Cuando Glyndon se separó de Viola en la disposición que hemos visto al final de la segunda parte de esta obra, se encontró otra vez sumergido en aquellos místicos deseos y conjeturas que le asaltaban siempre que se acordaba de Zanoni. Vagaba por las calles de Nápoles sin saber á donde se dirigía, e impulsado por el mecanismo de costumbre, encontróse al fin en medio de una de las ricas galerías de pinturas que constituyen el lujo de esas ciudades de Italia, cuya gloria está toda en el pasado. Glyndon solía visitar este sitio diariamente, pues la galería contenía algunas pinturas de gran mérito, especialmente de las que eran objeto de su entusiasmo y estudio. El joven se paraba las más de las veces a contemplar las obras de Salvador, obras que le inspiraban un sentimiento de admiración y de respeto. El rasgo característico de este artista, era la fuerza de voluntad. Libre de la elevada idea de abstracta belleza que presenta un modelo y arquetipo al genio de orden más elevado, la singular energía del hombre saca de la piedra una dignidad que le es propia. Sus imágenes tienen la majestad del hombre inculto. Enteramente libre, como las más sublimes escuelas, de la vulgar imitación, excepto en aquella pequeña parte que es indispensable a la realidad, el artista se apodera de la imaginación obligándola a seguirle, no al cielo, sino por todo lo que hay más agreste y fantástico sobre la tierra. Es un hechizo que en nada se parece al del mago astrólogo, sino al del tenebroso brujo...; es un hombre de novela cuyo corazón late fuertemente, asiendo el arte con mano de hierro y forzándole a idealizar las escenas de su vida actual. Ante esta poderosa voluntad, Glyndon se sintió más impresionado que antes, y se fue enseguida a admirar la serena belleza que brotaba del alma de Rafael, como la Venus del seno del mar. Y ahora, despertando de sus meditaciones, se encontró enfrente de aquella imponente y magnífica gravedad de la naturaleza que le miraba airada, y cuyos desgajados troncos parecían llevar sibilinos secretos a su oído. Los silenciosos y sombríos Apeninos, con su soberbia catarata, estaban más acordes con sus pensamientos que las escenas que le rodeaban en esta vida. Las figuras humanas que se veían por encima de las rocas, seres raquíticos al lado de las gigantescas proporciones de la materia, le hacían ver el poder de la naturaleza y la pe queñez del hombre. Lo mismo que en los cuadros de los genios más espirituales el hombre es presentado como la imagen más prominente, descuidándose en ellos las escenas de la naturaleza hasta el punto de mirarlas como meros accesorios para demostrar que el desterrado del Paraíso es todavía el monarca del universo, asimismo en los paisajes de Salvador, el árbol, la montaña y la cascada, figuran como el objeto principal, y el hombre, como accesorio. La materia parece dominar en ellos, en tanto que su verdadero señor queda invisible bajo su inmensa sombra. La materia es allí la que da interés a la figura humana, y no ésta a la materia. ¡En el arte, esta filosofía es terrible!
Mientras Glyndon estaba sumergido en estos pensamientos, Nicot que estaba a su lado, le tocó ligeramente el brazo.
—Tampoco yo —respondió el inglés; —pero hay algo en estas pinturas que me impresiona terriblemente. Amamos todo lo que es bello y sereno; pero hay en nosotros un sentimiento que nos hace admirar lo sombrío y lo tétrico.
—Es verdad, —repuso Nicot con aire pensativo. —Y, sin embargo, este sentimiento no pasa de ser una mera superstición. La infancia, con sus cuentos de espíritus y fantasmas, es el origen de la mayor parte de nuestras impresiones actuales. Pero el arte no debiera alimentar nuestra ignorancia; el arte no debería representar más que la verdad. Rafael me gusta mucho menos, porque no simpatizo con sus asuntos. Sus Santos y sus Vírgenes no son para mí sino hombres y mujeres.
—Entonces, ¿de dónde tomarían sus temas los pintores?
