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Part three: What works? Learning from local practice

3.6 Information systems

La cultura es parte imprescindible de la civilización humana. La cultura es el aglutinante de las expresiones de lenguaje oral, escrito y visual que componen el devenir de la sociedad. El hombre busca a través de la cultura tener directrices para articular sus necesidades fundamentales de expresión.

Sin la cultura no habría un recuento, un reflejo de una época específica denunciando la realidad así sea a través de una ficción, de una metáfora.

La cultura es la forma de expresión que mueve diferentes intereses de la sociedad inmersa en el desarrollo individual y comunitario. Reflejada básicamente en lo que son los medios de comunicación, en su más amplio espectro, y enunciada a través de movimientos artísticos, tradicionalmente pasajeros, que revelan y representan un valor de cambio sumido en la mercantilización: el hecho económico fundamento de la cultura social.

Hay que reiterar que la cultura tiene su mayor ganancia en cuanto más masificada sea y en cuanto más impacto tenga sobre el común de la gente y sobre la colectividad; cuanto más profundamente se cimiente sobre la expresión popular. Cabe decir que la cultura (arte) tiende a ser un objeto de glamur, elitista en cuanto a su creación y

producción y mensaje, que sin embargo llega a miles de personas incultas, siendo

entendida; o por el contrario, tener un origen popular de enorme atractivo lúdico.

A finales del siglo XIX, cuando surge la revolución industrial, la revolución de masas, hay un cambio fundamental en la forma de vida y sus creencias, en la forma

de hacer y ver las cosas. Se deja el campo, se buscan oportunidades en las ciudades. Es el inicio de la modernidad que propicia una industria cultural que amplía el mercado con tecnologías que permiten la difusión generalizada de lo propio, de la experimentación y de una interconexión entre vanguardias que rompen con esquemas locales. También secularizan, distribuyen a su conveniencia y reformulan la autonomía y la dependencia sobre movimientos culturales o de expresión popular. Se convierte en una preocupación de coexistencia de lo culto, lo popular y lo masivo. (García, 1989)

El valor de uso y de cambio impone reglas para el desarrollo de la cultura en sus diversas industrias y formas de expresión. Lo que sucede a principios del siglo XX,

para situarnos en un momento histórico, es la masificación del trabajo, de la economía, de la cultura y del hombre. Movimientos de la época propician nuevas formas de ver el entorno y en general “los cambios introducidos desde las industrias culturales (…) se extienden a todo el conjunto de la vida cotidiana y, también, al conjunto de la vida económica.” (Roncagliolo, 2003, p. 90)

El concepto de industria cultural, empleado por primera vez por la Escuela de

Frankfurt (1930) se da por la creciente producción industrial de los bienes culturales y el lugar social que ocupa a raíz de dos cambios sustanciales: la expansión del mercado cultural (cultura de masas) y la aplicación de la división del trabajo en la producción cultural. Así, “esas industrias culturales y comunicativas se conforman no como simples <<difusores>> de la cultura o meros intermediarios entre creadores y consumidores, sino como estructurantes y constitutivos de la cultura mayoritaria y más influyente, de la cultura en una sociedad industrial.” (Bustamante, 2003, p.21) Los bienes culturales se convierten en mercancía de masas, en objeto de consumo masivo. Después de la segunda guerra mundial, se generan unas economías pujantes que transforman los arcaicos sistemas de producción dándose especial énfasis a la masificación general de todas las industrias en aquellos países que fueron participes de ese momento histórico. Se generan hegemonías de países y regiones al igual que

roturas y enfrentamientos que, con el pasar del tiempo, conforman fuerzas que definen una forma de actuar local y global.

Con la globalización, la apertura de fronteras y una integración o alianzas entre

países, aumenta la competitividad y la necesidad de crecimiento y desarrollo de cada uno, y aún cuando hay intentos por homogenizar, hay un constante aumento de diferencias y desigualdades.

La industria cultural como tal, es la que acrecienta y visibiliza aún más la diferencia entre países, exigiendo cambios en su forma de producción, distribución y consumo, agrandando la necesidad de éxito mercantil y una expansión del consumo cultural, ahora internacional.

Esto supone, beneficios debido a la importancia para desarrollar la industria cultural nacional (ámbito local) incrementando la necesidad de especializar y profesionalizar la cultura por medio de avances tecnológicos, estudios específicos, políticas, etc. Por el otro lado, los perjuicios son debidos a la barrera para la integración de unos cuantos países (ámbito global) que no tienen la posibilidad de hacer cambios estructurales para competir contra los grandes productores de cultura.

El avance de las tecnologías y el fortalecimiento de las redes de información y comunicación han catapultado la expansión de industrias culturales (ámbito local). Esto por un lado ha facilitado su autonomía dejando la cultura a merced de la oferta y demanda del mercado y de este modo disminuye el papel que los Estados juegan en

los sectores culturales pues “sus acciones están cada vez más guiadas por un concepto economicista y unilateral de la cultura y la comunicación que olvida su función social y democrática.” (Bustamante, 2003, p.16) Y así pasan con escasa diferencia a proteger únicamente el patrimonio cultural.