El tráfico de esclavos de África a América fue una de las primeras razones por las que Europa fijó su atención en el «Continente Negro» con vistas a la explotación económica. Sin embargo, la colonización de África y también la de Asia tienen diversas explicaciones y justificaciones, prácticamente todas ligadas a la expansión del capitalismo.
entendido como la expansión territorial por un dominio económico, político, militar, cultural y general de otro pueblo— y el capitalismo tienen su explicación en la exportación del capital financiero, las relaciones de dominio y dependencia (según MARX y LENIN12) y a la formación de las periferias, como lo señalan los estudios de SAMIR AMIN y GUNDER FRANK13.
Otras perspectivas, se basan en el mito de la superioridad del hombre blanco14 y en la exportación de la civilización y la religión, que se consideraban como un deber providencial de las generosas naciones europeas para iluminar a los pueblos y liberarlos del yugo de la ignorancia y el despotismo (GARNIER, 1864, en BOTEY, 1999: 10).
A finales des siglo XIX, CECIL RHODES (1895, en BEAUD, 1984) justificaba la colonización como un remedio para instalar el excedente de la población del Reino Unido, encontrar nuevas salidas a sus manufacturas y productos mineros, y para calmar el descontento social manifiesto en el Reino Unido, con una población enfurecida y necesitada de alimentos, que podría desencadenar una guerra civil.
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En su obra El Imperialismo, fase superior del Capitalismo (1917), LENIN afirma que si fuera necesario dar una definición lo más breve del imperialismo, debería decirse que es la fase monopolista del capitalismo.
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Sobre la formación de las periferias, SAMIR AMIN ha escrito varias obras: a) (1970). L'Accumulation à
l'échelle mondiale. París: Anthropos; b) (1974). Sobre el desarrollo desigual de las formaciones sociales.
Barcelona: Anagrama y c) (1975). «Una crisis Estructural», en VV.AA: La crisis del imperialismo. Barcelona: Fontanella. P. 15. Sobre el mismo tema, puede consultarse la obra de A. GUNDER FRANK (1977). L'Accumulation Mondiale, 1500-1800. París: Calmann-Lévy; y del mismo autor (1980). La crisis
mundial. El Tercer Mundo. Barcelona: Bruguera.
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Una referencia interesante sobre el tema en la época está en las afirmaciones de J. JUNT en la sesión científica de la Sociedad Antropológica de Londres en 1863, en donde presenta cinco deducciones generales, entre ellas, que "hay buenas razones para clasificar al negro como una especie
diferente del europeo, como el asno es diferente de la cebra; y si tomamos en consideración la inteligencia, hay una diferencia más grande entre el negro y el anglo-sajón, que entre el gorila y el chimpancé […]. El negro es más humano en su natural subordinación al hombre europeo que bajo cualquier otra circunstancia […]. El negro sólo puede ser humanizado y civilizado por los europeos".
Otras referencias que resaltan la inferioridad intelectual de los negros y la superioridad de la raza blanca, son el artículo «Negro», del Grand Dictionnaire Universel Larousse du XIX siècle, 1872; y la obra de MARMOCCHI, F.C. Corso di geografía Universale, 1850.
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El imperialismo se consideraba necesario para evitar la guerra civil. Sobre este planteamiento, WORSLEY (1971), opina en su investigación sobre las relaciones coloniales que "el remedio de Rhodes no significaba
necesariamente la distribución de superutildades para todos, pero sí un mayor grado de compromiso individual de las masas en el imperialismo, a través de la emigración, el servicio colonial, o simplemente de la creencia de que sus intereses dependían del mantenimiento del Imperio" (WORSLEY 1971:30).
Pero las causas históricas del imperialismo europeo de siglo XIX son muy variadas. Algunas de las principales, según el profesor BOTEY (1999: 1) son: • El crecimiento demográfico, que obligó a buscar nuevos espacios: en poco
más de 60 años, Europa, que en 1850 tenía 266 Millones de habitantes, incrementó su población a 452 millones en 1914. Esto a pesar de la enorme emigración europea que entre 1895 y 1900 alcanzó la cifra de 50 millones.
• La necesidad de encontrar nuevos mercados, que se hizo patente con las crisis económicas de 1848, 1876, 1893, 1901. Un ejemplo de los argumentos de la época al respecto, es el de JULES FERRY (1897) en Francia, en su discurso sobre la necesidad europea de nuevos consumidores, donde afirma que:
"La crisis económica que ha presionado tan duramente sobre el trabajador europeo desde 1876 y la recesión industrial consiguiente […] han coincidido en Francia, Alemania e Inglaterra con un descenso importante y persistente en el volumen de las exportaciones […]. El consumo de Europa está saturado: es imprescindible descubrir nuevos filones de consumidores de otras partes del mundo […]". (FERRY, 1897 en BOTEY, 1999:7).
• Las persecusiones ideológico-políticas.
• La necesidad de materias primas en el momento de la industrialización: química, acero, petróleo, etc. para competir con Estados Unidos.
el sistema monetario internacional y la paridad con el oro.