— De la historia, —respondió Nicot flemáticamente; — de aquellas grandes acciones de los romanos, que inspiran a los hombres sentimientos de libertad y de valor, enseñándoles las virtudes de un republicano. Quisiera que los cuadros de Rafael hubiesen ilustrado la historia de los Horacios; pero toca a la Francia republicana el legar a la posteridad la nueva y verdadera escuela, que no hubiese prosperado nunca en un país dominado por el fanatismo religioso.
—Y los Santos y Vírgenes de Rafael, ¿no son, para vos más que hombres y mujeres? —repitió Glyndon, volviendo lleno de admiración, a la cándida confesión de Nicot, y sin atender casi a las deducciones del francés.
—Seguramente, —repuso Nicot riendo horriblemente. —¡Ja! ¡Ja! ¿Quisiérais, acaso, hacerme creer en el calendario?
— Pero, ¿y el ideal?
—¡El ideal! —interrumpió Nicot. —¡Callad! Los críticos italianos, y vuestro inglés Reynolds, os han trastornado el juicio. Hay en ellos tal profusión de eso que llaman "¡gran gusto y belleza ideal que habla al alma!…" "¡alma!…" ¿Dónde está el alma? Comprendo a un hombre cuando habla del buen gusto de una composición, dirigiéndose a una persona de elevada inteligencia, o que comprende la verdad; pero en cuanto al alma... ¡bah!... Nosotros no somos más que modificaciones de la materia, lo mismo que la pintura.
Glyndon paseaba sus miradas del cuadro que tenía delante a Nicot y de éste al cuadro. El dogmático dotó de voz los pensamientos que despertara la vista de aquel cuadro; y el inglés meneó su cabeza sin replicar.
—Decidme, —añadió Nicot de repente; —aquel impostor... ese Zanoni, cuyo nombre y farsas he sabido de una manera cierta, ¿qué os dijo de mí?
—¿De vos? Nada; sino que mirase con pre vención vuestras doctrinas.
—¡Ah! ¡ah! ¿Nada más? Ese hombre es un gran inventor, y como la última vez que nos encontramos descubrí sus mentiras, pensé que no se vengase refiriendo alguna historia de calumnias.
—¡Descubristeis sus mentiras! —dijo Glyndon. —¿Y cómo?
—¡Oh! es una historia tan larga como insulsa. Quiso enseñar a un anciano, al cual yo amaba mucho, sus secretos acerca de la alquimia filosófica y el modo de prolongar la existencia. Os aconsejo que no creáis en esa ciencia tan desacreditada. Y al decir esto, hizo un saludo significativo, y no deseando que Glyndon le hiciera más preguntas respecto de este asunto, se retiró.
La imaginación de Glyndon no se ocupaba ya en este momento de su arte, pues los comentarios y la presencia de Nicot habían venido a interrumpir sus meditaciones de una manera desagradable. El joven dejó los paisajes de Salvador, y fijando su vista en el nacimiento de Corregio, se quedó admirado al ver el contraste que ofrecían aquellos dos genios de naturaleza tan opuesta. Glyndon miró esto como un gran descubrimiento. Aquella calma exquisita, aquel perfecto sentimiento de belleza, la naturalidad, la sublime moral que respira el arte cuando hablando a la imaginación despierta en ella, por medio de la ternura y del amor, pensamientos que la elevan a las regiones de una religiosa admiración. ¡Ah! Aquella era la verdadera escuela. Glyndon abandonó la galería con cierto sentimiento: la vista del último cuadro había verificado un cambio en sus ideas, tanto, que se fue a su casa profundamente impresionado. El joven se alegró de no encontrar en ella a Mervale, y sentándose, con su frente apoyada entre sus manos, se esforzó en recordar una por una las palabras de Zanoni en su última conversación. Glyndon sintió que lo que Nicot había dicho acerca del arte, era un crimen, puesto que reducía la imaginación a una mera máquina. ¿Podía aquel hombre, que solo veía en el alma una combinación de la materia, hablar de escuelas superiores a la de Rafael? Sí, el arte es mágico; y como el joven reconoció la verdad del aforismo, comprendió que en la magia puede haber religión, puesto que la religión es esencial en el arte. Su antigua ambición, libre ahora de la fría prudencia con la cual Mervale trataba de profanar todas las imágenes menos substanciales que el becerrillo de oro del mundo, se avivó, volviendo a encenderse de nuevo. El sutil descubrimiento de lo que creyera un error en la escuela que había adoptado hasta entonces, patentizado más y más por los repugnantes comentarios de Nicot, parecía ofrecer a su vista un mundo de nueva invención. Aprovechando aquel feliz momento, cogió sus colores y se sentó delante del caballete. Perdido en los conceptos de un nuevo ideal, su imaginación se sintió transportada a las aéreas regiones de la belleza, al paso que se desvanecían en ella los profanos pensamientos. Zanoni tenía razón: el mundo material desapareció de su vista; parecíale que veía la naturaleza desde la cumbre de una montaña, y cuando se sosegaron las olas de su agitado corazón, otra vez los ojos de Viola aparecieron en el nuevo horizonte como una santa estrella.
