2.4 Motivation and Replicated HP Problem
4.1.3 Initial Gain Computation and Gain Update Algorithms
La intención de este capítulo es reflexionar sobre cómo fue legitimada la cárcel, y tantear
las primeras investigaciones que acabaron por culminar en el movimiento descarcelatorio, por
tanto, la crisis de la legitimación de la misma.
En el escenario de la Ilustración aparece la ―cárcel punitiva‖. Para sus defensores los que
transgredían los principios contractuales de convivencia deberían reparar su error con el bien
elegir entre el bien y el mal. Beccaria (2015) sostenía que el contrato social desarrollaría una
solidaridad donde todos los ciudadanos tenían la obligación de respetar sus deberes. No obstante,
esta tesis poseía una ambigüedad ideológica, puesto que había una igualdad de deberes y una
desigualdad de derechos.
Sin embargo, fue con el nacimiento del Positivismo en el siglo XIX cuando las cárceles
encuentran las bases para afianzarse en la sociedad moderna. El Positivismo se caracterizaba por
observar, conocer para prever y así dominar, negar el libre-albedrío y creer en el determinismo.
Esta corriente de pensamiento empezó a cuestionar si realmente el sujeto tenía el dominio de sus
acciones y actos, introduciendo nuevos conceptos como el de peligrosidad, perversión y
psicopatía.
La aparición del positivismo en la epistemología de la ciencia moderna y del positivismo jurídico en el derecho y en la dogmática jurídica pueden considerarse, en ambos casos, construcciones ideológicas destinadas a reducir el progreso societal al desarrollo capitalista, bien como a inmunizar a la racionalidad contra la contaminación de cualquier irracionalidad no capitalista, quiera ella que fuese Dios, la religión, la tradición, la metafísica o al ética, o aún las utopías o los ideales emancipatorios. (Santos, 2003, p. 158).
Con el positivismo surge la Criminología, y con ella una explicación científica del delito.
A principio, la explicación sobre la motivación de la conducta delictiva estaba basada en el
determinismo biológico, es decir creían que el origen del comportamiento delincuente tenía
implícita una base patológica que le conducía a cometer actos contra el Derecho.
Con el surgimiento de la criminología, el delincuente se convierte en objeto a ser
investigado por un experto y la cárcel un observatorio social, donde va a suceder la
transformación del criminal a través de la enseñanza de buenos hábitos. La criminología se va a
sobre la población carcelaria, de esa manera la cárcel se convierte en un laboratorio donde cada
gesto, cada señal de desconsuelo, de dolor, de impaciencia, cada intimidad, cada palabra podrá
ser descrita y su portador, clasificado, comparado, analizado, estudiado. Es más: la conformación
de los miembros, el color de los ojos, el perfil de la cara y cualquier otra señal que pueda
describir este objeto de estudio que es encarcelado será registrada atentamente.
La información adquirida será utilizada en el exterior de la penitenciaria, en la sociedad
libre, como ―ciencia indicativa‖ para individualizar a los potenciales infractores de la propiedad, los socialmente peligrosos, la criminología se ofrecerá así como saber práctico necesario a la
política de prevención y represión de la criminalidad.
No obstante, la criminología es también ciencia pedagógica y por tanto ciencia de la
transformación; donde los expertos: médicos, psiquiatras, trabajadores sociales, psicólogos
utilizan la información conseguida a través de la observación con el propósito de la sugerir
prácticas de manipulación, experimentar tratamientos.
Por estas razones el interés originario por la naturaleza retributiva de la pena (un
sufrimiento equivalente a la gravedad de la acción criminal) se sustituye por un juicio sobre la
peligrosidad del autor del delito, esto es, por un juicio-pronóstico sobre la predisposición a
cometer nuevos delitos.
Por eso, la finalidad de las cárceles del siglo XIX era alcanzar la readaptación de los
reclusos. Rivera Beiras (2008, p. 57) menciona tres acontecimientos que permitieron el
nacimiento de esta nueva cárcel: el desarrollo del Positivismo y El Congreso Nacional sobre la
disciplina de las Penitenciarías y Establecimientos de Reforma (Cincinatti), donde se establece el
principio general de la regeneración moral de los delincuentes. Surgen legislaciones donde el
Así las cárceles empiezan a operar alrededor del tratamiento penal. Para ello son
introducidas en las cárceles la figura del psiquiatra y psicólogo. Poco a poco, el sistema carcelario
se convierte en un espacio correctivo, más que castigar hay que proporcionar a ―cura del delincuente‖.
