Desde el momento en que se trabó la lucha entre Agrícola y el caminero, el combate, fue terrible, implacable: una oleada de sitiadores, siguiendo los pasos del caminero, se precipitó por aquella puerta con una furia irresistible. Una puerta que al pronto resistió a sus esfuerzos, cedió muy pronto, y "Cebolleta" se precipitó en este aposento con el palo en la mano, desgreñada, furiosa y ebria con el ruido y el tumulto. Una hermosa joven (era Ángela) queriendo defender la entrada de otro cuarto, se echó de rodillas, pálida, suplicante, con las manos juntas, exclamando:
—¡No hagáis daño a mi madre!
—Empezaré por ti y luego le llegara su turno —gritó la horrible furia arrojándose sobre la desgraciada niña y procurando arañarle el rostro.
Ángela daba dolorosos gritos defendiéndose de "Cebolleta" y procuraba impedirle la entrada en el cuarto en que se había refugiado su madre, quien, asomada a la ventana, llamaba a Agrícola en su socorro: pero el herrero batallaba otra vez con el terrible caminero. En esta lucha cuerpo a cuerpo, los martillos de nada servían; los ojos inflamados, apretados los dientes, pecho contra pecho, enlazados como dos serpientes, hacían esfuerzos increíbles para derribarse. Agrícola, encorvado, tenía debajo del brazo derecho la pierna izquierda del caminero, habiendo logrado cogérsela al parar un terrible puntapié; pero era tal la fuerza hercúlea del jefe de los "Lobos", que a pesar de estar sobre una sola pierna, permanecía firme como una torre. Con la mano que tenía libre (porque la otra se la sujetaba Agrícola como un tomillo), procuraba a puñetazos romper la quijada inferior del herrero que, con la cabeza baja, apoyaba su frente en el pecho de su adversario.
—¡El "Lobo" romperá los dientes al "Devorador", para que no devore! —dijo el "Caminero". —Y yo a ti la pata —y diciendo esto el herrero dio tal tirón a la pierna de su adversario, que, dando éste un doloroso grito y estirando el cuello con la rabia de una fiera, consiguió morder a Agrícola en el pescuezo. A este agudo mordisco, el herrero hizo un movimiento que permitió al caminero desembarazar su pierna; entonces, por un esfuerzo sobrenatural, se arrojó con todo el peso de su cuerpo sobre Agrícola, le hizo vacilar, tropezar y caer debajo.
En aquel momento la madre de Ángela, asomada a una de tas ventanas de la casa comunal, gritaba desesperadamente:
— ¡Socorro, señor Agrícola, que matan a mi hija!
—Déjame, y te doy palabra que mañana nos batiremos, o cuando quieras —dijo Agrícola con voz sofocada.
—No me gusta la comida recalentada —contestó el caminero, y cogiendo a Agrícola por la garganta con una de sus formidables manos, procuró ponerle la rodilla sobre el pecho.
—¡Socorro, que matan a mi hija! —gritó la madre de Ángela fuera de sí.
—¡Perdón! ¡te pido perdón! Déjame ir... —dijo Agrícola, haciendo terribles esfuerzos para librarse de su enemigo.
—Estoy demasiado hambriento —respondió el caminero.
Exasperado Agrícola por el terror que le causaba el peligro de Ángela, redoblaba sus esfuerzos, cuando el caminero se sintió cogido el muslo por una mano de hierro, al mismo tiempo que le asestaban en la cabeza tres o cuatro palos con mano vigorosa: soltó su presa y cayó aturdido sobre una rodilla y una mano, procurando con la otra parar los golpes que le daban, los cuales cesaron tan pronto como Agrícola se vio libre.
—¡Padre mío, me salváis! ¡Con tal que no sea demasiado tarde para Ángela! —dijo el herrero incorporándose.
—Corre, vete, no te ocupes de mí —respondió Dagoberto, y Agrícola echó a correr hacia la casa comunal.
Dagoberto, seguido de "Mala Sombra", había venido, como ya se dijo, acompañando a las hijas del mariscal Simón, a visitar a su abuelo. Llegado el tumulto, el soldado reunió algunos obreros
para defender la entrada del cuarto en que estaba casi expirando el padre del mariscal; desde allí vio el soldado el peligro de Agrícola, corrió hacia él y ejecutó lo que hemos dicho. Una oleada de los combatientes separó a Dagoberto del caminero, que estuvo algunos momentos sin conocimiento.
