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Comprende desde la concepción hasta la semana 12, hay un riesgo alto de aborto; muchas mujeres padecen severas molestias (náuseas, mareos, vómitos, aumento en las micciones, antojos, etc.). Los cambios físicos no son notorios, aunque se da un aumento de los senos y, en las postrimerías de la fase, del abdomen. Aparecen signos como la hipersomnia, formación de la placenta y, al finalizar, la percepción de movimientos fetales; en esta fase, el feto comienza a aumentar de tamaño, a la par que sus órganos principales se van formando.

La hipersomnia aparece como primer signo, según Langer (1951) y Soifer (Ib.); la mujer siente que quiere y necesita dormir más de lo habitual, lo que nos da a entender que ha iniciado su ‘proceso de regresión’ en el cual se identifica con el bebé1. La aparición de sueños con objetos

pequeños y continentes como casas interiores, animales pequeños, bebés, automóviles es característica en esta fase. (Soifer, Op. Cit.). El insomnio, para esta autora debe considerarse como una expresión de ansiedad extrema.

Ana, gestante de 25 años, embarazo planeado, seis semanas de evolución:

La paciente llega tarde a la sesión… hago silencio en tanto que ella comienza diciendo: A: Doctor, le cuento que esta semana he tenido sueños con mi bebé en brazos, que ya lo había tenido, a veces me he soñado con él. Es que, casi a todo momento me la paso durmiendo, en la casa, me dicen que si es que yo tengo anemia; me duermo cuidando un tigre (sonríe). Por eso llegué tarde a la sesión, porque me recosté a una siesta y cuando

1 En vez de la palabra de feto que indica una configuración biológica, se expresará el término bebé ya que, desde la

me desperté, me asusté ya que tenía que haberme levantado unos minutos antes para llegar a tiempo a la sesión. Discúlpeme usted.

En Ana se puede observar claramente su estado de gravidez en las primeras semanas con respecto a su hipersomnia y a los sueños con su bebé. La familia piensa, que ella puede tener anemia; esta es una especulación cultural asociado al exceso de sueño. En su Constelación materna, la paciente busca afianzar el vínculo entre ella y su bebé, gestar en su mente a un bebé, para ello es necesario, por el mecanismo de regresión, volverse una bebé, que duermen excesivamente; ahora ella lo hace. De tal manera se puede considerarse que su hipersomnia obedece a ese estado psíquico de identificación.

Con respecto a las náuseas y vómitos, según Soifer (Ibídem), suelen aparecer en este período como expresiones de incertidumbre frente a la confirmación de si se está en embarazo o no, de temores a ser incapaz de dar a luz, de educar al niño y como una manifestación de preocupaciones por la situación económica; también, son una expresión de estar embarazada, que puede permanecer hasta la percepción de los movimientos fetales. Dichas incertidumbres son producto de situaciones ambivalentes, por la intensificación de las fantasías persecutorias que se suceden en la maternidad. Soifer a cerca de estas ansiedades:

Son productos de sentimientos de culpa infantil, tanto por los ataques fantaseados con la propia madre como por los deseos de ocupar su lugar. La vivencia persecutoria es que alguien pueda arrebatarle el hijo soñado y demostrarle que se trata de una fantasía y no de un embarazo real; o bien que el embarazo tan deseado implique la pérdida de la propia madre, por haberse concretado la fantasía infantil envidiosa: Tener el hijo y que la madre esté destruida. (Soifer, Op. Cit., p.24)

Francy, 22 años, diez semanas de gravidez, fue traída a Urgencias por su pareja, debido a que presentaba vómito en exceso, que le impedía tener una nutrición adecuada. El médico de Urgencias me pide una valoración psicológica para determinar su estado mental, que para él se relacionaba con ansiedades. En la entrevista, la paciente refiere que había tenido muchas dificultades para concebir y les adjudica dicha dificultad a unos quistes ováricos (el ginecólogo le habría dicho). Después de dos años de intentar quedar en embarazo, lo logra y según la paciente: “Desde que tuve ese retraso me comenzaron a dar náuseas y mareos, y cuando me confirmaron que estoy en embarazo, que fue hace 15 días, me comenzaron a dar unos vómitos que no me han parado. Vomito tanto, que no me para ni un bocado de comida en mi estómago. No le había consultado al médico porque me decía que eso era normal.

