Psicología social, interaccionismo, situacionismo, psicología cognitiva, psicología cultural y psicología de la política, son términos que desde hace unas décadas, y principalmente en las últimas tres, tienen unas relaciones muy directas con la psicología de la personalidad. Pero no de forma aislada sino a través de las combinaciones de algunas de ellas, lo que a veces dificulta el aislamiento de cada una de esas disciplinas o concepciones del
funcionamiento humano, para estudiarlas y hallar conexiones con el tema que aquí nos ocupa, la personalidad. Un ejemplo nos puede servir para ilustrar este estado de mezla de las diferentes áreas y/o escuelas: la "psicología social cognitiva", para Manis (1977), incluía an emphasis on personal beliefs and hypothesis as the inmediate determinats of behavior y priorizaba the perceived world over the objective world prestando atención a las inferences and illusions that derive from cognitive reality (pág. 550). Es decir, creencias personales, relaciones con el mundo real y mundo percibido, son estudiadas por una disciplina llamada psicología “social cognitiva” y se aplican a la psicología de la personalidad.
Continuando con la línea discursiva seguida hasta ahora, se tratará de aislar, en este punto concreto, algunas de las repercusiones que tuvo y ha tenido la psicología social en la psicología de la personalidad, lo que no impedirá que en algún momento surjan de nuevo los otros términos junto a sus supuestos teóricos y equipamiento empírico.
Nos vamos a centrar, principalmente, en dos temas cuyo protagonista fue la psicología social y que repercutieron en la psicología de la personalidad. Por una parte, la psicología social adoptó desde principios de siglo, como uno de sus objetivos prioritarios, el estudio, teórico y evaluativo, de las actitudes a las que, llegado un momento de la investigación, se les confirió “capacidad para explicar el comportamiento humano” a semejanza de los rasgos, llegando algunas de ellas a convertirse en un "tipo de personalidad".
Por otra parte, su asociación con el situacionismo, después de las críticas destructivas del libro de Mischel (1968), con el objetivo de to fill the anticipated vacancy before the body was even cold (Kenrick y Dantchik, 1983, pág. 287). A continuación, se explican con algún detalle ambos aspectos, aunque, como ya viene siendo usual en este trabajo, no se pretende agotar el tema, sino simplemente ilustrar el concepto de psicología de la personalidad y justificar su situación como disciplina académica.
Comenzando con el tema de las actitudes, a pesar de no existir una delimitación conceptual unánime entre todos los psicólogos que las estudian, vamos a adoptar una abstracción de las diferentes definiciones68 realizada por Rodrígues (1973), según la cual "una actitud social" es una organización duradera de creencias y cogniciones en general, dotada de una carga afectiva en favor o en contra de un objeto social definido, que predispone a una acción coherente con las cogniciones y afectos relativos a dicho objeto (pág. 330). A pesar de las críticas realizadas a la psicología de la personalidad en su versión “rasguista”, una actitud es un constructo hipotético como el rasgo, y además es un orientador del comportamiento social (a modo de variable motivadora), formado por tres componentes (Belloch y Báguena, 1985): valorativo (única característica definitoria y clara de toda actitud según Insko, 1976, y central según Fishbein y Azjen, 1975), cognitivo (creencia con
68 Allport (1935) recogió más de 100 y Rodrígues (1973) añadió 11 más aparecidas durante los 10 años anteriores a la publicación de su libro. Parece existir, como en la psicología de la personalidad, una definición por autor, o al menos, por escuela.
respecto a un objeto, situación o persona) y comportamental (relación directa entre actitud y conducta). Pero tampoco en este sentido hay unanimidad de criterios (por ejemplo, Fishbein y Azjen (1975) diferencian las actitudes de las creencias).
Además de lo dicho hasta aquí, los propios psicólogos sociales delimitan las actitudes sociales como la consistencia de la respuesta a objetos sociales (Campbell, 1950).
