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La identificación precoz de los trastornos le- ves del comportamiento, así como la elabora- ción de un plan de acción en el cual se implique a los padres, resultan cruciales para prevenir y evitar futuros desajustes sociales que, en los ca-

sos más extremos, pueden llegar hasta la delin- cuencia (Díaz-García y Díaz-Silbaja, 2005). No cabe duda de la importancia que tiene la educa- ción como factor determinante del comporta- miento infantil, y del papel que desempeñan los factores familiares en el desarrollo y/o manteni- miento de los trastornos del comportamiento perturbador (Edwards, 2007). La familia es el grupo de referencia encargado de transmitir al menor el conjunto de normas y valores sociales, a través de las actitudes y comportamientos de los padres. El consenso en cuanto a la relación que existe entre la familia y los problemas de conducta ha motivado el estudio de las variables estructurales y de funcionamiento familiar que pueden explicar el desarrollo de estos trastornos (Barkley et al., 1999; Otero-López, 2001). En este sentido, resulta lógico pensar que el aborda- je terapéutico en muchos de estos casos debería organizarse alrededor de programas de escuelas de padres, los cuales estarían dirigidos a optimi- zar su actitud educativa, así como las habilida- des comunicativas y el intercambio de afecto paterno-filial (Díaz-García y Díaz-Sibaja, 2005; Díaz-Sibaja, 2007).

Los menores con problemas de conducta a menudo se denominan «difíciles» o «desobe- dientes» porque presentan, desde que nacen, un temperamento irascible, difícil de manejar, que genera problemas de crianza especiales. Des- afortunadamente, la mayoría de estos niños/as provocan reacciones negativas en los adultos, los cuales empeoran aún más su comporta- miento, creando un modelo dañino de relación que puede continuar durante toda la vida del/ la niño/a (Mandal, Olmi, Edwars, Tingstrom y Benoit, 2000). En otras palabras, partiendo de que las tendencias de comportamiento o el temperamento de un menor son un rasgo inna- to, ciertos investigadores (Forehand y Long, 2002) creen que los problemas de temperamen- tos pueden crear un círculo negativo en la inte- racción entre padres e hijos. Es decir, un niño con temperamento difícil se comporta mal, y, a su vez, los padres reaccionan con la disciplina ineficaz o incoherente. Este círculo negativo en

la interacción debe romperse. Con la ayuda de profesionales, los padres de menores con difi- cultades pueden aprender a interactuar cons- tructivamente con sus hijos/as (Forehand y Long, 2002).

Se han sugerido una serie de técnicas que se pueden concretar en estrategias o hábitos de crianza que pueden contribuir positivamente a romper este círculo negativo, o mantenerlo, tal y como se encuentra resumido en la tabla 7.7.

En conjunto, se puede considerar que para un adecuado desarrollo infantil se puede seguir un método de cinco pasos para ayudar a mejorar el comportamiento difícil de los niños/as:

1. ATENDER. Atender es simplemente re- forzar el comportamiento deseado, así como describirlo en voz alta con entusias- mo (McMahon y Forehand, 2003). Ejem- plo: «¡mira lo alta que es la torre que has hecho!» o «Estás hablando con tu voz in- terior». La atención constante y positiva de los padres puede ser una poderosa he- rramienta para cambiar el comporta- miento. También mejora la relación pa- dre/madre-hijo/a.

2. PREMIAR. Es mostrar una aprobación al niño/a por su buen comportamiento. Los padres, además de describir la con- TABLA 7.7

Hábitos de crianza que pueden contribuir positiva o negativamente a este ciclo

Técnica Aplicación en la crianza

MODELADO Aprender observando a otros. Los niños tienden a hacer lo que ven que otros hacen. Si los padres o hermanos actúan como modelos negativos de compor- tamiento, el menor es probable que se comporte de la misma manera.

REFUERZO

Cuando el menor se comporta de manera adecuada, es gratificante para él reforzarlo positivamente, lo cual aumentará la probabilidad de ocurrencia de ese comportamiento. Pero a veces, sin querer, un comportamiento inacepta- ble también se refuerza. Por ejemplo, los padres se ríen a veces de una mala palabra de su hijo porque les parece ingeniosa o divertida. La risa, en ese caso, está reforzando esa mala conducta.

CASTIGO

Es fácil castigar a un/a niño/a, pero esta conducta de los padres hace más daño que bien. Duros castigos o usar el castigo frecuentemente pueden crear sentimientos de resentimiento en el menor. El castigo le enseña a obedecer sólo para evitar el castigo en lugar de obedecer porque entiende lo que está bien y lo que está mal (Forehand y Long, 2002).

ESCALADA RECÍPROCA

Esto ocurre cuando los padres se vuelven agresivos hacia su hijo porque el niño se comporta de manera agresiva. Es decir, una conducta negativa en el hijo provoca la misma conducta negativa en los padres, de modo recíproco. Esta reacción tiende a empeorar la situación (Omer, 2001).

