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Como historiador, Hayes sabe bien (pág. 290) que hay un misterio en torno al nacionalismo. Jamás existió antes del Renacimiento, y jamás se originó como idea: "Pero los filósofos del nacionalismo no le han dado el auge que tiene. El auge ya estaba ahí, cuando ellos entraron en escena. Ellos le dieron meramente expresión, énfasis y cierta orientación. Son muy útiles al historiador, porque le procuran ilustraciones vividas de las tendencias corrientes en el pensamiento nacionalista." Hayes ridiculiza la idea de que "las masas humanas son instintivamente nacionalistas", o de que el nacionalismo sea algo natural, en absoluto: "Durante los más largos períodos registrados por la historia, los grupos a los que los individuos han sido predominantemente leales han sido las tribus, los clanes, las ciudades, las provincias, las casas solariegas, los gremios o los imperios políglotos. Y, sin embargo, el nacionalismo es, más que cualquier otra expresión del gregarismo humano, lo que ha prevalecido en los tiempos modernos" (pág. 292).

La respuesta al problema que plantea Hayes está en la eficacia de la palabra impresa en visualizar, primero, la lengua vernácula, y en crear después ese modo homogéneo de asociación que hace posibles la industria moderna, los mercados y el goce visual de la condición nacional. Escribe en la página 61:

La "nación en las escuelas públicas" fue [263] otro concepto. Con anterioridad a la Revolución francesa, por mucho tiempo y en general, se había mantenido que los niños pertenecían a sus padres y que era a los padres a quienes correspondía determinar qué clase de enseñanza habían de recibir los hijos, y si habían de recibir alguna.

La libertad, la igualdad y la fraternidad hallaron su más natural, si menos imaginativa, expresión en la uniformidad de los ejércitos revolucionarios de ciudadanos. No solo eran exactas repeticiones de la página impresa, sino también de la cadena de montaje. Los ingleses se anticiparon mucho a Europa en el nacionalismo, el industrialismo y la organización tipográfica del ejército. Los Flancos de Hierro, de Cromwell, actuaron ciento cincuenta años antes que los ejércitos jacobinos.

Inglaterra precedió a todos los países del Continente en el desarrollo de una aguda conciencia popular de la nacionalidad común. Mucho antes de la Revolución francesa, en un tiempo en que los franceses se tenían primordialmente por borgoñeses, gascones o provenzales, los ingleses habían sido ingleses y se habían unido con auténtico patriotismo nacional para la secularización de Enrique VIII y las proezas de Isabel. Había habido espíritu nacionalista en la filosofía política de Milton y Locke, difícilmente igualado por el de sus contemporáneos en el Continente, y Bolingbroke, el Inglés, fue un precursor en el desarrollo de una doctrina nacionalista formal. Fue natural, por tanto, que cualquier inglés que se alistara contra el jacobinismo vistiera la librea del nacionalismo.

Esto escribe Hayes en la página 86 de Historical Evolution of Modern Nationalism. Un testimonio similar de la precedencia de los ingleses en la unidad nacional nos lo da un embajador veneciano del siglo XVI:

En 1557, el embajador veneciano Giovanni Micheli escribió a su gobierno: "En cuanto se refiere a la religión (en Inglaterra), el ejemplo y la autoridad del soberano son de máxima importancia. Los ingleses estiman y practican su religión en tanto y cuanto cumplen su deber como súbditos para con su príncipe; viven como él vive, creen lo que él cree; en una palabra, hacen todo lo que manda...; aceptarían la religión mahometana o la judaica si el rey creyera en ella y fuera su deseo que en ella creyesen." Para un observador extranjero, la conducta religiosa de los ingleses en aquel tiempo fue muy peculiar. La unidad religiosa continuó siendo la regla, como en el continente, pero la religión cambió con cada soberano. Tras haber sido cismática con Enrique VIII, y protestante con Eduardo VI, Inglaterra se hizo de nuevo católica romana bajo María Tudor, y ello sin graves trastornos 1.

En los siglos XVI y XVII, las pasiones puramente nacionalistas despertadas por la lengua inglesa estaban embebidas en la controversia religiosa. La religión y la política estuvieron tan entremezcladas que se hicieron indistinguibles. El puritano James Hunt escribió en 1642: [264]

En adelante, hombre alguno necesitará las Universidades para adquirir la sabiduría de los sabios;

porque hay pocos misterios en el Evangelio que sean tan oscuros que la verdadera, sencilla lengua inglesa no pueda desentrañar 2.

En la hora actual, la preocupación de los liturgistas católicos acerca de la misa en inglés se ve completamente embrollada por los nuevos medios de comunicación, tales como el cine, la radio y la televisión. Porque la función y el papel social de una lengua vulgar se ven constantemente transformados por influencia de los medios que la relacionan con la vida privada. Y así, la cuestión de la misa oficiada en inglés es hoy tan confusa como lo fue el papel del inglés en la religión y la política durante el siglo XVI. Nadie discutirá que fue el medio de

comunicación llamado imprenta lo que dio a las lenguas vulgares nuevas funciones y alteró completamente el empleo y la pertinencia del latín. Por otra parte, hacia el siglo XVIII se habían aclarado las relaciones entre la lengua, la religión y la política. El lenguaje se había hecho religión, al menos en Francia.

Si los primeros jacobinos habían sido lentos al poner en acción sus teorías educativas, pronto reconocieron la significación del lenguaje como base de la nacionalidad, y trataron de obligar a todos los habitantes de Francia a que utilizaran la lengua francesa. Mantenían que el éxito de un gobierno por "el pueblo", y de la acción colectiva de la nación, dependían no solo de cierta uniformidad de hábitos y costumbres, sino también, y más, de la identidad de ideas e ideales, que podía lograrse por medio de discursos, la imprenta, y otros instrumentos de educación, con tal que emplearan uno y el mismo lenguaje. Ante el hecho histórico de que Francia no era una unidad lingüística—de que, por

1Joseph Lecrerc: Toleration and the Reformation, vol. II, página 349.[264]

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añadidura, a los dialectos muy distintos de las diferentes partes del país, se hablaban lenguas "extranjeras" en el Oeste, por los bretones; en el Sur, por los provenzales, vascos y corsos; en el Norte, por los flamencos, y en el Noroeste, por los alemanes alsacianos—, resolvieron baldonar y suprimir los dialectos y las lenguas extranjeras y forzar a todos los ciudadanos franceses a que aprendiesen y utilizaran la lengua francesa 1.

En este pasaje, Hayes pone completamente en claro que la pasión impulsora del avance de las lenguas populares fue el deseo de homogeneización, algo que el mundo anglosajón siempre ha sabido que se consigue mejor por medio de la rivalidad de los precios y los productos de consumo. En una palabra, el mundo inglés comprende que la imprenta significa conocimiento aplicado, mientras que el mundo latino siempre ha mantenido la imprenta a raya, prefiriendo usarla [265] para avalorar el drama de las discusiones orales o del virtuosismo militar. En ningún lugar puede verse mejor esta enérgica repudiación del mensaje de la imprenta que en

Estructura de la Historia de España, de Américo Castro.

Los españoles han estado inmunizados contra la tipografía por su lucha secular contra

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