• La política de prestigio, de interés estratégico, ideológico, y la posición de Alemania después de la guerra franco-prusiana.
• Las exploraciones geográficas (encabezadas por personajes como Kipling, Livingstone, Stanley, etc.), el simple espíritu de aventura de expedicionistas y gobernantes; y el reto y afán civilizador.
La expansión colonial se potencia durante el siglo XIX, cuando a sus inicios Europa ya había conquistado cerca del 35% de la superficie del mundo, en 1914 ya dominaban casi el 85%. Además, mientras que en 1880 los territorios europeos en África estaban sólo en la costa y significaban el 20% de este territorio, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, prácticamente estaba colonizado por completo (BOTEY, 1999:2).
WORSLEY (1971: 17), señala que la fase crucial que terminó con la división del mundo entre unas cuantas potencias europeas se dio en 1885, con la Conferencia de Berlín, y con la partición de África. La importancia del logro europeo en este periodo, según el autor, radica en el nacimiento de una nueva era de la historia, caracterizada por un imperialismo distinto al de los viejos modelos, en respuesta a las presiones económicas y financieras en la propia Europa. Tal es la relevancia que se le atribuye a este año, que en comparación, la Guerra de 1914 no significa nada, como señala PANIKKAR (1959: 197) "lo que presuntuosamente se ha llamado Gran Guerra Mundial de
1914-1918 no fue nada más que «la guerra civil europea»".
En la Conferencia de Berlín, se logra un acuerdo entre Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, España, Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Italia, Portugal, Rusia, Suecia y Noruega, que establece:
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"El espíritu de mutuo entendimiento de las condiciones más favorables para el desarrollo del comercio y la civilización de determinadas regiones de África, y asegurar a todos los pueblos las ventajas de la libre navegación por los dos principales ríos africanos que desembocan en el Océano Atlántico; el deseo de prevenir los malentendidos y las disputas que pudiesen suscitar en un futuro las nuevas posesiones efectuadas en la costa de África; y la preocupación por los medios para aumentar el bienestar moral y material de las costas indígenas […]" (ACTA GENERAL DE LA CONFERENCIA DE BERLÍN, 26 -02- 1885, en BOTEY 1999:12).
Tres décadas después de dicha conferencia, la conquista militar y el control político, convirtieron las esferas de influencia en auténticos imperios, cuando la mayor parte del mundo yacía bajo el control europeo (BAIROCH, 1986; BOTEY, 1999; REQUEIJO, 1995; SÁNCHEZ CERVELLÓ, 1997; WORSLEY, 1971):
• Las posesiones imperiales inglesas en el siglo XVIII ya se habían extendido a los cinco continentes. En América dominaban territorios en el norte, como Canadá, y en América central administraban diversas islas antillanas. Después de la independencia de las 13 colonias americanas (1776), el imperio se amplió hacia la península indostánica, y comenzaron a ocupar islas y enclaves costeros a lo largo del Atlántico y el Índico en su camino hacia el control de la India. Tras la construcción del canal de Suez dominaron también las rutas mediterráneas y el mar rojo. En 1933, este imperio tenía una extensión territorial de 31 millones de Km2, es decir la cuarta parte del mundo. Estaba habitado por 500 millones de personas, las cuales también constituían una cuarta parte del mundo. Sus colonias se encontraban en la India, África (esparcidas por todo el territorio), el Caribe (Jamaica, Bahamas, Bermudas), el Mediterráneo (Gibraltar, Malta, Chipre, Egipto, Palestina, Irak, Jordania, etc.).
• Francia, cuyo imperio en 1933 constaba de 12 millones de Km2
y tenía 108 millones de habitantes. Sus colonias estaban en América y el Caribe (Maritinica, Guyana); África (en todas las zonas): en la región del Magreb contaba con Argelia, Marruecos y Túnez; en el África occidental, Mauritania, Senegal, Guinea, Costa de Marfil, Sudán, Alto Volta, Níguer,
etc.; y en Asia contaba con Indochina, Conchinchina, Annan, Vietnam, Camboya, Laos, Nueva Caledonia, etc.
• Otros países europeos menos poderosos, pero importantes, como Bélgica y Holanda contaban con colonias en África y América. También España, que tras haber perdido el imperio «donde no se ponía el sol» (1812) y luego las posesiones que le quedaban de América (Cuba y Puerto Rico, en 1898 en la guerra contra Estados Unidos), así como las de Asia (Filipinas y otras islas menores), intentó rehacer su imperio en el norte de África a partir de 1859 al proteger las plazas españolas de los ataques marroquíes, lo que culminó con la repartición del territorio Marroquí con Francia (esta última se quedó casi el 95%), luego de los acuerdos de 1904, 1906 y 1912. Italia, Portugal y Dinamarca también contaban con algunos territorios que más tarde se independizaron.
• Algunas zonas se resistieron a ser absorbidas por Europa, como sucedió durante la ocupación francesa en el norte de África, que comenzó en Argelia en 1830 y aún no se había completado en 1912, cuando Francia obtuvo Marruecos de parte de España. También algunos pequeños países (sin intereses reconocidos o accesibles) escaparon a la dominación directa europea, y hubieron casos especiales como los de China15. y Japón.
