5.3 GAP findings from current state to future state
5.3.5 Information system
En este apartado analizaremos la relación conflictiva y antagónica de la pequeña- burguesía con los revolucionarios socialistas y el lugar que ocupa su problematización en el desarrollo de estos discursos. ¿Qué hace que este conflicto tome tal relevancia en los discursos revolucionarios?
Tal como veremos en los textos que analizaremos en los siguientes capítulos, el preconstruido “pequeña-burguesía”, sintagma ideológico que se repite sucesivamente en nuestro corpus, toma una importancia capital en la definición de la identidad revolucionaria a construir por oposición. Una de las respuestas a este enigma podríamos encontrarla en el lugar que adquiere tal actor en el discurso marxista, más aún, en su manifestación leninista. Desde la teoría del partido revolucionario esbozada por Lenin, la conciencia revolucionaria no es algo que deriva espontáneamente de la clase obrera, sino que debe ser reorientada por otro actor, el Partido, portador de su conciencia de clase, en el que los intelectuales -cuyo origen “objetivo”, non santo, es la pequeño-burguesía con
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conciencia revolucionaria33- cobran especial relevancia. En este sentido creemos que esta remisión constante al actor en cuestión se relaciona más bien con un intento de exorcizar rasgos internos de la propia subjetividad que con enemigos externos que amenazan, desde fuera, una identidad plena, la revolucionaria. De ahí su problematización continua, pues lo abyecto es más cercano de lo querido; de ahí también su mayor peligrosidad, pues el enemigo puede estar entre nosotros. La teoría revolucionaria nació de los intelectuales pequeño-burgueses, no de los obreros. Este es el “pecado original” contra el cual se estaría reaccionando y que permitiría explicar tanto ensañamiento.
Comencemos por el texto de Ostrovski. Una de las cosas que más llamó nuestra atención es la constante ridiculización la pequeño burguesía mediante diminutivos y calificaciones negativas ligados a su cobardía y debilidad. Veamos qué sucede en el siguiente fragmento: “La lucha de clases, aguda y despiadada, ardía en toda Ucrania.
Cada vez era mayor el número de los que empuñaban las armas, y cada contienda engendraba nuevos combatientes. Los días tranquilos para los pequeños burgueses pertenecían ya a un pasado lejano” (Ostrovski, 1990:40). En primer lugar, podemos ver como se construyen las siguientes oposiciones: lucha de clases – empuñar las armas- engendrar nuevos combatientes Vs. días tranquilos para los pequeños burgueses. Desde esta perspectiva, ser pequeño burgués significa no ser combatiente ni empuñar las armas; estar en contra de la lucha de clases y del proceso revolucionario pues el pequeño burgués sólo quiere tranquilidad, paz.
33 La escisión entre la teoría revolucionaria y el sujeto históricamente determinado destinado a realizar la
revolución, representó un problema tanto teórico como político para los pensadores y las organizaciones de la tradición marxista. En 1895, Lenin en el texto “Proyecto y explicación del Partido Socialdemócrata” sostiene que la ideología revolucionaria nace en la fábrica, de la materialidad de la relación patrón-obrero. Dos años más tarde, en un folleto titulado “Las tareas de los socialdemócratas rusos”, anticiparía algunas de las ideas desarrolladas en Qué hacer. Sin embargo, los intelectuales debían ser hegemonizados por el proletariado para poder ser revolucionarios. Hacia 1902, en Qué hacer, la postura cambia. La conciencia política revolucionaria solo podía producirse desde fuera. La clase obrera, cerrada en sí misma no puede llegar a la conciencia revolucionaria sino, a lo sumo, al sindicalismo. Estos límites corporativos no podrán ser superados sin el aporte de algunos de los elementos de la intelectualidad pequeño burguesa que elaboran la ciencia revolucionaria donándola al proletariado y organizando su lucha (Carnovale, 2006:31).
