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8. Manage and Coordinate SSA Responsibilities

8.4 Information Sharing and Protection

El incremento del temor en América Latina ha tomado importancia en los últimos años. Existe consenso respecto de que dicha situación tiene componentes de género específi cos, ya que el temor de los hombres y las mujeres es claramente diferenciable. Sin embargo, los estudios sobre segu- ridad/inseguridad ciudadana no incluyen esta variable ni una identifi cable perspectiva de género, situación que debe ser enfrentada prontamente para lograr una descripción y explicación del fenómeno más acertada, y así inci- dir en políticas, programas e intervenciones más adecuadas. En este mismo marco se evidencia un divorcio entre los análisis y estudios académicos y la intervención de política pública, por lo que se torna clave mejorar las estra- tegias de investigación y las relaciones de intercambio entre la academia y el Estado; y, de esta forma, fortalecer propuestas de política que propendan

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y promuevan el empoderamiento de las mujeres para el desarrollo de sus capacidades de negociación, participación y decisión.

La política relativa a la criminalidad debe avanzar en la defi nición de una acción dirigida a enfrentar el temor de la población, considerando es- pecífi camente aquel que enfrentan las mujeres de manera cotidiana. Como se ha podido observar en el presente artículo, la victimización femenina es más alta de lo que muchas veces se percibe. En muchos sentidos, la victi- mización femenina es invisibilizada y, por ende, no está presente en su real magnitud en el debate público y académico.

La realidad de las mujeres en América Latina está marcada por diversas precariedades. Este texto incluye un elemento más que debe ser considerado y analizado con mayor detalle, como es la relación entre la victimización y el temor de las mujeres. En un sentido, se torna necesario fortalecer los estudios que se realizan en la materia mediante la realización de metodologías de recolección de información que ayuden a dar luces sobre la forma en que la victimización y el temor femenino se presentan en el país. Así entendido, no se debe asumir que el temor es un rasgo natural de las mujeres en nuestra sociedad; muy por el contrario, se propone una tarea problematizadora de dicha situación.

En otras palabras, es necesario avanzar hacia un mayor conocimiento que mejore el diseño y ejecución de políticas públicas que permitan una mejor y mayor socialización de las mujeres en el espacio público; un reconocimiento de sus niveles de vulnerabilidad y victimización; y, fi nalmente, un mejor análisis de los elementos que conforman su percepción de inseguridad.

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Comentarios

Ivonne Fernández

Centro de Desarrollo de la Mujer, Domos, Chile

La lectura del texto de Lucía me despertó algunas inquietudes que quisiera comentar aquí, especialmente algunas interrogantes en relación con el temor a ser víctimas de delitos, y por qué tiene mayor presencia e infl uencia en las mujeres que en los hombres. Para ello voy a recurrir a los marcos comprensivos o explicativos que permiten entender —de mejor manera, a mi parecer— por qué las mujeres te- nemos más temor que los hombres, a pesar de que en la calle no vivimos los mismos delitos que ellos.

El enfoque de género, que asume la existencia de una desigualdad culturalmente construida entre hombres y mujeres y que ubica a estas últimas en posiciones de subordinación e inferioridad, permite comprender la violencia contra las mujeres y las diversas victimizaciones que ellas experimentan a lo largo de la vida. Este marco relacional entre los géneros produce una socialización que, en el caso de las mujeres, se podría denominar «socialización victimizante». Las mujeres no hemos sido socializadas de la misma manera que los hombres, no ocupamos los espacios públicos y privados de la misma manera, no nos relacionamos con el mundo y con los otros de la misma manera, situación que determina en gran medida cómo nos re- lacionamos con las experiencias de victimización y sus impactos en la vida cotidiana. Las mujeres —en términos generales— hemos sido socializadas en el aprendizaje de la pasividad, de la impotencia, de la resignación; aprendizajes que determinan en mayor medida cómo nos relacionamos con el temor, cómo enfrentamos el delito y cómo experimentamos el espacio público, espacio que históricamente otorga mayores recursos de poder a los hombres.

En su exposición, Lucía da cuenta de algunas de las razones que permiten en- tender por qué las mujeres experimentan mayor temor en las calles y a ser víctimas de delito. Sin embargo, existen otros elementos que es importante tener en cuenta. Por ejemplo, el impacto vicario de los delitos que experimentan las mujeres. Las mujeres no solo sufrimos las consecuencias de la victimización directa, sino que también nos impactan las victimizaciones que viven otras mujeres. El temor se aprende y se reproduce. La palabra contagio es muy interesante para entender el miedo de las mujeres y sus diferencias con el miedo masculino. La victimización de otras tiene la capacidad de traumatizarnos vicariamente, y hay múltiples estudios

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que muestran esta relación. En este punto no se puede dejar de mencionar lo que Lucía señala como la «sombra» del abuso sexual, la violación, la agresión física. ¿Cuál es uno de los mayores temores que las mujeres experimentamos al estar en un espacio público, por ejemplo en un medio de transporte colectivo? El temor asociado a la violación de nuestro espacio íntimo, que es el espacio del cuerpo. Esta situación modela la relación con los demás, infl uye en la movilidad/inmovilidad y apropiación que en y del espacio público realizamos las mujeres, y defi ne cómo reaccionamos ante el otro y el poder que le asignamos.

