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INFORMATION TECHNOLOGY-CI ELECTIVE CODES:
LOS ARGENTINOS estamos tratando de entender qué pa-
sa con nuestro país. Cuáles son las causas que explican el desempleo, la pobreza, la inseguridad y la frustración que predominan en la sociedad argentina. Desde la esfe- ra política, el ámbito religioso y la sociedad civil se re- clama contra la situación sin desentrañar la raíz pro- funda de semejantes calamidades.
No son el déficit fiscal, ni la evasión de impuestos o la ineficiencia de la Justicia, los costos exagerados de la política o la corrupción, el egoísmo individual o la falta de solidaridad, las causas dominantes de nuestros pro- blemas. Con la excepción del déficit que actualmente es irrelevante, todos los otros son males que deben erradi- carse. Pero aunque así fuera, probablemente no logra- ríamos crecer ni resolver los problemas sociales que nos agobian.
Sugiero que existe una explicación excluyente de nuestros males. A saber, las pésimas respuestas que he-
mos dado a los desafíos y oportunidades de la globaliza- ción del orden mundial contemporáneo.
Lo que nos sucede no es la consecuencia inexorable de acontecimientos exógenos, frente a los cuales no te- nemos alternativa más que aceptarlos y seguir la co- rriente. Ante el mismo escenario mundial, otros países de menor dimensión y recursos que el nuestro —como Corea, Taiwán y Malasia— lograron, en plazos históri- cos breves, emerger del atraso y la dependencia y conver-
tirse en protagonistas activos, no subordinados del orden mundial.
La globalización tiene lugar en la esfera virtual de la transmisión de información e imágenes y el procesa- miento de datos en tiempo real, posibilitados por la revo- lución electrónica. En ella habitamos, efectivamente, en la aldea global.
En el plano real, la globalización se refleja en dos procesos principales. Por una parte, el aumento del co-
mercio internacional que crece el doble que la produc-
ción mundial. Por otra, la expansión de las corporaciones
transnacionales y sus filiales, en cuyo seno se interna-
cionaliza una parte de la agregación de valor en la eco- nomía mundial.
La globalización incluye otra dimensión fundamen- tal: la financiera, arraigada en un mercado planetario fuertemente especulativo. tanto, que más del 95% de las transacciones en los mercados cambiarios mundiales del orden de 1,5 billones de dólares diarios, se refiere a mo- vimientos de fondos que arbitran tasas de interés, pari- dades cambiarias y variaciones de los mercados de ac- ciones y bonos. Este factor contribuye a la inestabilidad de esas mismas variables, que es otro rasgo del orden mundial contemporáneo.
El sistema es administrado por un marco regulatorio
que responde, naturalmente, a los intereses de los países centrales. Pero ni las normas de la Organización Mun-
dial de Comercio ni los criterios del FMI son obstáculos
insalvables para la formulación de políticas eficaces en los países que saben cómo responder a los desafíos y oportunidades de la globalización.
¿Cómo respondió Argentina a estas tendencias? De la peor manera imaginable. Quedó atrapada en la visión fundamentalista de la globalización, según la cual todo
sucede en el orden global y el poder radica en los actores transnacionales y las grandes potencias, en primer lu- gar, en los Estados Unidos. A partir de allí, desprotegió el mercado interno, para colmo con un tipo de cambio fuertemente sobrevaluado. Una combinación fatal: aper- tura con producción nacional carísima en divisas. Ade- más, admitió indiscriminadamente un cuantioso volu- men de inversión privada directa. Esto ha provocado el
más extraordinario proceso de extranjerización de cual-
quier economía de alguna importancia en el mundo con- temporáneo. se fracturaron así los eslabonamientos entre los diversos sectores de la economía y, en particular, en- tre la producción de bienes y servicios y la oferta de cono- cimientos del sistema nacional de ciencia y tecnología.
Si se compara la política que hemos seguido con la aplicada en países como Corea, Taiwán y Malasia, dan ganas de llorar. En esos países, la inversión fue admiti- da para ampliar la capacidad productiva, no para com- prar activos existentes; para acceder a terceros merca- dos, no para dominar el mercado interno; para atraer tecnología e integrar a las filiales al tejido productivo doméstico, no para sustituirlo.
