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4 Analysis

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Todo estudio serio sobre el simbolismo debe tener en cuenta a Freud. Apenas ningún autor ni ninguna corriente puede aportar tantas perspectivas y tantos logros como él en el estudio del simbolismo. Es preciso tenerle en cuenta como uno de los puntales de referencia. En las líneas que siguen procuraré situar el estudio que pre- sentamos en relación a los grandes planteos freudianos.

La perspectiva desde la que se desarrolla mi trabajo —el hombre como «viviente hablante»— se inscribe en la del profesor Cencillo cuando habla del hombre como un «viviente cultural hermenéutico». Utilizaré algunas de sus perspectivas como guía para contrastar mis propios resultados y como plantilla para exponerlos.

Veamos algunas de las grandes afirmaciones freudianas relacionadas con la cues- tión del simbolismo:

«En la intimidad del hombre actúan una serie de energías, no directamente controlables desde la vida consciente y dotadas de un intenso potencial dinámico».

«Estas energías constituyen el fondo pulsional... que mantiene en tensión vital y tenden- cial al viviente humano en su vida de relación con las demás realidades».

«Estos impulsos, impresiones y deseos suelen llegar a constituir las verdaderas motiva- ciones de los comportamientos humanos».

«Presentan diverso grado de proximidad o lejanía a la conciencia; unas se hallan en es- tado próximo a la concienciación, son preconscientes; otras fueron alguna vez conscientes, pero han caído en el olvido consciente y son difíciles de rememorar, son subconscientes; otras, finalmente, nunca constituyeron un contenido de conciencia poseído y son refrac- tarias a la concienciación, que sólo indirectamente puede hacer, son las inconscientes en sentido estricto*.

«Estas últimas energías son las más activas y motivadoras, pues, en su inconciencia, constituyen el fondo vital más radical del ser humano».

«En cuanto al carácter de esta energía inconsciente..., los ortodoxos lo consideran de carácter altamente sexual...».

«Todas estas energías, pero sobre todo la inconsciente, se concretan en constelaciones antiasmáticas que habitan, motivan, presionan y hasta paralizan la dinámica de la intimidad personal».

«También, según la escuela de Freud, se hallan poseídas de una dinámica de tendencia, desplazamiento, proyección, investición de objeto, retroyección e introyección de puntos de referencia».

«El interés, el relieve real y axial y hasta la cognoscibilidad, que los elementos del entorno presentan, su mismo hacerse ”objetos”, procede de la derivación de tales energías —libido— hacia ellos (proyección), de la investición que ésta realiza y de la introyección o identifica- ción asuntiva que, en algunos casos, como en el de las instancias autoritativas y supersóni- cas, puede seguirse. Igualmente, puede tener lugar una ”pérdida de objeto” por retroyección de la libido que deja de ”investir” y de ”proyectarse” sobre un objeto»53.

«Nada tiene relieve real para la conciencia humana sino en cuanto semánticamente in- vestido, pero ninguna formalización semántica tiene consistencia real para la vivencia cons- ciente, sino en cuanto energéticamente radicada en las corrientes de comunicación incons- ciente con la realidad»54.

«En virtud de esta dinámica de la libido, la personalidad se va modulando bajo el in- flujo y las presiones emocionales de estas identificaciones, proyecciones e introyecciones

53 Cencillo, 1970, pp. 120-123. 54 Cencillo, 1978, p. 330.

fantasmáticas de los ” objetos” (personas más influyentes en la vida íntima del sujeto) de su entorno familiar»55.

Después de este breve resumen de las principales cuestiones que las teorías freu- dianas plantean a todo estudio del simbolismo, veamos ahora consideraciones sobre las posturas de Freud en conjunto, siempre teniendo en cuenta la pretensión de un estudio del simbolismo:

«Una de las aportaciones del Psicoanálisis clásico ha sido precisamente la concepción plástica y genética del vivir humano, así como la profundización en el juego de fuerzas sub- terráneas que, al margen de la actividad consciente individual, alimentan en su interacción la realidad en y de la que el hombre vive»56.

