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Los niños se activan en presencia de otros niños y manifiestan interés por los estímulos sociales desde los primeros meses de vida, pero las interac- ciones entre bebés dependen totalmente de que los adultos les pongan en contacto y les faciliten la interacción, ya que sus obvias limitaciones de desplazamiento les impiden buscar por sí solos la compañía de los otros.

A lo largo de los dos primeros años se pueden observar una serie de importantes avances en las interacciones entre iguales. Desde al menos los 6 meses los niños buscan activamente llamar la atención e iniciar la comu- nicación con los iguales a través de conductas como tocar, vocalizar, mirar, sonreír y ofrecer juguetes a otros niños. Estas expresiones son al principio cortas y poco frecuentes, pero a medida que pasan los meses, las secuen- cias de interacción se hacen cada vez más largas, se incorporan nuevas ac- ciones y se coordinan con otras que ya se encontraban de forma aislada en el repertorio comportamental del niño.

A partir de los 9 meses, aumentan la frecuencia y la intencionalidad de las conductas comunicativas entre iguales: niños y niñas inician voluntaria- mente interacciones, responden a las iniciativas lúdicas de sus compañeros, se observan y sonríen mutuamente, imitan las acciones del otro y se mues- tran enfado. Las interacciones entre iguales suelen girar en torno a objetos y juguetes que los niños manipulan, se ofrecen o intercambian. Precisamen- te la posesión de objetos es el motivo principal de los conflictos en esta eta- pa. Otra característica de las interacciones a esta edad es el juego en parale- lo, denominado así porque los niños juegan unos cerca de otros realizando actividades de carácter exploratorio en torno a objetos o juguetes, pero per- maneciendo cada uno centrado en su propia actividad, sin que se produzca todavía auténtica cooperación entre ellos. Se ha comprobado que en esta etapa los juegos suelen ser más elaborados y de mayor nivel cognitivo cuando están presentes otros niños que cuando el niño juega solo, lo cual pone de manifiesto la importancia de los compañeros incluso desde el pri- mer año de vida. Los niños que poseen mayor experiencia previa de inte- racción con los iguales tienden a iniciar más contactos lúdicos con nuevos compañeros que los que han tenido menor experiencia de interacción con los iguales (Rubin, Bukowski y Parker, 1998). Sobre muchas de estas cues- tiones se vuelve con más detalle en el capítulo 11.

Alrededor de los 18 meses aparece el juego simbólico o de ficción, que consiste en utilizar un objeto o persona para representar algo que no es, como, por ejemplo, utilizar un palo como si fuera una cuchara, o a una caja de zapatos como si fuera un coche. Este tipo de juego genera situaciones imaginarias en las que los niños ensayan nuevas conductas, modifican acti- vidades y adoptan distintos roles, en un contexto lúdico protegido, sin co- rrer los riesgos ni sufrir las consecuencias de realizar estas actividades en contextos reales. El desarrollo de la capacidad simbólica permite a niños y

niñas simular situaciones y compartir el significado de las actividades que realizan, dando lugar al juego sociodramático (como jugar a los médicos) en el que los intercambios gestuales, comunicativos y lingüísticos son cada vez más sofisticados (imitaciones, desempeño de roles, explicaciones).

El juego solitario va disminuyendo a partir de los 2 años, siendo progre- sivamente reemplazado por el juego sociodramático y el cooperativo, aun- que los distintos tipos de juego conviven, en distinta medida, durante toda la infancia. El juego sociodramático y el cooperativo se irán afianzando en la etapa posterior facilitados por importantes avances cognitivos como la capacidad de ponerse en el lugar del otro y de coordinar otros puntos de vista con el propio, el dominio de la comunicación verbal y el manejo de actividades descontextualizadas en sustitución de las reales.

Según hemos visto, en los dos primeros años niños y niñas se implican en diferentes tipos de actividades lúdicas con sus iguales: observan el juego de los otros, realizan juegos en solitario, juegos en paralelo, juego sociodra- mático y algunas actividades cooperativas en pequeño grupo. Esta secuen- cia de tipos de juego se ha justificado por la progresiva madurez del niño para implicarse en formas lúdicas cada vez más complejas, pero también puede ser que observar a otros niños y jugar cerca de ellos no suponga ne- cesariamente una conducta más inmadura que el juego cooperativo. El de- sarrollo de la capacidad para observar y mantener la atención sobre lo que hacen los demás puede facilitar la aparición del juego cooperativo porque, por ejemplo, observar lo que hacen otros niños para integrarse en un grupo puede ser muy útil para conocer distintas estrategias para iniciar interaccio- nes, conversaciones o actividades conjuntas.

