Al tiempo que Carlos sometía por la fuerza a sajones y frisones des- truyó también el reino de los avaros, fundado hacia el 570 en Hungría al haberse convertido en su vecino contiguo con la eliminación del du- que bávaro.
El breve proceso de Carlos con Tassilo
Baviera se había formado y desarrollado política, jurídica y social- mente bajo la dirección de los agilolfingios, que allí todo lo dominaban. Sólo con las dos campañas de Carlos Martell entró el país, aunque tal vez todavía no bajo la soberanía de los francos, sí en cierta dependencia de los mismos; dependencia que se agravó notablemente tras la grave derrota del ejército bávaro el año 743. El papado, que entonces había traicionado vergonzosamente al duque Odilo, dejó en la estacada a su hijo Tassilo apenas Carlos lo derrotó.
Y, sin embargo, Tassilo III (748-788), el último agilolfingio, cuyo gobierno estuvo desde el comienzo a la sombra de la soberanía de su tío, el mayordomo Pipino, era devoto del clero como muy pocos prínci- pes, sobre todo «a causa del amor eterno y del horror espantoso, para salir de la charca del diablo y merecer el salón del cielo». Favoreció al clero por todos los medios. Protegió a los sacerdotes mediante un ele- vado rescate de sangre, que era exorbitante para los obispos. Fomentó la misión de los anglosajones y de Bonifacio. Trasladó cuerpos de már- tires: el de Valentín a Passau (746) y el de Corbiniano a Freising (765). Cubrió Baviera de iglesias y de residencias monásticas, dotándolas con mayor prodigalidad que cualquier otro de sus predecesores. Fundó pro- bablemente los monasterios de Mattsee, Münchsmünster, Pfaffenmüns- ter y Wessobrunn; y con seguridad en el 769 el monasterio de Inichen en el valle del Puster, «para conducir al linaje incrédulo de los eslavos por el sendero de la verdad», y en el 777 el monasterio de Kremsmüns- ter en el cantón de Traun, con unos planos grandiosos, como avanzadi- lla a la vez que punto de apoyo de la misión eslava y como garantía de su gobierno sobre los paganos. Como tantas otras veces, también aquí se entrelazan indisolublemente motivos misionales, políticos y econó- micos.
En general Tassilo extendió el dominio bávaro siempre hacia el sur y el este, donde las fundaciones monásticas representaron ciertamente una labor preparatoria importante, aunque el papel decisivo lo jugó una guerra. En efecto, el año 772 el duque, los obispos y la nobleza de Ba- viera fueron convocados por una tal «Clemens peregrinas» a una «cru- zada contra los paganos de Garántanla, un país que comprendía princi- palmente la actual Carintia así como algunas regiones de la Estiria alta y central. Allí gobernaban príncipes eslavos, hasta que en el 828 los condes alemanes ocuparon sus puestos. «Dios concede a los bávaros la victoria sobre sus enemigos, como antiguamente lo hiciste con Gedeón;
como asististe a David, que venció a Goliat. Dios...» Tassilo capitaneó la cruzada, invadió Carintia, privó a los carantanios de su independen- cia política y así abrió en la región «el comienzo de la soberanía ale-
mana hasta la época contemporánea» (Waldmüller). «Esta victoria de Tassilo III sobre los eslavos determinó durante más de un milenio la soberanía de los alemanes sobre los eslavos y situó a la vez. Alemania
y la misión cristiana en el mismo frente» (Klebel).32
Todavía a comienzos de los años setenta Tassilo hizo que el papa Adriano I bautizase y ungiese a su hijo Theodo. Y su ducado poseyó incluso «una autoridad cuasi regia, a la que sólo le faltaba el nomen re-
gium» (Schiesinger). Pero en el 781, y con ocasión de su visita a Roma,
