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Por
Julio César GalánMarek Bienczyk: Melancolía
Ed. El Acantilado 168 páginas, 18€
posibilidad», título que resume la concepción de la melancolía del filósofo danés y que es aceptada por Marek Bienczyk y de Freud, cu- ya presencia ocupa varios apartados y especi- fica cuestiones tan apegadas al melancólico como la regresión o el deseo. Además, hay que añadir la aparición de otros autores como Borges, Sontag, Baudrillard, Benjamin, etc., o de personajes que buscan un tiempo per- dido, como don Quijote, por ejemplo. Todos ellos sometidos a la ley estructural de círcu- los concéntricos mediante la cual aparecen y desaparecen esos autores.
FIGURA SEDENS O A VECES SOMOS UN CUADRO DE FRANCIS BACON
Siguiendo las baldosas amarillas de los subra- yados y de los dobleces de página, en esa ga- lería de personajes literarios aparece Pessoa (capítulo tercero), diciendo que la «melanco- lía es una nada que duele» y recordamos el subtítulo de este coherente y certero ensayo:
De los que la dicha perdieron y no la hallarán más. Y aquí está una de las claves del spleen,
la acedia, la bilis negra, la tristeza, la mono- manía…: la pérdida, esa merma que poco a poco va desgastando el rostro melancólico hasta empequeñecerlo. O también vemos otra palabra que está dentro de esa palabra: iden- tidad. Como normalmente ocurre en la prosa ensayística, los pensamientos propios se en- lazan con otros y llega de nuevo Kierkegaard y nos susurra: «¿dónde termina el “yo”, en qué momento yo dejo de ser “yo”?». De ese modo se organiza una exactitud argumental e ideológica amena, seria y creativa que nos lleva a distintos campos de estudio (sin duda, una de las bases de la literatura comparada y de este ensayo). Por eso, en relación con ese asunto, aparecen los retratos y autorretratos de Bacon, de cuya mano llegamos a Kundera e incluso a la cantante Alanis Morrissette, en
un enlace con la estética posmoderna del vi- deoclip. Se trata de una cadena de resonan- cias que especifica las propias reflexiones.
Y, si tiramos más del hilo, vemos una de las máscaras: «pseudónimos» y también «pseudotextos». Estamos en el capítulo cin- co, que ejerce de poética de este libro, cuyo modelo siempre será el admirable Anatomía
de la melancolía, denominado por Burton co-
mo «centón»; y también algo de obra hecha con retales posee Melancolía. Pero la razón de tomar esta doctrina de creación en ambos libros estriba en un vínculo simbólico entre la citación y la melancolía: «El acto de citar ma- nifiesta una existencia intermedia, próxima a uno de los estados melancólicos principales que Kierkegaard denominó “la alternativa”, donde el individuo permanece en un terreno entre la desesperación de no ser otro y la im- posibilidad de ser uno mismo». Ese péndulo que va del «yo» y al «no-yo», de la fragmen- tación a la unidad, se bifurca entre ser siem- pre uno mismo y otro (al fondo, Nerval). En fin, la vida, como la melancolía y el propio texto, son un palimpsesto, observación que Marek Bienczyk nos deja en sus palabras. Por esta razón, en «Cuentas mágicas» entramos de lleno en los rasgos de la estética melancó- lica, con Borges –ese «eterno anciano»– co- mo maestro de ceremonias. El surgimiento de una figura literaria suele dar paso a un tema y, asimismo, cerrarse con la aparición de otro, movimiento que deja una fluidez suave en- tre capítulo y capítulo. Así, Borges nos aden- tra en las heterotopías y en las utopías, sir- viendo estas últimas para abolir la melancolía del mismo modo que el futuro lucha contra la fuerza del pasado («Censo y utopía»). Y, de nuevo, el estado melancólico, el bucle, el ha- cer que el lector vaya y vuelva hacia el tema principal. Ahora analizando la posición de ese individuo sombrío que mira desde abajo, des-
de la lucidez. El apoyo intertextual lo tenemos en este momento en Jan Jo Rebenda –el autor polaco de Sonetos insignificantes– y, otra vez, en Borges («El laberinto del eterno vagabun- do») y, con ello, lo mítico del asunto tratado.