En dos saltos estuvo el herrero en la casa comunal, derribó los hombres que defendían la escalera y precipitóse en el corredor, al que daba la puerta del aposento de Ángela.
En el momento en que llegó, la desgraciada joven defendía maquinalmente su cara con las dos manos contra "Cebolleta", que encarnizada como una hiena con su presa, trataba de arañársela. Agrícola se precipitó con la rapidez del rayo sobre la temible furia, cogióla por su amarillenta cabellera, la echó hacia atrás y dándole una patada en el pecho la tendió en el suelo. "Cebolleta", exasperada por tan fuerte sacudida, se levantó al momento; pero algunos trabajadores que habían seguido a Agrícola pudieron entonces luchar con ventaja, y mientras que el herrero cogía en sus brazos a Ángela medio desmayada, y la llevaba al cuarto contiguo, "Cebolleta" y su cuadrilla fueron arrojados de esta parte de la casa.
Después del primer choque, el corto número de verdaderos "Lobos", como decía Agrícola, que siendo trabajadores honrados habían tenido la debilidad de dejarse arrastrar a esta empresa bajo pretexto de una reyerta de compañeros, viendo los excesos que empezaba a cometer aquella gente perdida, que los había acompañado a su pesar, estos valientes "Lobos" se unieron a los "Devoradores".
—Aquí no hay "Lobos" ni "Devoradores" —dijo uno de los más atrevidos a Olivero, con quien acababa de batirse valerosamente—. Aquí ya no hay sino trabajadores honrados que deben unirse para acabar con esa cuadrilla de pillos que no han venido aquí sino para romper y robar. —Sí —contestó otro—. A nuestro pesar se empezó rompiendo los vidrios de vuestra casa.
—El caminero es quien lo ha movido todo —dijo otro—. Los verdaderos "Lobos" le maldicen; ya le ajustaremos las cuentas.
—Aunque todos los días tengamos nuestras reyertas, no por eso dejamos de estimamos.
Esta deserción de una parte de los sitiadores, por desgracia muy corta, reanimó a los obreros de la fábrica, y todos, "Lobos y Devoradores", aunque muy inferiores en número, se unieron contra los pillos y vagabundos que se entregaban a la destrucción. Una cuadrilla de estos miserables, excitada por el hombrecillo cara de hurón, emisario secreto del barón Tripeaud, entró en masa en los talleres y allí dio principio a una lamentable devastación: aquellas gentes, poseídas de una furia destructora, rompieron sin compasión las máquinas de mayor coste, piezas medio fabricadas; una emulación salvaje exaltaba a tales bárbaros.
¡Extraño y doloroso contraste! Al ruido atronador de aquellas horribles escenas de tumulto y devastación, respondía otra tranquila, imponente y lúgubre en el cuarto del mariscal Simón, guardado por algunos hombres adictos. El anciano trabajador permanecía tendido en su lecho, envuelta la cabeza en una venda que dejaba ver sus blancos cabellos ensangrentados, una lividez mortal cubría sus facciones, su respiración era difícil y sus ojos fijos apenas distinguían los objetos.
El mariscal Simón, de pie a la cabecera de la cama, inclinado sobre su padre, acechaba con desesperación la menor señal de vida del moribundo, cuyo debilitado pulso observaba un médico.
Rosa y Blanca, conducidas por Dagoberto, permanecían arrodilladas delante de la cama, juntas las manos, y los ojos bañados en lágrimas; algo retirado y medio oculto por las sombras del cuarto, porque las horas habían transcurrido y llegaba la noche, veíase a Dagoberto.
Hay extrañas fatalidades: el médico era el señor Baleinier.
Hallándose la enfermería del doctor cerca de la barrera más próxima a la fábrica, y teniendo en las cercanías bastante nombradía, a su casa se dirigieron para buscar socorros.
El doctor Baleinier hizo de pronto un movimiento, y el mariscal, que le observaba, exclamó: —¿Hay esperanza?
—Por lo menos, señor duque, el pulso se reanima un poco. —¡Está salvado! —dijo el mariscal.
