Cuando, tras la muerte de Alí, Muawiya, que hasta entonces había sido go- bernador en Siria, fue proclamado califa, corría el año 661 y el pueblo árabe se encontraba en pleno movimiento de expansión. A la dinastía califal que fundó Muawiya, la dinastía omeya, le correspondió poner las primeras bases para el gobierno de un territorio tan vasto.
La dinastía omeya (661-750)
El período del “Reino árabe” bajo la dirección de la dinastía omeya compren- de un período que va del 661 al 750, y que puede dividirse en tres fases atendien- do a la existencia de tres generaciones distintas: una primera fase, del 661-685, con la generación gobernada por los Omeyas Sufyaníes, de la rama de Muawiya ben Abu Sufyan, con Yazid ben Muawiya y Muawiya ben Yazid. Será una etapa de estabilización tras la crisis de Siffin, marcada por la oposición a los Omeyas. Una segunda fase, del 685-720, estará dirigida por otra rama, los Omeyas Marwaníes, de la rama colateral de Marwan, que acabará con Omar II. En ella se logra la es- tabilidad y representa el apogeo del califato de Damasco. Por último, una tercera fase hasta 750, también bajo esta misma rama de los Omeyas, que acaba con Marwan II. En ella se inicia una nueva crisis y la decadencia del califato.
Al acceder al califato, Muawiya tomó la decisión de mantener su centro de poder en Siria, convirtiendo a Damasco en la capital del nuevo imperio. La Meca y Medina, las ciudades a las que se habían dirigido todas las miradas durante los primeros años de la expansión árabe, perderán protagonismo. Los grandes acon- tecimientos políticos del mundo arabo-islámico ocurrirán, hasta mucho tiempo después, casi al margen de Arabia. Aunque Arabia seguirá desempeñando una papel clave en lo cultural, jurídico y religioso, el papel protagonista lo comparti- rán, a partir de ahora, Siria, Iraq, Persia, Egipto, el Magreb y la Península Ibérica. A la hora de poner esas primeras bases de gobierno, los Omeyas decidieron valerse de los restos de los imperios anteriores. Tanto la administración bizan- tina como la sasánida —sobre todo la bizantina— sobrevivieron a los imperios que las habían creado. Los omeyas las utilizaron para mantener el control sobre el territorio conquistado. Esto suponía que los asuntos de gobierno dependían en gran parte de la capacidad de una elite de juristas, escribas y notarios que eran cristianos, judíos o persas, y que los documentos se escribieran en griego y en persa. El caso, por ejemplo, del padre de (san) Juan Damasceno, Sergio, y del propio Juan —cuyo nombre era Mansur hasta que lo cambió en el momento de su ingreso en el monasterio de san Saba, cercano a Jerusalén— ilustra a la perfec- ción esta presencia de funcionarios cristianos en la administración califal.
De hecho, la gran mayoría de la población no era ni árabe ni musulmana. Como se ha dicho más arriba, durante los años de la expansión, y hasta algún tiempo después, los árabes permanecieron separados del resto de la población constituyendo una elite guerrera, cuya única preocupación con respecto a la po- blación era mantenerla sometida. Por ello, el hecho de que pertenecieran a reli- giones distintas no les suponía, a la elite árabe islamizada, mayor problema. De hecho, los sucesivos califas omeyas respetaron en todo momento esta diversidad religiosa y no pretendieron imponer el islam a toda la población. Tanto los cris- tianos como los judíos, los mazdeos y los zoroastrianos, pudieron mantener sus cultos y sus respectivas regulaciones internas.
A medida que la población autóctona fue adoptando el islam como religión propia, se fue creando una casta importante, la de los mawali. Esta casta estaba formada por los conversos que se habían asociado, mediante lazos clientelares, a una tribu árabe. Al convertirse, los mawali debían de pasar a tener los mismos derechos que los árabes, ya que, en teoría, la pertenencia a la comunidad no se regulaba a partir del origen étnico, sino a partir de la adscripción religiosa. Sin embargo, esto fue en la teoría, pues en la práctica permanecerían como un grupo inferior a la elite árabe. El hecho de que se mantuviera a los mawali como un gru- po inferior estuvo en el origen de muchas revueltas e hizo además que en algunas ocasiones les resultaran especialmente atractivas —por lo que tenían de rebelión contra el orden establecido— las sucesivas escisiones religiosas que sufrió el is- lam durante estos primeros siglos.
