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6.3.2 Initialisation using B-Spline approximation

En el curso de las investigaciones arqueológicas en el territorio de Beocia, especialmente en la región del lago Copais y en el sitio de la antigua ciudad de Orcómeno, se descubrió una gran cantidad de monumentos de la cultura micénica, y debajo de los mismos apareció una capa neolítica, perteneciente al tercer milenio a. C. Los mitos vinculados con Beocia mencionan, entre las antiquísimas tribus que la poblaban, a los minios. En el siglo VIII aparecen ya los beocios en calidad de un solo pueblo que hablaba el dialecto beocio.

Entre los poblados, los más importantes en los primeros tiempos fueron Orcómeno, en el cual la tradición ubica a los mencionados minios, y Tebas, del cual se habla en los poemas homéricos como de un considerable centro que posteriormente sometió a Orcómeno.

Según el testimonio de Tucídides, la población de Beocia había llegado desde Tesalia; empero, el mismo autor hace la salvedad de que una parte de los beocios ya habitaba anteriormente en esta región. Evidentemente, la migración desde Tesalia, si es que tuvo lugar en la realidad histórica, repercutió muy poco sobre el desarrollo interno de Beocia.

El Régimen económico-social de Beocia

En Beocia no hubo revueltas sociales, tan características de las ciudades griegas desarrolladas de los siglos VII-VI a. C. La causa, desde luego, no fue «la estupidez de los cerdos beocios», como decían despectivamente sus vecinos, los atenienses, sino las características particulares del desarrollo económico de la región. En la fértil Beocia, incluso en la época en la que la producción de la mayor parte del mundo griego ha sufrido grandes cambios, la economía siguió siendo fundamentalmente agraria, con predominio de los cultivos gramíneos. En Beocia, un agricultor que poseyera aunque fuera una pequeña parcela, con una forma relativamente intensiva de efectuar su labor, podía subsistir. También estaba desarrollada en Beocia la ganadería, especialmente la cría de caballos. Sobre el lago Copais y en el litoral marítimo estaba desarrollada bastante considerablemente la pesca. Puesto que la producción artesanal estaba escasamente desarrollada, sólo los excedentes agrícolas estaban comercializados.

Pero cierto que también en Beocia repercutieron gravemente sobre la economía de los campesinos la estratificación en el interior de la comunidad y el crecimiento de la desigualdad de recursos y bienes. Para la conservación de las parcelas de los campesinos, las legislaciones antiguas prevenían y anticipaban medidas extraordinarias. Como informa Aristóteles, un legislador tebano de comienzos del siglo VII, Filolao, había establecido que si en una familia nacían más hijos que cantidad de tierra tenía la misma a su disposición, el padre estaba obligado, bajo amenaza de pena de muerte, a no educar él mismo a la criatura, sino a entregarla a otros, al que diera por ella una paga, por pequeña que fuese; esta paga simbólica era un resabio de la venta (para la esclavitud) que otrora existiera.

Conocemos, por Tucídides, que anteriormente a las guerras greco-persas, el poder en las ciudades beocias se hallaba en manos de un pequeño grupo de aristócratas pertenecientes a cinco estirpes: los antepasados de cuatro de ellas se llamaban Espartos (literalmente, «sembrados»), porque, de acuerdo con la tradición referente al mitológico fundador de Tebas, el héroe semidiós Cadmo, aquellos crecieron de los dientes de un dragón sembrados por Cadmo; el antepasado de la quinta estirpe era considerado pariente por afinidad con los Espartos. A consecuencia del desarrollo gradual, aun cuando tardío, del intercambio de productos, en el

Estado beocio comenzaron a adquirir valor y significación los hombres adinerados aun cuando no pertenecieran a la aristocracia de abolengo. Además, al lado de los aristócratas terratenientes aparecieron también campesinos acaudalados, que habían pasado por una severa escuela de la vida y habían sabido enriquecerse merced a la manera más intensiva de conducir sus haciendas. El desarrollo del comercio marítimo, característico para toda la Grecia de los siglos VIII-VII

a. C., no pudo dejar de ejercer cierto efecto sobre la economía de Beocia.

