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Initiation of the Job Evaluation Process

CHAPTER FOUR

EVALUATION OF THE PROCESS OF EVALUATING POSTS AS APPLIED IN THE PROVINCIAL GOVERNMENT OF THE WESTERN CAPE

4.3 Findings and Analysis

4.3.1 Legislative Framework

4.3.3.1 Initiation of the Job Evaluation Process

En el persuasivo libro que ha publicado bajo este título, Julian Huxley sostiene que el final del sobrenaturalismo será "la religión sin revelación". El descrédito que sufre "la hipótesis Dios" hace retroceder a Huxley a una religión del Humanismo evolucionista. "Mi fe –dice a manera de conclusión- se cifra en las posibilidades del hombre"244

Pero precisamente la tesis en la que he insistido a lo largo de este libro, afirma que no es ésta la única alternativa posible. Como antes dije, estoy convencido de que deberíamos seguir a Huxley, que en este punto está de acuerdo con Bonhoeffer, y descartar la estructura supranaturalista. Pero mientras. Huxley lo hace en nombre de una religión sin revelación, Bonhoeffer aboga por un cristianismo sin religión –aunque, naturalmente, no desea abolir la religión en la forma en que Huxley quiere prescindir de la revelación: tan sólo pretende liberar el cristianismo de toda dependencia necesaria del "a priori religioso".

242Véase más atrás, p, 13 243Romanos 8, 38 y ss. 244Op. cit., p. 239.

La diferencia esencial que media entre uno y otro, quizá cabe expresarla con mayor exactitud si recordamos la distinción entre las afirmaciones, aparentemente similares, de: "Dios es amor" y "el amor es Dios". Para el humanista, creer en una "religión del amor" equivale a afirmar la convicción de que el amor debería ser la última palabra acerca de la vida y ponerlo todo a contribución para verlo prevalecer en todas partes. Así es como el profesor R. B. Braithwaite sostiene que afirmar que Dios es amor (αγαη) es proclamar nuestra "intención de adoptar un estilo de vida agapeístico"245. La creencia

es, pues, la confesión de una actuación, la declaración de que el amor es la calidad supremamente valiosa. Y, como es de suponer, semejante creencia no requiere revelación alguna.

Perola afirmación cristiana no dice simplemente que el amor debería ser la última palabra acerca de la vida, sino que lo es, a pesar de todas las apariencias. Se trata, repitámoslo, de la convicción de que "no hay cosa alguna... en el mundo, ni en lo que ha sido ni en lo que será... que pueda separamos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, nuestro Señor". Y esto exige una cantidad de creencia casi imposible. Incluso resulta netamente increíble a no ser que el amor revelado en Jesús sea en verdad la substancia de la realidad última, a no ser que Cristo sea la ventana por la que nos es dado atravesar la superficie de las cosas en demanda de la interioridad de Dios. El cristianismo es o no es en tanto que es o no es la revelación, en tanto que es o no es Cristo descubriéndonos la verdad final no meramente acerca de la naturaleza humana (noción que podríamos aceptar con relativa facilidad), sino acerca de toda la naturaleza y de la realidad entera. La fe del cristiano no puede descansar sobre las capacidades del hombre. En verdad sorprende que un pensador de la sinceridad e inteligencia de Huxley pueda reeditar su obra en 1957 sin la menor alusión a la posibilidad, por no decir a la probabilidad de que, en el encuadre de su sistema sea inexistente toda expectativa futura para la humanidad. No, la fe del cristiano está en Cristo en tanto que revelación, en tanto que descubrimiento absoluto del corazón mismo y del ser de la realidad última. Y esto explica por qué, en las categorías de la teología tradicional, era tan necesario insistir en el hecho de que Cristo era ομουσιος, de la misma substancia que el Padre. Pues, a no ser que la ουσια, el ser de las cosas en profundidad, sea Amor, un amor de la calidad que se revela en la vida, en la muerte y en la resurrección de Jesucristo, el cristiano no podría tener sino una escasa confianza en la afirmación de que el carácter de la realidad es, últimamente, de esencia personal. Esto –y no su religiosidad ni su creencia en la existencia de una Persona en el cielo – es lo que en definitiva le distingue del humanista y del ateo.

Podemos esclarecer esta distinción contrastándola con la obra de otro gran escritor no cristiano de nuestros días, Albert Camus, en cuyo libro La Chute hallamos una descripción enteramente "no religiosa" de la humana condición, descripción que, incidentalmente, se halla mucho más próxima que la de Huxley a la estimación cristiana del hombre. Pues mientras Huxley escribe en tanto que hombre religioso para quien la piedra de tropiezo es el Dios del cristianismo supranaturalista, a Camus en cambio le parece insensata la totalidad del sistema. La escena final de su novela, L'Étranger, nos presenta al capellán de la cárcel en sus inútiles esfuerzos para comunicar cierto sentido de Dios al homicida encerrado en su celda. Después de un violento estallido contra todo lo que el sacerdote representa, el condenado acaba con estas palabras que cierran el libro:

Como si aquel arrebato de cólera me hubiera purgado del mal, me hubiera vaciado de esperanza, ante aquella noche cargada de signos y de estrellas me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al sentirlo tan semejante a mí mismo, por fin tan fraternal, he comprendido que había sido feliz y que aún seguía siéndolo. Para que todo esté consumado, para que me sienta menos solo, me faltaba desear que fueran muchos los espectadores que asistieran a mi ejecución y que me acogieran aquel día con un griterío de odio.246

Tal es el universo que para "el extranjero'' constituye su hogar. Difícilmente podría ser mayor el contraste que presenta con las sartas que Bonhoeffer escribió desde la prisión. Y, no obstante, ambos hablan en una situación etsi deus non daretur, la situación del hombre para quien los consuelos de la religión, el deus ex machina, la hipótesis Dios, han muerto hasta más allá de todo recuerdo. El cristiano es el hombre que, en semejante situación, todavía sabe que su "hogar" es Cristo, y que estar "en Él" es abrirse, no a la tierna indiferencia, sino al divino ágape del universo, sintiéndolo muy próximo, totalmente fraternal. Ya que en último análisis, esto es lo que significa estar convencido de la personalidad, de la semejanza crística de Dios.

245An Empiricist's View of the Nature of Religious Belief (1955), p. 18. 246Albert Camus, L'Étranger.