Por su parte, la población árabe controlaba el ejército, y ocupaba además los puestos principales de la administración en las distintas provincias en las que se fue dividiendo el territorio conquistado. Con el tiempo, sin embargo, los califas omeyas optaron por introducir en sus ejércitos cuerpos de otras etnias que fue- ron, poco a poco, sustituyendo a los árabes, que, a su vez, fueron ocupando más puestos en la administración o se fueron convirtiendo en terratenientes. Con ello se inició un irreversible proceso de arabización de la administración que devino en una arabización del resto de la sociedad. Una vez que la administración adop- tó el árabe como lengua oficial, cualquier trámite que un súbdito deseara realizar dependía de su conocimiento de esta lengua, que contaba con la legitimidad de que la Revelación se había realizado en esa lengua. La paulatina generalización del uso del árabe constituye un ejemplo de lo que supuso el califato omeya para la construcción del imperio árabe: la utilización de lo preexistente y la paulatina y progresiva introducción de cambios.
Así, también con la moneda los omeyas siguieron la pauta descrita. En un principio, siguieron utilizando las monedas bizantinas y persas, pero, al poco, empezaron a introducir cambios en la acuñación, siempre siguiendo el modelo creado por los anteriores imperios. De esta manera nacieron el dirham de plata y el dinar de oro, el primero siguiendo el modelo del drahm sasánida y el segundo siguiendo el modelo del denarius bizantino.
La administración del imperio resultaba una tarea complicada, sobre todo debido a que se trataba de una conquista reciente. De modo que, a parte de utili- zar el sistema administrativo preexistente, el califa optó por otorgar cierto grado de independencia a sus gobernadores en sus respectivas provincias, que, a su vez, también hicieron uso de los funcionarios autóctonos. El califa, en definitiva, se encargaba de los grandes asuntos que le interesaban o que requerían su in- tervención, delegando el resto de asuntos en su cuerpo de funcionarios y gober- nadores. Con el tiempo esto originará ciertos problemas para el mantenimiento
de la unidad del imperio, ya que los gobernadores provinciales irán adquiriendo progresivamente más poder, y alguno de ellos optará por independizarse defini- tivamente de Damasco.
Las ciudades ocupadas por los árabes fueron ganando gran importancia, tan- to las antiguas como las de nueva creación. Los Omeyas empezaron a imprimir su sello en todas ellas, construyendo grandes palacios y mezquitas, como la de la Cúpula de la Roca en Jerusalén, la mezquita de Damasco, la de Qairuán, o la de Córdoba. Las ciudades de Basora y Kufa –en el actual Iraq- adquirieron mucha importancia, y a ellas acudieron gran cantidad de gentes de los territorios cir- cundantes, lo que originó que muchos de ellos se convirtieran al islam y pasaran a ser mawali. El progresivo descontento existente entre los mawali hizo que mu- chos se acercaran al chiísmo, que fue adquiriendo mucha fuerza en las ciudades iraquíes e iraníes. Ello, unido a las disputas entre las diversas tribus árabes por el reparto de funciones —y, por tanto, por la preeminencia— dentro del imperio, y unido a las disputas entre las distintos pretendientes al califato, dio origen a un caldo de cultivo del que se aprovechó un mawla (singular de mawali) iraquí, Abu Muslim, enviado por un pretendiente al califato perteneciente a una rama de la familia del Profeta, para levantar en contra del califa de Damasco a los pueblos y ciudades del Jurasán iraní. El movimiento adquirió tanta fuerza que el califa no pudo hacer mucho para detenerlo. El ejército de Abu Muslim avanzó hacia el oeste y consiguió derrotar a los ejércitos califales, lo que le permitió colocar a Abdul-Abbas, descendiente del tío de Mahoma, como nuevo califa, inaugurando así el califato Abbasí.