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The influence of head impact threshold for reporting data in contact and collision

período que corrió de 1820 a 1850. Los escolares de aquellos tiem- pos, que estudiaban sobre la base del libro de Morse, System of

Geography, o del titulado Comprehensive Geography and History,

escrito por Goodrich, encontraban mapas en los que se señalaba toda la zona comprendida entre el Missouri y las Roquizas como “El Gran Desierto Americano”. Estos geógrafos, a su turno, proba- blemente consiguieron su información de las comunicaciones mi- litares de la época. El despacho del mayor Stephen Long relativo a su expedición de 1819-20 fue, en parte, responsable de la ficción del Gran Desierto Americano. Dijo, refiriéndose a esta región: "En lo que atañe a este extenso sector del país, no vacilo en formular la opinión de que es, casi en su totalidad, inepto para los cultivos y, por supuesto, inhabitable por un pueblo que dependa de la agricul- tura a los fines de su subsistencia. No obstante, esta región, vista como frontera, puede resultar de infinita importancia para los Esta- dos Unidos, en cuanto se calcule que sirva de barrera de contención a una expansión demasiado grande de nuestra población hacia el oeste".

Y Zebulon Pike, en su informe sobre la expedición que en 1806 realizara a las Roquizas, decía: "Estos vastos llanos del hemisferio occidental pueden llegar, con el tiempo, a la celebridad de los are- nosos desiertos de Africa... Pero de estas inmensas sábanas puede surgir una gran ventaja para los Estados Unidos, a saber: La res- tricción de nuestra población hasta determinados límites y de este modo una perpetuación de la Unión. Nuestros ciudadanos, tan pro- pensos a andar errabundos y a trasponer el confín de las fronteras, se verán, por imperio de la necesidad, constreñidos a reducir su expansión en el oeste a los confines del Missouri y del Missis- sippi..."

Las recientes experiencias norteamericanas en la "cuenca del polvo", en materia de aridez y erosión, destacan que Long y Pike fueron hábiles profetas. Pero sólo fue exacta la mitad de lo que expresaron. Se equivocaron al considerar desértica esta región, pues, si bien, desde entonces, se ha demostrado inepta, en gran

parte, para el cultivo de productos agrícolas, es admirablemente adecuada en lo concerniente a la cría de ganado. Estaban, empero, en lo cierto, cuando estimaban que serviría de barrera al movi- miento en dirección oeste. Eso es exactamente lo que ocurrió.

Hacia 1840, el avance de la horda de colonizadores se había abierto camino hasta la línea meridiana de 98° y aquí se detuvo durante un tiempo. ¿Por qué?

Al oriente de esta línea, los ríos servían de convenientes vías pa- ra el viajero. Hacia occidente, no resultaban fácilmente navegables. El emigrante que prosiguiera su marcha en dirección oeste debía dejar su embarcación y emprender camino a pie o en carreta.

Al oriente de la línea de 98°, los pioneros hallaban tierras bien irrigadas, cubiertas de árboles. Había aquí un suelo fértil, agua para el ganado o para un molino, y madera que proporcionaba material en lo relativo a viviendas, graneros, cercados y combustible. Más allá de la línea de 98°, la afluencia de pobladores tropezaba con océanos de herbosas praderas que se tendían hacia el oeste pene- trando en la región de escasas precipitaciones y áridos llanos. La ausencia de árboles les hizo pensar que la tierra no era feraz. Este tipo de llanura de duros pastizales planteaba un problema nuevo y desconocido. Estaban habituados a las zonas boscosas y aquí no había árboles, sólo pajonales. "Al este del Mississippi la civiliza- ción se sostenía sobre tres puntales, la tierra, el agua y la madera; al oeste del Mississippi, no sólo desaparecía uno, sino dos de estos puntales —el agua y la madera— y la civilización debió apoyarse sobre un solo pie, la tierra".

Al oriente de la línea de 98°, los fronterizos chocaban con un peligroso enemigo: el indio. Pero este indio del Este no era hombre de a caballo, llevaba una sedentaria existencia de aldea y su tribu entera podía prácticamente aniquilarse de un solo golpe, en su pro- pia morada. Hacia occidente, el indio de las llanuras era un antago- nista infinitamente más formidable. Nómada por naturaleza, va- gaba a su antojo. Maravilloso jinete, capaz de dejar caer su cuerpo

sobre cualquiera de los costados de su cabalgadura, protegiéndose de las armas del enemigo, mientras colgaba por el talón del lomo del animal. Usaba un escudo, hecho de cuero de búfalo, tan endu- recido y resistente que ninguna flecha o bala lograba transpasarlo, a menos que fuera alcanzado en ángulo recto. Podía galopar desen- frenadamente en su veloz potro y llevar su haz de cien flechas, tan convenientemente ubicado como para permitirle mantener cons- tantemente una o más en el aire, con impulso, detrás de cada fle- cha, capaz de atravesar íntegramente ¡el cuerpo de un búfalo!

Esta perfecta máquina de combate, el indio de las llanuras, po- día mantener a un tiempo ocho flechas en el aire. ¡Con qué calu- rosa acogida habrá recibido el fronterizo, dotado de un solo tiro en su rifle, la invención, en el año 1836, del Colt a repetición! Apa- recía con éste un arma en condiciones de disparar con la misma rapidez que la desplegada por el indio al lanzar sus saetas, Era ne- cesaria.1

Pero aun cuando el agricultor se detuvo, la vanguardia de la línea fronteriza en traslación habíase internado desde tiempo atrás en la región. Washington Irving, en su excelente libro, The Adven-

tures of Captain Bonneville, publicado en 1837, nos refiere que

"Las Montañas Roquizas y las regiones ulteriores, desde las pose- siones rusas en el norte, descendiendo hasta los establecimientos españoles de California, habían sido atravesadas y escudriñadas, en

Así fue que la línea de cabañas de troncos que se había movido sin cesar hacia el oeste, al arribar, más o menos a la altura del me- ridiano 98°, hizo alto. Aquí, al borde de los Grandes Llanos, los colonizadores llegaron a una región de menores precipitaciones pluviales, exenta de madera, que ofrecía un recorrido más arduo e indios de mayor peligrosidad; se les había infundido la errónea idea de la existencia de un arenoso desierto, y se detuvieron.

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