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Esto se refuerza, aún más, en el siguiente enunciado: “Media hora más tarde, se
desarrollaba en la ciudad un verdadero combate. (…) Los pequeños burgueses, completamente atontados, saltaban de las camas tibias y pegaban sus narices a las ventanas” (Ostrovski, 1990:44). Mientras fuera de sus casas pasaba la historia, el
“verdadero combate”, los pequeños burgueses, “atontados” y dormidos, saltaban de sus “camas tibias” y “pegaban sus narices a las ventanas”. Desde el punto de vista aquí desplegado, el pequeño burgués no se involucra, sino que mira asustado desde fuera. Así lo expresan en este otro fragmento: “El pequeño burgués sabe que en tiempos tales hay que
permanecer quietecito en casa y no encender la luz en vano. La luz puede atraer a algún importuno. En la oscuridad se está mejor, más tranquilo. Hay personas que nunca se están quietas. Bien, que vayan de un lado para otro, él no tiene nada que ver con ello. Él no irá. Pueden estar ustedes seguros, no irá” (Ostrovski, 1990:51). Aquí se refuerza el lugar
común que veníamos trabajando anteriormente: el pequeño burgués es presentado como alguien que “en tiempos tales” le gusta “permanecer quietecito en casa”, mientras que los combatientes, que en discurso indirecto libre (Reyes, 1993) son las “personas que nunca se están quietas”, son los que van de un lado hacia otro. El pequeño burgues, “él”, es el que no se entromete, el que se mantiene al margen. Este “él” se construye en contraposición a un yo/nosotros, las “personas que nunca se están quietas”, en el que el narrador se incluye; el ustedes, el enunciatario, es el sujeto objeto de persuasión (Verón, 1987). La escritura intenta manipular acerca de la veracidad de lo enunciado.
Otra escena interesante para ser analizada es la que sucede cuando miembros de la Juventud Comunista van a una escuela secundaria con el fin de reclutar militantes. Allí se desarrolla todo un debate en el que interviene un estudiante que se opone al discurso del resto de sus compañeros. Desde la estructura argumentativa que atraviesa la narración, la causa de esta diferencia se relaciona con su distinto origen de clase. Este estudiante, a diferencia del resto, no pertenece a la pequeña burguesía:
Vosotros relincháis como potros y no sabéis que cerca de la ciudad cayeron doscientos camaradas, perecieron para siempre… -La voz de Zharki vibró como una cuerda tensa-. Sin vacilar entregaron la vida por nuestra felicidad, por nuestra causa… Así están pereciendo en todo el país, en todos los frentes; y vosotros, mientras tanto, pasáis el tiempo en devaneos. –
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Volviéndose de pronto hacia la mesa presidencial, añadió-: Vosotros, camaradas, os dirigís a éstos –señaló a los oyentes con el dedo-. ¿Acaso pueden comprenderos? ¡No! El harto no es compañero del hambriento. Sólo uno ha respondido a vuestra llamada, porque es pobre y huérfano. Nos arreglaremos sin vosotros –dijo agresivo a los reunidos-, no vamos a rogaros. ¿Para qué diablos nos podéis servir? ¡A gente como vosotros lo que se debe hacer es coserla con la ametralladora! –terminó jadeante y, retirándose del escenario corriendo, sin mirar a nadie, se dirigió a la salida (Ostrovski, 1990:88-89).
Dadas estas premisas, por lo tanto, no es casual que el único que haya respondido al llamado del Partido sea “pobre y huérfano”, pues “el harto no es compañero del hambriento”. El conflicto, así representado, es un conflicto de intereses, de clase. El enunciador se termina identificando con el colectivo Partido y, por consiguiente, diferenciando de sus anteriores compañeros. El destino de éstos, sus ahora enemigos, no puede ser otro que la muerte, no sirven para nada sino para pensar en ellos mismos.
