4. Experimental Design
4.5. Other important elements of the experimental design in Stage 2
La biotecnología no es un campo nuevo: la ingeniería genética y las técnicas reproductivas han sido utilizadas con diversos fines desde las primeras décadas del siglo XX. Ya desde entonces se percibían como amenaza y como causa de desastres potenciales de proporciones godzilianas. No obstante, desde la década de los treinta se utilizan con gran éxito técnicas de manipulación genética, como la creación de granos híbridos (un ejemplo clásico es el maíz que crearon Edward East y Donald Jones, que sextuplicó la producción anual del grano en los Estados Unidos). Asimismo, se han creado bacterias que protegen los cultivos de diversas amenazas, desde plagas hasta la congelación. Empero, hacia finales de la década de los noventa los avances de la ingeniería genética nos obligaron a reconsiderar nuestra idea de la naturaleza y del hombre, y nos hicieron replantearnos una serie de interrogaciones éticas. No solamente nos enfrentamos al dilema de convertir animales en farmacias ambulantes, al hacer que las gallinas produzcan antibióticos para sus huevos o que las vacas y las cabras fabriquen proteínas humanas en su leche, sino que, como pronostica Lee M. Silver, en poco tiempo podremos ver aparecer un auténtico mercado negro de genes en el que podría tener lugar lo que él denomina el «escenario Michael Jordan», en el que una enfermera o cualquier persona con acceso a las muestras en ciertos laboratorios podría robar unas cuantas gotas de la sangre del astro durante un chequeo de rutina para venderlas con el fin de ser usadas por personas que deseen que su hijo sea una copia clonada del deportista. También las
parejas de lesbianas podrán tener hijos que reúnan las características genéticas de ambas, a través de la técnica de fusión de embriones. Óvulos y esperma podrán ser sustraídos de cualquier sujeto vivo o muerto, e incluso se podrán extraer los genes de un feto abortado para crear una copia de él y darle una «segunda oportunidad» a un bebé que no pudo nacer.
En todo caso, no debemos olvidar que a pesar de que estos prodigios están supuestamente a la vuelta de la esquina, en realidad pueden estar mucho más lejos de lo que parecen. Muchas otras promesas de la ciencia (en particular de la medicina) han quedado sin cumplirse. Es un hecho que en la actualidad desconocemos las causas de más de la mitad de las deficiencias genéticas conocidas, y aún parece remoto hallar remedios para viejas enfermedades que asuelan a la humanidad. John Horgan, autor de El fin de la ciencia, cita un ejemplo interesante: a pesar de los avances tecnológicos, de los numerosos descubrimientos y de las gigantescas inversiones en investigación y desarrollo, las estadísticas de mortalidad del cáncer han permanecido prácticamente estables desde 1971 hasta la actualidad.
Como apuntábamos antes, los gobiernos no tendrán que forzar a nadie para «mejorar» la especie e imponer categorías humanas (alfa, beta y gama), como planteaba Aldous Huxley en El mundo
feliz, sino que las leyes del mercado libre se encargarán de ello y
serán los propios padres quienes harán lo posible por tener mejores hijos, aunque el precio sea la transgresión de los criterios éticos dominantes y esto implique modificar el «diseño original» de su descendencia.
El 26 de octubre de 1998 nació Lucy, un ratón de laboratorio producido por la empresa Chromos Molecular Systems, que tiene la peculiaridad de haber heredado un cromosoma artificial a su descendencia; Lucy fue el primer paso en firme en la carrera para producir mejores bebés. Más recientemente, el 12 de enero de 2001, se informó que el doctor Gerry Schatten había insertado en el óvulo fertilizado de una mona rhesus un gen de aguamala que hace que las células produzcan una proteína fosforescente. Si bien las células del
monito nacido no brillan en la oscuridad, el éxito de este experimento anuncia que pronto se podrá manipular genéticamente la reproducción humana. Una escena en la película Gattaca (Andrew Niccol, 1998) resume esta ilusión de manera brillante. Un médico habla con unos futuros padres y les explica que su hijo «será de ustedes, tan sólo de lo mejor de ustedes. Pueden tratar de procrear por la vía tradicional mil veces y nunca tendrán este resultado». Debido a estos cambios, la reproducción humana convencional súbitamente se vuelve un proceso obsoleto y es desplazada de su lugar central en la cultura. Asimismo, la posibilidad de que el esperma humano se manufacture en matraces de laboratorio o en los testículos de un cerdo pone en tela de juicio la supuesta singularidad del hombre.
Por inquietante que pueda parecemos esta perspectiva, estamos en un momento histórico en que cualquier prohibición, moratoria o límite impuestos a la investigación científica corren el riesgo de perjudicarnos aún más que cualquier hipotético monstruo del doctor Frankenstein que pudiera salir tambaleándose de un laboratorio. El pánico en general no es un buen asesor de la investigación científica, y sería un error lamentable impedir que se siguieran buscando curas y tratamientos a algunas enfermedades mortales simplemente por temor a «atentar contra la naturaleza».
Si bien originalmente las políticas eugenésicas se basaban en delirios de pureza racial y nacionalismo, en el futuro dependerán de factores económicos; es decir, los padres adinerados no sólo podrán proveer a sus hijos de un mejor ambiente y una educación de la más alta calidad, sino también de mejores genes. Tradicionalmente, quienes más se han preocupado por la pureza de su herencia genética son las clases poderosas. Ellas serán las que tendrán mayor acceso a las costosas tecnologías reproductivas y de manipulación genética; son ellas quienes podrán elegir las mejores opciones para que sus hijos tengan una configuración genética superior. Quizá una de las diferencias más obvias entre las clases sería que los individuos privilegiados llegarían a los 150 años como promedio. Y podemos imaginar, junto con Silver, que en un futuro la brecha entre
pobres y ricos se ampliará de manera tan drástica que los individuos que pertenezcan a una clase no podrán reproducirse con los de otra. Tras generaciones de practicar diversas modificaciones genéticas y no mezclar sus genes fuera de su entorno social, las clases más ricas se irán transformando en lo que los aristócratas de todo el planeta siempre han soñado ser: una especie diferente.