Carlos convino con Adriano para actuar en común contra Tassilo. Ese mismo año se presentaron al duque dos emisarios del rey así como dos obispos comisionados por el papa y le obligaron a renovar el juramento de vasallaje, que en tiempos había hecho Pipino. Tassilo transigió de primeras, se resistió después, pero acabó renovándolo y en el 787 soli- citó la mediación del papa. Pero éste no sólo lo rechazó de manera ta- jante, sino que además amenazó a Tassilo y sus «cómplices» con el anatema, en el caso de que no obedeciese en todo a Carlos. Más aún, declaró que una eventual guerra ofensiva de los francos contra él sería una «guerra justa». «Si el duque no se mueve por mis palabras a cum- plir con su deber, Carlos el Grande y su ejército quedarán exentos de todo pecado y de la responsabilidad de los incendios, muertes y cual- quier acción nociva, que se dé en perjuicio de Tassilo y de sus cómpli- ces.» A Carlos, por contra, le prometió la absolución de cualquier mal posible que ocasionase a los bávaros. Y cuando en el 787 éste avanzó con tres ejércitos en una acción concéntrica sobre Baviera, no encontró ninguna resistencia seria. Los nobles bávaros, «y en particular los obis- pos» (Heuwieser), estuvieron como es de suponer con el más fuerte. Tassilo hubo de rendirse sin lucha, renovar su juramento de fidelidad, y recibió su ducado en feudo.33
Pero ya al año siguiente Tassilo fue citado a la dieta de Ingelheim, donde Carlos lo hizo detener y desarmar de inmediato. Después mandó detener en Baviera a la mujer y los hijos de Tassilo con la servidumbre haciéndolos conducir a su presencia. Sólo después le inculparon en la asamblea nacional «miembros de un partido antitassilista, capitaneado por el episcopado bávaro» (Sprigade), gentes que habían llegado a In- gelheim formando parte de su séquito: el crimen era una supuesta alianza con los avaros. Y se le abrió formalmente un proceso. En cual- quier caso, no por delito de alta traición, que evidentemente no se podía probar, sino por su «deserción» (haris liz) el 763 a Aquitania, ¡cometi- da 25 años atrás!
Muchos son los puntos oscuros acerca de dicha asamblea, «como sobre la desaparición de los duques hedenos en la Franconia del Main y de los duques alamanes después del 740» (Bosi). Carlos, supuestamente «llevado de la compasión, por el amor de Dios y porque era su consan- guíneo» -según el analista oficial-, cambió la sentencia de muerte en la de prisión monástica, que equivalía a la de cadena perpetua, aparecien- do así a los ojos de sus coetáneos como un padre de la patria bondadoso y temeroso de Dios. De hecho sólo actuó obsesionado por el poder y con evidente dureza; todo da la sensación de «una escena hábilmente preparada, de una representación tramada desde el comienzo» (Epper- lein).
El 6 de julio Tassilo fue tonsurado en Sankt Goar como monje, sien- do enviado después al monasterio de Jumiéges en Rouen. Pero tras seis años de prisión, probablemente en Lorsch, en el 794 Carlos lo hizo conducir a Frankfurt, a una asamblea nacional y eclesiástica, y en una farsa repugnante le hizo pedir perdón por todo el mal que le había hecho a él, Carlos, y a los francos y le hizo renunciar por escrito al du- cado de Baviera y a sus posesiones personales en favor de sus hijos e hijas. (El tesoro ducal naturalmente ya lo había él confiscado en el 788 en su propio beneficio.) El rex piissimus, cuya misericordia exaltan explícitamente en esta ocasión los Annales Lauresharnenses, quiso pues aniquilar no tan sólo a Tassilo sino la dinastía entera. Pero Carlos le perdonó también entonces, le aseguró su clemencia y -según rezan las crónicas- lo acogió «de nuevo en su amor, pues estaba seguro del futuro por la misericordia de Dios».
A la misericordia de Carlos hubo de renunciar el duque. Para acabar apoderándose de su tierra el rey no sólo había hecho encerrar tras los muros monásticos a Tassilo sino también a su esposa Liutperga, hija del rey longobardo Desiderio, y a sus hijos e hijas; a Rotrud en Sois- sons y a Gotani en Chelles, aquí bajo la custodia de la propia hermana de Carlos. Al lujo mayor de Tassilo, llamado Theodo, lo condujeron a St. Maximin de Tréveris, sin que sepamos la cárcel monacal de su se- gundo hijo Theopert.