—No tengáis vanas esperanzas, señor duque —respondió gravemente el doctor—. Si el pulso se reanima, es efecto de los violentos apósitos que le he mandado aplicar a los pies, pero no sé cuál será el resultado de esta crisis.
—¡Padre mío! ¡padre mío! ¿Me oís? —exclamó el mariscal, viendo que el anciano hacía un ligero movimiento con la cabeza y entreabría los párpados.
De allí a poco abrió los ojos enteramente: esta vez brillaba en ellos la inteligencia. —Padre mío: ¿vives, me reconoces? —exclamó el mariscal, confiado.
—¿Pedro... estás aquí? —preguntó el anciano con voz débil—. Dame la mano... —e hizo un pequeño movimiento.
—Aquí la tenéis, padre mío —exclamó el mariscal estrechando la mano del anciano entre las suyas, y cediendo a un impulso de involuntario júbilo, se precipitó sobre su padre, besando sus manos, su rostro, sus cabellos y exclamando:
—¡Vive. Dios mío, vive! ¡Está salvado!
En aquel momento, los gritos de la lucha que se volvía a empezar entre vagos, "Lobos" y "Devoradores", llegó a oídos del moribundo.
—¡Ese ruido! ... — dijo—. ¿Se baten? Creo que ya se aquieta —dijo el mariscal para no alarmar a su padre. Pedro —dijo el anciano con voz débil y entrecortada—, ya me quedan pocos instantes de vida. ¡Padre mío!
—Hijo mío... déjame hablar... con tal que pueda... decírtelo todo...
—Señor —dijo Baleinier al anciano trabajador devotamente—; el cielo obra tal vez en vos un milagro, mostraos reconocido, y que un sacerdote...
—¿Un sacerdote? gracias; tengo a mi hijo —dijo el anciano—. En sus brazos... entregaré... esta alma que siempre... ha sido honrada y recta...
—¡Morir... vos! exclamó el mariscal—, ¡oh! no... no— Pedro dijo el anciano con voz que poco a poco se fue debilitando—: no hace mucho... me pediste un consejo... sobre un asunto...grave... Me parece que... el deseo... de ilustrarte sobre tu deber... por un momento me devuelve la vida... porque... moriría muy desgraciado... si supiese... que seguías... una senda... indigna de ti... y de mí... Escucha... hijo mío... en este momento supremo... un padre... no se engaña... tienes que cumplir un gran deber... bajo pena... de no obrar como hombre de honor... de desconocer... mi última voluntad... Debes sin... sin titubear...
La voz del anciano se había ido debilitando tanto, que cuando pronunció estas últimas palabras, era casi ininteligible: lo único que pudo oír el mariscal Simón fueron estas:
—"Napoleón II...Juramento... deshonor... hijo mío..." El anciano obrero movió aun los labios maquinalmente y quedó inmóvil. En el momento en que espiraba, era ya de noche, y en la parte exterior oíanse terribles gritos de: ¡Fuego! ¡fuego! El incendio partía del centro de uno de los edificios de los talleres, lleno de objetos inflamables y en donde se había introducido el hombrecillo cara de hurón. Al mismo tiempo oíase a lo lejos el redoble de los tambores que indicaba la llegada de un destacamento de tropas que venía de la barrera.
* * *
Hace ya una hora que, a pesar de todos los esfuerzos, las llamas devoran la fábrica: Un hombre, caminando al través de los campos, detrás de un otero que le oculta el incendio, se adelanta con paso lento y desigual. Es el señor Hardy, que ha querido volver a pie a su casa, por el campo, creyendo que el paseo mitigaría su calentura; calentura glacial como el estremecimiento de un moribundo.
No le habían engañado; aquella noble mujer, a cuyo lado hubiera podido hallar un refugio contra el espantoso desengaño que acaba de recibir, aquel ser amado había abandonado Francia. Ya no puede dudarlo. Margarita surca los mares en dirección a América: su madre le ha exigido, como expiación de su falta, que no se despediría de él ni aun por escrito, siendo así que por él sacrificara sus deberes de esposa. La hija obedeció. Varias veces se lo había dicho: "Entre mi madre y vos no titubearé;" y no titubeó. Ya no queda ninguna esperanza: aun cuando el mar no lo
separase de Margarita, está seguro que la ciega sumisión por su madre rompería estos lazos para siempre. No, ya no puede contar con este corazón, su último refugio. Las dos raíces más vivaces de su vida, arrancáronlas, rompiéronlas a la vez, el mismo día, casi al mismo tiempo.