Antes de los 2 años los niños se relacionan en grupos muy pequeños, generalmente en parejas, no mostrando preferencias de género en la elec- ción de sus compañeros de juego; pero a partir de esta edad empiezan a ju- gar en grupos más numerosos y a expresar claras preferencias por jugar con compañeros del mismo sexo. La división tan temprana entre niños y niñas se basa en los distintos intereses lúdicos de cada género; mientras que los niños, por lo general, prefieren juegos motores y rudos, las niñas se incli- nan, con más frecuencia, por actividades más tranquilas y sedentarias. Los investigadores coinciden en interpretar esta separación entre niños y niñas como fruto de la orientación que reciben desde la familia y la cultura hacia diferentes tipos de actividades, intereses, y estilos de comportamiento en función de su sexo. Estos estereotipos de género, atribuidos por la familia y la cultura desde los primeros momentos de la vida, influyen en las actitu- des, conductas e interacciones de niños y niñas con sus iguales.

En resumen, se puede decir que las interacciones entre niños pequeñitos progresan desde un primer momento en el que están centradas en los obje- tos (los niños juegan unos al lado de otros, pero prestando tanta o más aten- ción a los juguetes como a los compañeros), a una etapa intermedia deno- minada interacción simple, en la que los niños reaccionan claramente a las

conductas intencionales de los iguales e intentan regular la conducta de los otros a través de episodios de acción-reacción, para llegar a partir de los 18 meses a realizar interacciones complementarias de auténticos intercam- bios sociales en los que buscan influir en sus compañeros, esperan obtener reciprocidad, guardan turnos y adoptan roles complementarios en los juegos.

3.2 ¿Se puede hablar de amistades entre bebés?

En la etapa que estamos analizando, los niños conciben a los amigos como compañeros de juego. Sus relaciones se caracterizan por ser inestables (se forman y disuelven con cierta facilidad cuando aparecen conflictos inter- personales), menos duraderas y más cambiantes que en etapas posteriores. ¿Se pueden considerar realmente relaciones de amistad?

Se sabe que desde que los niños tienen un año de edad inician más jue- gos, dirigen más afecto positivo y se implican en interacciones más com- plejas cuando tratan con iguales conocidos que con desconocidos; además, se comportan de forma diferente si las experiencias previas que tuvieron con esos compañeros fueron positivas que si originaron conflictos. Es decir, mantienen conductas diferenciales con los iguales en función de cómo ha- yan sido sus experiencias previas con ellos. Teniendo esto en cuenta, algu- nos autores (Howes, 1987, 1988) defienden que a esta edad los niños ya tienen amigos porque eligen, entre sus compañeros, a los que más les gus- tan y a los que prefieren para jugar, los eligen según sus experiencias de interacción previas, y con ellos mantienen intercambios recíprocos o com- plementarios manifestándoles afecto positivo.

Será sobre todo después de los dos años cuando los niños se sientan atraídos por y prefieran interactuar con compañeros semejantes a ellos en edad, sexo, raza y comportamiento (Hartup, 1992). Eligen como amigos a los niños que realizan conductas prosociales (ayudan, comparten, coope- ran) y a los mejores compañeros de juego, rechazando a los que se compor- tan de forma desagradable con ellos, riñen, pelean o les quitan los juguetes. En las relaciones se producen frecuentes conflictos motivados por discusio- nes o peleas por los objetos y por las dificultades de comunicación que to- davía tienen los niños dado su egocentrismo y sus limitadas habilidades para guardar turnos, buscar acuerdos sobre los juegos y resolver los con- flictos de forma competente. En otras ocasiones, el fin de la relación se produce por la pérdida de contacto con los amigos (por cambio de escuela infantil o de residencia), ya que los adultos son los responsables de facilitar los encuentros entre iguales.

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