En el transcurso de la entrevista, le pregunto cómo ha estado durmiendo, ella responde: “No muy bien, no pego el ojo, duermo poco, hay momentos en que me siento como si no estuviera en embarazo”. En esta paciente, sus vómitos continuaron hasta el tercer mes de gestación. Una vez inicia sesiones de psicoterapia, descubre que los vómitos se dan cuando está en la casa de su madre. En una de las sesiones refiere sobre la crianza: “A veces me da miedo criar, pero me gustaría criar a mi hijo de manera diferente a mi madre; por ejemplo, esperaría dos años para volverme a embarazar y no a los ocho meses como me pasó a mí. Mi mamá quedó en embarazo de mi hermano cuando yo tenía ocho meses y le tocó dejarme de lactar porque ya estaba en embarazo”.

En cuanto al vínculo con su madre: “Pues no me la he llevado bien con mi madre, en la infancia ella me dejaba mucho sola por estar con mi hermano, y yo me junté mucho con mi papá, ahora en este embarazo es que me he unido mucho a ella”.

En esta paciente, en su configuración emocional, el vómito es una parte de ella y presenta varios significados inconscientes que se relacionan con la confirmación de su embarazo, de ahí que no haya consultado con el médico de manera pronta, ya que en su mente es normal que las mujeres en estado de gravidez vomiten, por tanto, necesita identificarse con el resto de mujeres que vomitan, y así afianzar su embarazo y confirmar que no es un sueño; debido a sus dificultades para concebir, la confirmación de estar en gestación se hace fuerte. Después del tercer mes aparecen otros signos de embarazo, como el crecimiento del vientre y la percepción de los movimientos fetales, que hacen que la paciente ya no necesite el vómito como expresión de que se está en embarazo: Este desaparece.

Al mismo tiempo, el vómito hace parte de la relación ambivalente con su mamá, en la que experimenta un sentimiento de culpa inconsciente por haberla sustituido por ella y lo actúa a través del vómito frente a la madre, como expresión de que expulsa al vómito-bebé, y queda en estado de no gravidez, y así, en su fantasía no la pierde.

Estas circunstancias, como reorganizar su identidad materna a partir del vínculo con su madre, le incrementan la ansiedad y sus objetos internos madre y bebé se convierten en persecutorios en su mente, lo que hace que se afecte su alimentación y sueño, y dificulta el gestar un bebé emocionalmente.

Durante la formación de la placenta, según Soifer (Ib.), en la mujer se despierta vivencias persecutorias (fantasías de robo y de vaciamiento) debido a su percepción inconsciente de esta fase; ello se refleja, por ejemplo, en sueños con elementos de sangre, y es un periodo propenso a generar abortos; en este tiempo, se pueden incrementar las náuseas y vómitos, y aparecer otros síntomas, como diarreas y constipaciones. Para esta autora, estos síntomas hacen referencia al rechazo del hijo, vivido en una parte de la personalidad de la mujer gestante; dado que ella, no obstante, desea ser madre, busca resolver este rechazo por la sintomatología: “Por lo tanto, vomita o defeca excesivamente, como manera de discriminar o disociar lo bueno de lo malo dentro de ella, expulsando lo malo para quedarse con lo bueno, el hijo” (Soifer, Ib., p.28).

En el caso anterior, se evidencia en la paciente que los vómitos corresponderían a lo que se ha descrito, como una forma de expulsar lo malo de ella, identificado con lo malo de su madre (objeto madre internalizada como mala) y así poder albergar a su hijo en su vientre; también correspondería a temores respecto a educar a su hijo.

Finalizando el primer trimestre, se plantea la percepción de los movimientos fetales. De acuerdo a Soifer, según el grado de negación, la mujer gestante los va a sentir de manera pronta o tardía; cuando es tardía, se tiende a confundir con amenorrea, siendo las multíparas más propensas a ello. Por esta época, suele aparecer la percepción del “chico que da patadas”: esto obedece a una proyección, en la cual el feto es vivido como peligroso, sus movimientos como agresivos y sádicos, que pueden causarle daño físico a la madre; de tal manera, lo proyectado son los impulsos agresivos a la madre embarazada (1973, p.30).

