IV. Dynamics of the water extractable organic carbon pool during mineralisation in soils
2. Materials and Methods
2.2. Incubation design
Los individuos con los que se desarrolló el proceso de psicoterapia, en edad temprana sufrieron maltrato infantil con situaciones de negligencia y descuido de sus padres, aspectos que afectaron negativamente su aparato psíquico; su mundo interno quedó estructuralmente afectado y perturbado en su funcionamiento, por la intensidad del trauma asociado al abandono y la pérdida temprana de los padres, de los familiares o de sus principales referentes afectivos, muchas veces perturbados ellos mismos en su funcionamiento.
Psíquicamente, se observa un funcionamiento mental empobrecido en donde los interés propios y genuinos se ven contrarrestados por un interés pobre hacia el sí mismo tanto desde los objetos externos como desde su propio yo, se defienden al construir nuevas relaciones por los constantes abandonos que ya han experimentado, de tal forma que atacan al objeto antes de que este sea atacante hacia ellos. El abandono se convierte en una situación desconcertante,
frustrante y desesperanzadora que organiza e identifica su funcionamiento mental de diferentes formas como lo podremos analizar con cada paciente. Cada uno utilizo diferentes mecanismos de defensa para afrontar el trauma de haber sido abandonados durante su infancia.
A. La aparición de objetos buenos externos, capaces de relacionarse generosa y cálidamente con los niños abandonados y rechazados por la familia, produce
modificaciones en la conformación y la tonalidad afectiva del mundo interno (María).
El rechazo de los objetos primarios y su efecto, el abandono así como la institucionalización producen un ataque a la matriz de la mente con destrucción de los
mecanismos básicos ♀ ♂ y PSD y un reforzamiento de los vínculos negativos (Bion, 2000). Situación que además se hace presente con procesos de desmantelamiento sensorial, estructural y vincular y la desmentalización como consecuencia (Trevisi-Muñoz, 2012; Calderón-Muñoz, 2014). Esta destrucción no era tan clara en María Inés que desde el inicio comenzó a mostrar una realidad psíquica, un mundo interno con personajes y acciones de carácter persecutorio. El otro efecto que suele verse en los niños abandonados son las perturbaciones en el desarrollo de la dimensionalidad del espacio psíquico (Meltzer) con un regreso al tropismo unidimensional de atracción y repulsión, tal como se ve claramente en el caso de María Inés quien habiendo sido rechazada en su familia y luego por las madres sustitutas se había convertido en una niña embravecida, agresiva y atacante, cuya salida no era más que un intento de seducción y dominación hacia el objeto.
Ubicada en situación de ataque mutuo con las madres sustitutas en la realidad externa determinó que ella orientara a un funcionamiento de tropismo de repulsión y cualquier imagen de películas de terror la sumía en la confusión pues no diferenciaba lo vivido en
imágenes de televisión y lo vivido por ella, sino que se apelmazaban esas imágenes. En ese momento sus relaciones estaban cargadas de comportamientos agresivos y amenazadores extremos como cuando asustó a los niños de su salón diciendo que por ser una niña del Bienestar Familiar se iba a tirar de un puente.
María Inés inicialmente se hacía muchas preguntas como: ¿por qué me dejaron acá y a mi hermano sí se lo llevaron? ¿Por qué me rechazan? ¿Puedo cambiar? ¿Alguien me quiere? Con lo cual nos hacía ver que la capacidad de reflexión de su yo estaba presente y podía cuestionarse sobre el rechazo de los objetos externos, aunque no lograba imaginar las razones que los motivaban.
María Inés lograba mediante dibujos y juegos narrar sus historias, pero en algunas sesiones cantaba en voz alta y bastante duro para no hacer nada más durante la sesión, ni tener conversaciones difíciles que le recordaran su abandono. Era entonces cuando podía pasar rápidamente de un estado de ánimo feliz a un estado de ánimo triste. Su emocionalidad se volvía inestable y cerraba sus sentidos a los intentos de comunicación de la terapeuta.