ESCALADA

COMPLEMENTARIA

Esto ocurre cuando los padres ceden a las exigencias del/la niño/a (Omer, 2001). En lugar de responder apropiadamente a la conducta agresiva, los padres la ignoran para evitar el conflicto. Normalmente, cuanto más ceden los padres a las demandas del menor, más demandas reciben de éste, refor- zando así su mala conducta (Omer, 2001).

ducta adecuada de sus hijos/as, a veces deben agregar premios y elogios (Fore- hand y Long, 2002).

3. IGNORAR. Es una forma muy eficaz de reducir la frecuencia de comportamientos inaceptables de un menor, y es mucho más fácil de usar que el castigo (McMahan y Forehand, 2003). Técnicamente se trata de extinguir una conducta al no aplicar nin- gún tipo de refuerzo (ni atender ni pre- miar). Pero ignorar nunca debe utilizarse de manera aislada. Una vez que el menor deje de efectuar el comportamiento inacep- table, inmediatamente hay que encontrar o incitar a un comportamiento deseable que se pueda recompensar (McMahon y Fore- hand, 2003). Cuando el comportamiento de un menor es potencialmente peligroso para sí mismo, para otros o para propieda- des u objetos, no se debe ignorar. Utiliza- remos, en este caso, medidas más activas, tales como el «tiempo fuera» (time-out) de espera (McMahon y Forehand, 2003). Ejemplos de comportamientos que pueden ser tomados en consideración: lloriqueo, quejas, rabietas y las interrupciones (Mc- Mahon y Forehand, 2003).

4. DAR INSTRUCCIONES. A veces, los pa- dres tienen que dar a su hijo/a las instruc- ciones para la realización de conductas difíciles o complejas; deben decir exacta- mente lo que quieren que hagan sus hijos y no darles instrucciones vagas («pórtate bien» o «sé agradable») que no especifican suficientemente los pasos necesarios para ejecutar la conducta en cuestión. Son mu- cho más eficaces las instrucciones directi- vas que las preguntas (Forehand y Long, 2002); por ejemplo: «por favor, deja de sal- tar en el sofá» en lugar de «¿vas a dejar de saltar en el sofá». Por último, hay que se- ñalar que las instrucciones no son eficaces cuando van seguidas de una razón, los pa- dres deben asegurarse de que la instrucción es lo último que oye el niño/a; por ejemplo: «la abuela viene esta tarde y sería bueno

que viera la casa limpia y ordenada. Así que, por favor, recoge tus juguetes». 5. TIEMPO DE ENTRENAMIENTO Y

PRÁCTICA CONTINUA. Se necesita tiempo para ayudar a un menor a cambiar su difícil comportamiento. Incluso si se utilizan todas las técnicas adecuadas de todas las formas correctas, el menor puede continuar comportándose mal, sobre todo en las etapas iniciales del uso de un nuevo enfoque. El tiempo de entrenamiento es muy útil en casos de incumplimiento, es- pecialmente cuando se usa de manera ha- bitual (Forehand y Long, 2002).

El hecho de proporcionar al menor un ambien- te positivo hace más fácil y eficaz la promoción de cambios en su comportamiento. Los padres pue- den llevar a cabo muchas acciones que favorezcan positivamente el ambiente en el hogar (Forehand y Long, 2002): divertirse con su hijo/a; decirle «te quiero» a menudo; mantener en casa una estruc- tura familiar organizada, así como las rutinas dia- rias; participar en las costumbres y tradiciones familiares; ser un buen oyente, escuchar activa- mente; pedir opinión a su hijo/a y turnarse para hablar; desarrollar el uso de la paciencia; fomen- tar la autoestima de su hijo/a y ayudarle a resolver problemas o conflictos con sus iguales.

Modificar el comportamiento de niños/as con fuerte carácter o temperamento no es tarea fácil. Durante la crianza de menores con estas caracte- rísticas es muy importante la constancia en la aplicación de las técnicas adecuadas y su prácti- ca continuada. El progreso y los resultados pue- den aparecer lenta y progresivamente, necesitan- do mucho tiempo de entrenamiento y paciencia. A menudo, los padres sienten que no mejora la conducta de sus hijos/as, pero, a largo plazo, les ayudarán a mejorar y reforzarán su relación con ellos/as (McMahan y Forehand, 2003).

Sobre la eficacia del entrenamiento a padres hay estudios que reflejan que este tipo de interven- ción ha demostrado ser el tratamiento de primera elección para los problemas cotidianos del com- portamiento infantil, ya que supone un acerca-

miento completo, rápido y eficaz de esta proble- mática (Sanders, 2002). Presenta la ventaja añadida de que la mejoría producida en los comportamien- tos del menor tras el tratamiento se mantiene, en un alto porcentaje de los casos, en los seguimientos a largo plazo (Nixon, Sweeney, Erickson y Touyz, 2004; Olds, Sadler y Kitzman, 2007).

Los resultados de una investigación llevada a cabo por Díaz- Sibaja et al. (2008) indican que el programa protocolizado Escuela de Padres Apli- cado demostró ser eficaz en cuanto a una mejora significativa en la percepción que los progenitores tienen sobre la agresividad e hiperactividad de sus hijos, así como en la tendencia, tanto de las ma- dres como de los padres, a considerar que sus hi- jos/as tienen menos problemas de comportamien- to en el resto de variables tras finalizar el programa de tratamiento (Robles y Romero, 2011).

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