Tal proyección y negación dan cuenta de una fuerte ansiedad debida a temores al feto ya que es desconocido en todas sus formas y características para la madre. Concomitante a este temor, está el miedo a la responsabilidad materna; esta ansiedad da lugar al miedo de morir en el parto.

Cuando Francy estaba en su semana 15, comenzó a darse cuenta de los movimientos fetales: “Siento como si una lombricita aquí, en la parte baja de mi vientre, aunque no lo siento tan fuerte, pero me emociona, porque es sentirse que uno está en embarazo, aunque no se me ve el vientre”.

Semanas después, refiere: “ayer sentí que el bebé se movía fuertemente me daba golpes, yo le decía, papito no se mueva tanto”.

Terapeuta: ¿Qué se le ocurre frente a esto?;

Francy: mmm… no sé, a veces estoy pendiente porque cuando no se mueve comienzo a pensar que algo le sucede, pero cuando lo siento, me da un alivio”.

Más adelante, le pregunto que cómo se imagina al bebé:

F: como parecido a mi esposo, algo blanquito, porque yo soy morena, aunque no sé qué es, si es niña o niño, nos gustaría que fuera niño, aunque sea lo que Dios quiera”.

En otras sesiones: “Me gustaría que fuera un hijo, las niñas son difíciles y complicadas, hay que cuidarlas más, en cambio a un hijo no”.

Se observa en la paciente, en su estado emocional, que el bebé es vivido de manera persecutoria, con fantasías de muerte, de manera que se comporta muy alerta con respecto a sus movimientos fetales.

También, hay una angustia frente al género -si es niña o niño- y se inclina más por el niño, ya que la relación con su madre presenta dificultades en su identificación con ella; se activa el mecanismo de negación y favorece más el género masculino que femenino, ya que internamente, el objeto madre y lo femenino (que es ella misma) es vivido como malo, difícil y complicado; en narraciones anteriores, ella, en su infancia, se unió con su padre, en tanto que su madre se unía más a su hermano, lo que le incrementó posiblemente impulsos agresivos hacia su progenitora (en el apartado anterior señala, que con su madre no se la ha llevado bien) y excesivo amor hacia su padre. Ahora, en su Constelación materna, se activan las fantasías agresivas de su infancia proyectadas a su bebé (que es ella, de niña); luego teme que su bebé le provoque un daño interno (ella ahora es madre), así como ella, en su infancia, fantaseó con atacar a su propia madre.

Cuando la gestante tiene hijos pequeños, éstos perciben su embarazo (Soifer, Ib.), lo cual genera en ellos cambios bruscos en su comportamiento y/o enfermedades psicosomáticas; estos infantes perciben que algo (un rival oculto) los va a despojar del amor de su madre y reaccionan con ataques envidiosos, que pueden observarse, por ejemplo, cuando le pegan puños en el vientre.

Gladys de 23 años, 18 semanas de gestación, llega a la sesión con su hija de cuatro años: G: Doctor, ¡qué pena con usted!, hoy traigo a mi hija conmigo, porque ha estado lo más de enferma; ha tenido mucha fiebre y esta madrugada yo la traje a Urgencias. La dejaron en observación hasta que la fiebre se bajó y, por ahí derecho, como tenía cita con usted,

entonces me quedé esperándolo para la cita y luego, irme en el recorrido de las tres para mi casa.

Mientras que la madre me decía esto, la niña (cuatro años) se va para la estantería de juguetes y coge una canasta llena de juguetes. De repente, la niña desocupa la canasta y tira su contenido en el suelo, los revisa detalladamente y luego, se mete dentro de la canasta. Su madre le dice que no juegue, que qué pensará el doctor de lo que ella hizo. En sesiones anteriores, la madre me había referido, que su hija se había distanciado de ella y que se ha comportado rebelde (Soifer, Ib.: p.23).

Se observa, que la niña está afectada en el plano psicosomático y se expresa con comportamientos de rebeldía, como una reacción frente al bebé en el vientre materno. En el juego, en la escena de entrar vientre-canasto de la madre una vez que desaloja al bebé-juguete, se interpreta que la niña vivencia al bebé como un intruso, un rival que la va a alejar de su madre; por ello adopta esta forma de ataque hacia la canasta-vientre, como expresión de las angustias frente al bebé, que la niña asume que está tanto en el vientre como en la mente de la madre.