Como representantes de la entrada del Positivismo en las penitenciarías podemos
mencionar a Rafaelle Garófalo (1890) y a Cessare Lombroso (1896). Basados en el método
empírico, creían que el delito era fruto de una disfunción biológica, despreciando el entorno
social del que había cometido la infracción. Lombroso era símbolo de la escuela positivista
antropológica. Hizo una investigación que incluía el análisis de más de seis mil delincuentes
vivos y cuatrocientas autopsias, y concluyó que había seis grupos de delincuentes: el nato, el loco
moral (enfermo), el epiléptico, el loco, el ocasional, y el pasional. El creía que había una serie de
estigmas que se podían identificar y que eran transmitidas vía hereditaria.
Garófalo (1890), algo más moderado que Lombroso (1896), creía que la conducta
criminal era motivada por un déficit en la esfera moral de la personalidad del individuo, él se
centró en la explicación de la ausencia de sentimientos universales, tales como: solidaridad,
piedad, como factor motivador de la conducta delictiva. Garófalo (1890) afirmaba que el Estado
debería ―eliminar‖ al individuo que no se adapta al medio, y en algunas ocasiones defendía la pena de muerte.
La distinción que dejamos hecha tiene gran importancia desde el punto de vista de la ciencia penal, puesto que hace posible la justificación de la pena de muerte, la cual aparecería como una crueldad intolerable si se considerase a los criminales como seres que sufren y que, por lo mismo, tienen derecho a. que nos apiademos de ellos, y aun-á nuestra simpatía, puesto que el delito no es en ellos más que un accidente de su enfermedad, no el efecto de su carácter ó de su temperamento. (Garófalo, 1890, p. 133).
Aunque emergieron voces en contra a este reduccionismo biológico, como Tarde (1890),
y su contemporáneo Lacassagne7, que afirmaban que las causas del comportamiento delictivo
eran la imitación y el medio social, estas críticas también asumieron un carácter reduccionista
desde el punto de vista sociológico y psicológico. Tales doctrinas conllevaron el riesgo de colocar
el delincuente siempre a la disposición de diagnósticos y tratamientos, puesto que el
comportamiento de ser humano pasa a ser visto como determinado tanto social como
biológicamente.
Domínguez-Sánchez Pinilla (2016) sostiene que tras estas propuestas surgieron campos de
trabajo como el de la anormalidad patológica, el condicionamiento e incluso la determinación
psicológica en virtud de circunstancias más sólidas que la propia capacidad de autorregulación.
En efecto, los resultados de esta línea de pensamiento fueron:
La interpretación de causa a efecto del comportamiento humano partiendo del paradigma
etiológico; que hace posible la observación científica al conocimiento de los factores que van a
determinar los actos humanos, y con ello se recalca la etiología del delito y del hecho antisocial.
El carácter anormal, patológico, del comportamiento desviado que lleva a interpretar al
delincuente más como un enfermo que como un ser digno del castigo; concediendo todo un
cúmulo de concepciones médico-biológicas a la criminalidad.
El análisis de la conducta, del acto lesivo, como muestra de la anomalía de la
personalidad, genera una real constitución delictiva. Se construye un rasgo de personalidad que
aboca a la comisión del delito y que se caracteriza por la precocidad, el mantenimiento en la
delincuencia, muestras de crueldad, violencia, agresividad, etc.
El cruce de la frontera de la moral hacia el derecho, justificada por el poso de ―perversión moral‖ potencial e incluso manifiesto. El comportamiento desviado pasa a ser entendido como
fruto de una mala socialización y por tanto de circunstancias personales, cuyo grado de nocividad
no está siempre claro, o si de lo que se trata es una demanda de atención o un simple
apartamiento del grupo.
La posibilidad y legitimidad de manipular la consciencia para condicionar el
comportamiento futuro en el sentido interpretado como socialmente útil o bueno. Por ello, las
instituciones a las que se asigna esta función diseñan una reconversión del sujeto, y de ahí el
aspecto terapéutico de la intervención retributiva (Domínguez-Sánchez Pinilla, 2016).
La Criminología ha explicado en términos históricos y sociales la criminalidad en tanto
que asume su beneplácito de los valores sociales adoptados por el poderoso, como naturales. La
consideración de enfermo del criminal halló en esta simplificación su fundamento
epistemológico; y en cuanto el comportamiento delictivo se redujo a un problema de patología
individual, la reacción social respecto del crimen pierde su carácter problemático: las fuerzas
represoras serán así en todo caso legítimas. El fundamento no va a ser ya político – como en la
idea contractualista - sino natural: la parte adecuada de la sociedad que aleja de sí misma la mitad
inútil.
La interpretación de que el delito consta de un componente psicosocial y que, por tanto, el
fin del castigo debe ser la ayuda al penado por medio del tratamiento para su propia reeducación
y readaptación social, y también la aceptación de un Estado neutral, que agrade a todos, y una
forma de castigo que disuada al potencial delincuente sobre la comisión de delitos. Y así, el
encierro comienza a ser aceptado.