«La libido, considerada especialmente activa y fundante en los primeros arios de la vida, sigue siendo el fondo dinámico, real y constitutivo del ser humano: incluso se acentúa su carácter sexual y se concretan más todavía los objetos de sus introyecciones. investiciones y fijaciones. Todo el ser humano aparece como una masa libidinal erotizada que, bajo una capa de formalizaciones sublimadas a nivel consciente, se mueve subterráneamente hacia satisfacciones puramente libidinosas con la viscosidad propia de lo Duramente biótico y vegetal»57.

El sistema inconsciente aparece para Freud

«como una ciega masa o energía mecánica abocada exclusivamente a un opaco movi- miento intrapsíquico, concibiendo lo psíquico a este nivel casi corno lo somático»58.

«...el criterio operacional de Freud... viene directamente a significar que el hombre no es sino una masa energética de impulsos instituales exclusivamente tendentes a la gratificación (Befriedigung) sensual o placer y que en él y en su convivencia todo se supedita de hecho al goce y nada más que al goce»59.

Con estos textos no se pretende desvalorizar las aportaciones de Freud, como tampoco lo pretende el autor de quien extractamos los textos. Pretendemos única- mente situarle en lo referente a lo que resulta de interés para el estudio de la simbo- logía, a fin de calibrar y diferenciar aquello en lo que le somos deudores de aquello en lo que nos distanciamos de él.

La terminología freudiana da lugar a una antropología demasiado estrecha en la que no cabe un estudio correcto de la mitología y la simbología social y cultural.

«La terminología de Freud es ciertamente inadecuada al objeto, sus enfoques dejan la im- presión de un estrecho cantonalismo que no recoge la complejidad del hombre y la riqueza de sus niveles. Concebir a éste como una masa de deseos inconfesables y de impulsos mate- riales pugnando por imponerse a un yo precario y casi artificial, es un postulado —nunca un hecho probado— demasiado estrecho y dependiente de una retícula epistemológica de época (Darwin, Spencer con su ”struggle of life”, el Mecanicismo y el Materialismo de Haeckel...) para poder ser considerado como una visión definitiva y fundante de toda antro- pología del porvenir»60.

Veamos ahora algunos puntos concretos en los que es preciso apartarse de Freud para un adecuado estudio de los mitos y los símbolos: El placer no puede ser el ob- jeto de la tendencia básica del sujeto humano.

55 Cencillo, 1970, p. 123.

56 Cencillo, 1971, p. 272; 1978, p. 614. 57 Cencillo, 1971, p. 105.

58 Cencillo, 1971, pp. 42-43. 59 Cencillo, 1971, pp. 53-54.

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«...la experiencia enseña que un sujeto humano polarizado en el placer se frustra y frustra a los que le rodean. Luego el placer no puede ser el objeto de la tendencia básica del sujeto humano»61.

En el «viviente hablante», debido a la estructura de la lengua, que interviene en el hombre como una nueva modalidad de los vivientes para relacionarse con el entorno y entre sí, resulta que la estimulación y la respuesta a esa estimulación se transforma en valor y deseo. El deseo es el resultado de la intimización en el sujeto humano, posibilitada por la lengua, de la estimulación objetiva o, supuesta la len- gua, del valor objetivo.

Por la lengua la estimulación objetiva se libera de su sujección a la situación para circular como términos de lengua entre los sujetos hablantes.

Este hecho hace que se cree una distancia entre la significatividad —fuerza es- timulativa— de los objetos, disponible en las palabras, y los objetos mismos a los que esas palabras se refieren; este es el fundamento de lo que hemos llamado doble efecto significativo de la realidad.

Por la distancia entre significado y aquello que por él se designa se hace patente al viviente humano que una cosa es la significatividad que lo real tiene para él y otra la realidad y, por tanto, la significatividad que el objeto tiene en sí mismo.