El poeta beocio Hesíodo, cuyo poema "los trabajos y los días" se puede datar entre los siglos

VIII-VII a. C., condena la ocupación en el comercio marítimo, cuyo entusiasmo, dice, se había apoderado de todos. No obstante, aconseja sobre las condiciones en que sería lícito y conveniente ocuparse del mismo, sin someterse a gran riesgo. Todo esto se halla expuesto en forma de consejos que Hesíodo da a su hermano Perses; allí mismo, el poeta hace conocer interesantes hechos de la vida de su padre, quien había intentado enriquecerse ocupándose del comercio en cuestión. El padre de Hesíodo había vivido anteriormente en la ciudad eolia de Cumé y trasladado luego a Beocia. Aquí, "habiendo huido de la perversa miseria'', sólo pudo adquirir una pequeña parcela "en el mísero poblado de Ascra". No obstante, se convenció muy pronto de que, aun esta pequeña parcela en la fértil Beocia le proporcionaba una existencia más segura que el comercio marítimo. Para aumentar la rentabilidad de una economía campesina, Hesíodo recomienda los siguientes medios: labrar la tierra con las manos de los miembros de la familia, disminuir la procreación de hijos, trabajar sin descanso desde la mañana hasta la noche, etc.

El poema de Hesíodo constituye así una fuente muy importante que refleja la vida social y económica de la Beocia de su tiempo. La masa básica de pobladores de esa región se componía de agricultores que, en parte considerable, dependían de la aristocracia terrateniente de abolengo. Hesíodo representa simbólicamente esa dependencia de la arbitrariedad de los aristócratas, en una fábula en la cual un gavilán dice al ruiseñor que tiene entre sus garras:

«Por qué, infeliz, estás piando? ¡Yo soy más fuerte que tú!

Por más que cantes, he de llevarte adonde yo quiera.

Puedo comerte o dejarte en libertad.

No tiene juicio aquel que quiere medirse con el más fuerte:

No lo vencerá, ¡y sólo agregará humillación a sus penas!»

La aristocracia terrateniente conservó en Beocia su predominio durante mucho más tiempo que en otras regiones de Grecia, por ejemplo, en la vecina Ática. Los rasgos del atraso se exteriorizaron en las leyes beocias. En este sentido son muy características las que tratan de los deudores: cuando el deudor no pagaba su deuda era llevado a la plaza del mercado y sentado en un lugar preestablecido para ello, colocándose ante él un canasto, y el hombre tenía que permanecer en esta posición hasta que las limosnas que se arrojaban al interior del canasto resultaran suficientes para amansar la ira de los acreedores. Los ciudadanos que sufrían semejante castigo perdían sus derechos civiles. No podemos determinar, por falta de datos fehacientes, si en Beocia el endeudamiento moroso llevaba hacia la servidumbre o hacia la esclavitud.

La alianza beoda

La vida política de Beocia se caracterizaba por la existencia de una alianza entre sus polis, en la cual el papel predominante lo desempeñaba Tebas, la ciudad más grande de Beocia. Tucídides caracteriza por boca de los tebanos el régimen estatal de Tebas al comienzo de las guerras médicas, de la siguiente manera: «En aquel entonces nuestro régimen de Estado no era oligárquico, apoyado en leyes iguales para todos, ni tampoco democrático. El poder, en el Estado, se hallaba en las manos de unas pocas personas, lo cual es adverso a las leyes y más que a un régimen estatal racional se acerca a una tiranía». Por lo demás, y tal como hace constar Herodoto, ese poder chocaba ya con una resistencia organizada cuando comenzaron las guerras

greco-persas. Esto se explica no tanto con las contradicciones político-sociales, como mediante los fracasos exteriores de la alianza beocia.

La existencia esta alianza, ya en el siglo VI a. C., constituye un factor importante en la historia de Grecia, en general. Existía allí una anfictionía, es decir, una unión de polis vecinas para la protección y defensa de los santuarios comunes que se agrupó en torno al templo de Poseidón primero y del de Atenea Itonia después. Las funciones fundamentales de tal anfictionía era la preocupación y cuidado respecto de los santuarios, de los festejos que tenían lugar en los mismos, de las ferias que estos festejos representaban en aquel tiempo y en las que podían tener cita, sin temor alguno, los mercaderes de las más diversas partes de Beocia, y donde, finalmente, se llevaba a cabo la solución de las disputas (especialmente las concernientes a las fronteras) entre las polis beocias. Los órganos de las anfictionías poseían funciones punitivas sobre los miembros que se apropiaban de tierras del templo, que violaban y perturbaban la seguridad de los oficios religiosos y, con ello, la libertad del comercio, o los que, en general, no se sometían a las resoluciones del consejo de la anfictionía. Todas estas funciones fueron durante largo tiempo funciones principales de la alianza de Beocia y de sus órganos, los que, además, tenían aún otras obligaciones más. El fértil suelo de Beocia fue constantemente codiciado por sus vecinos y objetó de constantes ataques desde todos los costados. Probablemente, ya a mediados del siglo VI a. C. los vecinos septentrionales de Beocia, los tesaliotas, intentaron someterla y la invadieron, mas fueron derrotados cabalmente en la batalla entablada. En el mismo tiempo, la alianza beocia tuvo que sostener una lucha difícil y prolongada contra Orcómeno, que en aquel entonces era uno de los más poderosos Estados de la Grecia central y poseía también un suelo fértil y un fuerte ejército. La alianza beocia logró quitarle a Orcómeno, una tras otra, las ciudades que poseía, y a comienzos del siglo VI la forzó a adherirse a ella, habiéndose asegurado ciertos privilegios. Menos feliz fue la prolongada lucha contra el vecino del sur, Atenas. Los beocios perdieron, al comienzo, la ciudad de Eleusis con el antiguo santuario de Dionisos, y luego toda la región del sur del río Asopos, incluyendo la ciudad de Platea y la de Oropos en la costa.