Tassilo murió en el monasterio de Laurisham (Lorsch) sobre el Rin, ignorándose cuándo. También el rey Desiderio acabó en la cárcel de un monasterio recluido por Carlos. Y allí terminó probablemente asimismo Hunaid, padre del duque Waifar de Aqukania, quien después de 25 años de enclausTramiento, todavía en el 768 se había dejado arrastrar a una sublevación. Baviera pasó a ser una provincia franca, regida prime- ro por un «gobernador» y después por virreyes. Y la Iglesia bávara, lo más importante de Tassilo, su instrumento de gobierno por él perfecta- mente equipado, se pasó a Carlos.34
Con la deposición de Tassilo II y su encarcelamiento en Ingelheim el 788 Baviera fue, como decimos, una provincia del reino franco y el reino de los avaros se convirtió en vecino directo de los francos.
Evidentemente una guerra santa
Bajo la presión de los pueblos turcos los avaros habían emigrado hacia el oeste. Era un pueblo perteneciente a la etnia de los hunos, pro- bablemente protomongólico, un pueblo de jinetes que vivía en las este- pas del Asia central. En la segunda mitad del siglo vi ocuparon la llanu- ra del Tisza y todo el territorio del Danubio medio durante más de dos- cientos años. Hacia el 550 aparecieron también en la franja oriental de Germania y en la década siguiente, cuando empezaron a crear un gran reino entre los Alpes orientales y el mar Negro, gobernado enérgica- mente por Khagán Baián, fueron combatidos por el merovingio Si- giberto I. Cierto que en el 561 los venció en el Elba medio, pero cinco años después hubo de obtener la paz mediante el pago de un tributo.'
Con amplios contingentes de tropas auxiliares eslavas continuaron atacando los Balcanes. Los germanos y sármatas que habitaban la re- gión del Danubio se mezclaron en parte con ellos. En el 506, aliándose con los longobardos, aniquilaron a la tribu germánica oriental de los gépidos. Y, cuando en el 568 los longobardos avanzaron hacia Italia, avaros y eslavos invadieron las regiones abandonadas de Panonia-No- ria, pasando así a ser los vecinos orientales de Baviera. Pero su avance apuntaba preferentemente hacia el sur, y sobre todo a Constantinopla, cuyos aliados habían sido en tiempos. En el 626 la cercaron del lado europeo junto con eslavos, gépidos, búlgaros y otras tropas auxiliares, mientras que los persas la cerraban por la parte asiática. La pequeña flota eslava fue aniquilada y el ejército de tierra fracasó frente a las murallas inexpugnables. Cuando el hambre y las epidemias forzaron a los avaros a la retirada, al tiempo que también los persas cesaban en su empeño, el prestigio de Khagán se resintió entre sus subditos y sus aliados siendo suplantada su soberanía por los pueblos eslavos auxilia- res en los Súdeles eslavos, en Bulgaria y Dalmacia. Cierto que los ava- ros se rehicieron de nuevo hacia el 750 y que dominaron a los eslavos de su órbita de poder mediante nueve campamentos rodeados por una muralla en forma de anillo, los llamados «anillos avaros». Eran puntos de apoyo, en los que se almacenaban alimentos, botines de guerra y tesoros incalculables, y donde se supone el centro del poder avaro al este de la selva vienesa. Pero entonces avanzó Carlos sobre ellos dán-
doles el golpe mortal.35
Después de haberse apoderado de Baviera, a partir del 788 -en los documentos bávaros se contaron los años «desde que el rey Carlos con- quistó Baviera»- se comprometió aún más al servicio de la conversión de avaros y eslavos, la guerra y la predicación continuaron sobre todo en el sureste. Los Annales regni Francorum aducen cual motivo princi- pal de la apertura de hostilidades la aversión al cristianismo de los ava- ros, el crimen supuestamente enorme e intolerable «que los avaros habían cometido contra la santa Iglesia y contra el pueblo cristiano, porque a través de los emisarios no se había podido obtener ninguna satisfacción...». En realidad lo que quena el rey, un conquistador noto- rio, era la expansión, quería evidentemente las tierras entre el Enns y el Danubio como una «Marca panonia».