El trabajo que se está escribiendo no tiene como objetivo ni defender ni criticar el estado epistemológico de las actitudes en psicología social, y por lo tanto no es oportuna una delimitación exacta del término contextuado en esa disciplina. Sin embargo, este prolegómeno era necesario realizarlo con el fin de tener un antecedente sobre el cual basar el discurso siguiente.
Resumiendo, nos encontramos con que la actitud sería, en tanto que constructo teórico, bastante similar a un rasgo, y su contenido conceptual englobaría ser: impulsor de la conducta, quien dirige esa conducta, quien posibilita la estabilidad y la consistencia conductual y, finalmente, susceptible de cambio. De todas formas este último aspecto no está claro. Lambert (1982) escribió que después de 30 años de investigación intensiva, cada vez había menos demostraciones empíricas con respecto al cambio de actitud, ya fuera inducido o natural. En contraposición, Simonton (1990) defendió que la actitud es fácilmente modificable. El estudio de las actitudes, así formuladas, comenzó en la psicología social y se traspasó
posteriormente a la psicología de la personalidad. Con un ejemplo, se explicará mejor esto último.
La actitud de "autoritarismo", estudiada desde el psicoanálisis social de Fromm, desde la psicología social teñida de psicoanálisis de Adorno y con claros condicionantes ambientales (el antisemitismo alemán de finales de la década de los treinta), dio lugar a “la personalidad autoritaria”. Se diseñaron diversas escalas con el fin de ir depurando los elementos que mejor se adecuaban con el constructo (la escala de antisemitismo de Levinson y Sandford [1944]; la escala de etnocentrismo de Levinson [1949]; la escala de conservadurismo político y económico y la definitiva escala F de fascismo, de Adorno y cols. [1950]) y se realizaron trabajos sobre la relación que mantenía esta actitud con algunas variables de personalidad. Los resultados aparecieron sorprendentes y difíciles de explicar (por ejemplo, se encontró que existía una relación negativa entre inteligencia y autoritarismo, Christie [1954]), por lo que se interpretó el autoritarismo como reflejo de normas socio-culturales, más que como una posible dimensión subyacente de personalidad (Belloch y Báguena, 1985). Además de las críticas relacionadas con la metodología, las referidas al contenido iban dirigidas a la unidimensionalidad-monocontenido de la actitud de autoritarismo (sólo parecía recoger las creencias fascistas y antisemitas, Pelechano [2000]).
Sin embargo, a pesar de estos datos, en psicología social y en psicología de la personalidad se continuó investigando en este campo en dos direcciones no opuestas pero tampoco complementarias en el
sentido pleno de la palabra, para recoger más aspectos de la ideología sin restringirse únicamente a la antidemocracia de derechas. Kreml y Rokeach, son los dos autores de los dos frentes que se acercaron al tema69.
En primer lugar, Kreml se orientó hacia el estudio del anti- autoritarismo (término acuñado por Bay [196870] y definido como una predisposición defensiva que se opone, acríticamente, a los estándares y disposiciones dictados por las autoridades). Diferenció entre variables de personalidad anti-autoritaria y variables políticas de izquierdas. El tratamiento estadístico que hizo de los datos le llevaron a la conclusión de que existía una relación significativa entre rasgos psicológicos anti-autoritarios y concepciones políticas de izquierda.
Por otra parte, Rokeach (1954, 1956, 1960), más influido por la psicología cognitiva y tras leer los trabajos del grupo de Berkeley encabezado por Adorno, intentó centrarse en los aspectos estructurales más que de contenido de las creencias y definió el dogmatismo como una organización cognitiva, relativamente cerrada de creencias y acerca de la realidad, organizada en torno a un sistema central de creencias con respecto a la autoridad absoluta que, a su vez, proporciona un marco de referencia sobre los patrones de
69 El propio Eysenck, quien tuvo que emigrar a Inglaterra por problemas con el nazismo, también se preocupó por las actitudes autoritarias y fascistas. Pero lo hizo desde otra óptica, y tal como cuenta en sus memorias (Eysenck, 1990a), nada tenía que ver con la psicología social de entonces. Por este motivo, no se van a incluir los trabajos estructurales, experimentales y genetistas de este autor en relación con las actitudes sociales y la personalidad.