Encerrado en su habitación, no quiso recibir ni aún las visitas de Mervale. Embriagado con el aire puro de su nueva existencia, permaneció tres días y casi tres noches absorto en su trabajo, hasta que, en la mañana del cuarto día, empezó a verificarse la reacción a la cual está expuesto todo trabajo. Glyndon se despertó indiferente y fatigado; y cuando miró su cuadro, le pareció que la gloria había desaparecido de él, en tanto que defectos, hasta entonces desapercibidos, vinieron a aumentar las deformidades que iba notando en su obra. El artista tocó y retocó
una y otra vez su pintura; pero su mano se mostraba rebelde, y al fin, cansado de este suplicio, arrojó sus pinceles y fue a asomarse a la ventana. El día estaba sereno y magnífico, y en 1as calles reinaba esa bulliciosa animación que se advierte siempre en la alegre ciudad de Nápoles. Glyndon veía pasar al amante hablando con su querida por medio de esos mudos gestos que han sobrevivido a todos loa cambios de idiomas, y que son lo mismo ahora que cuando los etruscos pintaron los magníficos vasos del Museo borbónico. La vida exterior convidó a su juventud a la alegría y al placer, y las paredes de su cuarto, poco ha bastante inmenso para contener el cielo y la tierra, le parecían las de una fea y triste prisión. Glyndon abrió su puerta y vio entrar con alegría a su amigo Mervale.
—¿Y es esto todo lo que habéis hecho? —dijo el recién llegado mirando al lienzo desdeñosamente. —¿Y para eso os habéis encerrado tantas horas, privándoos de los hermosos días y de las encantadoras noches de Nápoles?
—Mientras he estado bajo la influencia de ese paroxismo de entusiasmo, he disfrutado de un sol más brillante y de una luna más bella y majestuosa.
—Según eso, os ha dejado ya el paroxismo. Me alegro; esto indica que habéis vuelto a recobrar la razón. Y después de todo, vale más pintorrotear un lienzo tres días, que convertiros en un mentecato por toda vuestra vida. ¿Y vuestra sirena? —Quisiera que no volvieseis a nombrarla, —dijo Glyndon.
Mervale acercó su silla a la de su amigo, y después de meter las manos en los bolsillos del pantalón, estiró sus piernas. Iba a empezar entre los dos un serio altercado, cuando llamaron a la puerta, y sin aguardar el permiso, Nicot asomó su fea cabeza dentro del cuarto.
—Buenos días, querido colega, —dijo el francés.—Deseaba hablaros. ¡Hola! según parece, habéis trabajado... ¡Bien... muy bien! Atrevido contorno... gran ligereza de mano. Pero, ¡calla! ¿y el conjunto? No habéis adoptado la forma piramidal. ¿No observáis también que en esta figura habéis descuidado la ventaja del contraste? Ya que la pierna derecha es llevada adelante, el brazo izquierdo debía estar dirigido hacia atrás. ¡Zape! ¡aquel dedo pequeño es magnífico!