Sin la distancia que, por la lengua, se crea entre la significatividad del objeto y el objeto, esto sería imposible. Sin la lengua el objeto se identificaría totalmente con su significatividad y, por tanto, no habría posibilidad alguna de modificar la relación respecto de él.

Por la misma lengua, la afectación que la estimulación produce en el sujeto — estimulación mediata o inmediatamente conexa con el desencadenamiento de una operación del sujeto viviente o de una cadena operativa— deja de estar necesitada y queda a disposición del sujeto.

Por la lengua se intimiza la afectación y se dispone de la respuesta. Este peculiar modo de ser de la afectación de la estimulación en el sujeto, intimizada mediante la lengua, es el deseo.

No se excluye, sino que se supone, el aspecto energético del deseo, pretendemos únicamente remarcar las consecuencias que, en todo este proceso de relación del viviente con el entorno, tiene el que en esa misma relación de viviente intervenga la lengua.

No es posible comprender bien el deseo más que desde la perspectiva de la es- timulación que ella origina. Desde esta perspectiva, tanto el deseo como el placer cobran un nuevo aspecto. Uno y otro dejan de enclaustrar al sujeto humano sobre sí mismo para proyectarle desde las raíces más biológicas, profundas y totalitarias a la comunicación, a la intersubjetividad y al en sí mismo de las cosas. Uno y otro patentizan que el viviente humano se relaciona con el medio del que vive, en comu- nicación (no mera información) intersubjetiva. La tendencia libidinal, así como el deseo, son reunitivos.

«...la tendencia libidinal es reunitiva, reúne a los humanos con vínculos de afecto y afecto radicalmente profundo que les lleva a sentirse ”sangre de su sangre” y ”carne de su carne...”». «La tendencia amorosa —libidinal— gratifica a diversos niveles y no solamente a nivel genital o sensual, y gratifica en cuanto conduce a una ampliación de la subjetividad en la

subjetividad del ”otro”, no en cuanto la cierra sobre un goce sensible».

«Y en definitiva, tampoco el placer a nivel humano se reduce a su mera facticidad anec- dótica, sino que, como todo, entraña un significante, un contenido ”simbólico” que trascien- de ampliamente hacia la realización de la persona el momento somáticamente gratificante».

«El inconsciente libinal, por lo tanto, constituye la dimensión básica de la subjetividad en su proyección de tendencias intersubjetivas unitivas —a todos los niveles— sentimental- mente relacionales» 62.

De lo dicho en nuestro párrafo anterior se sigue que sin comunicación lingüísti- ca entre sujetos no puede existir el deseo; existiría únicamente estimulación y afec- tación.

Sin comunicación lingüística no podría existir la intimización, la interiorización subjetiva.

La comunicación intersubjetiva no es mero intercambio de informaciones, es una comunicación, un intercambio de deseos.

Sin esta comunicación a nivel de deseos y a nivel de las valiosidades objetivas no habría sujetos, entendidos como una intimidad y una intimidad estructurada según las valiosidades y los deseos.

El deseo y la valiosidad objetiva son fruto de la distancia que la lengua origina entre la significatividad objetiva (el significado de los términos) y los objetos mis- mos (la designación de los términos). Esta distancia, que da lugar al deseo subterre- no de la hondura, de la perplejidad, del desfondamiento, del sentido o no sentido ya no meramente funcional para un viviente, a la vez que le abre una posibilidad inédita en el resto de las especies vivientes: la posibilidad de transformar su rela- ción al entorno y, por tanto, transformar tanto la valiosidad de los objetos como la estructura de su intimidad y de sus deseos, y esto sin dejar de ser lo que es, sin transformar su especie.

La realidad se formaliza para el individuo a partir de la alteridad. Se comprende, desde esta perspectiva, lo exacto de la afirmación: :

«...la realidad se formaliza para el individuo humano a partir de la alteridad...»63.

