• No results found

5 – INSTITUTIONAL COORDINATION AND SUPPORT

Nuestro estudio muestra un primer Foucault orientando sus análisis histórico-filosóficos en la comprensión del funcionamiento del gobierno de los sujetos y de los sujetos ante el gobierno en las denominadas sociedades modernas. A través de análisis arqueológicos y genealógicos elucida los elementos que permiten la circulación de una multiplicidad de dispositivos según los cuales nos constituimos como sujetos modernos.

La caracterización del funcionamiento de la representación en la época clásica constituye un primer momento en la comprensión de esos elementos que funcionan con la modernidad. La episteme clásica, entendida como ciencia universal de la medida y del orden, funcionaba así: de un lado, desplegando un análisis basado en un método universal y, de otro lado, dirigiendo ese análisis a unos campos empíricos constituidos por los sistemas de signos que son la gramática general, la historia natural y el análisis de las riquezas; estas, a su vez, ciencias del orden en el campo de las palabras, de los seres y de las necesidades. La configuración de la episteme clásica estaba dada por el encadenamiento de las representaciones, la capa sin ruptura de los seres y de la naturaleza. Estos elementos característicos de una naturaleza universal permitían su representación taxonómica en un cuadro, su ordenamiento en base a una riqueza cuya representación rectora es realizada por la moneda y su separación en palabras y cosas. El carácter, la moneda y el nombre (lo caracterizable, lo amonedable y lo nombrable), son, en el espacio del saber clásico, las representaciones a partir de las cuales se pueden ordenar seres, riquezas y signos. A fines del siglo XVIII, el desborde de las representaciones clásicas hacia las condiciones que las hacen posibles produce una triple novedad: la

desaparición de la unidad del saber, la disociación de lo empírico y de lo trascendental y la separación del análisis y de la síntesis. Esto quiere decir que las representaciones no se pueden relacionar con ellas mismas sino con aquello que las hace posibles. Bien sea, el pensamiento subjetivo de los sujetos o la existencia trascendental de unos objetos de saber: la vida, el trabajo y el lenguaje. Dicho de otro modo, la crisis de la representación clásica posibilita mostrar, desde fines del XVIII, que el hombre sólo es posible porque su vida biológica lo inscribe en la historia orgánica de la vida, es instrumento de una producción que lo antecede y está atravesado por palabras que existen previamente a él.

La vida, el trabajo y el lenguaje son fuerzas históricas exteriores al hombre, es decir, él no las constituye en primer lugar sino que ingresa en ellas y son ellas las que lo configuran. Foucault hace visible la configuración antropológica del hombre a comienzos del siglo XIX para tomar distancia de ella. El análisis del estatuto del discurso en la Arqueología del saber posibilita tal distancia crítica cuando excluye al hombre de la constitución del discurso como práctica y propone, no una analítica de la finitud del hombre que vive, trabaja y habla, sino una analítica del discurso que define un método de análisis histórico que se libera del tema antropológico. La figura del hombre es sustituida por tres conceptos: el discurso como acontecimiento, como práctica y como positividad. Para Foucault el discurso es un acontecimiento anónimo separable de las categorías antropológicas. El discurso es una práctica definida por un conjunto de reglas anónimas e históricas. El discurso es una positividad que tiene su propia unidad y sus propias formas de funcionamiento. La función unificadora del hombre, el postulado antropológico de la identidad y de la continuidad del hombre, es criticado en beneficio de la dispersión del individuo en el discurso, según la cual el hombre no existe como sujeto exterior al discurso ya que no pueden existir posiciones de sujeto y sujetos sino dentro de un campo de enunciación. Foucault sustituye y critica la modernidad antropológica y calificará la modernidad histórica, no como un período ni como una época, sino como una actitud de los sujetos con respecto a la actualidad basada en la elaboración de una perspectiva crítica dirigida al presente. Es esto lo que hizo el propio historiador y filósofo francés desde La historia de la locura en la época clásica, hasta sus conferencias sobre el biopoder, la normalización y la disciplina. Foucault, él mismo,

es un sujeto con actitudes modernas e históricas en tanto actúa críticamente con respecto a su presente construyendo una máquina de análisis histórico-filosófica que hace visible las tecnologías que anclan a los sujetos en unas formas de subjetivación con exigencia de identidad.

