5.2 IDENTIFICATION OF CANDIDATE STRUCTURE 96
5.2.1 Initial Condition 98
Resulta interesante que para definir la identidad y la individualidad de una persona es casi imposible no vincular esa búsqueda con la familia de origen. ¿Hasta qué punto una identidad se encuentra contaminada con la cultura familiar? ¿Cuánto de “genuino” puede demostrar una persona que ha nacido y crecido en el seno de una familia? Estas preguntas, que intento responder en la obra y en la memoria, no pueden ser resueltas sin complementar el análisis sistémico que he llevado a cabo con otras propuestas de análisis para comprender la formación del individuo. Si bien la persona que forma parte de una familia no puede quedar exenta de la influencia que el grupo tiene sobre ella, es necesario también considerar que existen otras perspectivas que permiten ver al individuo como un ser diferenciado de su familia. Por lo tanto, me propongo a continuación completar el círculo que explica la unión entre familia e individuo profundizando en las explicaciones existentes sobre el impulso personal que cada ser tiene para autorrealizarse y diferenciarse de su primer grupo social. Sin embargo, no es del todo posible definir al individuo sin localizarlo en su contexto social. Pues bien, la familia se entiende como
la unidad social primaria, la principal fuente de seguridad del niño, y el agente básico de la socialización y de la aculturación… es esencial para la supervivencia del niño, para su aprendizaje de las técnicas de adaptación, y para desarrollar las características de la personalidad por medio de la identificación y de otros mecanismos de internalización (Zuk y Nagy citado en Fairlie y Frisancho 49) No es posible que un ser humano se desarrolle en su totalidad si no forma parte de un grupo social –como la familia- que lo eduque y cuide en sus primeros años de vida. No es posible realizar un experimento que compruebe lo contrario, pero los múltiples casos
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existentes de “niños salvajes” demuestran cómo el desarrollo personal de los individuos se encuentra directamente relacionado con pertenecer a un grupo social que entregue enseñanzas sociales y protección. De este modo, se plantea una interesante contradicción entre la dependencia que tiene la individualidad del grupo familiar que le entregará las herramientas necesarias para desarrollarse, pero que al mismo tiempo le exigirá acomodarse a las reglas relacionales y la identidad grupal.
En este sentido, la concepción que desarrolla Murray Bowen sobre el individuo se muestra absolutamente consciente de la imposibilidad de olvidar al factor familia para comprenderlo. Bowen es otra de las principales figuras que fundó la corriente psicológica de los sistemas familiares. Sus investigaciones sobre la familia comenzaron a mitades del siglo XX cuando analizó, al igual que otros psicólogos sistémicos, el comportamiento de las familias que tenían un hijo adulto con esquizofrenia. Su investigación proponía que la familia completa viviera durante un período prolongado de tiempo en un hospital psiquiátrico para poder observar las interacciones que se daban entre los miembros de la familia (Centro Bowen para el Estudio de la Familia). Uno de los principales aportes que realizó Bowen fue el de definir a la familia como una unidad emocional a la que identifica como una “masa indiferenciada del yo de la familia”. Con este concepto, Bowen se refiere a una “identidad emocional aglutinada, que existe en cada nivel de intensidad, tanto en las familias en las que es más evidente como en aquellas en las que es prácticamente imperceptible” (Murray Bowen 35). Es decir, el concepto de la masa indiferenciada del yo de la familia alude a que estas, por naturaleza, tienden a anular los límites del yo de cada miembro para fusionar los sí-mismos de cada uno en una gran masa indiferenciada. De hecho, Bowen afirma que “todos tenemos un sí-mismo apenas diferenciado, o estamos “indiferenciados”, o tenemos un apego emocional no resuelto en nuestra familia de origen” (64). La terapia familiar, se supone, apuntaría a mejorar el nivel de diferenciación del sí- mismo de cada uno de los integrantes de un sistema familiar.