En el mismo sentido, existiría una cierta victimización heredada y, por lo tanto, también un cierto temor heredado. En el ámbito de las teorías del apego y del vínculo madre-hijo durante el embarazo, se ha observado que cuando las mujeres están vi- viendo momentos de tensión, aumenta su reactividad emocional y hormonal, cuestión que va a imprimir una determinada experiencia sensorial en los fetos, que puede activarse en el niño como huella emocional luego de nacer. El temor, considerando este ejemplo, no solo se aprende siendo testigo directo, sino que puede delinearse incluso antes de nacer.

Otro elemento que me parece importante mencionar a la hora de refl exionar sobre el temor de las mujeres es el lugar de la impunidad institucional y social. La ausen- cia de respuestas efectivas frente a las múltiples violencias que viven las mujeres genera condiciones para cronifi car el temor, instalar una sensación de desesperanza y resignación que impacta a las mujeres como colectivo. Y es aquí donde se produce algo interesante: las mujeres se encierran en los espacios privados, espacios en los cuales experimentan los más altos índices de victimización. Es fundamental no perder de vista esta relación: temor en lo público, repliegue y encierro en el espacio privado, lugar donde las mujeres viven diversas experiencias de violencia.

La corporación Domos está realizando un trabajo de capacitación de monitoras en las comunas de El Bosque, La Pintana y Lo Espejo, de Santiago. Se trabajó con distintas mujeres abordando la violencia de género y ellas mismas hicieron encuestas en sus propias localidades para conocer cuánta violencia había y cuánto sabían de violencia las mujeres entrevistadas. Los porcentajes de violencia declarados por las mujeres entrevistadas son muy altos. En las tres comunas señalan haber vivido algún tipo de violencia —estamos hablando de violencia de género—, con 78 por ciento en la comuna de Lo Espejo, 82 por ciento en La Pintana y 92 por ciento en El Bosque. Respecto de la violencia doméstica, los resultados muestran que 70 por ciento de las mujeres encuestadas la declaró en La Pintana, 89 por ciento en la comuna de El Bosque y 91 por ciento en Lo Espejo.

Estos datos me parecen ilustrativos a la hora de pensar en la seguridad de las mujeres, pues muestran la necesidad de instalar una comprensión global e integrada de la violencia contra las mujeres, es decir, las múltiples violencias contra ellas que siguen dándose. No podemos seguir pensando que las violencias contra las mujeres están desvinculadas y que responden a lógicas distintas. La violencia contra la mujer forma parte de un continuo que empieza en la casa, en las relaciones íntimas, y que termina en la calle; que impacta el cuerpo de las mujeres y afecta su calidad de vida. La violencia produce impactos puntuales y acumulativos, situación que nos permi- tiría entender cómo se instala el temor y cómo se despliega a lo largo del ciclo vital. Esto es fundamental para comprender la experiencia subjetiva de las mujeres.

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temor de las mujeres. La palabra «irracional» de alguna manera activa signifi cados tales como sin sentido, inadecuado, incoherente, desproporcionado. Respecto de ello quisiera señalar algunas cosas.

En primer lugar, existe consenso en las limitaciones que tienen las encuestas a la hora de interrogar el temor de las mujeres y conocerlo en toda su expresividad y causalidad. Ello podría mostrar un cierto desfase entre las cifras de delitos y el temor de las mujeres.

Por otra parte, siendo el espacio privado el lugar donde las mujeres mayormente presentan experiencias de victimización, tanto en la relación de pareja como en las relaciones familiares en general, sostengo —como una hipótesis, quizá— que el temor de las mujeres se produce en el espacio familiar; sin embargo, al darse en contextos íntimos, es un temor que necesariamente debe ser negado e innombrado. Es decir, la posibilidad de resistir y sobrevivir en espacios de victimización sostenida está dada por mecanismos psicológicos disociativos y anestésicos. Las mujeres no se conectan con la vivencia de violencia y el temor que les produce, desplazando el temor hacia un «otro» desconocido y hacia un «espacio» que hace posible y permite la conexión. Me pregunto: ¿cuánto del temor al «afuera» es temor desplazado?

