A LA IEE.
Por Juan Larios Presbítero de la IERE
Etimológicamente hablando, “tolerancia” viene, en principio, del latín tolerare, es decir, llevar, soportar, tener fuerza de carga, sostener. Cotidianamente hablando, Tolerar significa, entre otras cosas, admitir ideas y opiniones distintas de las propias. Esto quiere decir que la tolerancia es sufriente porque acepta y escucha opiniones o crite- rios que no se comparten. Digamos que la tolerancia es principio irrenunciable para la convivencia pacífica y creativa. Pero no basta con la tolerancia, porque en el fondo, en ella, radica también un fuerte senti- miento de superioridad con respecto a los criterios del otro. Es necesaria también la comprensión, el esfuerzo por comprender y el respeto; es decir, entender, aprehender completamente lo que está sucediendo o lo que se dice. Comprender lleva consigo un fuerte esfuerzo por entrar en la manera de pensar y actuar del otro, pues se entiende que el otro tiene la misma capacidad y dig- nidad. Por tanto la comprensión y el res- peto aceptan y ven en el otro igualdad, aunque sea diferente. Esto, parece ser que el CEM no lo entiende, tal vez porque ac- tualmente quienes lo dirigen y controlan no están capacitados para el entendimiento ni la lectura comprensiva de la realidad en la que vivimos.
No deberíamos olvidar que la intolerancia proclamada es el fundamento de un sinfín de despropósitos, entre ellos el racismo en todas sus formas, la discriminación, la estig- matización del otro y la exclusión.
No podemos seguir admitiendo, irrespon- sablemente, estos fundamentalismos reli- giosos, y mucho menos cuando se esconden dentro de instituciones o corpo- raciones que no nacieron para la exclusión, sino todo lo contrario. Hay que desenmas- cararlos y colocarlos en su lugar, pero para ello hemos de tomar consciencia de esta re- alidad y abordarla con decisión y dejarnos de buenismos estúpidos que no conducen sino a seguir alimentando la locura de tales Procustos. A nadie se le escapa ya el giro vertiginoso que las corporaciones “no cató- licorromanas” (CEM, FEEREDE, AEE) están
dando hacia el conservadurismo, incluso fundamentalismo en algunos casos, y que, en el fondo, responden a una muy determi- nada ideología política venida del otro lado de los mares. Este nuevo y renacido funda- mentalismo cristiano español no tiene otra forma de legitimación que apelar a la lite- ralidad de los textos bíblicos y una praxis doctrinal única, desde sus propios criterios, pero muy alejadas de la realidad del espíritu del Evangelio. Estos nuevos Procustos pro- claman a los cuatro vientos la impermeabi- lidad y pureza de sus prácticas y doctrinas, por tanto hay que defenderlas de cualquier influencia externa que consideran dañina para sus postulados y propósitos. Son posi- ciones monolíticas que condenan al otro por pensar y actuar diferente.
Pero no olvidemos que el conservadurismo no tiene futuro, ni es creativo, porque está incapacitado para tal tarea y porque no tiene otro interés que defender lo que con- sidera que le pertenece. De ahí que se afe- rre a los literalismos y autoritarismos. Su deseo es que todo permanezca como está. Pero resulta que no somos dueños ni del Evangelio ni de la Gracia, no son propiedad nuestra, por tanto es estúpido y peligroso erigirse como tales.
Estamos aquí para ser testigos del amor y la gracia que nos han sido dados, para hacer, tanto de lo uno como de la otra, una reali- dad visible y palpable, y para ello no nos queda más remedio que erradicar estas for- mas de vivir la fe cristiana e involucrarnos en un diálogo eficaz y en igualdad con la so- ciedad en la que vivimos. Involucrarse en los conflictos y problemas del mundo es una vocación que nos viene de quien nos ha dado la existencia, pues esta vocación y compromiso son testimonio del propio Jesús.
Por tanto, la Iglesia ha de ser instrumento pacificador y de justicia, constructora del Reino, liberadora y sanadora, incluyente en todos los sentidos y no excluyente. Si el CEM ya no es capaz de entender estas cosas, tal vez sería bueno plantearse seria- mente dejarle a su propia deriva. R
E
n los años 70 del siglo pasado, poco antes de morir Franco, en mi plena adolescencia y recién descubierto el mensaje del Evangelio y experimentado una crucial conversión a Cristo, ser cristiano era entrar en una dinámica de alienación, unalienen la lucha entusiasta y clandestina por la libertad y la justicia social que alen- taba en muchos jóvenes universitarios y re- conocidos intelectuales españoles. Era el auge de la ideología marxista, que desde hacía una década en América Latina inun- daba toda la vida intelectual de las univer- sidades latinoamericanas, al decir de Pablo Guadarrama, sin que hubiera una esfera de las ciencias sociales que no se hubiese visto influenciada por ella[1].
Para tratar de responder, o de situarse ante esta fe político-social que entusiasmaba a las mentes más progres e influyentes de la época, los dirigentes evangélicos más ave- zados escribían o traducían tratados sobre la problemática del “hombre cristiano y el hombre marxista”, “entre Marx y Cristo”, con el fin de dar respuesta a desazones y preguntas inquietantes por parte de los cre- yentes más concienciados social o intelec- tualmente.
Era difícil evitar un cierto sentido de inferio- ridad, o de no saber realmente a qué ate-
nerse en esos años de convulsión social, cambios políticos y golpes militares. Hasta la misma iglesia católica romana, he- gemónica en España desde el año 39, expe- rimentó una especie de “invierno eclesial”[2]. Frente a la entrada en la vida pú-
blica de las cuestiones políticas y sociales, la fe cristiana aparecía poco atractivo y en- cima sonaba a irrelevante. Para los más leí- dos, y un buen número de intelectuales españoles, que habían leído u oído hablar de Max Webber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo (publicado original- mente en 1904/1905, 1920 se publicó en España en julio de 1969, traducido por Luis Legaz Lacambra, y editado por Ediciones 62)[3], la obra no dejaba dudas sobre el
efecto causal, la conexión entre protestan- tismo y capitalismo. Incluso algunos evan- gélicos dieron por buena esta interpretación de la obra de Webber, por otra parte, todo un modelo de buen trabajo y de investigación rigurosa. Un ejemplo a seguir.
Alfonso Ropero*
* Director Editorial de CLIE. Doctor en Filosofía (2005) en la Saint Alcuin House, College, Seminary, University, Oxford Term (Inglaterra); Máster en Teología por el CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas) de Santa Cruz de Tenerife (España); y graduado por la Welwyn School of Evangelis (Herts, Inglaterra). Es profesor de Historia de la Filosofía en el mencionado Centro de Investigaciones Bíblicas (CEIBI); Durante casi veinte años ejerció el pastorado hasta su dedicación completa a la investigación teológica y a la escritura.