CHAPTER 4 APPLICATION RESULTS AND DISCUSSION
4.1 DESCRIPTION OF THE PROBLEM
4.1.3 Input and Output Variables
Creo que uno de los factores que pudo influir en la evolución de una función cognitiva “espiritual” fue la capacidad especial de enumeración que tiene el hombre. Casi todos los animales tienen una comprensión innata de las dimensiones del tiempo y del espacio. Puesto que vivimos a lo largo del tiempo y en el espacio, es necesario que poseamos una con- ciencia de esto para poder sobrevivir. Por ejemplo, casi todos los animales tienen un reloj biológico interno que les sirve para regular la conducta de su organismo en relación con el tiempo. Este reloj biológico regula en qué momento del día o del año un animal busca alimento, duerme o se aparea, para citar sólo algunos ejemplos.
Muchos animales dependen en gran medida de su sentido visual para sobrevivir, y como las condiciones de luz de nuestro planeta están deter- minadas por la rotación de la Tierra alrededor del Sol, este ciclo orbital juega un papel fundamental en la conducta de la mayoría de ellos. Adi- cionalmente, puesto que la gravitación de nuestro planeta alrededor del Sol juega un papel tan fundamental en el clima de la Tierra, esto también tiene un efecto dramático en una gran parte del comportamiento orgá- nico; y como nuestras condiciones ambientales están enmarcadas por el tiempo, se hace necesario que la mayoría de los animales posean un reloj biológico interno que les ayude a utilizar con eficacia los ciclos de clima y de luz que tiene la Tierra.
Además de poseer una percepción inherente de los eventos tempora- les, todas las formas de vida poseen un mecanismo innato que les permite percibir el mundo en términos espaciales. Incluso las plantas que tienen sus raíces debajo de la tierra, presentan la propensión heliotrópica a diri- gir sus hojas hacia el Sol. Y como existimos en un ambiente tridimensio- nal (espacial), casi todos los animales cuentan con una combinación de órganos que les permiten diferenciar el arriba del abajo, el atrás del ade- lante, lo cercano de lo lejano. Como criaturas móviles que son, los ani- males no podrían sobrevivir sin esta sensibilidad espacial.
Aunque casi todos los animales poseen cierto grado de conciencia temporal y espacial, la capacidad que tiene nuestra especie para compren- der ambas dimensiones es la más avanzada de todas. Sólo nosotros pode- mos discernir los aumentos de tiempo y espacio con tanta precisión. Al
ser capaces de desglosar nuestro mundo en unas unidades espaciales y temporales tan exactas, los humanos hemos desarrollado la capacidad para enumerar objetos, es decir, para contar.*
Como nuestra especie posee esta capacidad cognitiva “matemática”, podemos medir fragmentos de tiempo y unidades de espacio. Por consi- guiente, y gracias a esta función matemática o de enumeración, sólo no- sotros hemos podido navegar los océanos y los mares, explorar los conti- nentes y viajar al espacio. Esta capacidad también nos ha permitido cons- truir inmensas fortificaciones arquitectónicas, innumerables aparatos y tecnologías, así como instrumentos formidables para curar y para des- truir, todo lo que, para bien o para mal, nos ha permitido ser la criatura más poderosa de la Tierra.
Aunque esta capacidad ha funcionado generalmente para nuestro propio beneficio, al igual que en el caso de nuestra propia conciencia, nuestra capacidad de enumeración nos afectó de una forma igualmente peligrosa. Esto se debe a que además de esta capacidad —de sumar uno más uno— también sabemos que este proceso no es finito (por ejemplo, sin importar qué tan grande sea una cifra, siempre podemos sumarle otra). Por consiguiente, gracias a nuestra gran capacidad de enumeración, tenemos también una habilidad intrínseca para conceptualizar lo infi- nito. Y como sólo nuestra especie posee esta sofisticada capacidad, sólo nosotros podemos entender el concepto de lo infinito.**
* Recientemente se descubrió que los macacos tienen la capacidad de enumerar objetos en orden consecutivo del uno al nueve. Este es un ejemplo de un ancestro cercano a nosotros en términos filogenéticos que tiene un talento incipiente para una capacidad predominantemente humana.
