En todo trabajo de campo los informantes son pieza fundamental, la buena elección puede ser la clave del éxito, pero ¿cómo ponerse en contacto con ellos?, ¿cómo convencerlos para que accedan a contarnos lo que saben?
Aunque en nuestra metodología no descartamos la búsqueda de informantes al azar, tal como describe Fernández Ordoñez para el proyecto COSER,118 dado que nuestra encuesta
no iba dirigida a la recogida de testimonios de la forma general de hablar, sino a conocimientos específicos de una parte del acervo lingüístico y cultural, hemos preferido seleccionar nuestros informantes a través de personas conocidas que pudieran ponernos en contacto con personas a las que se presuponía un conocimiento de la materia que íbamos a investigar.
Así, aunque hemos tenido casos de éxito en entrevistas espontáneas, la experiencia nos ha enseñado que en los últimos años, los tradicionales informantes, que hace unas décadas era fácil encontrar con tan solo trabar conversación, se han vuelto más recelosos a la hora de franquearse y mostrar sus conocimientos a un desconocido, razón de más para tratar de que alguien conocido por ambas partes nos presentara.
A pesar de haber utilizado personas de confianza como introductores, no siempre hemos tenido el éxito esperado, y en más de una ocasión la entrevista no ha llegado a realizarse o ha resultado infructuosa para los fines que íbamos buscando.
117 Datos sobre la informante en pág.89.
118 «El contacto con los informantes se realiza siempre al azar, sin gestiones previas, entre los individuos del lugar que reúnan los requisitos antes mencionados» (COSER / Metodología, [consulta: 13/05/2011]).
Además de los amigos y conocidos en la zona, nos hemos servido de los responsables de las páginas web locales, que no solo han servido ellos como informantes, sino que nos han presentados a otras personas. Menos suerte ha habido, por lo general, con las asociaciones culturales, que o bien no han sentido empatía hacia nuestro proyecto o bien no han sabido indicarnos los informantes adecuados.
Es decir, por lo general hemos atendido a un criterio de oportunidad en la selección de los informantes.
La hipótesis que Fernández Ordoñez plantea en su metodología ha resultado fallida en nuestro caso:
La decisión de centrar la entrevista en módulos temáticos relacionados con la vida rural “de antes” tiene mucho que ver con el hecho de que, para aceptar la entrevista, el informante potencial tiene que reconocer estar en posesión de ciertos conocimientos sobre un sistema de vida ya periclitado, conocimientos que son producto de su experiencia personal y de su edad y que le confieren “autoridad” informativa ante el entrevistador urbano. El informante acepta la entrevista al comprender nuestro interés por el testimonio de un sistema de vida en decadencia del que pocos guardan ya recuerdo y del que él se sabe experto (COSER / Metodología, [cons.: 13/05/2011]).
Por lo general, los informantes potenciales se muestran remisos a contar lo que saben con excusas, de las que también se hace eco Elías Rubio (Rubio Marcos et alii, 2002: 75) tales como «mi padre no tenía tiempo para cuentos» o «mi madre no me dejaba ir a jugar» o la más habitual «ya me falla la memoria y no me acuerdo de esas cosas». En el caso de un conocimiento personal del potencial informante, el recelo podía ser aún mayor —nadie es profeta en su tierra— y la excusa era aún más fácil: «esto tú ya te lo sabes» o «de esto tu madre sabe más que yo». Este tipo de excusas también las recoge Fernández Ordóñez:
De hecho, en no pocas ocasiones los informantes han mencionado la condición de universitarios de los encuestadores para intentar eludir la entrevista, alegando “¡si vosotros ya lo sabéis todo mejor que nosotros!” La insistencia del equipo de encuesta en el interés preciso de la tradición estrictamente local, en contraste con la de otros enclaves rurales, y en la condición única que el informante posee como depositario de esa tradición, ha sido en muchas ocasiones determinante para que aceptara la entrevista (COSER / Metodología, [consulta: 13/05/2011]).
En nuestro caso hemos optado por «insistir lo justo», prefiriendo pecar de prudentes y no agotar otras posibilidades que pudieran surgir pasado algún tiempo.