El encuentro con un objeto externo tolerante a la inconformidad, a la agresión, a los rechazos abiertos, a las reacciones impulsivas de los niños abandonados, que tenga además capacidad de imaginar sus experiencias traumáticas y sus sentimientos confusos y manifestarles su comprensión, permite el encuentro con un objeto nuevo confiable capaz de protegerlos de sus propios impulsos y conflictos y se abre entonces el espacio para que se presenten expresiones afectivas amorosas entre el sí mismo y el objeto. Inicialmente es posible que lo que se desarrolle sea una relación adhesiva con periodos de temor a la perdida, lo que ya es una salida del tropismo unidimensional. Tal y como pudimos verlo en María Inés cuando su rudimentario mundo interno de guerra empezó a cambiar, y los objetos persecutorios que
tenía en su mente, así como los recuerdos de su familia ya no estaban tan relacionados con rabia sino con tristeza al recordarlos.
La relación con la terapeuta era más alejada, pues quería estar todo el tiempo en compañía de la madre sustituta, con un apego ansioso hacia ella, donde se expresaba su temor de una nueva separación y abandono. Con la nueva madre sustituta sus preguntas empezaron a ser ¿Puedo tener los apellidos de ella? ¿Ella me puede adoptar? Siempre preguntas con las que buscaba un lugar donde ser querida, pertenecer a una familia y tener una identidad, así fuera prestada.
La relación con un objeto externo receptivo y con capacidad de pensar e imaginar permite ir aún más allá de la bidimensionalidad y de la adhesión (Meltzer, 1979). Es posible inclusive recuperar el yo que se apoya ahora en el objeto bueno y puede usar sus funciones mentales para relacionarse con el mundo. La impulsividad y las actuaciones dan paso a la recuperación de su propia capacidad de pensar.
María Inés podía simbolizar lo que estaba viviendo, por medio de juegos, cartas o historias ella ponía sus personajes internos afuera y ayudaba a la terapeuta a entender lo que estaba sintiendo. Empezó a comparar todo el tiempo lo que no había tenido antes y lo que tenía ahora, lo que las otras madres sustitutas no le habían dado y lo que le daba la actual, no solo materialmente sino en términos de afecto y dedicación. Comenzó a tener relaciones más estables con los compañeros en la casa y en el colegio.
Empezó a comentarle a la terapeuta sobre lo que le preocupaba pues ahora tenía posibilidades de irse en adopción. Al preguntarle la terapeuta sobre esta posibilidad, ella respondió que si le gustaría pero inmediatamente se le aguaron sus ojos y comentó que le daba mucho pesar pensar en su familia y en sus hermanos pues tal vez estaban pasando hambre. Le daba tristeza también alejarse de la madre sustituta y ser rechazada de nuevo. Además del
cambio del tropismo rabioso y seductor, al apego con la madre sustituta y a la recuperación de sus funciones yoicas, aparecía ahora la consideración a sus objetos buenos primarios y al dolor frente a sus necesidades básicas no satisfechas. Como si la estabilidad de los objetos externos buenos y sus vínculos positivos con tolerancia a los negativos permitiera que se creara en la mente una atmósfera de tolerancia y cercanía que permite funcionar de manera más tranquila pero vital.
A lo largo del proceso se observó en María Inés que en algunas oportunidades actuaba afuera la rabia que sentía, mientras que con la terapeuta se mostraba seductora y tierna, y en otros momentos el vínculo fuerte y estable con ella le permitía mostrar su rabia, alegría, frustración y desconcierto, mientras trataba de pensar estas experiencias. A veces parecía desestructurarse pero el apoyo del objeto bueno así como la cualidad del vínculo con él hacía que su yo se fortaleciera y se estructurara de nuevo.
B. El abandono y la institucionalización desesperanzadoras refuerzan el tropismo primitivo y la desmentalización mientras que la recuperación de un objeto primario bueno reconstruye el psiquismo destruido (César).