intolerancia y de tolerancia cualificada hacia los demás (1954, pág. 195) y diseñó la escala Do (dogmatismo) para evaluarlo. Una de las aportaciones de esta nueva conceptualización fue la formulación de que los sistemas de creencias variaban a lo largo de un continuo abierto-cerrado (open and closed mind), a partir de la cual se postula que los sistemas de creencias varían en el grado en que se abren a la adquisición de nuevas creencias y a cambiar las antiguas. Los trabajos realizados para hallar las relaciones de esta nueva actitud con variables de personalidad, concluyeron principalmente, en una relación entre la rigidez (evaluada con la escala procedente del Minnessota Multiphasic Personality Inventory, MMPI, de Hathaway y McKinley, 1951) y el dogmatismo, no siendo solapables.
Esta "dimensión" de dogmatismo, la de antiautoritarismo y la de autoritarismo, con Rokeach, Christie y Jahoda, entre otros, se conectaron con las variables de personalidad y las ideologías (Pelechano, 2000). Además, han sido incorporadas a la psicología de la personalidad, y se aplican al estudio de la personalidad del líder, la personalidad de los votantes y la personalidad de los políticos (Simonton, 1990). Una utilización conceptual distinta de estas dimensiones derivó en el estudio de los estilos cognitivos (cfr. Goldstein y Blackman, 1978). Pero además, la psicología de la personalidad ha proporcionado dimensiones de personalidad a la psicología social, que las ha hecho suyas. Nos referimos a las “dimensiones sociales de la personalidad”. Con esta cuestión enlazamos con el segundo tema que al principio de este punto se comentó que se iba a tratar.
La psicología social, interesada en los temas mencionados hasta ahora, aprovechó muy bien la ocasión proporcionada por el situacionismo y las críticas realizadas a la psicología de la personalidad para intentar ocupar el lugar en la ciencia que le correspondía a aquélla. El situacionismo (a) tenía una gran confianza en el experimento del laboratorio, aspecto que permite un control máximo de las variables y una clara relación causa-efecto, muy útil para el pragmatismo de la psicología social; (b) propugnaba el liberalismo político, lo cual supone que las diferencias entre los humanos no son innatas sino todo lo contrario, aprendidas, por lo que son los ambientes sociales y las relaciones sociales las causas de tales diferencias, y (c) incorporó el pensamiento sociológico con respecto a los roles, las normas sociales y las expectativas. Con estos facilitadores situacionales, la psicología social fue acaparando parte del terreno de la psicología de la personalidad. Durante los años 70, la mayoría de los artículos publicados en la Journal of Personality and Social Psychology, pertenecían a los psicólogos sociales, y cuando se dividió el espacio en tres partes (de acuerdo con una resolución de la
American Psychological Association), algunos de estos últimos se quejaron de que se diera tanta parte de "su" revista a los personólogos (Kenrick y Dantchik, 1983). Anécdotas aparte, lo cierto es que dimensiones como el locus de control de Rotter, originada dentro de una teoría de aprendizaje social (distinto desde luego al planteamento teórico y conceptual de la teoría del aprendizaje social de Bandura, reformulada por Mischel), y dirigida a explicar la formación de la personalidad, y la motivación de logro de McClelland reformulada por
Atkinson con claros orígenes psicoanalíticos, con objetivos de estudio motivacionales e incardinada dentro de un contexto socio-cultural y económico, han sido adoptadas por la psicología social y las reclama como suyas.