«...el Ics. capta no solamente ’objetos” y ”fantasmas”, sino al partenaire humano en cuanto humano y en cuanto partenaire de una relación erótica determinada... Lo mismo hay que decir de la agresividad»64.

Porque el individuo humano únicamente se relaciona con el entorno mantenién- dose en comunicación lingüística con otros sujetos humanos.

Por lo mismo, el sujeto humano llega a ser tal en la comunicación intersubjetiva con respecto a un mundo. Los deseos, su estructuración y la investición de éstos, depende de esa comunicación intersubjetiva que es un intercambio de deseos y un intercambio de valoraciones de la significatividad objetiva.

La diversidad de mundos míticos culturales pide que se tenga en consideración otros elementos, además de la sexualidad, a la hora de estudiar los mitos y los símbolos. Puesto que el hombre es un «viviente hablante» en el que la lengua interviene en todos los aspectos de relación al entorno y a sí mismo, en principio, parece que la simbolicidad no tiene por qué quedar reducida al ámbito de las relaciones sexuales entre individuos.

62 Cencillo, 1971, pp. 286-287 63 Cencillo, 1971, p. 295.

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De hecho, a la hora de querer determinar los paradigmas que rigen los diversos mundos simbólicos de las culturas aparecen otros generadores simbólicos además del sexual. Si el mito es un habla constituyente de todos los factores que constituyen la vida del grupo y del individuo, han de intervenir más factores que la sola sexuali- dad, aunque ésta sea entendida en un sentido lato.

Las grandes transformaciones y la diversidad de los mundos míticos de las culturas piden que se tenga en consideración otros elementos, además de la sexualidad, a la hora de estudiar los mitos y los símbolos, por lo menos en el caso de los no patológicos.

El mito se dirige no únicamente a la conciencia del individuo y del grupo sino a la totalidad de su ser de vivientes.

«...la alteridad colectiva (social y cultural)..., aparece dotada de vida propia, que no es la suma de las vidas individuales que en ella se integran, sino que posee una creatividad...».

«Por lo tanto se trata de una verdadera alteridad para el hombre, cuya dinámica le es desconocida, ”inconsciente”, por lo tanto; mas de la cual depende él, e inclusive su intimi- dad: motivaciones, mentalidades de grupo y de época, fenómenos de integración, pautas de comprensión y de conducta. Todo ello constituye indudablemente un Inconsciente Social o Colectivo con el que cada sujeto ha de contar...»65.

El mito no es sólo una hermenéutica de la realidad o de la intimidad del indi- viduo. No es sólo constituyente a esos niveles; estructura e interpreta también la relación intersubjetiva a todos los niveles, es constitucional con respecto al grupo como tal porque los vivientes hablantes se relacionan con el entorno socialmente, como grupo.

A ese nivel funcionan fuerzas inconscientes para los individuos y para el grupo. Todo el mecanismo de los mitos y símbolos funciona para el grupo a muchos niveles no controlados, porque el mito se dirige no únicamente a la conciencia del grupo sino a la totalidad de su ser de vivientes.

Los estudios del simbolismo y de los niveles inconscientes humanos apoyados en la clínica patológica son insuficientes para un planteo adecuado del estudio del simbolismo, de los mitos y del inconsciente cultural.

Al investigar los mitos y los símbolos hemos tenido que ser conscientes, en todo momento, de que

«las teorías acerca del Ics, que hasta ahora se han ido produciendo, a partir de Freud... han sido suscitadas y dirigidas por una intención terápica y se han fundado exclusivamente (salvo algunas como las de Jung o las de Binswanger) en experiencias clínicas, es decir pato- lógicas. Lo hasta aquí formulado más bien habría de denominarse patología del Ics., pero de ninguna manera todavía investigación sobre el Ics. en sí mismo considerado y en su abanico de posibilidades. De ahí el matiz aberrante morboso que estas teorías presentan, empezan- do, claro está, por la de Freud...».

