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4. increase equity

Quiero caracterizar este período del desarrollo filosófico, como un momento tartajoso, entrecortado, es decir, fragmentado.

Los filósofos del pasado o del presente se nos dan por pedazos, pero no es una filosofía a pedacitos, como lo ha sugerido un profesor de filosofía29, sino una filosofía despedazada.

Esta historia de la filosofía fragmentada la propician de manera especial los filósofos aforísticos, es decir, aquellos que prefieren la

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forma aforística de escritura, como son los alemanes Schopenhauer, Nietzsche y Wittgenstein, a los cuales pueden agregarse el rumano Cioran –que algunos consideran filósofo–, los franceses Montaigne y Pascal, y, si forzamos las cosas un poco, podríamos remontar en el tiempo hasta el greco–romano Epicteto30.

Es así como, para centrarnos en Pascal –que es quizás el proto–mo- delo filosófico–, nuestro filósofo es el autor que señala la grandeza y miseria del ser humano cuando sentencia que “el hombre es una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña pensante”31; o también, el filósofo que recuerda nuestra verdadera condición: “el hombre no es ni ángel ni bestia, y la desgracia quiere que quien quiere hacer de ángel lo haga de bestia”32.

A veces Pascal se convierte en el filósofo del relativismo moral: “¡graciosa (chistosa) justicia que limita un río! Verdad más acá de los Pirineos, error más allá”33.

Por supuesto que en esta historia de fragmentos, Pascal también es el filósofo que llama la atención sobre los límites de la razón, pues nos recuerda el hecho indiscutible de que “el corazón tiene sus razones, que la razón no conoce”34.

Si el citante tiene intereses cosmológicos, no dejará de invocar “el silencio eterno de estos espacios infinitos me aterra”35. Y si co- noce algo de su discusión con Descartes, no dejará de recurrir al “no puedo perdonar a Descartes que hubiese querido, en toda su filosofía, poder prescindir de Dios; pero no ha podido impedir de que le diera el primer capirotazo, para poner el mundo en movimiento; después de eso, no sabía que hacer con El”36.

Por supuesto que todo lo anterior lo dijo Pascal y son pensamien- tos pascalianos, pero un aforismo o todos los mencionados no son el pensamiento de Pascal ya que éste es un complejo sistema que trata de conjugar ciencia y fe cristiana en permanente polémica con el racionalismo progresivo –ascendente– de Descartes, en el telón de fondo de las ideas de Epicteto y Montaigne, sin perder de vista los aportes que él hizo a la matemática y a la ciencia natural.

Este mismo pensamiento simplificador es el que ha convertido a Schopenhauer en el misógino por excelencia, como sucedió antaño, es decir, el filósofo que definió a la mujer como un ser [animal] “de ideas cortas y cabellos largos”.

Y ahora, el feroz crítico de los filósofos alemanes, sus contem- poráneos que:

“se afanan por lograr la mayor ambigüedad e indeterminación de la expresión, de suerte que todo se nos aparece como envuelto en tinieblas. El fin que persiguen parece ser, por un lado, dejar abierta en cada frase una puerta de atrás; por otro, hacerse los importantes y dar la impresión de que dicen cosas en las que en realidad no han pensado. Pero, en buena medida, dicha particularidad se debe a lo lelos que son y al embotellamiento de su inteligencia. Esto es lo que hace tan odiosa a los extranjeros toda la producción de los juntaletras alemanes, pues no les gusta ir dando palos de ciego, mientras que, en el caso de nuestros compatriotas, eso parece formar parte de su misma naturaleza”37.

Filósofo que a su vez tenía sus bestias negras: “Fichte, Schelling y Hegel no son filósofos, ya que les falta el primer requisito para serlo: la seriedad y la probidad en la investigación. Son vulgares sofistas: no quieren ser, sino aparentar, y no buscan la verdad, sino su propio beneficio y promoción personal”38.