Algunos niños abandonados conservan en sus mentes un objeto primario cuidador en quienes ellos confían y sienten que en uno u otro momento vendrá a rescatarlos de la difícil situación que están viviendo (Calderón-Muñoz, 2014). Esta situación estaba presente en las imágenes y recuerdos que César traía al comienzo de las sesiones sobre su padre cuando mostraba anhelo y felicidad pensando en el reencuentro con él, mientras que cuando hablaba de su madre mostraba tristeza y rabia. También traía pequeñas historias sobre personajes y acciones de su vida en la calle y en los hogares que eran muy escuetas y simples, donde era imposible encontrar significados aparentes. En realidad Cesar no era muy creativo, a veces si
tenía alguna iniciativa en la conversación era con comentarios superficiales sobre una actividad o un personaje conocido. Las actividades con él eran repetitivas y aunque algunas veces tratábamos de cambiar con juegos o dibujos, estos también se volvían simples y repetitivos.
Un rasgo característico de muchos niños abandonados e institucionalizados es su carácter de limosneros que los lleva a pedir comida, objetos, dinero, como si con la recuperación de estos elementos materiales buscaran recobrar algo de lo perdido en el proceso de rechazo y abandono (Muñoz-Pachón, 1980). En César, quien había estado rodeado de un medio externo excluyente, rechazante y carente económicamente y de afecto materno, se acercaba a la gente siempre y cuando, se le diera algo que él deseara como comida, diversión o algo económico y cuando no lograba lo que quería pasaba a robar. Este es otro comportamiento que es frecuente en los niños abandonados e institucionalizados que han tenido experiencia callejera (Muñoz-Pachón, 1980). Además le era prácticamente imposible adaptarse a los hogares sustitutos, donde sencillamente entraba en rechazo agresivo y evasión, otros comportamientos comunes en estas instituciones que recogen niños abandonados. Adicionalmente tenía acercamientos sexuales abusivos con los más pequeños. Otro aspecto que también se presenta en algunos niños abandonados, que al no lograr tener relaciones afectivas caen simplemente en estados sensoriales eróticos incontrolables, donde prima los impulsos sin límites superyoicos.
El abandono y la institucionalización como ya se dijo anteriormente llevan a la destrucción de la matriz de la mente y a la desmentalización (Bion, 2000) , situación que se observaba con claridad en Cesar, quien al perder al objeto paterno en quien confiaba y a quien tomaba como modelo, se sumergió en un estado de desolación y desmentalización, donde simplemente se encontraba muy aburrido y desesperanzado, sin intereses propios, le costaba
bastante levantarse cada día por sí solo, parecía que necesitaba siempre de alguien que lo obligara a vivir pues por sus propios medios no lograba recuperar sus emociones.
En casi todas las instituciones se dan quejas de las coordinadoras o de las madres sustitutas a la terapeuta con la esperanza de que ella logre modificar los comportamientos inadecuados de sus pacientes fuera de sesión. En el caso de Cesar cuando había quejas de las madres sustitutas a veces la terapeuta caía en enjuiciamientos paralelos y en recriminaciones y consejos. Sentía que Cesar por buscar una adaptación y un lugar en el hogar sustituto, se perdía cada vez más, como si se hubiera muerto psíquicamente.
Inicialmente Cesar se hacía preguntas sobre su padre o sus hermanos como: ¿dónde estarán? ¿se acordarán de mí? ¿Mi papá estará vivo o muerto? a través de las cuales trataba de rescatar un recuerdo y un vínculo con ellos, sobre su madre no había preguntas ni tenía buenos recuerdos. A medida que se fue silenciando y aislando, no preguntaba por ninguno de ellos sino que parecía preferir ya no cuestionarse nada. Había entrado aparentemente en el vacío mental de la desmentalización.
En Cesar el deseo o la fantasía esperanzadora del reencuentro con el padre se fue desapareciendo cada vez más, pues mientras seguía pasando el tiempo, él veía más lejana la posibilidad de un reencuentro con su familia, y llegó un momento en que ya no pensaba en él ni en sus hermanos, como si se hubiera muerto psíquicamente.
