Tal como muestran las vidas de Paul y Sylvia, necesitamos una descripción de la salud mental que reste importancia a las definiciones está-ticas y mecánicas y resalte el proceso de desarrollar y perfeccionar las capacidades críticas. Esta visión se puede aplicar a una amplia gama de circunstancias sociales y culturales. Considera el curso del desarrollo, más que determinados estados inamovibles o logros pasados, y tiene en cuenta una gran variedad de capacidades potenciales y de experiencias. Desde la perspectiva evolutiva, el desarrollo sano lleva a un modo de ser tolerante, flexible y suficientemente diferenciado como para permitir que las personas puedan establecer relaciones entre ellas según las necesidades de su etapa vital, para experimentar las más diversas y sutiles emociones y para reflexionar sobre esta experiencia, con el fin de ampliar y profundizar en su pensamiento y en sus conocimientos a lo largo de toda su vida. No puede existir un modelo único de salud mental. Los ejemplos comprenden a un niño que muestra una curiosidad sin límites y un sentido creciente de la relación y de la eficiencia; un joven con la suficiente seguridad en sí mismo, sensibilidad ,v determinación como para crecer más allá de la protección afectiva de sus padres; un adulto con el suficiente conocimiento de sí mismo, capacidad de responder emocionalmente v de recuperarse de los golpes bajos como para alcanzar objetivos realmente valiosos, mantener relaciones íntimas, cumplimentar responsabilidades serias, aceptar las pérdidas y las decepciones y abrigar una rica vida interior. Un niño sano de tres años de edad no muestra la misma capacidad para ponerse en el lugar de otro que cabe esperar de una persona de veintitrés años, ni tampoco asume un adulto joven, habitualmente, las complejas obligaciones familiares y laborales que corresponden a la etapa intermedia de la vida. Cada edad y cada circunstancia crean sus propias necesidades; cada etapa de crecimiento se basa en la anterior y requiere un nuevo ramillete de respuestas adaptativas.
El desarrollo sano también implica la adquisición de la capacidad de razonamiento, de la comprobación de la realidad y de la resolución de problemas que dependen de la edad del individuo. Estas habilidades cognitivas no implican, sin embargo, un determinado índice de Cl. Una persona con una puntuación alta en el Stanford-Binet no necesariamente disfruta de una mejor salud mental que alguien que consigue unos resultados más modestos. No se trata de alcanzar unas habilidades cognitivas de tal o cual nivel, sino la capacidad global para reflexionar sobre las exigencias de una determinada etapa de la vida y para dar cumplida res- puesta a las mismas. Un profesor de física teórica puede ser capaz de aplicar el mejor razonamiento abstracto a los fenómenos físicos pero, al mismo tiempo, ser muy ingenuo en
sus relaciones personales o en sus criterios políticos. Alguien que nunca pasó de secundaria, por el contrario, puede tener una comprensión mucho más profunda de la política, de cómo tratar al jefe, superar un estado de ánimo alicaído, inspirar con-fianza en sus amigos, resolver conflictos familiares o relacionarse con sus hijos. La cuestión radica en la capacidad de resolver, sobrevivir y continuar creciendo a través de los problemas de la vida real.
La salud mental no debería confundirse, tampoco, con la presentación de unas determinadas habilidades emocionales y sociales. Reciente-mente, se ha propuesto el término «inteligencia emocional» para describir, por ejemplo, la capacidad perceptiva implicada en la interpretación de las señales emocionales que emiten las demás personas.' No se ha tenido en cuenta, sin embargo, cómo se maneja esta capacidad, sea «sintonizando» con un amigo perturbado, motivando aun grupo de investigación o vendiéndole a alguien el puente de Brooklyn. La esencia de la salud mental radica en la integración de estas habilidades en los proyectos, objetivos, relaciones íntimas y el sentido de un significado más ex-tenso en la vida de una persona. Una persona que tiene dificultades para establecer relaciones sociales, capaz de expresar cariño v de preocuparse de los demás, y de experimentar tanto la felicidad corno la tristeza, y que preserva un sentido de la identidad moral en los momentos críticos y en las perdidas, puede tener una salud mental más intacta que una persona muy sociable pero irreflexiva y con tendencia a manipular a los demás.