En el 788 los avaros avanzaron con dos ejércitos hacia Baviera e Ita- lia para salvar a Tassilo; pero llegaron demasiado tarde y en todas par- tes fueron rechazados. Cayeron a millares en los campos de batalla o en su huida perecieron en el Danubio. Y en el 791, al tiempo que tropas italianas al mando del duque de Istria irrumpían por el suroeste sobre el reino avaro, Carlos avanzó hacia Hungría con otros dos grandes cuer- pos de ejército. Devastó el país a lo largo y ancho hasta el Raab, no sin haberlo preparado todo convenientemente con la Iglesia.
La aventura había empezado «con la ayuda de Dios», como siempre. Y, cuando el 5 de septiembre las tropas alcanzaron el Enns, que era la frontera con los avaros, se hizo un alto con tres días de rogativas, en las que «todos caminaron descalzos», como escribía Carlos a su esposa Fastrada. A ello se sumaron numerosos servicios religiosos. Cada obis- po y cada sacerdote hubo de contribuir con tres misas y cada canónigo y cada monje con tres recitaciones del Salterio para «conjurar el azote de la guerra» (Ahlheim), que de hecho empezaba a extenderse por am- plios territorios. La situación alentó además a un ayuno general; pero cualquiera pudo ya eximirse del mismo adquiriendo con dinero la «li- cencia» para beber vino o comer carne. Con todo ello se solicitaba fer- vorosamente -como escribe el analista oficial- el «auxilio de Dios para la salvación del ejército y la ayuda de nuestro Señor Jesucristo para la victoria y la venganza contra los avaros». Sobre ellos descargó en se- guida «un terror enviado por el Señor», pues «Cristo conducía a su pueblo»; y también el cristianísimo rey, habría que añadir: acompañado por su preboste, Angilram, obispo de Metz, que allí murió; el obispo Sindpert de Ratisbona, que corrió igual suerte, los obispos Arno de Saizburgo y Arno de Freising con muchos otros clérigos. En resumen, todos se aplicaron a la obra piadosa: «se llevó a cabo una labor increí- ble, que hizo germinar la semilla del cristianismo en los surcos que la
espada de Carlomagno había abierto» (Daniel-Rops).36
Mas como los avaros no presentaban ninguna batalla campal y como el terreno cubierto de bosque y pantanos impedía cualquier ofensiva, habiéndose desatado además una epidemia en el ejército, que se llevó a algunos hombres pero sobre todo a nueve décimas partes de los caba- llos y miles de animales, resultó imposible cualquier persecución ulte- rior; por lo cual hubo que interrumpir el primer ataque sin haber logra- do nada. Así y todo, se obtuvo un primer éxito parcial y Carlos -que evidentemente llevaba a cabo «una guerra santa, al final de la cual sólo podía estar el triunfo completo y la conversión del enemigo» (Kalck- hoff)- consiguió sacar de su empresa sacra un inmenso botín así como una gran multitud de prisioneros.
Mas no cedió. Al año siguiente (792) mandó construir con barcas un pontón flotante para hacer más fácil la travesía del Danubio. Y en el 793 ordenó unir el Main con el Danubio mediante una «gran zanja», la «zanja de Carlos»; que era como enlazar el centro del reino franco con el sureste. Es la única tentativa conocida en Occidente a comienzos de la Edad Media (por motivos evidentemente estratégicos) de construc- ción de un canal; tentativa que por lo demás fracasó a causa de la con- tinuas lluvias y por dificultades técnicas.37
En el 795 tropas francas a las órdenes de Pipino, hijo de Carlos y vi- rrey de Italia, y del margrave Erich de Friul, atacaron de nuevo a los avaros en Hungría meridional. Ello provocó entre éstos una subleva- ción y el asesinato de sus príncipes. Se conquistó el «anillo» o campa- mento (kürijän) principal del interior del país; la fortaleza real avara fue saqueada, obteniéndose con una cantidad ingente de oro y plata, amon- tonada allí durante siglos; joyas y armas fueron robadas y enviadas a Carlos en Aquisgrán. Con «mano dadivosa» distribuyó él parte de aquellos tesoros a los obispos, hasta la misma Inglaterra, aunque al se- ñor papa le envió «una gran parte». Toda la cristiandad occidental se regocijó «con el tesoro obtenido por la gracia de Cristo».