Mervale detestaba a Nicot, como a todos los especuladores utopistas y reformadores del mundo; sin embargo, en aquel instante hubiese abrazado al francés, pues la expresiva fisonomía de Glyndon revelaba todo el fastidio y disgusto que sufría. ¡Después de un estudio hecho en un arrebato de entusiasmo, oír hablar de forma piramidal… de brazos y piernas…; de rudimentos del arte… de falta de armonía en el concepto… y ver terminar la crítica ensalzando el mérito del dedo meñique!…
—¡Ah! —dijo Glyndon, cubriendo su dibujo con un gesto de malhumor. — Bastante habéis criticado mi pobre trabajo. ¿Qué teníais que decirme?
—En primer lugar, —dijo Nicot, sentándose sin más ceremonia en un banquillo, — en primer lugar, que ese señor Zanoni, ese segundo Cagliostro que ataca mis doctrinas, es, no lo dudéis, un espía del hombre Capeto. No soy vengativo, pues,
como dice Helvecio, "nuestros errores nacen de nuestras pasiones". Yo sé poner freno a las mías; pero es poco noble y virtuoso odiar la causa de la humanidad. Quisiera ser el denunciador y el juez del señor Zanoni en París.
Al decir esto, los dientes de Nicot rechinaban de cólera, en tanto que sus pequeños ojos arrojaban un brillo infernal.
—¿Os ha dado algún nuevo motivo de odio? —preguntó Glyndon.
—Sí, —respondió Nicot con frenesí. —He oído decir que hacía el amor a la muchacha con quien pensaba casarme.
—¡Vos! —repuso Glyndon. — ¿Y quién es esa mujer?
—¡La célebre Pisani! ¡Es una mujer divina que haría mi fortuna en una república, y ésta la tendremos antes de concluir el año!
Mervale se restregaba las manos de placer, en tanto que reía a grandes carcajadas. Glyndon se ruborizó de rabia y de vergüenza.
—¿Conocéis a la señora Pisani? — preguntó el pintor inglés. —¿Le habéis hablado alguna vez?
—Todavía no, —respondió Nicot; —pero cuando concibo un proyecto, lo llevo a cabo. Debo volver pronto a París, me han escrito que una mujer hermosa adelanta la carrera de un patriota; ha pesado el tiempo de las preocupaciones, y empiezan a comprenderse las sublimes virtudes. Llevaré a París a la mujer más hermosa de Europa...
—¡Tranquilizaos! ¿Qué vais a hacer? —dijo Mervale, deteniendo a Glyndon al verle abalanzarse sobre el francés, con los puños cerrados y los ojos centelleantes. —¡Caballero! —gritó Glyndon rechinando los dientes, —¿Sabéis de quién habláis? ¿Creéis que Viola Pisani os aceptaría?
—No, si se le presentaba un partido más ventajoso, —dijo Mervale, mirando al techo.
—¿Un partido más ventajoso? —repuso Nicot. —Sin duda no me comprendéis Yo, Juan Nicot, ofrezco mi mano a la muchacha, y me caso con ella. Encontrará muchos que le hagan ofertas más liberales; pero ninguna será tan honrosa como la mía. Solamente yo puedo compadecerme de su triste situación. Por otra parte, según se preparan las cosas, siempre será fácil en Francia deshacerse de una mujer cuando a uno le convenga. Hacemos una nueva ley de divorcio. ¿Creéis que una joven italiana?... Entre paréntesis: en ningún otro país del mundo, según parece, las doncellas son más recatadas, aunque las mujeres tendrán que adoptar costumbres más filosóficas. ¿Creéis que una joven italiana, repito, rehusará la mano de un artista por los regalos de un príncipe? No; tengo formado de la Pisani mejor concepto que vos. Pienso hacer todo lo posible para entrar en relaciones con ella.
—Os deseo un completo triunfo, Nicot, —dijo Mervale, levantándose y apretándole la mano con efusión.
Glyndon le dirigió una mirada de desprecio, y objetó, dibujando una amarga sonrisa:
—Quizá, señor Nicot, tendréis rivales.