La salud mental es, por lo tanto, un despliegue ininterrumpido de las más diversas capacidades, comenzando por la adquisición de los niveles básicos del desarrollo mental expuestos en la primera parte del libro. La superación de estos niveles se puede realizar a diferentes ritmos y con un amplio margen de variabilidad. Los seres humanos se pueden diferenciar en los más diversos talentos, en sus capacidades, puntos de vista, tempe- ramentos, tendencias e inclinaciones y, aun así, estar dentro de los parámetros de un desarrollo sano. Ya sea tímida o extrovertida, deportista o artista, espiritual o práctica, emprendedora o cautelosa, idealista o conservadora, cualquier combinación de estas y de otras innumerables características pueden conseguir que una persona siga manteniendo un desarrollo emocional sano.
Las limitaciones o desviaciones del crecimiento emocional que dificultan o incluso inhabilitan la capacidad de una persona para comportarse y relacionarse con otras de forma apropiada para su edad, pueden constituir una personalidad que se sitúe fuera de los parámetros de lo que consideramos un desarrollo sano. Esta definición deja fuera a un hombre intelectualmente brillante con un carácter indomable, o a una mujer profunda-mente sensible hacia las causas ajenas pero que permanece encerrada en su casa debido a unos temores irracionales. Un adolescente con reacciones emocionales propias de un escolar, o un adulto joven con las de un ciudadano mayor muestran, asimismo, signos de un desarrollo problemático.
La salud mental es, ineludiblemente, una cuestión de matices. En la vida real, no hay persona alguna que encarne la perfección, no existe un bagaje emocional idóneo, nadie muestra intuiciones intachables o una fortaleza inexpugnable. Las mismas emociones que dan pie al intelecto y a la creatividad, pueden derivar en una gran inestabilidad y, a veces, in- cluso, en reacciones aparentemente patológicas.
Un desarrollo equilibrado fortalece v flexibiliza unas áreas más que otras en las personas. Algunas pueden reaccionar a la sexualidad de manera muy diferente: una madre que cría a su hijo, por ejemplo, puede diferenciar los sentimientos relacionados con el hecho de darle el pecho a su bebé, con su compañero sexual y con sus propias fantasías internas. Es capaz de manejar las emociones, relacionadas con su sexualidad, de forma reflexiva, y tiene conciencia de cómo se relacionan con su persona y con los demás a lo largo de su vida. Sin embargo, esta misma mujer puede reaccionar a los sentimientos de enfado de forma mucho más ruda, considerándolos erróneos, prohibidos o poco femeninos, e intentando reprimirlos. Por otro lado, una persona puede tener dificultades con su sexualidad, percibiendo todos o casi todos los sentimientos sexuales como perversos o prohibidos y reaccionando con conductas burdas que oscilen entre la represión total y la entrega incondicional. Pero esta misma persona puede manejar los sentimientos de enfado de modo reflexivo, reconociendo muchos matices diferentes que van desde el ligero fastidio hasta la rabia más atroz, calibrando si estos sentimientos se adaptan a las situaciones diversas y afrontando las situaciones conflictivas y las confrontaciones con tacto, criterio v autocontrol.