Evidentemente, este proyecto no intenta “recuperar” ni “quitar” dimensiones de personalidad (intelectuales, motivacionales, actitudi- nales, emocionales) a ninguna otra área de estudio de la psicología. Lo que se está tratando de decir es que los aspectos conceptuales, metodológicos y procedimentales de la psicología social, en concre- to, influyeron e influyen en la psicología de la personalidad. Hay que mantener claro el horizonte de estudio de cada una de las áreas. A quien escribe estas líneas, le resulta muy sorprendente, y difícil de comprender, por qué a estas dimensiones al catalogarlas como “so- ciales” ya son competencia de estudio por parte de los psicólogos sociales. No entiende tampoco, cómo es posible que entre distintas disciplinas se establezcan relaciones no comunicativas sino apropia- tivas. Y finalmente, (a) no acepta afirmaciones como la de Farber (1964) quien declaraba que esperaba el día en que las teorías de la personalidad fueran vistas como "curiosidades históricas", y (b) está casi de acuerdo con una predicción realizada por Sechrest (1976) que más o menos decía: después del situacionismo, el interaccio- nismo y la teoría del aprendizaje social de Bandura, Walters y Mis- chel, la psicología de la personalidad ya sólo estudia un sector parti- cular de la conducta, sobre todo el de los comportamientos sociales; el campo de la psicología de la personalidad, muchas veces confun-
dida con el de la psicopatología, será conquistada progresivamente por la psicología social. Le faltó añadir "y por la psicología cognitiva".
Retomando el hilo del discurso anterior a esta declaración de principios, continuamos con el análisis de las dimensiones sociales de la personalidad. La personalidad autoritaria, la personalidad com- petitiva del achiever y la personalidad del individuo con control inter- no, se han convertido en lo que la terminología contemporánea de- nomina "teorías de variable-cero" (Wicklund, 1990a y b). Se trata de teorías monorrasgo que se autoconsideran capaces de describir la personalidad de un individuo reconceptualizando todas sus caracte- rísticas alrededor de ese rasgo (autoritarismo, necesidad de logro, lugar de control). Se retorna, de nuevo, a un tema antiguo con nom- bre nuevo. La autora de estas líneas cree que se está haciendo caso omiso a la evidencia de falta de viabilidad y de utilidad de las carac- terologías monorrasgo, y considera que se está cayendo en una cierta incongruencia: si se criticó a la psicología de la personalidad por su olvido de las situaciones, ahora la psicología social está ca- yendo en lo que criticó, amén de llegar a un reduccionismo persona- lista disfrazado de social. Ya Kenrick y Dantchik (1983) denunciaron la tendencia de la psicología social a elaborar teorías mono-rasgo para describir la personalidad cuando lo que realmente interesa a un estudioso de la personalidad (al personólogo) es la globalidad del individuo, su totalidad integrada.
Afortunadamente para la psicología de la personalidad, algu- nos de los teóricos han incorporado las actitudes y las dimensiones
sociales en sus marcos teóricos y/o estructurales de la personalidad. Por ejemplo, R.B. Cattell, H.J. Eysenck, V. Pelechano y A. Royce y J. Powell, sin entrar en la polémica de qué actitud y qué dimensión es competencia de qué disciplina o rama del conocimiento.
3.2.5. El impacto de la psicología cognitiva
Hasta este momento, sólo una de las cuatro ramas de la psi- cología que se han analizado en este trabajo no situó a la psicología de la personalidad en un callejón sin salida, sino que, por el contra- rio, le dio un "empujón" gracias a dos de sus avances, uno teórico y otro metodológico. Como ya se habrá entendido, nos referimos a la psicología de la inteligencia con la consideración de las diferencias individuales y las técnicas de análisis de datos, más correctamente, de agrupación de datos. Las otras tres disciplinas y su principal eje en relación con nuestro objetivo de interés (aplicación de modelos clásicos de aprendizaje; explicitación de la importancia de considerar conjuntamente variables personales y variables situacionales; final- mente, conversión de variables personales en "personalidades" so- ciales) intentaron de una u otra forma, con mayor o menor éxito, ocupar el lugar en la ciencia psicológica que reclamaba la psicología de la personalidad.
Es importante que se mantenga in mente todo lo anterior mientras se lee lo siguiente, pues como ya se viene diciendo en este trabajo (y quizá ya de forma redundante), ninguna de las disciplinas
de la psicología, ni ninguna escuela dentro de cada disciplina es, ni siquiera, medianamente independiente de otras, aunque no necesa- riamente de todas. El avance o el retroceso teórico y el desarrollo y aplicación de metodologías necesita de las aportaciones de diversas áreas de estudio y no sólo de la psicología. Y el caso de la psicolo- gía cognitiva, cuyo nacimiento oficial71 lo vamos a localizar inmedia- tamente después de la segunda guerra mundial, es un buen ejemplo de todo esto. Evidentemente no es nuestro interés analizar la psico- logía cognitiva en y por sí misma, sino en cuanto mantuvo y mantie- ne relaciones con la psicología de la personalidad, y se influyeron mútuamente.