Así también lo expresa una de las dirigentes de la Juventud al hacer un balance sobre esta misma experiencia: “-No hay por qué asombrarse (…). Aquí casi no hay
juventud proletaria. La mayoría son pequeños burgueses, hijos de intelectuales, gente comodona. Hay que trabajar entre los obreros. Apóyate en la serrería y en la fábrica de azúcar. Pero, a pesar de todo, el mitin no ha sido inútil. Entre los estudiantes hay buenos camaradas” (Ostrovski, 1990: 89). Frente a la posición que se “asombra” ante tal situación,
el enunciador argumenta en su contra, negándola. No hay por qué asombrarse, porque ahí, en ese lugar, no hay juventud proletaria, son “pequeños burgueses, hijos de intelectuales, gente comodona”, transformando en sinónimo cada uno de esos calificativos. Lo imperativo es “trabajar con los obreros”. Sin embargo, ese “pero” niega, en cierta forma, las consecuencias negativas de lo relatado. A pesar de todo, para el enunciador, valió la pena. Entre los estudiantes hay también “buenos camaradas”. Parecería, entonces, que este actor no está del todo condenado, también pueden ser buenos compañeros, al menos, algunos de ellos. Sin embargo, no queda claro si este comentario positivo se refiere a lo sucedido con el estudiante obrero citado en el ejemplo, o si esta definición puede extenderse también a aquellos otros de extracción pequeño burguesa.
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Como estuvimos viendo en el análisis, la debilidad es construida como atributo privativo del intelectual, del pequeño burgués. Para el enunciador “ser de mantequilla” equivale a “blandura de intelectual”: “No podemos ser de mantequilla. (…) La camarada
Ignátieva advierte que no tiremos demasiado de la cuerda. Tengo que decirle que sus palabras obedecen a una blandura de intelectual” (Ostrovski, 1990:90). Contrario a la
posición discutida que plantea “no tirar demasiado de la cuerda”, el punto de vista que se construye apunta a hacer todo lo contrario. Frente a la “blandura de intelectual” –que, como estuvimos viendo, podría ser también “blandura pequeño burguesa”- podemos contraponer “la dureza del combatiente”.
En Reportaje al pie del patíbulo, la contraposición también se manifiesta a nivel debilidad-dureza pero esta vez no se relaciona tanto con una pertenencia de clase, sino con un tipo de comportamiento. Dada la particular situación de enunciación, Fúcik no se ensaña con los “pequeño burgueses” sino con un enemigo más cercano, los que no pueden soportar la tortura y delatan, los “traidores” que pueden ser tanto de extracción obrera como no. Estos “flojos miserables”, que pagan su vida con la de un camarada, es calificado como el golpe más duro, el espectáculo más terrible que tuvo que sufrir: “El espectáculo de la gente
cuya conciencia está turbia es más terrible que el espectáculo de los torturados físicamente. (…) ¡Oh! ¡Flojos miserables! ¡Como si fuera vida la que se paga con la de un camarada!” (Fúcik, 1965:47). Desde la perspectiva que constituye este discurso, se espera
la muerte, pero nunca la traición. Contrario al punto de vista con el que se polemiza, nada puede excusarla: “… éste fue el golpe más duro que recibí. Esperaba la muerte, pero no la
traición. (…) No ha sido el aflojamiento de un minuto, ni una debilidad, ni la caída de un hombre torturado hasta la muerte que busca un respiro en medio de la fiebre, nada hay que pueda excusarlo” (Fúcik, 1965:51). En contraposición al discurso dominante del
momento, el verdadero sacrificio no es el de la muerte sino el de la traición. En ese momento es cuando se lo pierde todo: “Lo ha perdido todo porque ha comenzado a pensar
en sí mismo. Para salvar su piel ha sacrificado todo, ha traicionado” (Fúcik, 1965:51).