Un tercer elemento está relacionado con la interacción entre delito y múltiples variables. Me parece riesgoso califi car de irracional el temor de las mujeres. Esto podría deberse a pensar que «una unidad de delito es igual a una unidad de temor»; asumirlo con una causalidad lineal de uno es a uno. El delito interactúa con varia- bles personales, familiares, subjetivas, históricas, contextuales, y ello es altamente complejo. Creo que no es pertinente ver la relación entre temor y delito como los únicos parámetros de producción del problema. Es necesario comprender que las mujeres no son un grupo homogéneo que vive y experimenta el temor de la misma manera. Por lo mismo, se debe acudir a enfoques que rescaten las diversidades y singularidades.

Además, cuando se observa una brecha entre delito y temor, es importante —para entender— que se visibilice de qué delito hablamos, dónde ocurre, cómo ocurre, quién lo ejecuta, quién lo padece; ir haciendo especifi caciones que nos permitan caracterizarlo, porque se corre el riesgo de quedarnos con la idea general de que las mujeres son menos victimizadas, pero experimentan mayor temor.

Es necesario avanzar en la investigación cualitativa y cuantitativa, así como leer y escuchar la demanda de seguridad en relación con violencia doméstica e in- trafamiliar. Las cifras de denuncia dan cuenta de la importancia que tiene este delito en la vida de las mujeres. La investigación en materia de delincuencia nos muestra que el abordaje de la violencia y la inseguridad hoy permite prevenir o limitar las condiciones que las perpetuarán mañana.

Para el diseño de políticas públicas que apunten a transformaciones de fondo en la materia, considero fundamental incluir en las mismas a los productores mayorita- rios de temor, inseguridad y violencia. Se requiere cambiar el sustrato profundo que está en la base de las relaciones entre los géneros, incluyendo activamente mensajes y acciones dirigidas hacia los hombres.

Asimismo, se deben desarrollar estrategias que mejoren la respuesta pública y combatir de esa manera la instalada sensación de impunidad. La legislación en materia de derechos humanos de las mujeres es muy clara y orientadora sobre los ámbitos que debe incluir una política pública integral. La legislación en la materia

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está muy avanzada y de alguna manera ha ido de la mano con las propuestas y exigencias del movimiento de mujeres.

Por otra parte, se requiere incorporar el saber producido y acumulado por las organizaciones de mujeres a partir del trabajo directo con grupos diversos de mujeres. En varios seminarios que abordan la temática de seguridad ciudadana he escuchado que no existe información sobre seguridad y mujeres. Ello me sorprende, pues desde la década de los ochenta las organizaciones de mujeres están produciendo información y modelos de intervención en la materia. Entonces, el tema es mirar un poco los datos y la producción de saber que ya existe para aportar al diseño de políticas en la materia más representativas.

Por último, dado que el temor es condición que se produce en interacción, me parece importante observar las transformaciones sociales y su impacto en la variación del temor. Es muy difícil defi nirlo, y quizá el desafío es conocerlo y caracterizarlo en su diversidad más que buscar una defi nición única del mismo.

Finalmente, y en un intento de re-mirar el título del texto de Lucía, propondría llamarlo «De la victimización femenina al temor real de las mujeres».1

Mariana Alonso

Área de la Mujer, Municipalidad de Rosario, Argentina

El que ciudadanas y ciudadanos puedan debatir el tema de la seguridad desde una perspectiva de ciudadanía y derechos humanos, no solo de políticas represivas, y a la vez como compromiso de política pública, es sin duda relevante. La tendencia a transformar las ciudades y barrios en territorios sitiados es algo que debemos tener en cuenta como uno de los no-modelos de políticas públicas. En este sentido, me parece fructífero el debate conceptual y teórico para construir e implementar políticas efectivas.

Pasando específi camente a la presentación de Lucía Dammert, ella plantea en su exposición que su objetivo es debatir sobre las defi niciones de la categoría del temor femenino en América Latina. Al respecto, una primera cuestión que me parece importante es plantearnos por qué llegamos a considerar y visualizar el temor de las mujeres en las ciudades. Se debe reconocer que este avance se ha dado a partir de la creciente visibilidad pública y preocupación social existente en torno a la violencia de género. Pero si hoy por hoy estamos hablando de violencia de género y seguridad ciudadana, no podemos desconocer que ello es fruto de una lucha incesante del movimiento de mujeres por incorporar en las agendas públicas temas de género, temas de derechos internos.

Por otro lado, lo expuesto en este seminario apunta a un camino incipiente para explicar la interrelación de estas problemáticas, seguridad y género, y cambiar algunos paradigmas, algunos conceptos, a fi n de poder explicar de una manera no estereotipada, no culpabilizadora, no tradicional, distintos fenómenos que especí-

1 En este caso particular, la ponencia de Lucía Dammert se titulaba inicialmente «Del temor

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