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China, tradicionalmente poderosa, intentó mantener al mínimo sus contactos comerciales con los europeos, aún durante el siglo XVIII y la primera mitad del XIX. Sin embargo, su decadencia política y económica hacia 1800, le supuso relajar estas limitaciones. Después de la Guerra del Opio que terminó en 1842 con ventaja para Inglaterra, el tratado de Nankín abrió cinco puertos al comercio europeo reduciendo al 5% los derechos de aduana. Pero la resistencia de los funcionarios chinos al intercambio desató nuevas operaciones militares en 1858 (conjuntamente con Francia), con lo que se redujo enormemente el poder político y económico de China. Como subraya BAIROCH (1986: 157-162), "a
partir de ese momento los productos europeos pudieron entrar en cantidades crecientes, produciendo los mismos efectos que en otros lugares".
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Japón fue el único país no europeo (de población no europea) que permaneció libre de toda dominación colonial significativa incluso de forma indirecta, y su nivel de desarrollo era tan importante que ya había tenido su revolución industrial antes del siglo XIX. Sin embargo, los imperios se repartieron la tierra, y cuando lo hicieron, “Francia, Gran Bretaña,
Alemania. Holanda, incluso España y Portugal estaban interconectados en un marco abovedado de combinaciones de comercio y poder, alianzas y oposiciones engendradas por un capitalismo en expansión” (WORSLEY,
1971:17).
Europa logró una transformación que organizó al mundo como un solo sistema social. Para algunos autores como WORSLEY (1971: 50-52), la importancia de la era del gran imperialismo posterior a 1885 no radica exclusivamente en la visión Leninista que le describe como «la fase más elevada del desarrollo del capitalismo», sino en que es una nueva fase del desarrollo humano.
En este proceso la propia Europa fue transformada, destruyendo la tradicional Nación-estado encasillada en su límites: se creó un orden “fundado por la
conquista y mantenido por la fuerza […]. En un polo la industrializada Europa; en el otro, los desheredados. Paradójicamente, el mundo había sido dividido en el proceso de su unificación, dividido en esferas de influencia y entre pobres y ricos” (WORSLEY, 1971:18).
A diferencia del comercio internacional anterior al siglo XIX, que era principalmente de artículos de lujo (seda, especias, etc.), en este nuevo imperialismo, las metrópolis, en particular Gran Bretaña, dependían del mundo externo para los materiales y los mercados, con la exportación de materias primas de los países subdesarrollados a los industrializados.
En América la expansión de Estados Unidos se dirigió hacia el oeste, sur (México), y norte (Alaska), Latinoamérica y las Antillas, destruyendo muchas
Roosevelt proclama la Doctrina Monroe, y con ella, la posibilidad de intervenir militarmente para defender los intereses norteamericanos. Esto ya se gestaba con anterioridad, cuando en un discurso en 1899 afirmaba que si los estadounidenses deseaban ser un gran pueblo, deberían esforzarse por jugar un papel importante en el mundo:
"[…]. Si queremos tener un lugar en la lucha por la supremacía naval y comercial, hemos de erigir nuestro poder fuera de nuestras fronteras […] Debemos construir un canal ístmico y debemos asumir posiciones ventajosas que hagan que nuestra voz se escuche a la hora de decidir el destino de los océanos del Este y del Oeste. Eso desde el punto de vista comercial. Desde el punto de del honor internacional, la situación es aún más fuerte. Los cañones que han regresado sobre Manila y Santiago nos han dado éxitos y gloria, pero también nos han creado obligaciones. Si nosotros hemos expulsado tiranía medieval para dejar lugar a una salvaje anarquía, entonces será mejor no comenzar esta labor […]" (ROOSEVELT, 1899, en BOTEY, 1999:6).
Por otra parte, Rusia se expande hacia Siberia y realiza una colonización interior. En septiembre de 1939 tras el pacto germano-soviético, se anexan las Repúblicas Bálticas, y Stalin se apodera de la Polonia oriental y más tarde ataca Finlandia con lo que obtiene 170.000 Km2 de Karelia.
Finalizada la Segunda Guerra Mundial, se ganan 13.000 Km2 de la Prusia Oriental, Besarabia y parte de Rumanía. Se establecen vías comerciales y puertos. Y se establecen fronteras con China e Inglaterra, con la anexión de las islas Kuriles y la mitad de Sajalin, la costa de Japón y diversos territorios fronterizos con China (SÁNCHEZ CERVELLÓ, 1997: 77).
En este contexto, se puede divisar en los países colonizados la dimensión de los cambios que vendrían: la división política territorial; los impactos económicos; la destrucción de las identidades, la occidentalización, y los movimientos de liberación. Por su parte, en los países colonizadores este impacto se revela en el repartimiento del mundo y la Gran Guerra; y en la crisis de la identidad Internacional, como se verá más adelante.
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