características de un individuo mentalmente sano y observar los niveles mentales de los que surgen. Desde el nivel evolutivo más precoz de los primeros meses de vida, nace la capacidad de organizar la atención y de permanecer tranquilo, junto con el profundo sentido de seguridad que le acompaña. A partir del segundo nivel, y junto a otros, se desarrolla la capacidad de percibir afecto e intimidad, que perdura incluso cuando una persona está enfadada, desilusionada o triste. Del tercer y cuarto nivel surge la capacidad de comprender las claves no verbales simples y, posteriormente, las más complejas. Esto posibilita al individuo responder a los deseos propios y de las demás personas y calibrar las diversas situaciones según su seguridad o su peligro, aceptación o rechazo y otros rasgos importantes, sin que se presenten distorsiones significativas. El quinto nivel evolutivo aporta la capacidad de expresión simbólica para todo un ramillete de ideas v de sentimientos. Del sexto, procede la capacidad de organizar estos pensamientos, sentimientos e ideas de forma lógica, reflexionar sobre ellos v ponerlos en práctica para afrontar los problemas del mundo real. Esta habilidad que posibilita, a su vez, el desarrollo de la moralidad y de la ética, se enriquece, adquiere mayor sutileza v se amplifica a medida que una persona va madurando, v se aplica, finalmente, en otros ámbitos del desarrollo humano, como son las relaciones amorosas, la formación de una familia, la elección de los estudios universitarios y la res- ponsabilidad que se contrae hacia una comunidad más extensa.
La asimilación de cada uno de estos niveles evolutivos puede abarcar un amplio período de tiempo. La edad precisa en la que un niño balbucea su primera palabra, emite su primer ¿Por qué?» o pronuncia su primera frase no es, en sí misma, decisiva. Que un niño pregunte por primera vez «¿Por qué?» a la edad de cuatro o de seis, o que escriba caligrafía a los ocho o a los diez, importa muchísimo menos que sentar las bases que respalden estos y futuros logros. Una vez ha comprendido que al preguntar «¿Por qué?» puede ampliar sus conocimientos a través de su relación con los demás, tendrá décadas por delante para estrujarse el cerebro o para meditar sobre ello. En cuanto percibe que las letras corresponden a de-terminados sonidos, tiene toda su vida por delante para expresar sus pensamientos y sus sentimientos a través de la palabra escrita. Cuarenta años después, poca importancia tiene la fecha exacta en la que estableció esta relación. Pero sí repercute para siempre, y de forma decisiva, si no desarrolla nunca la capacidad de experimentar una vida interior prolífica, una riqueza emocional, una relación con cl mundo que va más allá de uno mismo y una personalidad firme y sólida. En ausencia de estas capacidades mucho más elementales, este primer «¿Por qué?» puede no venir nunca, estas primeras palabras no ser descifradas jamás.
Cuando trabajo con niños con serias dificultades emocionales, físicas o cognitivas, siempre me alegra saber que evolucionan respetando las etapas evolutivas normales. Pueden llevar un retraso de varios años respecto de su edad cronológica, pero los pasos que han ido dando posibilitan un crecimiento continuado. Resulta alentador observar, por ejemplo, cómo las emociones ordenan los pensamientos, la imaginación sigue rebosando, las relaciones se vuelven más estrechas y se equilibran con sentimientos diversos y el pensamiento se vuelve más lógico e incluye cada vez más símbolos.
Concebir la salud mental de forma evolutiva tiene cuatro ventajas. En primer lugar, impide los malentendidos que surgen cuando se pone excesivo énfasis en una determinada conducta, que puede ser diferente de una cultura a otra. En segundo lugar, explica por qué los síntomas no reflejan en y por sí mismos el estado de una persona. En tercer lugar, re- salta la importancia de un aspecto de la salud mental que se pasa por alto frecuentemente: la capacidad de tolerar las emociones angustiosas, dolo-rosas y amargas propias de la vida. Pone al descubierto, finalmente, lo inadecuados que resultan los enfoques más superficiales que únicamente valoran las habilidades de adaptación social, los logros en determinadas áreas o la ausencia de conflictos y de desequilibrios. En su lugar, sitúa en el centro de la salud mental el proceso del crecimiento continuado, la profundización de las relaciones más estrechas y el desarrollo de una capacidad autorreflexiva cada vez más significativa.