Estudiemos entonces unos acontecimientos discursivos que forman parte integrante de esa ubicación de Foucault en un campo de enunciación crítico con respecto a la formación de una subjetividad moderna con reclamo de identidad. Empecemos por La historia de la locura en la época clásica (1961), donde Foucault analiza, desde la Edad Media, los acontecimientos que caracterizaron la desaparición de la lepra del mundo occidental. Esta enfermedad fue desapareciendo de Alemania y de Inglaterra como consecuencia del resultado espontáneo de la segregación y en un momento en el que, con el fin de las cruzadas, se rompe con los focos de infección en Oriente. Lo que permanece más que la lepra son los valores y las imágenes que se habían unido al leproso. Permanecerá el sentido de su exclusión y la importancia en el grupo social de esta figura insistente y temible, la cual no se puede apartar sin haber trazado antes alrededor de ella un círculo sagrado. Cuando desaparece la lepra, con el tiempo, aparece una nueva forma de exclusión: la de los pobres y los vagabundos. La palabra exclusión remite a una separación rigurosa pero también a una reintegración espiritual. Al terminar el siglo XV, el lugar de la lepra fue ocupado por las enfermedades venéreas. Es la enfermedad venérea la que desempeñará, en la Época Clásica, el papel que tenía la lepra en la cultura medieval. En el transcurso del siglo XVI, la enfermedad venérea se instalará en el orden de las enfermedades que requieren tratamiento. En el siglo XVII, la enfermedad venérea se separó, en cierta medida, del contexto médico y se integró, al lado de la locura, en un espacio moral de exclusión. Sin embargo, Foucault muestra que no es en las enfermedades venéreas en donde debe buscarse la verdadera herencia de la lepra, sino en un fenómeno bastante complejo y del cual la medicina tardará mucho tiempo en apropiarse: este fenómeno es la locura. Será necesario un largo momento de latencia ―casi dos siglos― para que este nuevo fenómeno que sucede a la lepra suscite como ella afanes de separación, de exclusión y de purificación. Con la creación del hospital general en el siglo XVII la época clásica practica el encierro de depravados, de blasfemos y de libertinos. Este mundo de principios del siglo XVII es extrañamente hospitalario para la

locura: desde mediados del siglo XVII Europa transformó sus leprosarios en manicomios y comienza así, en la Época Clásica, el confinamiento y la separación de los locos. Desde la época clásica la razón racionalista designó a la sinrazón como una maldición que había que separar. Por fuera de los hospitales, la época clásica se permitió muchas curas físicas de la locura. La locura vista como forma de deterioro físico fue atacada con medios que buscaban exteriormente apartar las sustancias corruptas. A finales del siglo XVIII, y a lo largo de todo el siglo XIX, se sucedieron las reformas psiquiátricas lideradas por William Tuke, York Retreat y Philippe Pinel, según las cuales se separó a los dementes de los menesterosos y de los delincuentes. Los dementes definidos como enfermos fueron físicamente liberados y colocados bajo un régimen médico benigno. EL demente se convertirá en un paciente colocado bajo la autoridad del discurso psiquiátrico. La constitución de la locura como enfermedad interrumpió el dialogo de la razón con la demencia. El lenguaje de la psiquiatría se constituirá como un monólogo de la razón sobre la locura. De ahí en adelante, “la vida de la sinrazón” sólo ha brillado en la literatura de Hölderlin, Nerval, Nietzsche o Artaud. La liberación psiquiátrica de Pinel y Tuke devino un “gigantesco encarcelamiento moral”. A diferencia de la época clásica, desde fines del siglo XVIII, el problema de la locura no será más abordado desde la separación razón-sinrazón sino desde la confluencia entre el discurso psiquiátrico y el jurídico: cuando las facultades racionales están perturbadas la sociedad tiene el derecho de limitar la libertad de los individuos. Es decir, la locura “dejada libre” y desatada por el discurso médico es nuevamente confinada en el asilo psiquiátrico que como nuevo espacio traduce ya en términos jurídicos la abolición psicológica de la libertad del individuo loco. Según un modo particular de estar afuera, según una determinada conciencia de no-locura, el sujeto de saber define la locura como una situación concreta, pero sólo cuando judicial y moralmente el individuo se reconoce como alienado le será acordado su estatuto de objeto. En la figura jurídica del alienado, la locura es objetivada como enfermedad mental.