Y pronto volvió a regocijarse. Pues ya al año siguiente, cuando Tu- dun, un príncipe avaro, se hizo bautizar en Aquisgrán, Pipino, hijo de Carlos, acompañado de nuevo por obispos y prelados de Saizburgo, Pas-sau, Aquileya y otros lugares de Italia, penetró en el «anillo» y lo destruyó. Pero ya antes continuó haciendo enormes botines de piedras y metales preciosos, cuyo destino fue asimismo Aquisgrán, donde proba- blemente se montó entonces un tesoro especial. (Durante los siglos vi y vil los khaganes avaros habían arrancado de Bizancio pagos anuales de hasta 120.000 sólidos; con la repentina afluencia de tesoros el valor de los metales preciosos debió de bajar en el reino franco aproximadamen- te un tercio de su cotización.) Quince carretas tirada cada una por cua-
tro bueyes, fueron necesarias para transportar la increíble rapiña de «la guerra santa» hasta las manos de Carlos en Aquisgrán. No se recuerda, comenta Einhard con entusiasmo, ninguna otra guerra en la cual los francos se enriqueciesen con un botín tan grande. Y aunque laico (que sin duda figuró al frente de muchas iglesias), agrega en tono mojigato que «con razón puede decirse que los francos habían despojado legíti- mamente a los hunos de lo que éstos antes habían arrebatado a otros pueblos de forma ilegítima».
Pero las campañas se prolongaron todavía mucho tiempo hasta el sometimiento de los avaros; incursiones armadas hubo todavía los años 797, 799, 802 y 803. «Los margraves friulanos y de la marca oriental estuvieron de continuo en pie de guerra» (Zöllner); con «casi cada año una nueva acción» (Brackmann).
Se discute ciertamente la dureza de la guerra. Los Anales reales ocultan ciertamente las atrocidades cometidas; otras fuentes informan de las grandes crueldades cometidas por los francos. También Einhard escribe que Carlos llevó a cabo la empresa con mayor pasión y esfuerzo que todas las otras, «con la máxima obstinación». «La Panonia despo- blada por completo y la destrucción de la residencia del khan, donde hoy no es posible encontrar rastro alguno de vida humana, son testigos de las muchas batallas sangrientas, que se combatieron esos años. En ellas sucumbió toda la nobleza huna, y con ella su fama.»
Los avaros se levantaron repetidas veces contra sus opresores; en el 799 derrotaron al margrave Erich de Friul en Fiume, en una batalla por la elevada fortaleza de Tersatto (Tarsatica), y poco después al prefecto real (gobernador) de Baviera Geroíd I, cuñado de Carlos, un paladín de dotes y dinamismo singulares, cuyo recuerdo se mantuvo vivo espe- cialmente en el monasterio de Reichenau, «ensalzado como un mártir» (Stormer). También cayeron en la guerra los margraves Erich Kadaloh y Gotchram. Y así en el 803 toda Hungría occidental, hasta cerca de la actual Belgrado, quedó incorporada de alguna manera al reino franco como «Marca panonia».
En el 826 se menciona por última vez a los avaros. De hecho des- aparecieron de la historia. Y durante el reinado de Carlos nada impre- sionó tanto a los historiadores y poetas coetáneos y posteriores -que en numerosos poemas exaltaron a Pipino, hijo de Carlos como caudillo de