El señor Hardy había llegado a la cima de la colina. En aquel momento, el incendio, contenido por algún tiempo, estalló con mayor furia en la "casa comunal". Una viva claridad, primero blanquecina, luego roja y después cobriza, iluminó a lo lejos el horizonte.
CIX
EL NEGOCIADOR
Pocos días habían transcurrido desde el incendio de la fábrica del señor Hardy, cuando ocurría la escena siguiente en la calle de Clodoveo, en la misma casa en que Rodin había tenido un aposento, entonces abandonado, y en que vivía también Rosita Pompón, sirviéndose del ajuar de su "amigo" Filemón.
Eran cerca de las doce del día, Rosita Pompón, sola en el cuarto del estudiante que aún no había regresado, almorzaba al lado del fuego.
Rosita Pompón, después de haberse comido la ensalada, iba a hacer otro tanto con las aceitunas, cuando llamaron despacito a la puerta, modestamente cerrada por dentro.
—¿Quién es? —preguntó Rosita Pompón.
—¡Un amigo! ¡un viejo de la vieja! —respondió una voz sonora y alegre—. ¿Estáis encerrada? —¿Sois vos, Nini Moulin?
—Sí, mi querida pupila. Abrid pronto, pues el caso es urgente
—¿Abriros? ¡Estaría bueno, en el traje en que estoy! No dejaría de ser gracioso. —Ya lo creo... que vestida como estáis sería gracioso, graciosísimo.
—Id a predicar la cuaresma y la moral en vuestro diario, ¡apóstol gordo! —dijo Rosita Pompón restituyendo la almilla encarnada al disfraz de Filemón.
—Decid, ¿conversaremos mucho tiempo a través de la puerta para mayor edificación de los vecinos? —dijo Nini Moulin—. Mirad que tengo cosas muy importantes que deciros: cosas que os asombrarán.
—Dejadme que me ponga el vestido... atormentador.
—Si es por mi pudor, no temáis, no soy hipócrita; os aceptaré tal como estéis.
—Parece imposible que un monstruo semejante sea el niño mimado de todas las sacristías! — dijo Rosita Pompón abriendo la puerta.
—¡Al fin habéis vuelto al palomar, gracioso pájaro viajero! —exclamó Nini Moulin—. ¿Y dónde habéis estado, si se puede saber? Hace tres días que no dormís en vuestro nido, picaruela palomita.
—Es verdad; ayer noche he vuelto. ¿Con qué habéis venido durante mi ausencia?
—Todos los días, o mejor dicho, dos veces cada día, señorita, porque tengo cosas muy importantes que comunicaros.
—¿Cosas muy importantes? Entonces nos reiremos mucho.
—De ningún modo, es cosa muy formal —dijo Nini Moulin sentándose. —Y púsose a cantar entre dientes con aire incrédulo y malicioso.
—Rosita Pompón —dijo de pronto Nini Moulin, con aire majestuoso—, ¿queréis vivir en un aposento magnífico en lugar de este pobre cuarto, e ir vestida como una duquesa?
—Vamos, dejaos de tonterías:
Nini Moulin, sin responder a esta oferta gastronómica, metió la mano en uno de sus bolsillos y sacó una cajita que contenía un bonito brazalete que hizo relumbrar a la vista de la joven.
—¡Ah! ¡qué magnífico brazalete! —exclamó dando palmadas—. Una serpiente verde que se muerde la cola. El emblema de mi amor por Filemón.
—No habléis de Filemón, que me fastidia —dijo Nini Moulin colocando el brazalete en la muñeca de Rosita Pompón, que le dejaba hacer riendo como una loca. Después le dijo:
¿Es una compra que os han encargado, apóstol gordo, y queréis ver el efecto que hace?
— Rosita Pompón —contestó Nini Moulin—, ¿queréis criados, un palco en la ópera y cuatro mil reales al mes para adornos? ¿sí o no?