La desolación, con aburrimiento y retraimiento, producto de la ausencia eterna del objeto bueno, aniquila el sí mismo que se aleja del mundo. (Desmantelamiento sensorial, estructural y desmantelamiento vincular – que no es lo mismo que -A, -O, y -K, pues lo que pasa es que al no estar ni el yo-ni el objeto, los vínculos A, O, y K, se caen, se derrumban, al igual que la estructura ello-yo-superyó ideal de la cual habla Meltzer (1979) como desmentalización, se trataría de una des-vinculación pasiva debida a la muerte psíquica.
Cesar solía estar en un estado mental de aburrimiento, de retraimiento psíquico, pero cuando en esa migración constante entre la calle, casa, hogar sustituto (producto de la evasión) (Muñoz-Pachón, 1980) encontraba algo que lo hiciera salir de la situación aburridora porque le gustaba o porque surgiera alguien que lo protegiera se quedaba ahí siempre. En ese momento funcionaba siempre bajo el principio de placer (Freud, 1920), y no existía en él claridad de tiempo ni de espacio, imperaba la bidimensionalidad como forma de existencia y relación (Meltzer, 1979). En este estado la noción del self no es fuerte y es recurrente el uso de la
identificación adhesiva, se copia y se adhiere al objeto, se carece de recursos psíquicos diferentes a los adquiridos por medio de su experiencia concreta y sensorial, la imaginación está completamente empobrecida, en muchos momentos inclusive no existe.
Como dice Meltzer (1979) hay una “extraña relación” entre la bidimensionalidad y el funcionamiento bajo supuesto básico que se acompaña de un funcionamiento socio-animal, él
pensaba solamente en “comer”, “coger”, “tener”. Cuando Cesar se encontraba en este estado
se quería tragar todo lo que tenía cerca porque predominaba en él la sensación de haberlo perdido todo.
Bajo una condición de vida en la que lo que prima es el abandono, el desamparo, sin ninguna esperanza de futuro el ser cae en estados de aislamiento, soledad, y aburrimiento, que reflejan la ausencia de vínculos, de estructura mental y de contactos sensoriales, se aniquila la mente solamente la recuperación de un objeto bueno, protector y cercano, que rehace la esperanza del reencuentro familiar posibilita la recuperación psíquica (Calderón-Muñoz, 2014).
Después de un tiempo de terapia y un cambio de hogar sustituto, donde la madre sustituta era más receptiva y tolerante Cesar comenzó a no escaparse del hogar, dejo temporalmente de robar y se suspendieron sus acercamientos abusivos con otros niños. Estas
relaciones perturbadas constituían un remplazo de las verdaderas relaciones afectivas que no había logrado mantener y que tampoco se habían desarrollado claramente en el proceso de institucionalización, y eran producto de un dolor mental intolerante por la pérdida de sus objetos amados. Esas relaciones se convertían en sustituto vincular distorsionado de la relación con el objeto perdido. Semejantes a la droga como sustituto de lo afectivo, dejaron de ser efectivas ante la nueva relación con la madre sustituta y la terapeuta. Cesar mostraba ahora la apariencia de un joven bastante aislado, callado, sin iniciativa para actuar, no solo en el hogar sino también en el proceso terapéutico, donde solo surgían dibujos repetidos que ya había hecho antes.
Aunque en ese nuevo hogar sustituto se pudo relacionar con adolescentes de su edad en quienes encontró una compañía, su rendimiento en el colegio y en el hogar seguía siendo trasgresor hasta llevarlo a veces a correr riesgos por quedarse en la calle hasta altas horas de la noche.