Esta idea surge de la noción de la familia como un conjunto de sistemas emocionales y relacionales que hacen circular entre la masa indiferenciada del yo de la familia los procesos emocionales de sus miembros. Se forma una masa emocional de dependencia que impide que cada individuo dentro de la familia pueda desarrollarse y
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resolver sus procesos emocionales de manera separada del resto. “La proximidad emocional puede ser tan intensa que los componentes de la familia conocen recíprocamente sus sentimientos, pensamientos, fantasías y sueños. Las relaciones son cíclicas. Hay una fase de intimidad serena y agradable que provoca ansiedad y malestar con la incorporación del sí- mismo de uno al sí-mismo del otro” (36). La fusión de los yo de la familia presenta un aparente gozo inicial en cuanto el estrés y las ansiedades no deben ser enfrentados de manera individual o resueltos entre las personas que están involucradas, pero conlleva una angustia posterior porque el precio de esto es indiferenciar el sí-mismo con el sí-mismo del otro que se hace cargo del problema. Es por esto que, como menciona Bowen, “en el sistema emocional de la familia, las tensiones se desplazan en una serie ordenada de alianzas y rechazos [en el que] el triángulo es la base de todo sistema emocional” (36). Como expuse anteriormente, las relaciones triangulares se basan en involucrar a un tercero dentro de un conflicto entre dos para así liberar tensión. Por lo tanto, la indiferenciación del sí-mismo a través de la triangulación emocional responde a un mecanismo directamente relacionado con la mantención de la homeostasis. Y la mantención de la homeostasis lleva por precio la anulación de la individualidad. “En un estado de desequilibrio, el sistema familiar actúa automáticamente para restablecer el anterior equilibrio del todo, aun cuando se deba sacrificar a alguien” (54). Por eso, cuando Bowen menciona que todos tenemos un sí-mismo apenas diferenciado, esto apunta justamente a que el sistema familiar, por naturaleza, acostumbra a formar triángulos que implican la individualidad de la persona para someterla a la sobrevivencia y la estabilidad del conjunto. Como consecuencia, los individuos que inmolan su sí-mismo para resolver triángulos conflictivos estarán renunciando al desarrollo sano de su individualidad y a la autonomía emocional.
Los conceptos que plantea Murray Bowen me parecen de suma importancia ya que complejiza la noción de los sistemas familiares al problematizar sobre el individuo que forma parte de ellos. La teoría de los sistemas familiares quedaría coja si no se preguntara sobre la autonomía de las partes que forman una familia. En el caso de mi investigación en particular, responder sobre la existencia de la individualidad en un contexto sistémico requiere de los conceptos establecidos por Bowen para escapar de aprisionamiento que parece proponer una visión meramente sistémica de la existencia de los individuos. Si bien los sistemas familiares proponen la incapacidad de entender al sujeto eximido de su
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participación en el grupo, pues por el solo hecho de formar parte del sistema ya se encuentra altamente determinado por este, me parece fundamental que se esboce la existencia de la dimensión individual en el concepto del “sí-mismo”. Sin embargo, el concepto presenta un cierto grado de ambigüedad, pues Bowen jamás llega a definir el “sí- mismo” sin contraponer su valor con su opuesto: el sistema. Así es que Bowen determina al sí-mismo como el “grado de diferenciación del sí-mismo de una persona. Lo contrario de la diferenciación está dado por el nivel de no diferenciación, es decir de fusión del yo” (37). No existe una descripción del “sí-mismo” propiamente tal, sino que queda implícito su significado al posicionarlo en una escala que va entre la “diferenciación” de este con la familia de origen hasta la “indiferenciación”. En mi opinión, que baso en la interpretación de Bowen, el sí-mismo podría definirse como la existencia de fuerzas y motivaciones autónomas de un individuo que lo impulsan a desarrollarse según ideas auténticas sobre quién es, sin someterse a las influencias de la familia. Por eso, el “sí-mismo” puede ser sometido a una fusión en cuanto un individuo desplaza su desarrollo para que quede en manos de otro con quien se indiferencia.
De acuerdo con lo anterior, en los escritos de Bowen se encuentran distintas descripciones de lo que significa tener un “sí-mismo diferenciado” que pueden arrojar luces para aclarar cómo se describe la individualidad desde la perspectiva sistémica de este autor. Pues bien, según esta teoría, la única forma de evidenciar al sí-mismo de cada quien es a través de su comportamiento. Y para ello, Bowen describe una especie de escala de
diferenciación del sí-mismo en la que categoriza los comportamientos de las personas según
su grado de fusión con la masa indiferenciada del yo de la familia. En esta escala, que va del 0 al 100 grado de diferenciación, los sujetos que se encuentran en la posición más alta son los que han logrado una autonomía emocional tal que les permite desarrollarse y demostrar “los niveles más altos de funcionamiento humano” (37). Por el contrario, las personas que se encuentran en los niveles inferiores de la escala son aquellas que han fundido su sí-mismo con el sí-mismo de los otros miembros del sistema, enfrentando como consecuencia alcanzar una madurez emocional casi nula y un aplazamiento de su autonomía y desarrollo. En efecto, según Bowen, “cuanto más intenso es el grado de fusión del yo, más aumenta el “dar en préstamo” o el “tomar en préstamo”, el “dar” y el “compartir” el sí-mismo dentro de la masa del yo familiar” (42). Y, de este modo, más
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graves serán la disfuncionalidad humana del sí-mismo de estas personas. Insisto en que, si bien Bowen no define directamente lo que significa el “sí-mismo” o no entrega una aproximación concreta a lo que representa la individualidad de cada ser humano, el autor entrega ciertas características que permiten comprender su noción de esta.