Según Huteau (1989), tras la segunda guerra mundial y mien- tras se producía un estado de crisis en la psicología, debido a la in- capacidad de los encadenamientos E-R (estímulo-respuesta) para explicar los aspectos complejos de la conducta, surgió una nueva alternativa para renovar a la psicología experimental. Se trataba de la psicología cognitiva, en cuyas fuentes de inspiración se sitúa la psicología europea (los estudios de la memoria de Barlett en Inglate- rra, los trabajos evolutivos de Piaget y la psicología de la forma de los alemanes) y el modelo cibernético junto al desarrollo de la tecno- logía de los ordenadores. Así, la psicología se tornó cognitiva y tér- minos como procesamiento de la información, bits, memoria a largo o corto plazo, inputs y outputs de información, filtros, esquemas,
71 Vamos a respetar la autoridad de los psicólogos cognitivos (por ejemplo, M.W. Eysenck, 1982; Huteau, 1989), a sabiendas de que es muy arriesgado y a veces inútil e infructuoso buscar fechas de nacimiento o de óbito.
guiones o scripts, chunks etc., se incorporaron al lenguaje de los psicólogos que describían y explicaban las acciones humanas en función de procesos, y no de dimensiones ni estructuras factoriales.
Asumiendo la conceptualización que los propios psicólogos cognitivos han realizado, vamos a entender por cognición el conjunto de los procesos por medio de los cuales las entradas sensoriales son transformadas, codificadas, elaboradas, almacenadas, recupe- radas y utilizadas (Neisser, 1967), y por acción cognitiva la actividad humana intelectual y comunicable que determina al objeto en cuanto tal y diferencia entre lo que se conoce y la persona que conoce. Por tanto, la cognición contrasta con la pura subjetividad de los estados de consciencia, sentimiento y creencia, porque pretende simplemen- te revelar la verdad (Borel, 1971).
Se han escogido estas dos definiciones, en cierta medida complementarias, aunque también es posible entresacar algunas contradicciones, con el propósito de ilustrar, lo que en nuestra opi- nión, sucedió y sucede en la conjugación entre la psicología cogniti- va y la psicología de la personalidad.
Antes que nada, hay que destacar que la formulación de Neisser se identifica con el procesamiento de información, en su sentido más pleno, y la correspondiente a Borel refleja una concep- ción más filosófico/fenomenológica. Es posible que se puedan hacer dos grandes agrupaciones con las que clasificar las diferentes teori- zaciones, siempre uni-dimensionales, que aparecen bajo al calificati- vo de cognitivas y dirigidas al estudio de la personalidad. Estos dos
bloques podrían denominarse "psicología cognitiva de la personali- dad" y "psicología de la personalidad cognitiva".
Entendemos por "psicología cognitiva de la personalidad" aquella que siguiendo más fielmente los criterios del procesamiento de información, ha dirigido sus esfuerzos teóricos e investigadores, al estudio de los mecanismos-procesos que permiten al ser humano organizar la información que recibe, ya sea desde el exterior, ya sea la generada por su propio cuerpo incluyendo su pensamiento. Se trataría de una organización exenta de influencias motivacionales y afectivas. Se localizarían dentro de este tipo de psicología, los cons- tructos personales de Kelly (1955, 1963) reformulados en la dimen- sión de complejidad cognitiva de Bieri (1955), la dimensión de com- plejidad integrativa de Harvey, Hunt y Schroeder (1961), la dimen- sión de dependencia-independencia de campo de Witkin y cols. (1954), las representaciones mentales de Mischel (1984, 1990) y gran parte del intento de síntesis de Royce y Powell (1983), entre