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Lucia Guerra68 escribe que para algunas feministas de la década

de los años setenta, el cuerpo, con toda su contingencia, es el punto de referencia con relación al cual nos aproximamos a nosotras mismas y a la realidad circundante. Puesto que de ese cuerpo dependería nuestro modo de situarnos en el mundo, él constituiría una manera propia de experimentarlo, de intuirlo y, eventualmente, de organizarlo. La mujer, como cuerpo sangrante en el flujo menstrual, como cuerpo recreador de la especie y como cuerpo en regocijo erótico se concebiría, entonces como un sujeto unido a la Materia desde la cual produciría modelizaciones de la realidad y de sí misma. Modelizaciones que, al irrumpir en el silencio mantenido por la hegemonía patriarcal, proveerían no sólo una definición de la femenino sino también una visión específica del mundo. Esta misma autora comenta que esta posición teórica constituye un acto subversivo con respecto de la

supremacía asignada al Espíritu (Razón, Logos) versus la Carne

(Naturaleza, Eros), disidencia fundamental que propone, precisamente, modificar el Logos para establecer relaciones significativas entre el cuerpo, el sistema del lenguaje y la escritura. Además, en su función peculiar de reproducción biológica, el cuerpo de la mujer estaría propiciando una teorización ontológica del embarazo, como condición de Sujeto nutriente de otro, proveyendo, así, modificaciones significativas del concepto de alteridad, según los sistemas filosóficos dominantes. Por otra parte, desde una perspectiva social y económica, la maternidad requeriría revisiones que afectarían la configuración

68Guerra, Lucia (1994). La mujer fragmentada: historias de un signo. Colombia. Colcultura y Casa de las

patriarcal de este papel. El cuerpo en estos planteamientos teóricos sería, por lo tanto, mucho más que una imagen especular empañada por las construcciones culturales dominantes, ya que constituiría un modo de estructuración que afectaría sistemas tan diversos como el lenguaje, la base económica y la filosofía.

La polémica feminismo de la igualdad/feminismo de la diferencia,

surge y se desarrolla principalmente en los años 70, con la emergencia de éste último y la crítica que desarrolla el feminismo anterior en cuanto que éste había tomado la igualdad con el hombre como meta a alcanzar e idea reguladora.

Annie Leclerc, Hélène Cixous y Luce Irigaray son las principales exponentes de la corriente feminista de la diferencia en Francia, y Carla Lonzi en Italia.

Es importante señalar el contexto político en el que se desarrolla esta corriente: surge tras la revuelta estudiantil de mayo del 68, sucesos envueltos en un ambiente internacional izquierdista, la guerra de Vietnam, rechazo al Imperialismo, entre otros acontecimientos que ponen en tela de juicio los mecanismos de lucha marxista tradicionales, y se piensa que los grupos de mujeres deben luchar por sus intereses específicos.

Las bases teóricas de este movimiento se nutren de diferentes fuentes, sus referencias son tanto de la filosofía clásica como del psicoanálisis.

El feminismo de la diferencia reivindica la diferencia entre hombres y mujeres, ya que por naturaleza somos diferentes, distintos, lo que implica formas de ser y comportamientos diferentes. Todas sus representantes coinciden en que las cualidades “femeninas” son innatas en la mujer, reivindicando así lo irracional, lo sensible, y plantean que lo místico y lo fantástico son modos de conocimiento tan legítimos como el conocimiento científico.

No todas las teóricas de la diferencia entienden exactamente lo mismo cuando reivindican este concepto: muchas hacen de la maternidad el núcleo de la diferencia; otras reivindican el trabajo

doméstico; algunas menosprecian el lesbianismo y otras consideran que ésta es su diferencia.

El feminismo de la diferencia no tiene como objetivo ni como horizonte la reivindicación de derechos de cuotas o de instancias de poder dentro del orden patriarcal.

“Se interroga por el sentido propio de ser mujer desde el deseo personal de existir libremente. La diferencia entre hombre y mujer es algo de lo que no es posible prescindir. La mujer no se define en relación con el hombre, éste no es el modelo al cual adecuar el descubrimiento de sí misma por parte de la mujer. El ser mujer no es subordinable ni asimilable al ser hombre. Para la mujer no hay libertad ni pensamiento sin el pensamiento de la diferencia.”69

Annie Leclerc, en su libro Parole de femme (1994) realiza toda una

nueva resimbolización del cuerpo femenino, del parto, del amamantamiento, que busca devolver a la mujeres, desde sí misma su capacidad de goce.