—Tanto mejor, —replicó el aludido con indiferencia, haciendo sonar sus tacones uno contra otro y como si mirase admirado el gran tamaño de sus anchos pies.
—Habéis de saber que yo también admiro a Viola Pisani, —volvió a decir Glyndon.
—No lo extraño; todo pintor debe admirarla, —respondió el francés. —Y puedo ofrecerle mi mano lo mismo que vos, —observó Glyndon.
—Lo que en mí sería sabiduría, sería en vos un solemne disparate. Vos no sabríais especular con ella, querido colega. Sois demasiado preocupado.
—¿No os da vergüenza decir que especularíais con vuestra mujer?
—El virtuoso Catón prestó la suya a un amigo, y yo, que amo la virtud, tendría un placer en imitar a Catón. Esto aparte, hablando seriamente, debo deciros que no os temo como rival. Vos sois bien parecido y yo muy feo; pero yo soy resuelto y vos divagáis. Mientras vos perderéis el tiempo pronunciando frases escogidas, yo diré simplemente. Tengo una buena fortuna; ¿queréis casaros conmigo? ¡Perderéis la partida, querido colega! Adiós. Nos volveremos a ver detrás de los bastidores.
Al decir esto, Nicot se levantó, y después de estirarse; bostezó tan descompasadamente, que enseñó dos largas filas de dientes que le llegaban de oreja a oreja. Enseguida con aire desconfiado, se caló el gorro en su lanuda cabeza, y dirigiendo por encima del hombro una triunfante y maliciosa mirada al irritado Glyndon, salió precipitadamente del cuarto.
Mervale soltó una estrepitosa carcajada, en tanto que decía a su amigo:
—Ya veis de la manera que vuestro amigo estima a Viola. No hay duda que alcanzaríais una gran victoria triunfando de ese Cuasimodo.
Glyndon estaba demasiado irritado para poder responder; pero, aun cuando hubiese querido hacerlo, se lo hubiese impedido una nueva visita: la de Zanoni.
Mervale, a quien la presencia y el aspecto de este hombre impusieran una especie de forzada deferencia que no quería confesar, y mucho menos dejar traslucir, saludó a Glyndon, diciéndole:
Y dejó al pintor y a su inesperada visita.
—Veo —dijo Zanoni destapando la pintura, —que no habéis olvidado el consejo que os di. Valor, joven artista; esta es una excursión fuera de las escuelas; es una pintura de confianza y de verdadero genio. ¡Cuando concebisteis esta bella imagen, a buen seguro que no teníais a vuestro lado a Mervale ni a Nicot!
Reanimado por este ligero elogio, Glyndon replicó con modestia:
—Mi dibujo me ha gustado hasta esta mañana; pero después, se ha desvanecido mi ilusión.
—Decid más bien que no estando acostumbrado a un trabajo continuado, os sentíais fatigado de vuestra tarea.
—Es verdad, ¿por qué negarlo? —confesó Glyndon.—He empezado a mirar el mundo exterior, y me ha parecido que, mientras sacrificaba mi corazón y mi juventud a una visionaria belleza, perdía las hermosas realidades de la vida. Hasta he llegado a envidiar la alegría del pescador cuando pasaba cantando por debajo de mi ventana, y al feliz amante al verle conversar con su querida.
—¿Y os reprendéis, —interrumpió Zanoni con afectuosa sonrisa, —el haber vuelto a las cosas de la tierra, en la cual aún los genios más elevados que habitan las etéreas regiones de la invención, buscan siempre su reposo? El genio del hombre es un ave que no puede volar continuamente. Cuando se siente la necesidad del mundo real, debe satisfacerse. Los que dominan más el ideal, son los que mejor disfrutan de la realidad. Reparad, sino, en el verdadero artista cuando se encuentra en sociedad, observando siempre, siempre profundizando en el corazón, siempre atento a las más insignificantes como a las más grandes verdades de la existencia, y descendiendo a lo que los necios llamarían frivolidades. El verdadero artista saca una gracia de cada eslabón de la cadena social, y los átomos más insignificantes toman una forma dorada cuando flotan entre los rayos del sol. ¿No