Una vez obtenida la entrevista, la dificultad mayor ha sido la obtención de material paremiográfico válido. En general es difícil que el entrevistado recuerde espontáneamente paremias o refranes, de ahí que en la medida de lo posible se facilitaran antes los cuestionarios. Por otra parte, los entrevistados suelen decantarse enseguida por aquella área que les gusta más, o en la que se sienten más cómodos —por lo general coplas, canciones o poesías personales— abandonando el corsé de la encuesta.
En algunos casos la entrevista ha resultado en una conversación agradable, no falta de puntos de interés, pero con una cosecha nula o prácticamente nula para nuestros propósitos de recogida de material paremiográfico o de cultura popular. No obstante, al revisar las grabaciones antes de descartarlas, hemos observado que bien podrían ilustrar el uso ribereño de ciertas UFs, aunque fueran de uso común en el resto de España, por lo que dichos fragmentos han sido incorporados al corpus oral.
Tampoco podemos desestimar el hecho de que a través de los informantes preseleccionados, hemos podido acercarnos a otros, que nos han facilitado información valiosa.
El perfil de los preseleccionados respondía a personas mayores y con fama de conocer la cultura popular en sus localidades, con preferencia por aquellos que hubieran vivido siempre en los pueblos. En cuanto al nivel de estudios, aunque a veces se buscan personas sin formación o muy escasa, en la práctica hemos constatado que aquellos con un poco de cultura, y sobre todo amantes de leer, resultaban mejores informantes que las personas con escasa formación: tenían más facilidad de palabra y por lo general tenían más capacidad para recordar paremias y apuntarlas.
Sobre el primer punto, el de la edad, sabido es que los refranes se empiezan a aprender durante la infancia: la mayoría de las personas dicen haberlos escuchado a sus padres y en gran medida a los abuelos, en este sentido podemos encontrar en el corpus numerosas referencias, pero por lo general se necesita un periodo de aprendizaje mayor que para las palabras; la incorporación al lenguaje propio se produce bastante más tarde, por lo general no antes de la treintena. Es difícil oír a un niño decir refranes, aunque las encuestas realizadas especialmente en los colegios nos muestran que los niños y los jóvenes sí conocen refranes, su competencia paremiológica pasiva no es despreciable.119 Cuando se
llega a la edad adulta, la sensación de haber oído ciertos refranes toda una vida es constante, como nos recuerda una de nuestras informantes, Maricarmen Calle: «Los refranes son una de esas cosas que llevas oyendo toda la vida y de vez en cuando escuchas alguno nuevo que vas uniendo al lote» (892-[50198]).
Nuestra experiencia concreta en el caso de las entrevistas realizadas es que no siempre las personas de más edad, los más ancianos, son los mejores informantes. No tanto porque
119 El análisis de los datos demográficos de la encuesta realizada en el I. E. S. El Empecinado, arrojó que un 10% de las paremias habían sido aportadas por informantes de menos de 29 años (Ugarte García, 2010).
les vaya flaqueando la memoria, que también se nota, sino porque muestran una actitud de «vuelta de todo», un desinterés manifiesto, cuando no un claro recelo ante las preguntas del entrevistador, del que ya hemos hablado. Ahora bien, como hemos dicho más arriba, al lado de estas personas muy mayores suele haber otras, hijos normalmente, que sí están dispuestos a repetir con más entusiasmo lo que han oído a sus mayores. En nuestro caso no cerramos la entrevista a nadie y tratamos de incluir en ellas, aunque fuera de forma marginal, a los hijos, sobrinos u otros familiares que pudieran estar presentes.
En cuanto a la fama que puedan tener acerca del conocimiento de ciertos temas, nos hemos encontrado también con el hecho de que ese conocimiento no siempre coincide con lo que va buscando el investigador. En cualquier caso, la experiencia nos dice que en caso de que la entrevista no pueda ser reconducida, habrá siempre que guardar la cortesía, dejar hablar al entrevistado y esperar mejor ocasión, no cerrando ninguna puerta.