«Es como si se hubiese construido una Anatomía a partir de casos de raquitismo. pará- lisis y malformaciones ingénitas...; evidentemente no tendría una noción exacta ni menos alentadora de las posibilidades y de la estética o, siquiera, de las verdaderas dimensiones del cuerpo humano en sí»66.

Hay multitud de hechos normales pero inconscientes sin estudiar todavía con- venientemente. V. gr., la inspiración, especialmente la estética, la participación su- bliminar en la estructura y vecciones de la situación, el arrastre de las corrientes

65 Cencillo, 1971, p. 297. 66 Cencillo, 1971, p. 280.

colectivas, las intuiciones, las motivaciones inconscientes que son las más decisivas, los presentimientos, las simpatías y antipatías, la selección afectiva, la hiperlucidez de los sueños, etc.67.

Las consecuencias de esta afirmación son enormes para nuestra pretensión —el estudio del mito y de la simbología con valor social—. Lo que viene a ser módu- lo, canon, paradigma de interpretación de toda realidad para el viviente cultural hermenéutico es diverso y está lejano de lo que son desarrollos patológicos de la simbolicidad.

Pueden distinguirse, como mínimo, dos dinámicas, netamente diferenciadas, en los desarrollos simbólicos: los desarrollos sociales y los desarrollos individuales patológicos. En éstos las libido y la «Verdrängung» creando desarrollos cancerosos desrealizadores. En este sentido, los procedimientos de análisis que empleamos al estudiar la noción de deseo, la estructura del sujeto, etc., no serían válidos para las formaciones que se originan a partir del deseo patológico, que es un deseo no social, aunque por ser patológicos no dejan de ser humanos, si bien formen desarrollos peculiares en los que, posiblemente, los factores energéticos juegan un papel mayor. La patologización de la función simbólica ha de suponer una alteración del deseo humano, una alteración de la estructura subjetiva formada por esos deseos y una al- teración de la realidad correspondiente, así como de la comunicación. Se pasa de un deseo en la comunicación a un deseo regido por la energía marginada de la libido, que por marginada resulta no comunicativa ni con la realidad ni con otros sujetos, pero, sin embargo, humana y, por tanto, lingüística.

A esta alteración del deseo le sigue una alteración de la distancia objetiva, y, por

tanto, de la libertad y del valor de la realidad, así como del sentido de la hondura, de lo que hemos llamado «efecto 2.º de la significación».

El hecho de que los vivientes humanos hablen, y hablen sobre las cosas, afecta a la totalidad de su ser de vivientes. Este hecho tiene consecuencias para la correcta concepción del simbolismo. Dos afirmaciones, consecuencia de todo lo que ha pre- cedido, resultan claves:

«No es que la conciencia venga a constituir un núcleo de lucidez implantado en una masa material opaca, es que toda la ”masa óntica” del sujeto posee una naturaleza germinal e incoactivamente cognoscitiva, y por eso todo cuanto le roce o influya de algún modo, se integra en la dinámica que desemboca, tras un proceso más o menos largo y pasando por los filtros necesarios, en una toma de conciencia, en una intimación cognoscitiva».

Por tanto, todos estos elementos penetran en lo que, por darle algún nombre pero cons- cientes de su impropiedad, hemos denominado ”masa óntica” del mismo sujeto, que es en cierto modo su mismo estar en situación, intersubjetivamente relacionada afectada por unas estructuras y unos cometidos»68

«Es el Inconsciente un modo específico de presencia en la realidad.., presencia humana, captativo-expresiva...».

«El Inconsciente no piensa, pero siente y vive, y siente y vive realidades (situación, rela- ciones, tareas, tendencias impulsivas o vacíos); podría decirse que constituye un modo de ”conocimiento” transconsciente, sui generis, una vinculación y mantenimiento de contacto con las realidades que afectan básicamente al sujeto, aun cuando éste sea incapaz de hacerse cargo de ellas lúcidamente. No piensa el Inconsciente pero es el humus en donde el pensar