Hubo un momento en el proceso con Cesar en que la terapeuta estuvo muy cercana al proceso del hermano menor dentro de la institución, quien también se encontraba muy triste y reclamaba todo el tiempo poder irse con su familia. Un día y como resultado de la cercanía emocional que pudimos resaltar en la supervisión, ella tomó la decisión de permitirle un contacto telefónico con el padre. Fue así como Manuel, el hermano de Cesar, pudo hablar con él y llegaron a tener varias conversaciones. Posteriormente se enteró que Manuel se había escapado del hogar y un tiempo después, el padre la llamó a pedirle los documentos de estudio, y le contó que estaba viviendo con él. La terapeuta siempre vio con temor permitirle lo mismo a Cesar pues si su hermano había actuado así, no sabría cómo podría responder él, que era mucho más impulsivo y de permanencia en calle, el temor de que su bienestar y el
trabajo echo se derrumbara fue lo que no permitió que la terapeuta lo acompañara a tener un contacto con su padre.
Ahora cuatro meses después de la evasión del hermano de Cesar, y luego de verlo a él todo el tiempo desesperanzado y triste, le habló a la terapeuta sobre un amigo de su hermano en el colegio y quien le había dicho que él también se iba a ir a Cali y se iba a reencontrar con su familia. Cuando Cesar le dijo a la terapeuta esto, tenía una gran sonrisa en su rostro y tenía una actitud de juego, alegría y diversión con otros adolescentes del hogar, que señalaban cómo su ser se había recuperado por la nueva presencia del padre y el hermano en su mente, los dos unidos eran los salvadores de antes que al recuperarse le permitían el levantamiento de la estructura psíquica desmantelada (Meltzer, 1979).
El ello-yo-superyó ideal (Freud, 1981) se rearmaba como una pared de ladrillos que se reconstruyera por la presencia del objeto bueno perdido que ahora volvía a estar presente en su mente y a generar en él el mismo anhelo y felicidad inicial cuando hablaba de su cercanía al padre trabajador.
El proceso de Cesar podía relacionarse con el trabajo de Calderón-Muñoz (2014) quienes encontraron que en el grupo de adolescentes en situación de abandono, aquellas niñas que tenían en sus recuerdos la figura de un padre protector y salvador, pasaban de una condición de tropismo y bidimensionalidad a un estado tridimensional, donde las diferenciaciones básicas de adentro-afuera, niño-adulto, bueno-malo, presente-pasado y presente-futuro y pasado-futuro se recuperaban y permitían que el yo, acompañado por el objeto bueno volviera a existir en una dimensión mental más profunda.
C. La existencia de un desarrollo psíquico producto de la presencia de un objeto bueno primario, permite el desarrollo psíquico de algunos niños abandonados que se expresa en todos los ámbitos de la existencia (Fernando).
Los niños abandonados que están en las instituciones suelen ser complacientes con quienes se hacen cargo de ellos. Saben lo débiles que son para enfrentarse a la autoridad institucional y muchas veces se convierten en borregos obedientes que intentan aplacar a los adultos con su buen comportamiento. Pero algunas veces, como el caso de Fernando, su existencia frente a los adultos reflejaba más bien su propia fortaleza.
Las imágenes de los personajes de la vida de Fernando que él fue mostrando por medio de pequeñas historias sobre sus familias y recuerdos que tenía de ellos, dejaban entrever la existencia de seres que lo protegían y defendían. Por medio de dibujos la terapeuta pudo llegar a tener una imagen más certera de cómo los veía y recordaba, a esto se refiere Klein (1959) con objetos internos. Traía imágenes cotidianas de la comida que le enseñó a preparar su madre de crianza, los juegos de futbol y en el parque que compartía con su hermano, para quienes siempre tenía una actitud amorosa. Fue así como le permitió a la terapeuta mirar a sus familias con unos lentes distintos de los que tenía normalmente quienes trabajaban en las instituciones sobre las familias deterioradas y perturbadas de los niños abandonados. Aparecía, por el contrario, la imagen de una familia buena que lo apoyaba y ayudaba.
Al inicio de las sesiones, algunas veces la terapeuta sentía que él no estaba allí, pues