Tampoco deben descartarse las personas que han pasado largos periodos de su vida fuera, o que emigraron a la ciudad o a otras zonas muy temprano. En muchas ocasiones estas personas guardan frescos los recuerdos de su niñez y juventud, a la vez que sienten una gran añoranza por el pueblo, lo que les lleva a volver sobre ellos continuamente y a mantener vivos esos recuerdos.
En cuanto al grado de formación que pueda influir en las respuestas, ya lo hemos adelantado, la mayoría de los especialistas aconseja buscarlos entre la gente poco instruida para tratar de mantener fuera los conocimientos que han podido llegar mediante lecturas u hoy día por otros medios. Espinosa hijo (1987: 12) dice en la presentación de su trabajo: «En la recolección de los cuentos populares han de tenerse en cuenta dos condiciones. En primer lugar, se han de de recoger solamente aquellos cuentos que los narradores hayan oído contar a otras personas, y nunca cuentos leídos en ningún libro. Como garantía, es preferible que los narradores sean personas de poca instrucción.» El subrayado es nuestro, pero esta premisa, que podía tener sentido en 1936, fecha de la encuesta de Espinosa, hoy sería bastante difícil de cumplir. Ya iremos viendo la importancia de la radio a medida que avanzaba el siglo XX, y también habrá ocasión de señalar la incidencia que en nuestra especialidad, la paremiología, han podido tener cierto tipo de publicaciones como los almanaques; pero de lo que no queda ninguna duda es de que el informante, por poco instruido que sea, ve mucho la televisión, cuya influencia en lo que aprende y transmite es muy grande, sirva como ejemplo el testimonio de María Gil que nos confesó abiertamente que últimamente recogía muchos refranes de un determinado programa de televisión (450- [60585-60586]). No solo María Gil, otros muchos informantes nos han facilitado ilusionados algún refrán que habían oído en ese medio y habían apuntado para nosotros. No podemos por menos que agradecer estos gestos, como también la ayuda que pretenden facilitarnos los más jóvenes, o los que se han iniciado en las nuevas tecnologías, al decirnos que «en Internet hay muchos refranes». En resumen, la televisión está, sin lugar a dudas, omnipresente, y su influencia se nota en cada encuesta, en cada conversación; las personas de los pueblos leen libros, algunas revistas y gustan, por lo general, de aparentar más de lo que saben, por lo que no debe extrañarnos que ante el anuncio de una entrevista, nuestros informantes se la hayan preparado con libros o con algún otro material a su alcance. Lo malo de ello es que la mayor parte de las veces, esta circunstancia, la fuente última, se nos oculta, intencionadamente o no. Nuestros voluntariosos informantes tienden a facilitarnos el refrán —«¿lo tiene usted?», «no sé si lo tendrá»—, pero olvidan con frecuencia facilitarnos las circunstancias en las que lo han oído o leído. Es más, el haber aprendido el refrán fuera de contexto, o no haberlo percibido muy bien, los lleva a desconocer cuál puede ser su significado, por lo que se limitan a reproducir el refrán de forma mecánica y totalmente aislada.
Sin salir del capítulo de la instrucción de los informantes, en nuestro caso, y contraviniendo todas las recetas clásicas, nos ha sido de inestimable ayuda, las aportaciones de algunos maestros que se han prestado ellos mismos a ser entrevistados y a recoger material e ir apuntando aquellos refranes que recordaban. Aunque siempre cabe la «contaminación» por las lecturas, incluso por lo que aprendieron o se les enseñó en facultades y escuelas normales, no han dudado en apuntar esa circunstancia cuando así la recordaban.