En este acto es donde reside la verdadera derrota del combatiente y también, por tanto, del “ejercito glorioso”, pues si se propagan este tipo de prácticas es imposible pensar en ganar la batalla final: “Un cobarde pierde mucho más que su vida. Él ha perdido. Es un
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desertor del ejército glorioso, y merece hasta el desprecio del más ruin de sus enemigos. Y aun vivo ya no vivía; porque se había excluido de la colectividad. Más tarde trató de reparar más o menos algo de lo que hiciera, pero sin poder ganar nunca la confianza de los camaradas. Lo que es más terrible en la prisión que en ninguna otra parte” (Fúcik,
1965:52). Esta sobrevida no es vida, pues excluirse de la colectividad es construida como su contrario, su negación. Desde esta perspectiva, el traidor es aún más despreciado que el enemigo, pues se merece hasta su desprecio. Para el traidor no hay salida. Aunque quiera reparar la confianza de sus camaradas, no lo logrará. En fin, por más que haya podido saltear su muerte biológica, no podrá así hacerlo con la inevitable muerte simbólica y social que le depara el destino comunista al “flojo miserable” que traiciona.
Como sucede en Así se templó el acero, Fúcik, al caracterizar esta figura discursiva, -lo que el enunciador llama “figurines”-, lo hace de una forma despectiva, ridiculizante:
“…cada uno de los que con el polvo del pasado quisieron construir una barrera contra la inundación de la revolución no es más que un figurín de madera podrida, aunque tenga los brazos cargados de galones dorados. Pero también es necesario observar a los figurines vivientes, en su infamia e imbecilidad, en su crueldad y ridiculez, porque es material que nos alecciona para el futuro” (Fúcik, 1965:57). La revolución es representada mediante
una nominalización que la naturaliza como tal; es una “inundación” y todo aquel que quiera impedir este desarrollo “natural” no es más que un “figurín”, por más condecoraciones que tengan. Aprender acerca de “su infamia e imbecilidad, en su crueldad y ridiculez” es presentado como necesario para el futuro.
Uno de los recursos más utilizados para representar estos personajes es la ironía. Por ejemplo, uno de los “figurines” es llamado “un samaritano”-entre comillas para producir el distanciamiento con ese enunciador que está siendo descalificado-, y cuando tiene que describirlo utiliza el calificativo “gordo grandote, con vocecita de tenor”. Otro de los figurines, “el molinero”, es caracterizado como “Un hombrecillo, cochero charlatán de la
cervecería Fabián, de Budejovice” (Fúcik, 1965:83). Nuevamente, mediante disminutivos
y calificativos con valoración negativa refuerza el efecto descalificatorio. Las tareas desempeñadas por cada personaje, tanto antes como dentro de la prisión de Pankrác, ocupan un lugar central en cada una de las caracterizaciones. En el caso del director de la
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prisión, podemos ver como continua esta estrategia: “… brutal, grosero, sin cultura, un
típico advenedizo nazi, dispuesto a sacrificar a todo el mundo para conservar su posición. Se llama Soppa, si para algo interesa su nombre. Originario de Polonia, hizo su aprendizaje de herrero, pero este honroso oficio no dejó rastros en él.” (Fúcik, 1965:89).
Contrario de lo que se desprendería de “hizo su aprendizaje de herrero”, el “pero” niega la probable consecuencia de esa premisa, aunque no la deslegitima como tal, pues, desde esta posición discursiva, estos casos serían sólo excepciones a la misma. Por último, “el enfermero de la prisión” es presentado de esta forma: “Es el tipo del pobre diablo. Está
solo entre el miedo al régimen que lo gobierna y a lo que vendrá después. Busca cómo y por dónde escapar. No lo encuentra. No es una rata. Es solamente una lauchita caída en la trampa” (Fúcik, 1965:90). Todos los calificativos y acciones adjudicados tienen, desde la
perspectiva del enunciador y del interdiscurso que lo atraviesa, una significación negativa: “pobre diablo”, “(tener) miedo”, “buscar escapar”, “lauchita caída en la trampa”. En todos los casos podemos ver, en última instancia, como se termina poniendo en cuestión la humanidad de cada uno de estos personajes, construyéndose en contraposición un concepto de hombre que los excluye. De ahí podemos entender mejor la continua representación de los mismos a través de metáforas provenientes del mundo animal.