6. Implications for Policy and Research
6.2 Implications for Research
Los cristianos, en quienes naturalmente los judíos no veían otra cosa sino doctores del error, convirtieron la idea de «Israel, pueblo elegido» en la pretensión de verdad absoluta del cristianismo y el mesianismo ju- dío en el mensaje de la segunda venida de Jesucristo; es éste el primer paso importante en la evolución de la Iglesia primitiva, por el cual el cristianismo se diferenció de su religión madre, la judía.
No los judíos, sino los cristianos pasaban a ser ahora el «pueblo de Israel», del cual habían apostatado los judíos. De esta manera, les arre- bataron el Antiguo Testamento y lo utilizaron como arma contra ellos mismos; extraordinario proceso de falsificación que recibe el nombre de
Interpretatio Christiana, fenómeno singular que no tiene antecedentes
en toda la historia de las religiones, y que es prácticamente el único ras- go original del cristianismo. «Vuestras Escrituras, o mejor dicho, no vuestras, ¡sino nuestras!», escribía Justino en el siglo II. Le consta a Jus- tino que «aunque las lean, no las entienden». Al sentido literal de las Escrituras oponían, en una operación de exégesis que pone los cabellos de punta, un supuesto sentido simbólico o espiritual, para poder afirmar que «los judíos no entendían» sus propios textos sagrados. La Iglesia reivindicó lo que le convenía, las alabanzas, las promesas, las figuras no- bles o juzgadas como tales, en particular las de los patriarcas y profetas, identificando con los judíos, en cambio, a los personajes siniestros, los delincuentes, sobre quienes recaían por consiguiente las amenazas bí- blicas. Incluso enajenaron las «reliquias» de los macabeos, conserva- das desde el siglo II a. de C. en la gran sinagoga de Antioquía, al decla-
rarlas cristianas; más aún, a finales del siglo IV, dichas reliquias fueron trasladadas, con lo que los judíos quedaban en la imposibilidad de ren- dirles culto. Y convirtieron la conmemoración judía en una festividad del calendario cristiano, que subsiste hasta nuestros días.n
Los cristianos les arrebataron a los judíos cuanto pudiera ser útil a la polémica antijudía. Como ironiza Gabriel Laub, el cristianismo no ha- bría sido posible «si hubiera existido en la época veterotestamentaria algo parecido a la convención internacional de los derechos de autor». En el siglo I, los cristianos hablaban ya de «nuestro padre Abraham» y aseguraban que «Moisés, en quien tenéis puestas vuestras esperanzas, en realidad es vuestro acusador». En el siglo II, la figura de Moisés les servía para demostrar la solera y el prestigio de la cristiandad; y, final- mente, los «caudillos de los hebreos» pasaban a ser, sencillamente, «nuestros primeros padres».12
Todo esto, y más, ha sido estupendamente sistematizado por la teo- logía cristiana. El Antiguo Testamento era la «Revelación primitiva», el anticipo de algo más grande que iba a producirse después; la teología cristiana habla de un «motivo de teofanía». Si existe el Antiguo Testa- mento, es para anunciar cosas que van a tener su cumplimiento en el Nuevo; «el motivo de cumplimiento», en donde, naturalmente, todo aparece «más diáfano», «más grande», «más completo», más todo: es el «motivo de superación». Los aspectos que no acaban de cuadrar se mo- difican mediante el «motivo de enmienda»; los que no cuadraban en ab- soluto, se eliminan: «motivo de supresión»; y como los judíos eran lo que menos cuadraba, se les suprime por «motivo de apostasía».13
Lo dicho: Interpretatio Christiana. Una religión expropia a otra y luego insulta, combate, persigue a la religión expropiada, y esto durante dos mil años.
Ello era necesario, porque en el cristianismo, lo que no se retrotrae al paganismo pertenece, sin excepción, a la fe judaica: su Dios, su mo- noteísmo, su liturgia en la parte no helenística de la misma, la prohibi- ción de que la mujer participe en el servicio de la Palabra, el mismo ser- vicio aludido, el Padrenuestro y otras muchas oraciones, los ritos de anatema y excomunión (utilizados muy pronto y con frecuencia, pese al mandamiento de amor al prójimo); ítem más, las legiones de los ángeles (que, sin embargo, todavía en el siglo iv eran una creencia proscrita por la Iglesia), herencia de un politeísmo antiguo, encabezadas por los ar- cángeles; así como numerosas ceremonias, por ejemplo la imposición de las manos en el bautismo o la ordenación; los días de ayuno, las festivi- dades como la Pascua, Pentecostés... Incluso la palabra Cristo (del grie- go christos) no es otra cosa que una traducción del hebreo maschiah o «mesías».14
Y también las jerarquías del clero judaico, la distribución en su- mos sacerdotes, sacerdotes, levitas y laicos, sirvieron de modelo es- tructurador de las primeras comunidades cristianas. Los paralelismos son tan llamativos, que incluso han movido a buscar en la organización 100
del judaismo tardío el molde del catolicismo romano plenamente desa- rrollado.
La noción del dogma indispensable para la salvación, la importancia concedida al magisterio de los obispos, tienen el mismo origen. La ad- ministración de la caja eclesiástica fue organizada más o menos como la del fondo sacro judío. Hasta las catacumbas cristianas seguían el modelo de los cementerios subterráneos de los judíos. La teología moral católi- ca tiene sus antecedentes en la casuística de la doctrina moral de los ra- binos. O mejor dicho, la mayor parte de la moral cristiana es judía; Mi- chael Grant encuentra «el 90 % de ella en la del judaismo [...], incluido el mandamiento del amor al prójimo; la novedad más llamativa que aña- de es el mandamiento del amor al enemigo...», pero tampoco eso cons- tituía una innovación absoluta, ya que lo mismo encontramos entre los budistas, en Platón, en la escuela estoica; incluso Jeremías e Isaías can- taban sus delicias: «Presentará su mejilla al que le hiere; le hartarán de oprobios».15
Como bastardo, el cristianismo se avergonzaba de sus orígenes, de su falta de originalidad. Y como, lógicamente, los judíos no querían admitir que sus creencias hubiesen de subordinarse a la interpretación cristiana, sino que pretendían seguir siendo el «pueblo elegido» de Dios, los cristianos se dedicaron a atacarles..., con lo que se sumaban a la misma misión que aquéllos, a la intolerancia salvaje de aquella dei- dad primitiva de un pueblo nómada, uno de los ídolos más vengativos que haya conocido la historia del mundo. Llevaron su agitación sobre todo a los círculos previamente trabajados por la influencia judía, y al- canzaron «una parte considerable» de sus primeros éxitos «a costa del judaismo» (Brox).16