—Siempre la misma chanza.
Nini Moulin volvió a meter la mano en el bolsillo, y esta vez sacó una hermosa cadena de oro que echó al cuello de Rosita Pompón.
joven y al escritor religioso. —Si sois vos también el que habéis escogido esto, tenéis un gusto muy delicado; pero confesad que soy una excelente muchacha cuando me presto a serviros de maniquí para exponer alhajas.
—Rosita Pompón —replicó Nini Moulin con tono cada vez más majestuoso—, estas fruslerías nada son comparadas con lo que podéis conseguir escuchando los consejos de vuestro antiguo amigo.
La joven mirando a Du Moulin con sorpresa, le dijo:
—¿Qué significa esto, Nini Moulin? Decidme qué consejos son esos. Du Moulin no respondió, y sacando un paquete de sus inagotables bolsillos, lo abrió cuidadosamente: el paquete encerraba una magnífica manteleta de blonda negra.
Rosita Pompón se levantó admirada, y Du Moulin echó con presteza la rica manteleta sobre los hombros de la joven.
—¡Esto es magnífico! ¡Qué dibujos! ¡qué bordados! —decía Rosa Pompón examinándolo todo con cándida curiosidad, y, preciso es decirlo, con sumo desinterés, añadiendo—: ¿De dónde habéis sacado cosas tan hermosas? —y dando una carcajada que coloreó su lindo rostro, añadió —: Ya caigo, ya caigo; es el regalo de bodas de la señora de Sainte-Colombe. Os doy la enhorabuena, habéis tenido buena elección.
—¿Y de dónde diablos queréis que saque yo dinero para comprar todas esas maravillas? —dijo Nini Moulin—. Todo esto, os lo repito, es vuestro, si me escucháis.
—¡Cómo! —dijo Rosita Pompón estupefacta—. ¿Habláis formalmente? —Y muy formal.
—Las proposiciones que me hacéis de vivir como una gran señora ¿son ciertas?
—Escuchadme —dijo el escritor religioso—. Ya debéis conocerme bastante, mi querida pupila, para estar segura que soy incapaz de aconsejaros una acción indebida, me respeto demasiado a mí mismo; sin contar con que esto fuera ofensivo para Filemón, que me confió la defensa de vuestras virtudes.
—A fe mía que no comprendo... —Pues es bien sencillo; yo...
—¡Ah! ya caigo —exclamó Rosita Pompón interrumpiendo a Nini Moulin—. Es un señor que quiere ofrecerme su mano, su corazón y alguna otra cosa más.
— ¿Un casamiento?
—¿No se trata de casamiento? —dijo Rosita Pompón volviendo a su primera sorpresa. —¿No?
—¿Y decís que las proposiciones que me hacéis son honradas? —No pueden ser más honradas.
—Pero, en fin —dijo Rosita Pompón cuya curiosidad se avisaba—, ¿qué se exigirá de mí en cambio?
—Ni siquiera esto —y Nini Moulin se mordió la punta de la uña. —¿Pero qué deberé hacer?
—Procurad presentaros lo más graciosa posible, componeros, divertiros y pasearos en coche. Ya veis que no es muy fastidioso; sin contar con que contribuiréis a una buena acción.
—¿Viviendo como una duquesa?
—Sí; así, decidíos y no me pidáis más pormenores, pues no me sería posible dároslo. Nini Moulin se acercó a la ventana, la abrió y dijo a Rosita Pompón que también se asomó: —Mirad lo que hay a la puerta!
—¡Un lindo coche! ¡Dios mío! ¡qué bien debe estarse ahí dentro! —Ese coche es el vuestro, y os espera.
—¡Cómo! ¿me espera? —dijo Rosita Pompón— ¿Es preciso que tan pronto me decida? —O no pensar más en ello.
—¿Hoy?
—Ahora mismo.
—No (y Du Moulin decía también la verdad). El cochero tiene sus órdenes. ¿De modo qué aceptáis?
—¿Por vos?
—Sí, porque aceptando, me hacéis un gran favor. —¿A vos? ¿y cómo?
—Poco os importa con tal que tenga que agradecéroslo. —Es verdad.
—Vamos, ¿marchamos? —En fin... no me comerán.