Si Freud llega en el capítulo décimo, también vuelve en el decimoséptimo y, como con anterioridad, el tema de la identidad sur- ge por medio de un brillo diferente. Vuelvo a los subrayados –«el melancólico se mira en el espejo de su existencia y se ve siempre refle- jado como objeto de su propia mirada (…)»–, a los dobleces, al recuerdo, y me encuentro con la sabrosa página setenta y cinco, con ese «Yo puro», con L. Bingswanger y con Cioran, más todo el «rechazo del tiempo futuro». En esta trenza intertextual no falta la ironía y la risa: así se titula uno de los capítulos que se abre con el poema de Baudelaire «El heau- tontimoroumenos» y se cierra con una refe- rencia sin citación (aquí no hay academicis- mo) al mismo autor. En medio, la narración y el ensayo como una unidad firme y análoga; en medio, ese futuro predecible que carcome los ánimos y llena de azul el horizonte, color que da entrada a la contemplación y a su re- lación con la melancolía («Mirada azul y ana- morfosis» es el decimotercer paso). Aquí se da la bienvenida a la conexión del asunto tra- tado con el ejercicio pictórico de Durero o De Chirico (de nuevo, esa labor tan rica del pro- cedimiento comparatista que tan bien le que- da a este tipo de ensayos).
Y de esa pareja de color y anamorfosis nos vamos a la de la melancolía y la alegoría, a sus fosas comunes: la fragmentación sin un todo o la repetición del detalle en su contem- plación. En esa gama de colores, además del azul, Marek Bienczyk añade al asunto estu- diado el rojo y el negro como espacios de con- tradicción a los que, ya en el capítulo deci- mosexto, se suma la acedía como ámbito del
pecado y del estupor. Pero la melancolía lle- va aparejada otros sentimientos. Uno de ellos es la culpabilidad, motivo por el que vemos pasar a los Padres de la Iglesia, a Dante, a Flaubert, a Miguel Ángel, a Ortega y Gasset y a Walter Benjamin. Todos ellos, a modo de coro, nos apuntan algunas cuestiones que afi- nan la disección: el castigo, el deseo de hui- da, la sensación de opresión, la soledad, la tristeza. Pero lo más destacable de este apar- tado se encuentra en su reflexión final sobre la propia naturaleza del ensayo, pues el autor polaco –en un ejercicio de desdoblamiento y en un llamamiento al lector– nos dice que su pretensión no es la denominación histórica de la melancolía, pues «le aburre cualquier in- tento de resolver el problema».
Los últimos cinco capítulos podrían considerarse un conjunto unitario, ya que sir- ven para volver a autores –los omnipresen- tes Freud, Kierkegaard, Burton o Nerval– y a asuntos tratados con anterioridad: la relación del deseo con lo irreal; las posibilidades que crea el espejo más «la tiranía de su repeti- ción» (como dice el autor, también este en- sayo es un eco del eco); la utopía y la imagi- nación con sus terapias; «El “no” y el “sí” de la metamorfosis» –ese estiramiento del yo– y, por último, la antesala al cierre, que se produ- ce de una manera plenamente narrativa. Por medio de la etiqueta negra de una botella de vino «Pomerol 1989», que ejerce también de título, se nos ofrece el contrapunto descrip- tivo y celebratorio de este libro, no sin antes hacer algunas semejanzas entre el licor dio- nisíaco y la negrura de la bilis, entre la con- templación y el intercambio de unas palabras consigo mismo… Los últimos momentos de comunión con lo escrito y lo vivido. El final no lo descubriré. Invito al lector a sumergirse en estas páginas que fecundan rápidamente en la memoria.
Etgar Keret (Ramat Gan, 1967) es cuentis- ta, fabulador sin moraleja y un sincero men- tiroso. Mientras que la verdad es directa, la mentira es poliédrica, creativa y, en algu- nos casos, honesta, valga la paradoja. Etgar Keret ha encontrado un lugar donde subver- tirla y legitimarla: los cuentos. En alguna entrevista habla de ese lugar de la ficción, alejado del dato fiel y del orden preciso de los acontecimientos, donde, nacida en la tergiversación de la historia, el escritor ha- lla una suerte de verdad. Autor poco solem- ne, desinhibido hasta rayar en ocasiones lo soez, escribe con entera libertad. Introduce el humor en territorios donde la convención ha decidido cerrarle el paso, juega con lo inverosímil en lo cotidiano, fabula el dato y sorprende al lector por el amplio abanico
de mundos que inventa. Casi toda su pro- ducción está formada por cuentos cortos. De ellos, tenemos en español El conductor
del autobús que quiso ser Dios (2004), La chica sobre la nevera (2006), Extrañando a Kissinger (2006), Pizzería Kamikaze
(2008), Un hombre sin cabeza (2011), De
repente llaman a la puerta (2012) y el re-
cientemente publicado Los siete años de
abundancia (2014), de carácter autobiográ-
fico. Gran inventor de ficciones, cuando en este último libro opta por narrarnos peque- ñas memorias a modo de cuentos, seguimos percibiendo en ellos el elemento fantasioso e imaginativo, por su singularidad personal y familiar. Polifacético, es autor de novelas gráficas, guionista, director de cine y profe- sor de cine y literatura hebrea en Tel Aviv y