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Industry Alignment Imperative to Address Root Issues of Smallholder Poverty

395. El hombre ha procurado siempre suplir su debilidad na- tural por todos los medios que han estado a sus alcances. Siguiendo al principio los impulsos de sus necesidades, estas mismas le han hecho descubrir el modo de satisfacerlas, y le han servido como de guía en sus primeros ensayos. De este modo llegaron a ser Mecánicos, Arquitectos, y del mismo [modo] se formaron Lógicos.

396. Mas fue preciso dejar correr un gran número de siglos antes de haber llegado a sospechar que el pensamiento pudiese estar sujeto a reglas, y hoy mismo la mayor parte de los hombres piensa per- maneciendo aún en aquella ignorancia. Al principio se admiraron las producciones del genio, y se procuraron imitar: el placer y la luz que ellas producían estimulaban a indagar el artificio secreto con que lo con- seguían. Se creyó que éste era el efecto de medios singulares y extraor- dinarios, y en vez de observar la naturaleza que es quien nos da siempre las primeras nociones, en vez de estudiar los grandes poetas, y célebres oradores que la habían tomado por modelo, sólo se consultaba una Fi- losofía, que ocupada toda en cuestiones y disputas nada interesantes a nuestras necesidades, ni a nuestros placeres, debía necesariamente per- derse en curiosidades frívolas y despreciables. Este primer extravío ale- jó más y más a los hombres del objeto de sus investigaciones.

397. Y a la verdad, como el arte de mover las grandes masas (para usar de la comparación del célebre Bacon) tiene sus leyes en las facultades del cuerpo, y en las palancas de que se sirven nuestros bra- zos al efecto; así el arte de pensar tiene las suyas en las facultades de nuestra alma, y en las palancas de que ella ha aprendido a servirse. Conocidas ya las primeras, es preciso que observemos estas ultimas.

398. Ellas consisten en movimientos, gestos, sonidos, y figuras. Por medio de las primeras adquirimos nuestras ideas sensibles: a éstas





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suceden las de relación, debidas a los gestos, porque por su medio, pa- samos del sentimiento confuso de relación a la percepción distinta de la misma; y finalmente de los sonidos y de las figuras resulta esa infini- ta variedad de lenguas habladas y escritas, que aumentan de tal modo el poder y el imperio de nuestras facultades, que puede decirse con verdad hasta cierto punto, que el espíritu humano no conoce límites.

399. De este modo el hombre que a cada momento conoce su propia debilidad para darse sensaciones, lo puede todo en la adquisición de las ideas; pues que las obtiene por medios que le son naturales, o usando de recursos artificiales que le pertenecen exclusivamente. Una idea estaba oculta, y como perdida en una sensación: se fija sobre ésta, dirige sus órganos hacia el objeto que la causó, y aparece la idea. Esta sola idea contenía, por decirlo así, un gran número de ideas, todas las desenvuelve, todas las conoce empleando los signos, con que él mismo ha querido distinguirlas.

400. Este empleo de signos que incesantemente aumenta nuestros conocimientos, pero que supone conocimientos anteriores a todo signo; este proceder que facilita el tránsito de las primeras ideas, a otras y otras sucesivamente, sin que pueda asignarse el límite de esta progresión; ese artificio que en una verdad conocida, nos manifiesta mil verdades antes incógnitas; ese método, esa lengua, sin la cual el hom- bre reducido únicamente a la instrucción de los sentidos, no podría elevarse sobre lo que le manifiesta su propia experiencia; es el objeto de nuestras investigaciones al presente.

401. A Condillac es debida la gloria, de habernos dado ideas exactas y seguras sobre el modo con que se desenvuelve el pensamien- to y sobre la naturaleza del razonamiento. El distinguió lo que en estos actos pertenece a la naturaleza y lo que es propio del arte; él pudo por consiguiente establecer, no que el pensamiento no pueda existir sin el lenguaje, como han pretendido algunos, y que en este sentido depende enteramente de él; sino que el arte de pensar depende del lenguaje. Dos cosas que es importante distinguir.

402. En efecto, es indudable que el pensamiento precede a la palabra, y aun a toda especie de lenguaje. El niño piensa desde el mo- mento que siente necesidades, y sólo después de mucho tiempo aprende a articular palabras. Pero no es menos cierto que el uso de al-

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guna especie de signos, es anterior al arte de pensar. ¿Cómo se podría sin este auxilio reducir a arte el pensamiento, cuando él es un todo in- divisible, cuyas partes existen todas simultáneamente? ¿Cómo serán posible distinguir aun en el juicio el sujeto del atributo, la relación que los une, o la oposición que los separa, si cada una de estas cosas no se presentase sucesivamente a nuestro espíritu? Y ¿se presentarían de este modo, si la sucesión de los signos no los separase unas de otras [?]