De acuerdo con Rivera Beiras (2008, p. 57), emergía la ideología de la resocialización a
través de un tratamiento, la cual desplegaría rápidamente todo su esplendor. Pues, fue en el siglo
XX cuando la eficacia de las cárceles pasan a ser objeto de investigación y blanco de críticas. El
transgresores de la norma, comienza a ser interpretado como una institución que deteriora la
personalidad del reo, y por ello, su legitimación revisada.
Como pionero de las investigaciones sobre los efectos deteriorantes de las cárceles
podemos citar Clemmer (1958). Tras haber realizado investigaciones durante muchos años en
varias prisiones, concluyó que el interno sufre un proceso de prisionización (término acuñado por
este mismo autor), es decir, el interno adopta en mayor o menor grado las tradiciones, usos,
costumbres y cultura en general de la cárcel, pasando por un proceso de socialización negativo.
Clemmer (1958) señala que todos los internos sufren los efectos de la prisionización, si
bien hay grados, es decir, hay factores que contribuyen para intensificar o paliar estos efectos.
Los factores paliativos son: una sentencia corta, personalidad estable; la continuidad de
relaciones positivas con personas externas a la cárcel, rechazo a incapacidad para integrarse en un
grupo primario mientras mantiene aún relaciones equilibradas con otras personas; rechazo a
aceptar ciegamente los dogmas y los códigos de la población penal y una disposición intentando
de esta manera identificarse con la comunidad libre; la oportunidad de ubicarse con compañeros
de celda o de trabajo que no posean cualidades de liderazgo y que tampoco estén completamente
integrados en la cultura de la prisión.
Los trabajos de Clemmer (1958) impulsaron la realización de otras investigaciones, pero
vale recordar, que para este autor los efectos de prisionización se deben a la personalidad del
interno y no cuestiona el aparato de control.
En 1961, Goffman publica el libro intitulado ―El Internado”, este libro es resultado de un trabajo etnográfico, dónde el autor intenta analizar la institución desde el punto de vista del
paciente. A través de este trabajo fue posible entender por qué los considerados ―enfermos
mentales‖ no se recuperaban. Aunque el autor centra sus estudios en hospitales psiquiátricos, podemos trasladar sus resultados a otros tipos de institución, como las cárceles, ya que, para
Goffman (2004) las instituciones totales son consideradas por él como ―un lugar de residencia y trabajo, donde un gran número de individuos en igual situación, aislados de la sociedad por un
período de tiempo, comparten en su encierro, una rutina diaria, administrada formalmente‖.
Goffman (2004) consideraba cinco tipos de institución total, a saber:
1- Instituciones que tienen como finalidad el cuidado de personas que parecen ser al
mismo tiempo incapaces e inofensivas: hogares para ciegos, abuelos, huérfanos e indigentes;
2- Instituciones que tienen como finalidad cuidar de aquellas personas que no puedan
cuidar de sí mismas y a los que la sociedad ve como una amenaza involuntaria potencial;
hospitales para enfermos, infecciosos, hospitales psiquiátricos y leproserías;
3- Instituciones que se han organizado con el fin de proteger la comunidad de aquellos
que voluntariamente suponen un peligro para ésta y cuya finalidad no prevé de manera inmediata
el bienestar de los reclusos; prisiones, presidios, campos de trabajo y campos de concentración;
4- Instituciones que tienen como objetivo hacer de la mejor manera posible una tarea de
carácter laboral; cuarteles, barcos, escuelas de internos, o como dice Goffman, mansiones
señoriales desde el punto de vista de los que viven en las dependencias como personal de
servicio;
5- Para acabar, encontraríamos aquellas instituciones que actúan como refugio del mundo
y que, a menudo también están involucradas en la formación de religiosos: abadías, monasterios,
conventos, etc.
Vale resaltar que estas definiciones se refieren al momento histórico que dicho autor
vivía, quizás estas definiciones no serían válidas en la actualidad. Lo más importante de este
trabajo, es que Gofman (2004) describe el fenómeno de la culturalización, que detalla el proceso
por el cual el paciente asimila normas institucionales y efectos que la institución produce sobre la
produce un viraje, las instituciones pasan a ser cuestionadas. La pregunta que moviliza sus
investigaciones es ¿a quién se define como desviado? ¿Qué acarrea al individuo esta definición?
Goffman (2004, p. 27) describe el proceso por lo cual el paciente modifica su identidad a
lo largo del encierro, calificándolo como de mortificación o mutilación del yo. La primera marca
para empezar este proceso es la barrera que separa el mundo interior del exterior. ―El aislamiento total ayuda a formar un grupo unificado de novatos, en sustitución de un conjunto heterogéneo de
personas de status superiores e inferiores‖.
Luego las ―ceremonias de ingreso‖ donde se le suele privar de sus pertenencias, sacarle fotos, cortarle el pelo, ―sufriendo un proceso de desfiguración personal‖.