Angélica, 27 semanas de gestación, en la tercera sesión de psicoterapia, refiere a cerca de su hija de cuatro años:

Angélica: Sí, porque en estos días ha estado como toda sensible, se irrita con facilidad, uno le dice cualquier cosa y se pone a llorar, a cada momento me dice que, si es que está fea, que, si le parezco fea, entonces ella está como muy sensible y la quería traer para que Ud. charlara con ella. Pero yo pienso que es por lo del embarazo, no sé, ella piensa que es que yo la voy a dejar de querer, es como si ella sintiera que la dejara…

Terapeuta: como si la fuera a desproteger… Más adelante, en otra sesión:

A: Pero, ahora con este embarazo, él (el padre) ha estado más de hablarle a Sarita, de tocarla, entonces María José se pone celosa y entonces él la llama a compartir; entonces por eso ayer veíamos las fotos del embarazo de María José y le explicábamos a ella que el hecho de que tuviéramos a sarita no nos íbamos a olvidarla, que no se sienta desplazada como yo lo sentí y me parece bueno, porque me cohíbo de ser más expresiva con Sarita para que María José no se sienta mal y yo no sé manejar eso; me gustaría que María José se la llevara bien con sarita desde el inicio.

Me da miedo que al tener María José una hermanita comience a rivalizar, y eso sería repetir mi infancia, y ahora, yo de madre, me da miedo que en el momento de tratarlas no lo haga correctamente y genere la frustración en mi hija mayor como la que me generó en mí y pues no quiero eso. Me da angustia de que consienta Sarita y de que María José se ponga mal, yo sé que debo consentir a Sarita, la Sarita se merece el amor y vivir la etapa como la vivió María José.

María José dice: Y es que las caricias son solo para sarita; a pesar que la acariciamos y me pregunta quién es la preferida, la mayor o la menor, y yo le digo que las dos. Todo el tiempo me dice que está fea, cuando la peino y la visto me dice que el peinado le quedó feo, que no quedo bien vestida, que mire estos colores y que así no le gusta. Me dice que Sarita es parecida a mí y que yo tan bonita, que sarita es mona. Entonces, yo le digo que ella también es parecida a mí que mire el color de la piel. Me pregunta que si ella es fea

o bonita y yo le digo que bonita. Todo el tiempo es así y me forma unas pataletas por cualquier cosa, cuando vamos a comer, cuando la voy a bañar. Me busca mucho, quiere dormir conmigo, tomar tetero y entonces en un tarrito de la bicicleta, le comencé a dar agua de panela con leche.

Estos cambios bruscos del comportamiento en la hija mayor (María José) hacen recordar a la paciente cómo fueron sus relaciones fraternales con su hermana menor, que ha descrito en otras sesiones como que fueron con dificultades, con rivalidades; y con respecto a su madre, sentía que era menos preferida por ella, en comparación de su hermana.

Ahora, en la relación de la bebé Sara y María José, Angélica no quiere que se repita su misma historia. Por lo tanto, a petición de su hija mayor, la paciente le cumple sus deseos, por ejemplo, darle agua de panela con leche en un tarrito de leche, alimentando el comportamiento regresivo en la niña; además, dicho mecanismo de regresión se relaciona con que, en la mente de la niña, se percibe a la bebé Sarita como una rival, lo cual la moviliza a incrementar sus deseos de estar más de lo habitual con la madre, a volverse como una bebé frente a sus padres, a sentir celos en relación a la bebé y a atacarla; en otras sesiones, Angélica cuenta, que María José le hace maldades a la bebé, como ruidos inesperados y ella siente que Sarita se sobresalta, y que eso alegra a María José y luego se retira. También, ataca a la madre, debido a que siente que esta, al igual que su pareja, expresan comportamientos de cariño a la bebé, en el vientre de la madre.

De manera que, en este fragmento de la sesión, se observa que, en la mente de la niña mayor, se ha instaurado a la bebé como un rival y de ahí la aparición de comportamientos bruscos y desadaptativos, lo que ha activado en la paciente recuerdos de vivencias que no quiere repetir.

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