Otro análisis que participa de este campo de enunciación crítica sobre la subjetivación moderna aborda una formación discursiva que tiene relaciones históricas articuladas con la objetivación de la locura como enfermedad mental, asunto que acabamos de presentar. Se trata de El nacimiento de la clínica, donde Foucault muestra que la emergencia de la medicina

clínica no es el resultado natural de una retirada de los velos que impedían observar empíricamente la escena de los cuerpos enfermos y de sus síntomas. No es el paso de la ceguera a la visibilidad, sino la consecuencia de un cambio en el modo de organizar la relación entre la observación y el discurso, entre lo visible y lo enunciable. Según esta discontinuidad, en la cual emerge el nacimiento de la clínica, se produce una alianza entre una manera de ver y una forma de decir: una verbalización del cuerpo que es a la vez un nuevo estilo de mirada. El nuevo modo de organizar la visibilidad (la mirada clínica) y el discurso sobre el cuerpo característico de la medicina clínica, se produce a través de la articulación, entre fines del siglo XVIII y el primer cuarto del XIX, de una forma múltiple de espacialización que se encontraba dispersa en la época clásica (siglos XVII y XVIII).

Esta espacialización se producía en tres niveles distintos: a) Espacialización primaria: la enfermedad está configurada no en el cuerpo individual sino en el orden taxonómico, cuadriculada en familias y clases de enfermedades, agrupadas según sus síntomas.

b) Espacialización secundaria: se produce con la localización de la enfermedad en el cuerpo individual del enfermo, que se logra a través de la percepción singular establecida entre el médico (mirada clínica) y el paciente, sin tener en cuenta la instancia del hospital y la mirada pedagógica en grupo.

c) Espacialización terciaria: son los gestos que en el conjunto de la sociedad revisten de contenidos médicos, distribuyen y encuadran a los enfermos. Es el lugar de institucionalización de la enfermedad por la que una formación social moviliza una serie de prácticas diversas: formas de exclusión, modos de asistencia, enseñanza, reacciones ante la miseria y el miedo a la muerte.

La época clásica fue el período de una medicina taxonómica que cataloga las enfermedades como especies naturales, organizándolas en grupos y familias bajo el modelo de la botánica. Pero también en el curso del siglo XVIII se desarrolla una medicina epidémica, obsesionada por la salubridad del aire, la ventilación, los vapores mefíticos y el peligro de los contagios. También, al mismo tiempo, se mantiene el ejercicio eminentemente privado de la medicina, donde se da una relación próxima y directa entre el médico y el enfermo. En la época clásica los tres tipos de espacialización aparecen sin articulación. Articulación que se producirá con el comienzo de

la medicina moderna a través de la espacialización terciaria, que hará posible la reorganización de la medicina y el nacimiento de la mirada clínica.

La utilización del método arqueológico para descifrar esta discontinuidad nos permite hacer visible cómo el paso de la estructura clásica de la medicina a la estructura moderna de la mirada clínica se opera con un cambio en la forma sintáxica de los elementos de la medicina y no a nivel del contenido semántico. En su vertiente discursiva, es decir, en el ámbito de los conceptos, las teorías y los objetos, la clínica atraviesa diversas etapas hasta su constitución final: una medicina de los síntomas, que distancia su lenguaje del usado por el paciente; la pregunta no es ya: ¿qué tiene? sino ¿dónde le duele? No se trata de que el paciente relate su experiencia de enfermedad, sino que delate el “tejido” ―nuevo concepto inventado por Bichat―

afectado. Con Bichat, se penetra en el volumen del tejido, se establece una medicina anatomo-patológica, fundada en modelos químicos, que busca detectar las lesiones orgánicas causantes de los síntomas. Luego, con Broussais y la medicina de las fiebres, se construyen las condiciones de posibilidad de la relación entre la anatomopatolgía y la fisiología. Lo importante y singular de la historia de la medicina es que cada una de estas diferentes formaciones del discurso médico se construye en una discontinuidad que no suplanta completamente a las anteriores, sino que las vuelve a producir en un espacio diferente. Los cambios discursivos se producen más a nivel sintáctico y mucho menos a nivel semántico. Esto implica, por parte del médico: asumir nuevas funciones como sujeto que exhibe, trata y cura nuevos objetos de estudio, de exhibición o de terapia: el hombre, los cadáveres humanos, los pacientes y los enfermos.

