2.7 M ODEL D EVELOPMENT
2.7.2 Inflow of Technology and Export
De este modo varios escritos del Nuevo Testamento pasan por ser obras de los apóstoles. Aunque en algunos de ellos pueda dudarse de la intención de engañar, en otros es evidente y en otros más totalmente se- guro; no obstante, y contra toda evidencia, se atestigua expresamente su autenticidad. La idea principal es calificar como «apostólico» todo lo que ya está hecho, y sobre todo lo que se está haciendo, y hacerlo vinculante como norma.177
Se falsificaron así en el Nuevo Testamento varias epístolas bajo el nombre del autor cristiano más antiguo. Pablo, quien confiesa abierta- mente que sólo se'trata de proclamar a Cristo, «con o sin segundas inten- ciones».
Totalmente falsas en el Corpus Paulinum son las dos epístolas «A Ti- moteo» y «A Tito», las llamadas cartas pastorales. Eran conocidas en la cristiandad desde mediados del siglo n y se acabaron incluyendo en el Nuevo Testamento entre las epístolas sin poner reparos... hasta comien- zos del siglo xix. Pero en 1804-1805, J. E. Chr. Schmidt puso en duda la autenticidad de la primera epístola a Timoteo, en 1807 Schieiermacher la rechazó por completo y en 1812, el erudito de Gotinga Eichhom veri- ficó la falsedad de las tres epístolas.
Desde entonces esta idea se ha ido imponiendo entre los investigado- res protestantes y últimamente cada vez más entre los exégetas católicos, si bien hay todavía unos pocos autores conocidos que siguen defendien- do esa autenticidad, o al menos una autenticidad parcial (se habla de una hipótesis de fragmentos).178
En las tres epístolas, que probablemente se redactaron en Asia Menor a comienzos del siglo n, el falsificador se llama a sí mismo desde un principio «Pablo, un apóstol de Jesucristo». Escribe en primera persona y se jacta de haber sido nombrado «predicador y apóstol -digo la verdad, no miento-, maestro de los paganos en la fe y la verdad». Arremete con dureza contra los «herejes», de los que a más de uno «entrega a Satán». Fustiga «los cuentos de viejas irreligiosos», «la hipocresía de los mentiro- sos», «los charlatanes y encantadores inútiles, en particular los de los jur dios, a los que habría que cerrar la boca». Pero también calla a las muje- u.res: «a una mujer no le permito que adoctrine, tampoco que se eleve por encima del hombre, sino que ha de permanecer en silencio». Y lo mis- mo deben someterse los esclavos y «respetar a sus señores».179
: Estas tres falsificaciones, que significativamente faltan en las colec- ciones más antiguas de las epístolas de Pablo, ya las considera apócrifas Marción al hacer referencia a Pablo. Es muy probable que fueran redac- tadas precisamente para poder rebatir a Marción a través de Pablo, como ya sucedió en los siglos n y m con otras falsificaciones eclesiásticas. Y habla por sí solo el hecho de que estas falsas «epístolas de Pablo», muy posteriores a Pablo y por lo tanto desde el punto de vista teológico y de derecho canónico mucho más evolucionadas, gozaron pronto de gran popularidad en el catolicismo; que los más importantes escritores de la Iglesia las citaran con predilección y las utilizaran en contra de las epís- tolas paulinas verdaderas; que precisamente estas falsificaciones hicieran del casi hereje Pablo un hombre de la Iglesia católica. Con ellas, infini- dad de veces los papas han condenado a sus «herejes» y han luchado para que se reconocieran sus dogmas.180
En contra de la autenticidad de estas cartas pastorales hay razones históricas, pero aun más de tipo teológico y de lenguaje, razones que no sólo han ido aumentando con el tiempo sino que se han hecho más preci-, sas. «Para los investigadores evangélicos -escribe Wolfgang Speyer, uno
de los mejores conocedores actuales de las falsificaciones de la Antigüe- dad-, la seudoepigrafía de los dos escritos a Timoteo y de la epístola a Tito se considera probada.» El teólogo Von Campenhausen habla de una «falsificación de extraordinaria altura moral» y se las atribuye a san Poli- carpo, el «anciano príncipe de Asia» (Eusebio). El teólogo católico Brox, asimismo un experto en este campo tan poco tratado por la investigación, dice de «la manipulación literaria que es perfecta», si bien «es reconoci- ble como ficción», un «engaño realizado metódicamente, una presunción de autoridad consciente y realizada de manera artísticamente refina- da», desde luego «la obra cumbre» de la falsificación dentro del Nuevo Testamento. Eruditos más conservadores en vista de la discrepancia con las epístolas paulinas (ciertamente) verdaderas, recurren a la «hipótesis del secretario», según la cual el autor habría sido el secretario de Pablo, que debió acompañarle durante mucho tiempo. («Bien es cierto que la tradición no sabe nada de tal hombre»: Bibel-Lexikon.} O bien aparece la «hipótesis de los fragmentos», el supuesto de que entre los textos fal- sos de Pablo se encuentran también piezas auténticas. Pero incluso para Schelke, las cartas pastorales «no sólo parecen ser distintas a las epístolas de Pablo sino también posteriores a ellas».181
Tal como se supone a menudo y con razones de mucho peso, es muy probable que la segunda epístola a los tesalonicenses fuera «concebida premeditadamente como falsificación» (Lindemann) atribuyéndosela a Pablo.