** Puesto que la conciencia matemática es una característica transcultural de nues- tra especie, esto sugiere que debe constituir un rasgo genéticamente heredado. Adi- cionalmente, esto implicaría que deben existir sitios “matemáticos” en el cerebro. La existencia, por ejemplo, de “idiotas sabios”, matemáticos que pueden hacer cálcu- los de miles de millones pero que tienen disfunciones cognitivas en los demás as- pectos, parecería confirmar la existencia de dicho mecanismo neurofisiológico. Y como cada cultura ha conceptualizado lo infinito —con palabras o imágenes simbó- licas— esto supondría que debe existir una parte específica de nuestra función ma- temática que nos permite concebir este tipo de abstracciones. Además, si realmente
Así como podemos enumerar unidades espaciales, también podemos hacerlo con el tiempo. Y así como podemos entender la idea de que uno más uno es igual a dos, también podemos conceptualizar la noción de que este día más otro equivale a mañana. Es gracias a esta facultad cogni- tiva que los humanos pudieron obtener su capacidad de conciencia fu- tura o de previsión, la cual le ha permitido a muchas culturas humanas desarrollar un calendario con el que dividen el futuro en días, tempora- das y años.
Así como nuestra capacidad de enumeración nos ha permitido con- ceptualizar el hecho de que las dimensiones espaciales no tienen un final finito, podemos aplicar este mismo principio a las dimensiones tempora- les. Del mismo modo en que podemos conceptualizar lo infinito, tam- bién podemos conceptualizar la eternidad. Así como podemos seguir aña- diendo una unidad a cualquier dimensión espacial, podemos hacer lo mismo con las dimensiones temporales (este momento más el próximo es igual al momento posterior, y así sucesivamente, hasta el infinito). Gra- cias a esta capacidad de comprender que las dimensiones temporales no tienen final, no sólo podemos conceptualizar nuestro propio futuro hasta el momento de nuestra muerte inevitable, sino también hasta la eterni- dad. Y como podemos entender el concepto de la eternidad, nuestra es- pecie debe vivir con una conciencia de que aunque nuestros cuerpos fí- sicos tienen una naturaleza temporal, el tiempo en sí nunca terminará. Con la conciencia de la eternidad, los humanos se vieron súbitamente obligados a confrontar la noción de la infinita brevedad de la vida. Mien- tras que las demás criaturas viven por y para el momento, nosotros tuvi- mos que proyectar nuestra existencia contra el descomunal telón de fondo de la eternidad. Súbitamente, la humanidad tuvo que enfrentarse al sentido inherente de su insignificancia tan lamentable. Blaise Pascal dijo, “lo finito es aniquilado por lo infinito”. Por consiguiente, debido a nuestra capacidad de comprender lo eterno y lo infinito, nuestra especie tuvo que soportar una nueva ansiedad, que pudo rivalizar con la derivada de nuestra apabullante conciencia de la muerte.
Debido a nuestra capacidad para comprender lo infinito y lo eterno,
existe ese sitio neurofisiológico de lo “infinito” en nuestro cerebro, entonces se con- cluye que también debemos poseer lo que podemos llamar genes de lo “infinito”, responsables por la aparición de estos sitios.