Conducir todas estas guerras sólo era posible disponiendo de un ejército unificado, de un fuerte comando y de la posibilidad de exigir de modo coercitivo a los aliados que enviasen contingentes de guerreros al ejército aliado. Problemas y plenipotencias de tal amplitud, ajenos a las anfictionías comunes, habían condicionado la transformación de la alianza beocia en el más antiguo Estado aliado, ya centralizado en grado bastante considerable. El miembro más fuerte de esa alianza era Tebas, que, como es natural, desempeñaba el papel dirigente en las guerras. Esta circunstancia, que la había convertido también en dirigente político de la alianza, dio a Tebas la hegemonía financiera y, al mismo tiempo, fue en detrimento de la independencia de las polis pequeñas. De todos modos, en Beocia no se había dado el sinoicismo del caso ateniense ni había surgido ningún Estado tebano centralizado. Esto se explica en parte por el hecho de que la anfictionía impedía a Tebas establecer su hegemonía sobre las demás ciudades que formaban la alianza beocia, y en parte por el estado de atraso de Beocia.

Todos los miembros de la alianza beocia estaban obligados a proveer contingentes de guerreros para el ejército aliado. La importancia de estos contingentes solía ser establecida por los órganos de la alianza según una distribución especial, en correspondencia con las fuerzas de cada polis. Pertenecer a la alianza no era ya cuestión voluntaria de cada uno de sus miembros: por la violación de la obligación guerrera y, con más razón, por la defección o por el abandono de la alianza, los órganos de ésta dictaban severos castigos, quitando territorios, desalojando a los habitantes, etc. Dado que no existían propiedades pertenecientes a la alianza en general, las tierras quitadas se adjudicaban al territorio tebano, en virtud de lo cual Tebas llegó a ser cada vez más poderosa.

También fue quitado a los distintos Estados beocios el derecho a mantener relaciones con los países no beocios, y toda la política internacional se concentró en las manos de la alianza. El derecho a acuñar monedas fue conservado por cada Estado beocio por separado hasta el tiempo de las guerras médicas, pero con la obligación de hacer figurar en el dorso de sus monedas el blasón panbeocio: el escudo de la diosa Atenea Itonia; solamente Orcómeno conservó el derecho a acuñar monedas con el blasón propio: una espiga de cereal.

Hasta las guerras greco-persas, cada Estado beocio conservó sus instituciones; en la mayoría de ellos se hallaba a la cabeza un arconte; a la cabeza de Tespias se encontraba un antiguo colegio aristocrático formado por siete demucos, o basileus, elegidos del seno de unas cuantas familias nobles; a la cabeza de Oropos había un sacerdote del dios Anfiaraos. Sólo después del año 446, los regímenes estatales de las aisladas polis beocias fueron sometidos coercitivamente a una nivelación.

La organización de las instituciones sociales es bastante conocida merced al fragmento del tratado de un autor desconocido, que ha pasado a la historia bajo la denominación de papiro de

Oxirrinco. En este fragmento aparece descrito el régimen que existió en Beocia a partir del año

446 a. C. Existen todas las bases para suponer que la constitución del año 446 a. C. consistió, en lo fundamental, en el restablecimiento de la constitución vigente antes de las guerras médicas. La esencia de la misma es la siguiente: a la cabeza se hallaban los beotarcas, esto es, los miembros del gobierno de la alianza. Eran (al menos, desde el año 446) once; los miembros más considerables de la alianza elegían a dos de ellos; las elecciones tenían lugar cada tres años. Al lado de los beotarcas funcionaba un consejo aliado; cada Estado beocio elegía sesenta diputados por cada beotarca y pagaba el mantenimiento de los mismos. De acuerdo con el mismo principio, se integraba también el juzgado de la alianza, así como el ejército (mil hoplitas y mil jinetes por cada beotarca).