Las normas de la institución les obligan a adaptarse a otra realidad, es decir, tienen que
reorganizar la vida cotidiana. Goffman (2004) señala que estas normas son obligaciones cuyo
objetivo es regular el tiempo, es decir, las tomas de decisiones son determinadas. Las decisiones
siempre son tomadas por los miembros del equipo que tiene la función de disciplinar a los
internos.
Los internos tienen que aprender a convivir con un nuevo sistema de vida que se traduce
en un sistema de privilegios y castigos, se produce una modificación de la identidad, que la
deteriora y la modifica de manera negativa. ―El sistema de privilegios y castigos se definen como la consecuencia del quebrantamiento de las reglas‖ (Goffman, 2004, p. 60).
Y por fin la estigmatización acaba por ―los procesos por los que se mortifica el yo de una
persona, los cuales son de rigor en las instituciones totales‖. Las barreras que imponen las instituciones totales marcan la primera mutilación del yo, en su diferenciación entre interior y
exterior Para este autor la asimilación de normas, costumbres, hábitos de la institución por parte
del interno no se acaba con el retorno a la sociedad, sino que perdura por toda la vida del
Goffman (2004) abrió una serie de puertas para nuevas investigaciones sobre el tema.
Estudios actuales identificaron un aumento del grado de dependencia, ya que el ingreso no toma
ya más decisiones, estas son impuestas lo que concurre con la disminución de la autoestima y la
mayor adhesión a valores carcelarios; algunos autores señalan que en el proceso de prisionización
también produciría el aumento en el nivel de ansiedad en los encarcelados.
En la actualidad estudios confirman que el aislamiento acarrea una serie de problemas.
Desde el punto de vista biológico, el confinamiento produce atrofia progresiva de los cinco
sentidos, la oscuridad de los espacios interiores y el contraste con la luz permanentemente
artificial producen también frecuentes dolores de cabeza, y en algunos casos incluso
deformaciones de la percepción visual, tales como la pérdida de la capacidad de distinguir formas
y colores. El oído también se va a ver afectado por las características de espacio arquitectónico.
Muchos internos sufren de carencia de energía, sensaciones de frío y afecciones de piel; tienen
una mayor probabilidad de contraer alguna enfermedad infecciosa.
Desde el punto de vista de la salud psíquica, Rivera Beiras (2008, p. 274), menciona la
concurrencia de las siguientes patologías: fobias que desembocan, si no se tratan, en un cuadro
psicótico, depresiones, que en forma grave desembocan en el suicidio; síntomas alucinantes,
trastornos psicosomáticos, como testimonio de la estrecha correlación a nivel sintomático del
sufrimiento físico y psíquico; disminución de las capacidades cognitivas; cuadros neuróticos.
Cuadros psicóticos relacionados con trastornos de la personalidad; trastornos del
comportamiento; trastornos de humor, síndrome de prisionización, dependencia y toxicomanía.
Pero, los peores efectos serán los de orden psíquica. Para, el jurista Zaffaroni (2005, p. 6)
la prisión genera una patología cuya característica más destacada es la regresión. Lesiona la
de otra manera. Para Zaffaroni (2005) este deterioro es permanente y perdura más allá de la
cárcel.
Baratta (2006), cree que la detención ejerce efectos contrarios a la reeducación y a la
reinserción del condenado. Para él la vida en cárcel tiene un carácter regresivo y uniformizador.
Cuando un interno retorna a la convivencia social los mecanismos psicológicos siguen siendo
impuestos por el régimen carcelario, es decir, toda una batería disciplinar que altera gravemente
la subjetividad del individuo preso. Baratta (2006) cree es imposible la resocialización a través de
la cárcel, sin embargo, la reintegración es un derecho del interno que vela por disminuir los
efectos negativos del encierro.
La justificación de la cárcel se ha basado desde su origen en el hecho de presentarla como
dispositivo capaz de resocializar a los individuos peligrosos, curarlos, devolviéndolos sanos e
inofensivos a la sociedad. Es allí donde se basa la idea de pena útil, siempre que sea administrada
correctamente (de acuerdo con los mandatos de la Ciencia Penitenciaria).
Por otro lado, mientras que dichos objetivos nunca se alcanzan, la cárcel en realidad se
mantiene al cumplir otras funciones sociales que tienen que ver con la producción.
Aún de acuerdo con Baratta (2006), la realidad penitenciaria plantea la necesidad de
cambios y alternativas, pues la finalidad de una reintegración del condenado en la sociedad no
debe nunca ser abandonada, sino que debe ser reinterpretada y reconstruida sobre una base
diferente, por lo cual la apertura de la cárcel a la sociedad y en sentido inverso resulta un
principio político importante, más aún si se considera que en la actualidad los muros de la cárcel