parece que la inteligencia matemática pudo jugar un papel tan significa- tivo en la evolución de una función espiritual como lo hizo nuestra con- ciencia de la mortalidad. No sólo teníamos que protegernos de la muerte, sino también de todo lo que pudiera haber después de ella. De repente, el hombre fue consciente de que podría existir (o para el caso, no existir) por toda la eternidad. Pero, ¿cómo? ¿De qué forma? ¿Era la eternidad una experiencia placentera o dolorosa? ¿Conservaríamos nuestra identidad consciente, y si fuera así, de qué forma? ¿La vida después de la muerte estaría tan llena de experiencias como esta vida, o sería una especie de nada absoluta, una inexistencia eterna? Adicionalmente, ¿qué significado podría tener esto? Así como es natural que nos preocupemos por nuestro futuro, el ser humano se vio repentinamente condenado a pasar su vida no sólo temiéndole a la muerte sino a lo que podría venir después, te- miendo la posibilidad de un sufrimiento eterno, o más desconcertante aún, de una inexistencia eterna.
En vez de permitir que estos temores nos abrumaran y aniquilaran, es posible que la naturaleza seleccionara a aquellos cuyas sensibilidades cognitivas los obligaban a procesar su concepto de la muerte de una forma completamente diferente. Es posible que luego de cientos de ge- neraciones de selección natural, haya aparecido un grupo humano que percibiera lo infinito y la eternidad como una parte indisoluble de la con- ciencia y la identidad propias. Es probable que hayan aparecido una serie de conexiones neurológicas en nuestra especie que nos obligaron a con- siderarnos como “espiritualmente” eternos, y que una vez lo hicimos, a pesar de que aparentemente nuestros cuerpos físicos perecerían algún día, ya estábamos programados para creer que nuestro “yo” consciente, lo que conocemos como nuestro espíritu o alma, perduraría por siempre. Gracias a esto, los seres humanos empezaron a considerarse como inmor- tales, un concepto que ha perdurado universalmente entre casi todas las culturas desde la aparición de nuestra especie.*
* La conciencia matemática o numérica parece estar íntimamente relacionada con nuestro sentido de la conciencia espiritual. Esta relación se hace evidente por el hecho de que todas las culturas del mundo le han atribuido una importancia espi- ritual a los números y a las formas geométricas. Ya se trate de los cabalistas judíos, los pitagóricos griegos, los alquimistas medievales, la interpretación cristiana de la
Este es el origen cognitivo de nuestra creencia transcultural en la in- mortalidad, de nuestra percepción natural de que —gracias a nuestras al- mas eternas— podemos trascender la muerte física. Y cuando concluimos que la conciencia tiene una naturaleza tal, consideramos a la muerte fí- sica sólo como otro pasaje más de la existencia eterna. De un momento a otro, el animal humano se vio obligado a enterrar sus muertos con un rito con el que pretendía enviar el “alma” eterna del difunto a otro ám- bito, lo que constituía una creencia innata en la vida después de la muerte. Con la aparición de esta inclinación innata para creer en la exis- tencia inmortal, nuestra especie se liberó de una gran carga de ansiedad, producida por nuestro temor a la muerte inminente y eterna. Así, la hu- manidad se había salvado.
Pero a pesar de poder vivir para siempre, ¿qué significaba esto? La humanidad aún necesitaba deshacerse del miedo a lo desconocido. ¿Sería la vida después de la muerte un lugar de paz y felicidad eterna?
¿O tal vez sería algo más doloroso y precario aún que nuestra estadía en la Tierra? Como nuestros padres no podían protegernos en la vida después de la muerte, la humanidad necesitaba un guía y una protección eterna para todo lo que pudiera existir después de la muerte.
