Se refiere a la distinta colocación de sujetos sociales en áreas diferentes de semejante valor jerárquico, pero distinto contenido
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e identidad valorativa; el distingo se basa en asignaciones tradicionales de “inclinaciones y aptitudes”, las de configuración femenil son “las áreas artística, social y humanística, de salud y cuidado” (Buquet, Cooper, Mingo y Moreno, 2013, p. 285).
Se analizará, de forma panorámica, cómo esa segmentación se ha manifestado en la desigual distribución del estudiantado universitario por áreas disciplinarias. De acuerdo con la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), las mujeres inscritas en la licenciatura, a nivel nacional, representaban el 50% desde el año 2000; no obstante, en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) la paridad se alcanzó desde 1994, esto es, el porcentaje era de 50% y 50% para hombres y mujeres (como se citó en Bustos, 2008, p. 801).
Incluso, la ANUIES (2008-2009) señaló que las mujeres inscritas en la universidad se concentran, sobre todo, en el área de Educación y humanidades, donde alcanzan el 68% del total de la matrícula en ese campo; les siguen aquellas que cursan Ciencias de la salud, con un 64.8%; otro contingente importante se ubica en Ciencias sociales y administrativas, representadas por el 58.2%; en contraste, el área donde la presencia de las mujeres es menor es Ingeniería y tecnología, con el 30.2% (como se citó en De Garay y del Valle, 2012, p. 7).
Continuando con la ANUIES (2008-2009), se muestra cómo se distribuyen alumnas y alumnos al interior de cada área de conocimiento, para establecer una idea más fina de las diferenciaciones; por ejemplo, en el área de Ciencias sociales y administrativas las jóvenes se ubican, predominantemente, en las carreras de Psicología y Ciencias sociales, con el 78% de los inscritos; en contraparte, los varones se concentran en la carrera de Derecho, que tiene la mayor matrícula masculina de esta área. Por otro lado, en el área de Ingeniería y tecnología el sesgo diferenciante se percibe con más claridad, pues a algunas de sus disciplinas ingresan casi en su totalidad hombres; por ejemplo, en la carrera de Ingeniería mecánica y eléctrica los varones son el 92.2% y en Ingeniería naval representan el 93.5%;
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interesantemente, aunque es reducida la presencia femenil en esta área, el crecimiento de las alumnas pasó del 11% al 30%, proceso que ubica a sus estudiantes en sitios localizados de la estructura escolar, tal es el caso de la carrera de Ingeniería bioquímica, en donde las mujeres constituyen el 57.3% del estudiantado, así como en Ingeniería de mercadotecnia y negocios, con el 57.8%, y las distintas modalidades de la licenciatura en Diseño, con un 56.2% (como se citó en De Garay y del Valle, 2012, pp. 9-12).
A continuación, se presentan dos casos representativos, dos áreas que exhiben comportamientos interesantes por contrapuestos; un área grande que concentra buena parte del estudiantado femenil y otra muy reducida, pero que no exhibe sesgos de género de forma tan acusada como los anteriores:
• El primero es el del área de Ciencias de la salud, don- de hemos apuntado que el 64.8% de los inscritos son mujeres, ello puede deberse a la configuración cultural que concibe lo relativo al cuidado de los otros como de competencia femenil, una especie de extensión de las tradicionales labores maternas (Cabré y Ortiz, 2001). Esta inclinación, cuando transitó de lo autogestivo a lo profesional, pasando por el adiestramiento y luego por la práctica profesional colegiada y regulada, debió en- frentar rechazo y prohibiciones expresas de profesores, directivos y funcionarios varones (Rodríguez y Casta- ñeda, 2012, pp. 38-39). A pesar de ello, y después de medio siglo de posicionamientos varios en la academia, según la ANUIES el 53.1% de las estudiantes de Medi- cina son mujeres; además, hay otras licenciaturas donde la presencia femenil es mayoritaria, como Enfermería y obstetricia (81.8%), Nutrición (81.2%) y Salud pública (77.9%) (como se citó en De Garay y del Valle, 2012, pp. 7-8).
