservar algo. […]
Esta es la verdad, y esperamos que no se nos reproche que no la ocultemos o dis- fracemos con vagos discursos. […]
Por el honor de la República Nosotros reclama que todas esas ligas propatria y proargentinidad, todas esas guardias cívicas y policías civiles que proclaman una estul- ta guerra santa contra el extranjero, que desembozadamente anuncian la mordaza para los propagandistas de ideas que no sean las propias, que nos retrotraen a los tiempos de la mazorca, dominando con el más odioso y temible de los terrores, aquel que se yer- gue como brazo necesario del orden, sean impedidas en nombre del artículo 22 de la Constitución, de cumplir su obra nefasta.
Mas vayamos al fondo de la cuestión. En último análisis el problema es educacio- nal. La tarea de reformar la mentalidad argentina, incumbe a la escuela, principalmente a la secundaria. La vida es una misión que el hombre debe cumplir austeramente. Nues- tra escuela secundaria no lo enseña. La tenacidad en el esfuerzo, la contracción al traba- jo, la disciplina rigurosa, son indispensables para el éxito. Nuestra escuela no lo enseña. Nada es estable, en el orden moral como en el material, y es quimérico pretender vivir en el pasado. Nuestra escuela no lo enseña. El porvenir solicita a los hombres, y la uto- pía de hoy es la realidad de mañana. Nuestra escuela no lo enseña. El mundo de maña-
na será de los prácticos, de los técnicos. Hay que saber servirse de las propias manos. Nuestra escuela no lo enseña. La República Argentina está enferma de burocracia. Nues- tra escuela debiera señalar ese cáncer. Está enferma de vanas ilusiones. Nuestra escuela debiera desvanecerlas, en vez de fomentarlas. Está enferma de declamación. Nuestra es- cuela debiera combatir el mal. Hablar es pensar, y allí donde hay logomaquia y difusión, no hay pensamiento. Nuestra escuela cultiva la logomaquia y la difusión. […]
Hemos señalado los dos factores esenciales del problema. Hace falta otra educa- ción intelectual y cívica para las jóvenes generaciones y una obra inmediata de refor- ma social. Las ideas y los buenos propósitos serán los guardianes del orden, y no los discursos y los símbolos; la justicia, y no las bárbaras represiones.