Según Freud, “Dios es el padre exacerbado, y el anhelo por un padre es la base de todas las religiones”.33 Como los humanos eran conscientes de que la muerte no sólo era inevitable sino que podría suceder en cual- quier momento, se vieron reducidos a un estado de indefensión infantil, tan vulnerables como el día en que nacieron. Y, ¿a quiénes acuden los bebés en busca de protección? A sus padres. Sin embargo, ellos no pue- den salvar a sus hijos de la muerte. Cuando alcanzamos la edad adulta, comprendemos que nuestros padres, que alguna vez nos parecían omni- potentes, realmente son impotentes frente a las fuerzas de la muerte. ¿Dónde buscaría entonces la humanidad protección y orientación? En su anhelo desesperado por un bienestar y una seguridad eterna, ¿a quién iba a acudir el hombre primitivo? Es probable que nuestra necesidad de una protección eterna haya facilitado la selección de una variación cognitiva
sagrada trinidad, el uso de los números en la mitología azteca, las referencias numé- ricas del I Ching, o el uso general de los números en diversos sistemas de creencia astrológicos y numerológicos, todas las culturas han creído que los números pueden tener un significado y un poder sagrado.
que dotó a nuestra especie con una creencia innata en algún tipo de pro- tector trascendental. Es probable que en esta fase de la evolución cogni- tiva humana, hubieran aparecido unas conexiones neurales que obliga- ron al animal humano a creer en un poder “superior”, en lo que llama- mos un dios o unos dioses.
Un bebé busca instintivamente a sus padres para que lo consuelen y protejan cuando siente miedo o dolor. Parece probable que nuestra creencia transcultural en un dios represente una extensión de ese mismo instinto, que Freud explicó así:
La derivación de las necesidades religiosas producto de la impotencia del bebé y de su anhelo por el padre es algo que me parece incontro- vertible, especialmente cuando este sentimiento no sólo se prolonga desde la infancia, sino que está sostenido constantemente por nues- tro miedo al poder superior del destino. Creo que no hay una nece- sidad tan fuerte en la infancia como la de la protección de un padre.34 Debido a las presiones selectivas que nuestra conciencia de la muerte eterna le impuso a nuestra especie, las conexiones neurológicas que ad- quirimos posibilitaron nuestra creencia intrínseca en una figura paternal y todopoderosa, cuyos poderes infinitos podían protegernos de la muerte y de todo lo que sucediera después. En resumen, lo que estoy sugiriendo es que en algún momento de los últimos dos millones de años, aproxi- madamente (durante la aparición de los últimos homínidos), surgió una adaptación cognitiva que nos permitió confrontar nuestra conciencia de la muerte, y mantener al mismo tiempo la conciencia de nosotros mis- mos. Al seleccionar este mecanismo cognitivo, quedamos “programados” para considerar la muerte física de una manera mucho más digerible. Una vez que la naturaleza nos dotó con los “fantasmas” cognitivos de origen neurofisiológico que podían protegernos de la muerte inevitable, los humanos estuvimos mejor equipados para superar el miedo que antes nos paralizaba. Según el psicólogo religioso Bernard Spilka, “Una de las principales funciones de la creencia religiosa es disminuir el miedo a la muerte que una persona siente”.35 Esta noción también está respaldada por la afirmación de Mortimor Ostow, otro psicólogo religioso: “La reli- gión es una defensa natural contra el conocimiento que tiene el hombre
de que debe morir”.36
Protegidos de la amenaza perpetua de la muerte, los humanos pudie- ron realizar sus rutinas diarias y dedicarse a sus necesidades más “mun- danas”. Con la aparición de la conciencia espiritual, el funcionamiento cognitivo del hombre se estabilizó hasta el punto en que ya podía vivir en un estado de calma relativa, a pesar incluso de su conciencia de que la muerte era inevitable. Yo sostengo que este es el propósito de la fun- ción espiritual/religiosa y su razón de ser. Sin embargo, si esto es cierto, nos sugiere que Dios no es una fuerza o entidad trascendental que real- mente exista en el más allá y que sea independiente de nosotros, sino que realmente es la manifestación de una percepción humana heredada, un mecanismo de defensa que nos obliga a creer en una realidad ilusoria para poder superar la conciencia de nuestra muerte.
En los próximos capítulos ofreceré varios argumentos, así como los más recientes descubrimientos neurofisiológicos y genéticos que respal- dan esta hipótesis.
CAPÍTULO 9