En vez de mantener la casa en orden y en equilibrio los pagos internacionales, el país entró en un proceso frenético de endeudamiento. A su vez, las filiales son fuertemente deficitarias en divisas, porque venden prin- cipalmente en el mercado interno pero gastan mucho afuera por la compra de insumos, equipos, tecnología y remisión de utilidades y regalías. Este comportamiento de las filiales explica cerca de 2/3 del déficit de la cuenta corriente en el balance de pagos. Sumado a esto los ser- vicios de la deuda, se comprende la dimensión de la vul-
nerabilidad externa. La misma que nos lleva de un blin-
daje a un canje de deuda y de un sobresalto a otro, en un escenario permanente de estancamiento, desempleo y frustración.
El fin de este camino es elocuente. Argentina es el
país más endeudado de América Latina y del mundo. La
deuda externa es casi seis veces mayor que las exporta- ciones y los pagos en concepto de intereses y utilidades representan más del 50% de estas últimas. América La- tina es la región del mundo más vulnerable en estas cuestiones y nosotros estamos dos veces peor que el pro-
medio regional. Parecería que aún no hemos tomado
conciencia de la dimensión del problema.
Como si esto no alcanzara, para garantizar a los mercados que no volveremos a cometer los disparates del pasado, que no fueron pocos, hemos decidido que
vamos a navegar, en el mar embravecido de las variables cambiantes, sin timón. Es decir, sin política económica
que está subordinada al régimen de convertibilidad y al compromiso de eliminar el déficit fiscal, aunque la eco- nomía esté en recesión y, sin los intereses de la deuda, el presupuesto revele un superávit primario.
Las causas por las cuales hemos dado tan malas res- puestas a la globalización son múltiples y complejas.
Pero si queremos cambiar el rumbo debemos empezar por entender los alcances reales de la globalización.
Merece recordarse al respecto que, pese al creci- miento del comercio, el 80% de la producción mundial es absorbida por los mercados internos. A su vez, más del 90% de la agregación de valor en la economía mundial se realiza dentro de las fronteras nacionales y otro tanto de la inversión en capital productivo y social es finan- ciado con el ahorro interno de los países. Las corpora- ciones y sus filiales son muy importantes pero, en defi- nitiva, realizan menos del 10% de la acumulación de capital y la agregación de valor en la economía mundial.
Suele olvidarse la coexistencia de la dimensión glo-
bal con la endógena. Como suele desatenderse, también,
la evidencia de que el desarrollo no se importa y es siempre y, en primer lugar, un proceso interno de trans- formación, capacitación de los recursos humanos e inte- gración de la sociedad y del sistema productivo.
Dentro de la globalización (y no se puede estar afue- ra) sólo prosperan los países que asumen la conducción
de su propio destino. La experiencia histórica y la actual
es definitiva: siempre fue así y sigue siéndolo. Argentina
hace rato que renunció a un proyecto propio. Ha quedado
así atrapada en el terror del riesgo país y los cambios de humor de los mercados. Carecemos así de los medios y de los instrumentos para ponernos en marcha y enfren- tar realmente los problemas cruciales del desempleo, la pobreza y la inseguridad. No lograremos hacerlo hasta que observemos el mundo con realismo y modifiquemos radicalmente nuestras respuestas a los desafíos y opor- tunidades de la globalización.
Es preciso reconocer que el núcleo de nuestros pro- blemas radica en la cuestión nacional. Hace casi veinte
años, en plena crisis de la deuda, propuse que debíamos vivir con lo nuestro para estar en el mundo y crecer e, incluso, para pagar la deuda sin sobresaltos.
Triunfó la visión fundamentalista de la globaliza- ción y el pensamiento mágico neoliberal, con las conse-
cuencias que tanto nos afligen. Es tiempo de cambiar el rumbo empezando por revisar el diagnóstico de nuestros males y, en seguida, realizar un ataque masivo contra la vulnerabilidad externa, sin cuya remoción seguiremos insistiendo en las pésimas respuestas a la globalización, con los resultados conocidos.