La autenticidad de la segunda epístola a los tesalonicenses fue puesta en entredicho por primera vez en 1801 por J. E. Chr. Schmidt, imponién- dose definitivamente la tesis de la falsedad sobre todo gracias a W. Wre- de en 1903. A comienzos de los años treinta, investigadores como A. Jü- licher y E. Fascher opinaban que dejando establecida una autoría no pau- lina de la epístola «no hemos perdido mucho». Nosotros no, pero sí los fieles de la Biblia. ¿Pues qué les parece que durante dos milenios (no sólo esta) falsificación estuvo y está en sus «Sagradas Escrituras»? ¿Que el falsificador, que sobre todo pretende disipar las dudas sobre la parusia, el que no se produjera el regreso del Señor, testifique al final de la epísto- la su autenticidad recalcando la firma de mano del propio Pablo? «Aquí mi saludo, el de Pablo, de mi propia mano. Esta es la señal de todas mis cartas: así lo escribo [...]» Cómo el falsificador, al que no conocemos, no vacila en prevenir contra las falsificaciones para eludir de este modo el problema de la autenticidad en su caso. Nadie debe desistir, «ni mediante una revelación en el Espíritu, ni por una palabra ni por una carta, como la enviada por nos, como si ya hubiera llegado el día del Señor. No permitais que nadie os cinfunda, de ningún modo […..}» Es totalmente consciente de su engaño. Pero no se confunda con éste: con una epístola de Pablo falsa quiere desautorizar una autérntica. Asi, son «muy pocos» los
que defienden hoy la autenticidad de la segunda epístola a los tesaloni- censes (W. Marxsen). i82 ,
También la mayoría de los investigadores consideran la epístola a los colosenses como «deuteropaulina», como «no paulina». Y con mu- cha probabilidad también se falsificó «conscientemente» la epístola a los efesios, estrechamente relacionada con la anterior y que desde un principio se consideró perteneciente a Pablo. Resulta significativo el hecho de que se encuentren aquí reminiscencias de todas las epístolas paulinas importantes, en especial de la destinada a los colosenses, de la que proceden casi literalmente formulaciones completas; el estilo es muy retórico y en realidad más que una epístola es una especie de «me- ditación sobre los grandes temas cristianos», un «discurso sobre los misterios o la sabiduría» (Schiier). Y en ninguna otra epístola de Pablo se utiliza la palabra «Iglesia» de manera tan exclusiva en el sentido ca- tólico.183
La epístola a los hebreos, escrita quizá en el siglo i por un autor desconocido, se transmitió inicialmente de modo anónimo y ningún escrito antiguo la relacionó con Pablo. Ni siquiera contiene el nom- bre de éste, pero al final muestra «de modo intencionado la fórmula final de una epístola paulina» (Lietzmann). Sin embargo, hasta media- dos del siglo iv no se la consideraba apostólica, paulina ni canónica, pero apareció en el Nuevo Testamento como una carta de «Pablo» y' como tal se la tomó de manera generalizada hasta Lutero. Pero el re- formador lo puso en tela de juicio, encontrando en ella paja y madera, «una epístola formada por numerosas piezas». En la actualidad, inclu- so por el lado católico, raras veces se atribuye a «Pablo» la epístola a los hebreos.
No obstante, desde el siglo n fue admitida por la tradición ortodoxa. Aparece en los libros litúrgicos y oficiales de la Iglesia católica como «Epístola del apóstol san Pablo a los hebreos». Igual aparece en la tra- ducción latina del Nuevo Testamento (no así en el texto griego). En reali- dad no sabemos ni dónde ni quién la escribió, y todos los nombres que se han citado o puedan citarse sobre su autor no son más que especulacio- nes. Aunque la teología crítica considera auténticas otras epístolas de Pa- blo también contienen diversas falsificaciones, lo mismo que otros libros del Nuevo Testamento.184
No menos de seis epístolas atribuidas a Pablo por propio testimonio son en realidad deuteropaulinas, o sea no pertenecientes a Pablo, pero a pesar de eso aparecen como tales en la Biblia. Si se añade la epístola a los hebreos serían siete.