403. Mas si los signos se suceden, es consiguiente que entre ellos haya un orden, y que este mismo exista entre las partes del pen- samiento que representa. Desde entonces el pensamiento [,] que naturalmente existe sin ninguna división, sin ninguna sucesión, sin nin- gún arte, queda reducido a éste por medio del lenguaje; y es claro que la perfección del arte de pensar depende de la del arte de hablar, es decir, del orden y exactitud, con que éste desenvuelva las partes del pensamiento, para que el espíritu las penetre con facilidad.

404. Así, pues, es tan indudable que las lenguas no forman el pensamiento, como que ellas son indispensables para descomponerlo y analizarlo: por consiguiente ellas son medios de análisis, o para hablar con más propiedad, son verdaderos métodos analíticos, que descompo- niendo el pensamiento en el orden más conforme a la naturaleza de las facultades, les da una facilidad de obrar inesperada, y fuerzas incalcu- lables.

405. Pero después de esto nos resta aún examinar en qué consiste el modo particular de pensar, a que hemos dado el nombre de

razonamiento: es preciso remontarnos hasta su origen, observarlo en sí

mismo, y separarlo de todo lo que parece inseparable de él.

406. El razonamiento puede considerarse en el espíritu, o en el discurso. Bajo el primer aspecto y anteriormente a la época en que empezamos a hacer uso de los signos; antes de esa época en que el hábito convertido en segunda naturaleza, nos hace mirar el razonamien- to como una palabra interior, él no es otra cosa que la simple percep- ción; o más bien el simple sentimiento de identidad entre varios juicios o relaciones, cualquiera que sea la naturaleza de los objetos que hayan dado lugar a ellas.

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407. Considerado en el discurso, es la expresión de una serie de juicios, incluidos unos en otros; –es la manifestación de una relación que estaba oculta en otra; –es el tránsito de lo conocido a lo que igno- ramos, o la unión del principio a su consecuencia; –es una sinonimia continuada de expresiones diversas; –es una sustitución de muchas pa- labras a una sola, o de una a muchas; –es una composición que arrastra una descomposición, o al contrario; –es un encadenamiento de verda- des unidas todas por la más estrecha analogía; –es finalmente una sucesión más o menos prolongada de proposiciones todas idénticas.

408. Cuando el razonamiento se expresa, es inseparable de las formas de las cuales sin embargo se distingue esencialmente. Las for- mas varían, mas el razonamiento es siempre el mismo. De cualquier modo que se considere, nunca es más que la relación de identidad o sentida confusamente, o percibida con distinción. Desde el momento que esta identidad sea alterada por la diversidad de expresiones, el ra- zonamiento mismo empieza a perder su exactitud; y de aquí es fácil deducir qué conocimiento se necesita de la lengua en que se razona, para estar seguro de no extraviarse; y cuánta atención es indispensable, para no perder el sentimiento de la unidad cuando todas las expresio- nes tienden a distraernos de ella.

409. El único medio pues de formar un razonamiento exacto, consiste en corregir y perfeccionar la lengua. Con expresiones, que no serían precisamente las que necesitamos, el razonamiento tampoco podría [ser] exacto: porque no penetrando jamás ninguna relación pre- cisa, y no conociendo las más veces la identidad, creeríamos encontrar la verdad donde no está; y no la veríamos donde efectivamente existe. 410. Los que por medio de un ejercicio continuado han con- traído al fin el hábito de una lengua bien formada, no se hallan expuestos a caer en continuos errores, ni a vagar eternamente en la in- certidumbre de las opiniones más opuestas. Una especie de instinto les hace separar lo verdadero de lo falso; la facilidad se ha hecho en ellos inseparable de la exactitud, y razonan naturalmente bien aun cuando no piensan en raciocinar.

411. Como el sentimiento de la analogía jamás los abandona, pasan sin esfuerzo de una idea a otra; los pensamientos actuales del mismo modo que las expresiones, se unen a aquellos de que derivan, y

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a los que han de sucederle. De aquí podrá concluirse, cuánto se facilita por este medio la adquisición de las ciencias, y el poder retener las di- versas partes que las forman, pues que un solo acto de atención es tal vez bastante para conocer una extensa cadena de verdades.

412. Tales son los objetos que tiene en vista la Lógica, y los que nos ocuparán al presente. No empezaremos a desenvolverlos [de- sarrollarlos], estableciendo axiomas, ni dando definiciones; procuraremos observar las lecciones que nos da la naturaleza, y ésta será la regla a que se conformen las nuestras. Habiendo ya establecido ( ) lo que son nues- tras ideas, y el modo de adquirirlas, sólo nos resta tratar de los signos con que ellas se manifiestan, y de la deducción de las mismas.

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