La reorganización institucional de la medicina, y especialmente el papel de los hospitales, permitió articular y relacionar tres espacios de intervención sanitaria, hasta entonces completamente separados:

• la clasificación de las enfermedades (semiótica y nosografía);

• su inscripción en el organismo individual del paciente;

• y la preocupación social por los problemas de salud pública.

Un tercer análisis que participa del campo de enunciación crítico sobre la subjetividad moderna implica volver a abordar la

discontinuidad según la cual la vida, el trabajo y el lenguaje dejaron de ser vistos como atributos de una naturaleza estable y pasaron a ser contemplados como campos de saber con una historicidad propia. En Las palabras y las cosas Foucault realiza una arqueología de las Ciencias Humanas con el fin de mostrar las condiciones de posibilidad históricas de su objeto de estudio: el hombre de las tres empiricidades. Es así como la historia natural, la gramática general y el análisis de las riquezas sólo comparten con la biología, la filología histórica y la economía política el marco exterior de las tres empiricidades ―la vida, el trabajo y el lenguaje―, porque sus objetos de saber son completamente distintos. La biología se ocupa de conocer al viviente no a través de su estructura visible sino mucho más a través de lo que no se ve, es decir, su estructura orgánica. Con Cuvier en la biología, con Ricardo en la economía y con Bopp en la filología, se desactualiza el conocimiento clásico. En biología, la función orgánica superó a la estructura visible. En economía, la circulación de los bienes pasó a ser explicada como resultado de largos procesos de producción. El estudio de las lenguas se asoció con el estudio histórico y comparativo de sus procesos de formación y desarrollo. La forma histórica de explicación del funcionamiento de estas tres empiricidades se impuso en la modernidad. El saber moderno utiliza la historia como forma de invención del hombre; de un hombre que vive, trabaja y habla.

En síntesis hasta aquí: existen autores que no son unidades teóricas, ni individualidades, sino sujetos instauradores de discursividad, es decir, que proponen un discurso que problematiza y piensa algo que nunca se había pensado de esa manera. Según esto podemos afirmar que en el pensamiento moderno las críticas elaboradas por Foucault afectan el funcionamiento mismo de la modernidad, no sólo por su novedad, sino porque ellas muestran que, aunque no sea posible sustraerse al funcionamiento del poder biopolítico moderno, sí se logra producir con ellas un acontecimiento discursivo inédito y decisivo al mostrar que sí se puede ―a través de la crítica histórica y filosófica― transformar las relaciones que buscan inscribirnos en orientaciones según las cuales no podríamos actuar con objetivos diferentes a los de las instituciones de la modernidad dirigidos por la exigencia de identidad. Una identidad con perfiles previos de constitución que están definidos globalmente según los parámetros de normalización del hombre moderno razonable, sano y productivo.

Ahora bien, otro componente discursivo de la crítica a la modernidad que estamos evocando lo constituye el concepto de biopolítica, el cual le permite a Michel Foucault entender la relación entre los discursos, las instituciones y los sujetos a través de prácticas biopolíticas comprendidas como tecnologías políticas de la vida dirigidas al control de la población. La biopolítica en nuestras sociedades se ejerce según dos modalidades: la primera modalidad es la disciplinaria que individualiza e incita a la formación de fuerzas útiles a una actividad de producción. La segunda modalidad biopolítica consiste en el poder regulador que tiene que ver con la sociedad, con la población. Tendríamos entonces dos series:

• la serie cuerpo, organismo, disciplina, institución;

• la serie población, procesos biológicos, mecanismos reguladores y Estado.

Un conjunto orgánico institucional centrado en la disciplina del cuerpo y un conjunto biológico y estatal regido por la biorregulación del Estado. Estos dos conjuntos no se separan de manera absoluta, ya que hay aparatos estatales globales cuya función institucional es disciplinaria, como la policía. Además, muchas regulaciones estatales globales solamente funcionan con respecto al cuerpo social a través de instituciones subestatales como las compañías de seguros, las instituciones biomédicas, etc.… De otra parte, esos dos conjuntos de mecanismos, el uno disciplinario y el otro regulador, no operan en el mismo nivel. Es por esto que no se excluyen sino que, por el contrario, pueden articular su funcionamiento. Podemos decir que el mecanismo disciplinario sobre el cuerpo y el mecanismo regulador dirigido a la población funcionan articulados. Tomemos por ejemplo la importancia que toma la sexualidad en el discurso médico durante el siglo XIX. La sexualidad en tanto que conducta corporal tiene que ver con un control disciplinario,