Por supuesto que, reducido a estos límites, el filósofo de Danzig, deja de ser el discípulo de Kant, seguidor y crítico, tal como se puede apreciar en La cuádruple raíz del principio de razón suficiente, El

fundamento de la moral y, sobre todo, la que él mismo llamó, “mi

obra fundamental”, El mundo como voluntad y representación. Siguiendo ese mismo orden reductivo nos topamos con la idea de que Nietzsche se nos vuelve el filósofo que, por su trujamán Zara- tustra, piensa que el viejo santo del bosque aún no se ha dado cuenta de que “Dios ha muerto”39, ni ha sacado las consecuencias de esta situación crucial.

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Y, por supuesto, Wittgenstein, el del Tractatus se nos vuelve el pensador del silencio: “De lo que no se puede hablar hay que callar”40.

Y a veces, los más eruditos, completan este último aforismo del

Tractatus con un comentario que atribuyen a F. Ramsey: “de lo que

no se puede hablar, ni siquiera silbar...”.

Por supuesto –y les ofrezco excusas por esta nota erudita– que el famoso chiste de Ramsey: “pero no podemos decir lo que no pode- mos decir, y tampoco lo podemos silbar” –nos dice Alfred Ayer–, “no estaba dirigido contra Wittgenstein, como se supone generalmente, sino que era un comentario a la sugerencia de que las proposiciones generales [universales] fueran tratadas como conjunciones infinitas, con el resultado de que nos vemos forzados a tener “una teoría de las conjunciones que no podemos expresar por falta de capacidad simbólica”41.

En otros términos, la incapacidad de decir y de silbar la dirige Ramsey a las proposiciones universales [irrestrictas] que no se pueden expresar bajo la forma de una conjunción infinita de proposiciones elementales. Puesto que él está insatisfecho con la propuesta que hizo Russell –en el período de la metafísica del atomismo lógico– con los

hechos generales [universales], su conclusión será: “si no es una con-

junción, entonces no es una proposición en absoluto. La cuestión que se plantea entonces es en qué sentido podemos decir que es correcta o incorrecta”42. Vale decir que Russell respondió la inquietud de Ramsey un poco más tarde cuando ya había abandonado el atomismo lógico pero conservaba su interpretación de las proposiciones universales como auténticas proposiciones43.

Cuando se lleva al límite esta fragmentación, que puede hacerse también con filósofos muy sistemáticos, nos encaramos con un estado de cosas rayano con el ridículo, en que los aforismos se citan como versículos de un libro sagrado.

Esto es lo que sucede con algunas fórmulas que he escuchado a algunos de mis colegas de oficio que concluyen sus exposiciones con sentencias grandilocuentes –a falta de ideas lúcidas–, que imitan el

estilo oracular: “hay que hacer la experiencia de la locura” (Foucault), “Después de Auschwitz no es posible la poesía” (Adorno–Horkhei- mer), “el hombre es un aborto crónico” (¿Poulain?). Estas manifesta- ciones corroboran muy bien el decir de Wright Mills –perdone el lector este nuevo aforismo–, de que “la línea divisoria entre profundidad y palabrería muchas veces es delicada y hasta peligrosa”44.

Claro está que nuestro conocimiento de la historia de la filosofía es fragmentario y, en principio, no puede ser más que fragmentario. Sólo filósofos sui generis, como los historiadores de la filosofía, pare- cen tener una comprensión global de esta historia completa. Pero los filósofos comunes y corrientes como nosotros –pues de los grandes hablaré en otra sección–, casi siempre tenemos que contentarnos con fragmentos de los filósofos y de la historia de la filosofía.

Pero debo insistir en que no podemos –y es un imperativo intelec- tual– hacerle creer a los demás, para no terminar creyéndolo nosotros, que esos trozos de filósofo o de historia filosófica son el todo; siempre es preciso reconocer ese límite, o si no se corre el peligro de hacer generalizaciones indebidas45.

Vale la pena recordar aquí un consejo que da el sociólogo–filósofo Wright Mills en el apéndice de la Imaginación sociológica, bellamente titulado artesanía intelectual.

Nuestro sociólogo recomienda que en nuestras primeras investi- gaciones recurramos a las obras completas del autor –o autores– que alientan el espíritu del problema –o problemas– que abordamos en nuestra pesquisa, pero luego, cuando tenemos un poco de experiencia, podemos limitarnos a obras, e incluso, a partes de obras46.

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6. El conocimiento de la tradición filosófica