Según el autor, la indiferenciación del sí-mismo –o la obstrucción de la individualidad- tiene origen en la incapacidad de desligarse emocionalmente de los padres. El primer, y más importante, desapego que debe realizar una persona es con la madre, que ocurre lentamente desde que el niño nace –y se desprende biológicamente del cuerpo de la madre- hasta que logra sobrevivir sin depender de ella. Este proceso es “a largo plazo en el que el hijo se desvincula lentamente de la fusión inicial con la madre y se mueve hacia su propia autonomía emocional” (70). Desde esta perspectiva, se comprende que la concepción del individuo en la teoría de los sistemas familiares sea indivisible de la concepción grupal. Y se comprende que el periplo de la persona sea emprender el camino hacia la separación, la independencia. “El grado de apego emocional no resuelto equivale al grado de indiferenciación. Cuanto más bajo es el nivel de diferenciación, más fuerte es el apego emocional no resuelto a los padres y más intensos son los mecanismos destinados a controlar la indiferenciación” (72). La individualidad, entonces, no puede concebirse como algo dado por naturaleza, sino que se convierte en los impulsos que mueven a un sujeto a la autonomía. Y es de suma importancia que cada individuo logre emprender este viaje hacia la superación de la fusión, pues según el autor “las personas menos diferenciadas son movidas como peones por las tensiones emocionales mientras que las mejor diferenciadas son menos vulnerables frente a los estados de tensión” (71).
No obstante, no depende únicamente de la fuerza que tiene una persona para desprenderse de la fusión del yo el que logre alcanzar la indiferenciación del sí-mismo. Parece depender muchísimo del grado de diferenciación que los mismos padres tengan el éxito con el que los hijos logren formar su autonomía. Bowen menciona al respecto
en un sentido amplio, el chico se separa físicamente de la madre en el momento del nacimiento, pero el proceso de separación emocional es lento, complicado y por añadidura incompleto. Inicialmente, esto depende mucho de factores innatos en la madre y de su capacidad de permitirle al hijo crecer alejándose de ella, más que de factores innatos en el hijo (70)
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Es interesante que, bajo la perspectiva de los sistemas familiares, incluso la individualidad se halla sometida a la dinámica grupal en la que se encuentra un sujeto. Dependerá del tipo de relación que los padres establezcan entre ellos y cómo triangulen al hijo. Este triángulo, de hecho, es considerado “el principal y el más importante de la vida, del que toda persona toma los modelos relacionales triangulares, que quedar relativamente determinados para todas las relaciones futuras” (66). La teoría de Bowen no propone que exista un impulso personal para alcanzar la autonomía, sino que es más bien la circunstancia y el contexto el que permite o promueve que se alcance la diferenciación. Si una familia tiene su masa indiferenciada del yo de la familia con altos grados de fusión, en algún momento el sistema entrará en crisis y esto motivará la separación de las individualidades. En este sentido, la teoría de los sistemas no cumple con entregar una explicación detallada y completa del funcionamiento del sí-mismo. Más bien, ofrece una descripción del comportamiento familiar e individual que refleja, permite o impide el desarrollo de la autonomía. Si bien es muy reveladora la dimensión sistémica del individuo que explica Bowen –en el sentido de que entrega una respuesta completa al cómo la familia puede coartar el desarrollo del individuo-, para entender mejor la individualidad echaré mano de otra explicación teórica. Murray Bowen ofrece una perspectiva que me permite comprobar que la individualidad se encuentra sometida a las pautas relacionales del sistema familiar, pero no logra explicar si es que existe –o no- una motivación intrínseca y auténtica en cada individuo para alcanzar el desarrollo.