“Parole de femme representa pues una radical revalorización de la mujer entendida como cuerpo. Ruptura poética con ese feminismo de la igualdad que considera también y en el fondo la maternidad como la principal causa de sumisión y cuyo horizonte minimiza o reitera la minusvaloración de la biología femenina.(...) Esta glorificación no puede ser recibida sin reservas, para quienes veían en ella de nuevo una mística de la feminidad, un esencialismo que reproducía y aceptaba los estereotipos tradicionales, la trampa de la sumisión.”70

Hélène Cixous tiene una amplia producción de obras entre las

que destacan Le Rire de la Méduse (1975), La venue à l’écriture (1976),

La Missexualite (1976), entre otros.

Esta escritora parte de la posición derrideana de separar voz y escritura, criticando así el logocentrismo occidental, para a

69COMISIONA. Escuela Popular de Oporto. Cuadernillos pedagógicos. s/f., p. 29

70Rodríguez Magda, Rosa Ma. “El feminismo Francés de la diferencia” en Historia de la Teoría Feminista. Op.

continuación decir que la escritura femenina supera dicha separación al reencontrarse con la voz, la presencia y el origen.

“La escritura femenina se constituye en el instrumento para crear y desvelar los ámbitos genéricos de puissance y de jouissance, para recuperar la Voz de la Madre, la canción, el aliento (souffle), anterior a la ley, un reino Otro de lo femenino fuera del tiempo de los nombres, a la sintaxis, al orden simbólico. La escritura deconstruye al sujeto, pero la mujer, al escribir retoma al reino de lo Imaginario, en el mito materno de lo corporal, lo poético y lo indiferenciado, el deseo más allá de lo fálico.”71

Esta autora posee un bello lenguaje, poético y sugerente, pero teóricamente tiende hacia un misticismo, y las más de las veces, sus metáforas parecen no tener suficiente significado más allá de ellas mismas.

Lucy Irigaray es, dentro de esta corriente, la autora que tiene más profundidad teórica; su obra es numerosa.

Lo que nos dice Irigaray es que la razón, el modo de pensar racional, es propio de los hombres, propio de su naturaleza masculina que no sabe de lo irracional, lo sensible, propio de la naturaleza femenina. Plantea el conocimiento místico y fantástico como modos de conocimiento legítimo, tanto como el conocimiento científico. La propensión a lo irracional, la aversión al esfuerzo científico lo considera de naturaleza femenina.

Este planteamiento es considerado patriarcal y reaccionario:

“Es totalmente falso que haya métodos de conocimiento masculinos y femeninos. El conocimiento de la realidad requiere el empleo de métodos científicos, sean hombres o mujeres quienes lo pretendan. El hecho de que los métodos científicos hayan sido hasta la fecha un terreno en el que han predominado los hombres no invalida la afirmación de que son la única manera que permite conocer la realidad en todos sus aspectos.”72

71Ibidem, p. 211

72Pineda, Empar. Artículo inédito “Influencias de la ideología patriarcal en el Movimiento Feminista: Nuevas

Para esta autora la mujer no debe desear la igualdad con los hombres; debe demostrar su feminidad, reinterpretándola del discurso actual, y logrando superar y alterar esa lógica. Y esto se logra a través de la práctica de la escritura. El lenguaje ha de ser subversivo, políticamente subversivo, entendiendo que éste está marcado sexualmente desde los usos sociales (hay que trabajar sobre el uso social del “nosotras”). Todo ello encaminado a una resimbolización del imaginario femenino.

“Creo sinceramente que habría que separar la restauración mitológica de una discutible bondad ética esencializada. Las mujeres deben tener derecho a su imaginario, a su simbología, a líneas míticas de filiación, a una cultura que no sólo incorpore una metaforicidad masculinizante, pero ello desde la libertad de la ficción, no atrapadas en la ingenua promesa-condena de constituirnos en reserva moral alguna.”73

Un tanto enigmática es la propuesta de esta corriente respecto a la necesidad de un terreno, un espacio específico para la mujer, un moverse en otro plano, pero concretamente nunca aclaran o proponen dicho espacio o plano al que se refieren.

Todos estos postulados han provocado severas críticas por parte de otras corrientes feministas, entienden que el movimiento feministas lleva mucho tiempo deconstruyendo el mito de la “naturaleza femenina”, y este ha sido utilizado por el sistema patriarcal para considerar a la mujer como ser inferior, y no darle posibilidades como ser humano. Retomarlo ahora es volver a caer en la mística de lo femenino.

“El signo mujer, ahora planteado en directa beligerancia con la noción cartesiana, se desliza, sin embargo, por los terrenos resbaladizos y contradictorios del biologismo y el esencialismo. “Soy cuerpo, luego existo”, es una aseveración que podría revertir a las fronteras limitantes de esas misma topografía corporal o que conduciría, por el contrario, a

abstracciones mitificantes que harían de la “Esencia” de lo femenino, una categoría estática”.74

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