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In document The Nebraska Natural Legacy Project (Page 39-41)

De esta forma, el Estado feudal alcanzó su máxima expresión. Además configura, política y socialmente hablando, toda una jerarquía de estratos: estratos donde, en todos los casos, la clase más baja queda subordinada de manera automática al estrato superior, así como el estrato superior ha de proteger al estrato inferior. La base de la pirámide la conforma la población trabajadora, población que en su mayoría sigue estando constituida por campesinos. Los excedentes del trabajo que estos realizan, los gravámenes sobre el terreno y la plusvalía de los mismos son los instrumentos con los que se cuenta para respaldar a los estratos más altos de la sociedad. Los gravámenes

al terreno de la mayoría de los bienes se dejan a aquellos individuos que poseen pequeñas extensiones de terreno, exceptuando el caso en el que dichos bienes estén en posesión del monarca o de la corona. Los propietarios que se establecen en ellos están obligados a rendir el servicio militar estipulado y, en algunos casos, a realizar trabajos de valor económico. Por su parte, los vasallos más importantes quedaban obligados a servir a los grandes propietarios de la corona, los cuales comparten, según una interpretación estricta de la ley, la misma obligación para con los grandes garantes del poder central, mientras que el emperador, el rey, el sultán, el sha o el gran faraón de Egipto son vistos como los vasallos de los dioses tribales. Así comienza, desde los campos de cultivo hasta llegar al «rey de los cielos», un orden de rangos artificialmente graduados que abarcan toda la vida estatal a la que, según las antiguas leyes y costumbres, quedan sujetos tanto los hombres como los terrenos. Puesto que todos los derechos fueron originalmente creados para los hombres libres comunes y, posteriormente, concentrados por el Estado, o bien, tergiversados por ilustres y bienaventurados monarcas dueños de grandes territorios, resulta que un individuo que no se encuentre al amparo feudal de ningún otro individuo superior ha de permanecer literalmente «desamparado ante la ley», sin derecho de protección o justicia, o sea, sin el poder que permite acceder a la justicia. Por lo tanto, la ley nulle

terre sans seigneur, que aparece en un principio como una ebullición de la arrogancia

feudal, responde a la codificación de una nueva legislación ya existente o, como mínimo, a la supresión de algún reducto arcaico del desechado Estado feudal primitivo que ya no puede tolerarse[145].

Aquellos historiadores que pretenden explicar todo desarrollo histórico desde el punto de vista de las «razas», interpretan como el centro de su posición estratégica el supuesto hecho de que solamente los alemanes, gracias a su «capacidad política» superior, han podido levantar el entramado artístico del Estado feudal desarrollado. Gran parte del vigor de este argumento se esfumó al comenzar a reparar en que, en Japón, la raza mongola había obtenido el mismo resultado. Nadie puede decir lo que habría alcanzado el conjunto de las razas negras si no fuese por la irrupción de las grandes civilizaciones que las barrieron del mapa, aunque Uganda no se diferencia demasiado de los Imperios de los carolingios o de Boleslao el Rojo, salvo en el hecho de que cultivaron en Uganda «los valores tradicionales de la cultura medieval», valores que no fueron mérito de las razas germanas, sino un regalo con el que la suerte más bien las dotó.

Pasando del ejemplo de la población negra hasta el caso de los «semitas», observamos que esta última raza no tenía capacidad alguna para configurar y crear Estados. Pero, sin embargo, hace miles de años, ese mismo sistema feudal ya fue desarrollado por los semitas, siempre y cuando los fundadores del Imperio egipcio perteneciesen a dicha etnia. Podría, además, pensarse que la siguiente descripción de Thurnwald fue tomada del periodo de los emperadores Hohenstaufen:

por la protección de la misma como si de un cabeza de familia se tratase. Dicha relación responde a una relación fiduciaria similar al vasallaje que, por su parte, tiende a convertirse en la base sobre la que se organiza la sociedad egipcia en su conjunto. Es la base de las relaciones entre el señor feudal y sus sargentos y campesinos, así como la del faraón con sus agentes oficiales. Asimismo, la relación entre los individuos sometidos y los señores protectores comunes también se fundamenta en esta misma postura, llegando incluso a la cúspide de la pirámide, donde el monarca estaba considerado como el «vicario de sus ancestros», como el vasallo terrenal de los dioses celestes. Quienquiera que no quede dentro de esta relación social, «cualquier hombre sin maestro», queda totalmente desprotegido y, por ende, desamparado ante la ley[146].

En este pequeño estudio no hemos utilizado ni tampoco necesitamos la hipótesis de la dotación de cualquier raza en particular. Tal y como declara Herbert Spencer, «se trata del intento más estúpido de todos los imaginables por consolidar una Filosofía de Historia».

La primera característica del Estado feudal desarrollado es una múltiple graduación de rangos que se configuran en una pirámide de dependencias mutuas; su segunda marca más distintiva es la amalgamación de los grupos étnicos, en un principio separados.

La antigua conciencia de la existencia de diferentes razas acaba por desaparecer completamente. Solo permanece la diferencia de clases.

Así pues, en lo sucesivo solamente tendremos que tratar asuntos sociales y no étnicos. Las diferencias sociales constituyen el único factor dominante en la vida de un Estado. La conciencia del grupo étnico cambia como consecuencia a una conciencia de clase, si bien es cierto que en esencia no varía ni un ápice. Las nuevas clases dominantes están tan embriagadas con su derecho divino como lo estaba el antiguo grupo dominante. Y pronto termina entendiéndose que la nueva nobleza acaba olvidando, completa y rápidamente, su descendencia del grupo que resultó vencido. Mientras que, por su parte, los antiguos hombres libres que se habían despojado de su estatus social y los antiguos hombres nobles que también acabaron cayendo en la pirámide social se encomiendan y aferran al derecho natural al igual que lo hacían antiguamente las tribus subyugadas.

El Estado feudal desarrollado es, en sus puntos esenciales, exactamente igual a como era ya en el segundo nivel de formación del Estado. Su fórmula es la del dominio, y su razón de ser la explotación política de los medios económicos, quedando estos limitados al derecho que, a su vez, insta a la clase dominante a ofrecer cierta protección y que garantiza el derecho de los integrantes de la clase más baja a ser protegidos, en la medida en que estos últimos trabajen y paguen sus tasas, pudiendo cumplir también los deberes para con sus señores. Y en sus puntos más básicos, tampoco el gobierno cambia. Este solamente ha desplegado muchos más grados y adoptado unos métodos más elaborados, al igual que ya ocurrió con la explotación, o tal y como bien se define en la teoría económica, para una mejor «distribución» de la riqueza.

Al igual que antes, también ahora la política interna de estos Estados sigue vagando en aquella orbita prescrita por el paralelograma de la fuerza centrífuga de las antiguas batallas grupales, ahora luchas de clases, contrarrestadas por la fuerza

centrípeta de los intereses comunes. Por su parte, también al igual que antes, la política exterior de un Estado queda determinada por la lucha de la clase dominante en busca de nuevas tierras y nuevos siervos, una lucha por la expansión causada al mismo tiempo por la existente necesidad de la preservación propia. Aunque diferenciado de una forma más minuciosa e integrado de una forma más poderosa, el Estado feudal desarrollado no es más, al fin y al cabo, que el Estado primitivo tras haber alcanzado su madurez.

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