Dos son los problemas que las entrevistas a los informantes tradicionales producen en la recogida de la información: El primero es la falta de memoria, las lagunas, que relega inevitablemente las piezas más largas y favorecen las más cortas, las más anecdóticas. Esta falta de memoria se une frecuentemente a la fatiga en la entrevista, una prisa por terminar, «esto ya te lo sabes ¿no?» o «esto seguía, era muy largo». Esta desgana que muestran algunos entrevistados a la hora de enfrentarse a las piezas más largas, se ve además propiciada por la falta del entorno adecuado para reproducirlas. Nuestros informantes se ven obligados a repetir y contar las historias totalmente fuera de contexto, lo que produce una gran desmotivación. En cualquier caso, y tomando como referencia las palabras de los propios informantes, entrevemos que la actividad narrativa de la generación que enseñó estos cuentos a nuestros informantes fue mucho mayor que la que ahora ellos puedan tener: «mi agüelo nos contaba muchas historias todas las noches», nos dice Ángeles García. La importancia del padre o del varón de más edad y rango dentro de la familia ha sido de una capital importancia en la transmisión oral, según los trabajos de algunos investigadores (Ayuso, 1996) y de los datos aportados por los alumnos de El Empecinado (Ugarte García: 2010).
Esta «pereza» o «prisa» por terminar el cuento no siempre es negativa, ya que puede redundar en la formación de paremias, que vienen a resumir de esta forma condensada toda una anécdota. Podríamos decir que la mayor parte de los dichos locales se han formado así, rememorando y tratando de condensar una historia ya sabida dentro del discurso. Volveremos sobre este punto más adelante, pero en cualquier caso, notamos en nuestros informantes de más edad una pérdida del gusto por narrar y en general una cierta prisa por terminar, derivada no tanto del cansancio físico sino del cansancio moral que les supone volver a contar algo para lo que no tienen ninguna motivación. Por tanto, al informante hay que animarlo y dejarlo hablar, aunque no responda a nuestros propósitos, para generar confianza. Desde luego, si el informante tiene prisa, el entrevistador no debe tenerla nunca.
Abundando en lo que supone la falta de un contexto a la hora de recordar e informar sobre paremias, deberemos anotar que tampoco es fácil su explicación. Como podemos ver por los resultados obtenidos, no les es fácil a los entrevistados (véase p. ej. 36-[60733]), por lo que aunque los refranes sean dichos uno tras otro, la interrupción por parte del entrevistador para pedir aclaraciones debe dosificarse y dejarse solo para aquellos casos más dificultosos. Conviene tener presente también, por obvio que parezca, y sin que resulte descalificador hacia las personas que van apuntando los refranes que oyen, que estos pueden equivocarse en sus anotaciones y confundir algunas palabras.120
Un tercer aspecto, que podríamos contemplar acerca de las informantes, sería el de los informantes secundarios, caso muy claro en el de los colegios en el que pedimos a los alumnos que apuntaran quién les había facilitado la paremia. La figura del padre sobresalió sobre el resto, le seguían la madre, la abuela y en cuarto puesto el abuelo, pero pensamos que esto fue solo por razones demográficas (Ugarte García, 2010). A través de las
120 Por ejemplo el anotado por María Gil (293-[60624] y 294-[60579]) al confundir las palabras cohombro y congrio.
conversaciones con los informantes vemos la importancia que la figura del abuelo tuvo en el aprendizaje de los refranes, como hemos señalado más arriba.
Desde el plano puramente del lenguaje, es decir de los propios textos, podríamos hablar de los protagonistas que aparecen en los llamados marcadores del lenguaje. Algunos concretos: «mi abuela», «mi padre», «mi madre»..., algo más genéricos: «el sabio»... y otros totalmente genéricos: «como se decía en mi pueblo», «como decían los antiguos»... Hay finalmente una categoría muy específica dentro de los marcadores concretos y son aquellos en los que el personaje en cuestión lleva nombre y apellidos. Podemos estar hablando de un personaje universal, cuya fama o sabiduría son plenamente reconocidas: Unamuno, Marx o el sabio Salomón, o algún personaje muy concreto de un pueblo concreto, cuya identidad suele añadirse e incorporarse a la propia paremia, y de los que tenemos numerosos ejemplos en nuestro corpus: el tio Cotes, Gaita, el tio Pijo de Gumiel... En el campo de los cuentos o de las narraciones tradicionales llama la atención, por ejemplo, el gran número atribuido a Quevedo (Ayuso: 1996) y en el ámbito de los chistes no podemos dejar de mencionar a Jaimito.
En la siguiente sección detallamos por localidades los nombres y datos de los principales colaboradores.