• El segundo caso es el del área de Ciencias naturales y exactas, que de acuerdo con la ANUIES tiene la menor población de estudiantes del país, con solo el 2% del alumnado nacional; esta reducida área tiene como rasgo
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sobresaliente su horizontalidad, pues no exhibe acusado sesgo de género como en los casos anteriores, aquí las mu- jeres constituyen el 49.5% y los varones el 50.5% (como se citó en De Garay y del Valle, 2012, p. 7); por ejemplo, la distribución por disciplinas muestra que el alumna- do femenino es mayoritario en las carreras de Ecología (58.3%), Bioquímica (57.5%) y Biología (55.9%) (como se citó en De Garay y del Valle, 2012, p. 7).
La configuración de la licenciatura a nivel nacional, con desiguales distribuciones de alumnas y alumnos en cada una de las áreas, matiza sus caracteres cuando hablamos de los estudios de posgrado. Según la ANUIES, la distribución general concentra al 68.6% de alumnos en el nivel de maestría; en la especialidad se encuentra el 21.4% de los estudiantes y al doctorado solo ingresa un 10%; ahora bien, si analizamos cómo se componen por sexo los estudiantes del posgrado vemos que en los niveles de especialidad y maestría las mujeres constituyen el 51.2%, mientras que en el doctorado alcanzan el 43.5%. Una interpretación de esta situación es que la edad de ingreso al posgrado coincide con la edad reproductiva de las mujeres, lo que les impele a cursar los niveles iniciales del posgrado, especialidad y maestría, desestimando su ingreso al doctorado, lo que supone una dedicación social distinta y, por ende, una calificación diferente (como se citó en De Garay y Del Valle, 2012, pp. 16-17).
La anterior distribución de alumnas y alumnos en determinadas zonas de la estructura escolar es una muestra de segregación en el sentido horizontal, esa diferenciada ubicación de mujeres y hombres en distintos espacios sociales es determinada socioculturalmente, anclada en los roles de géneros que la sociedad adjudica diferencial y jerárquicamente a unas y otros. Tal bipartición, al excluir a las mujeres de los sitios de mayor prestigio y remuneración, correlativamente, mantiene los privilegios sociales de los varones. Mientras que a las mujeres el doble rol productivo y reproductivo les afecta y dificulta su dedicación a la carrera académica, a los varones se los favorece; esta situación
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es una de las condiciones de posibilidad para que ellos logren mantenerse en los mejores y más altos espacios de la vida social (Buquet et al., 2013, p. 286).
Por estos caracteres segregantes de la organización social del trabajo se violenta el derecho de las mujeres, trabajadoras y estudiantes, al disfrute de mejores espacios y oportunidades educativas y laborales.
2. La segregación vertical
Alude al distinto ordenamiento jerárquico en que se coloca a hombres y mujeres, se evidencia observando que en los sitios altos de la organización universitaria se concentran, sobre todo, los varones, cuando se ha visto que en la base de la vida estudiantil y en algunos claustros profesorales va creciendo el número de mujeres.
La segregación vertical es “la distribución de hombres y mujeres en un eje jerárquico donde se reparten de manera desigual cosas tales como el prestigio, la autoridad, el reconocimiento social y, por supuesto, la retribución económica” (Buquet et al., 2013, p. 287). Inclusive, autores como Davidson y Cooper (1992) y Morrison (1992) han llamado a esta diferenciación el “techo de cristal”, metáfora que alude a las limitantes trasparentes o veladas que impiden a las mujeres arribar a los puestos más elevados de las organizaciones sociales, académicas, de gobierno, del mundo empresarial o corporativo, entre otras (como se citó en De Garay y Del Valle, 2012, pp. 21-22).
Esta diferenciación de espacios y bienes sociales tiene dimensiones que desagregan la concentración, por lo que Buquet et al. (2013) mencionaron:
Cuando se analiza la segregación vertical hace falta considerar al menos tres dimensiones: el peso simbólico diferenciado que adquie- ren las distintas posiciones, su significado en términos de poder for- mal y de los recursos de que disponen, y las diferencias salariales que se dan entre puestos de distinto nivel jerárquico (p. 287).