La nobleza que a finales del siglo VI se hallaba a la cabeza de Tebas, no sólo oprimía a las masas populares de su Estado, sino también vejaba a las demás polis beocias. Esto provocó la defección de Eleusis y de Platea, que se pasaron a Atenas. El tribunal espartano de arbitraje que juzgó este conflicto reconoció la independencia de Platea, debido a que Esparta trataba de impedir toda unificación. La política de Tebas provocaba en Beocia una fuerte oposición al dominio de la nobleza tebana, lo cual excitaba a ésta a buscar el apoyo incluso de los persas. Tal era la situación de Beocia hacia comienzos del siglo V a. C.

CAPITULO VI

LA COLONIZACIÓN GRIEGA EN LOS SIGLOS VIII-VI A. C.

El siglo VIII y VII constituyó un período de grandes transformaciones en la historia de Grecia. Como resultado del desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad griega, tienen lugar precisamente en ese tiempo considerables desplazamientos progresivos en las diferentes ramas de la producción: adquieren importancia la minería, las actividades artesanales, la navegación, la agricultura y la economía rural en general. En la época que estamos considerando, las ciudades se convierten en verdaderos centros de producción mercantil y de actividades comerciales. La creciente diferenciación social agudiza la lucha entre la aristocracia terrateniente de abolengo y los amplios círculos de la población libre y dependiente. Dentro de la situación configurada por esta tensa lucha social tiene lugar la formación del régimen clasista esclavista. En medio de estas circunstancias cobra peculiar significado la colonización: una parte de los habitantes de las ciudades de Grecia la dejan y se encamina a los litorales de otros países, donde van surgiendo nuevas polis independientes.

El vocablo «colonia» admitido en nuestra historiografía deriva del término latino colonia (colo: labrar la tierra) y denomina un establecimiento de ciudadanos latinos o romanos. A lo largo de mucho tiempo se trató de poblaciones agrícolas militares que, de acuerdo con una resolución del gobierno romano, se establecían en las regiones sometidas a su férula. En este sentido, al concepto romano de colonia le corresponde más bien el concepto griego de cleruquía, pero los clerucos van apareciendo principalmente en la época clásica, durante los siglos V y IV

a. C. Para designar la colonia de las épocas tempranas, entre los griegos estaba en uso la palabra apoikía, vinculada al verbo apoikein (vivir lejos; en sentido figurado, mudarse), y significa el establecimiento de griegos en un país ajeno. La ciudad desde la cual habían emigrado los colonos seguía siendo para éstos la metrópolis, esto es, la ciudad madre.

Si las nociones llegadas a nosotros sobre el período más temprano de la colonización griega se caracterizan por ser extremadamente escasas, en cambio, las relativas al movimiento colonizador de los griegos durante los siglos VIII-VI, llamado de la gran colonización, son considerablemente más amplias.

Acerca de la colonización de Sicilia, por ejemplo, se tienen valiosas noticias de Tucídides (en el comienzo del libro VI de su obra). Sobre la base de las obras perdidas de los historiadores del siglo IV (Eforo, Timeo y otros) aparecen citadas informaciones sobre las colonias en Diodoro de Sicilia, en la Geografía, de Estrabón; en el llamado Periplo, de Escimnos de Quios (de mediados del siglo II a. C.); en la Periegesis o Descripción de la Hélade, de Pausanias; en la

Historia Natural, de Plinio el Antiguo, etc. Mas no hay que sobrestimar el valor de los

testimonios literarios referentes a la colonización. No se contaba con anotaciones ni memorias que se refieran al tiempo de la formación de las colonias, especialmente de las tempranas, y los datos introducidos en la literatura posterior representan, en su mayoría, la exposición de toda clase de tradiciones e invenciones. En lo que concierne a los datos sobre la fundación dé las colonias, traídos por diferentes autores, también están arbitrariamente establecidos en muchos casos. Los autores antiguos utilizan a menudo como base para sus cálculos cronológicos, el lapso de vida de una generación, determinado por ellos, muy condicionalmente, como de treinta y cinco años. Así, la Megera Hiblea (en Sicilia), según los datos de Tucídides, fue fundada unas siete generaciones antes de que Gelón la destruyera, es decir, unos 245 años antes de Gelón.

En relación con esto adquiere gran valor el material arqueológico, pero los datos proporcionados por la arqueología se refieren principalmente a la época del florecimiento de las colonias, y no siempre ni mucho menos proporcionan el material necesario para establecer el momento en que surgiera esta o aquella colonia.