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Sabemos que los informes genealógicos medievales y modernos ejercieron una función social de enorme relevancia, siendo su posesión una marca indudable de prestigio. Ello explica que se hicieran por encargo. Los comitentes eran, sobre todo, familias con título, que mostraron una gran pasión por poseerlos y exhibirlos. Desde luego, la afición no fue exclusiva del orden nobiliario, sino que se extendió por emulación entre otros grupos sociales. Oligarcas urbanos, deseosos de incorporarse al Estamento Militar y que disponían de la fuerza económica necesaria, también invirtieron dinero en la obtención de estos certificados de raigambre.

No se nos escapa que el sentido corporativo de aquellas sociedades consideraba al individuo siempre como parte constitutiva de un cuerpo, como también entendía que la célula base de toda la estructura social era la familia. Todavía no era aprehendida en sentido nuclear, sino en un sentido más amplio, entendiendo la amplitud tanto en el tiempo como en el espacio. Es por ello que el linaje, la ascendencia, la antigüedad, los lazos de parentesco o los grados de familiaridad, eran valores poderosamente vinculados a la mentalidad de dichas sociedades.

En el mismo sentido, las genealogías desempeñaron una función insustituible al fundamentar documentalmente la posición que cada individuo ocupó, o aspiraba a ocupar, en la jerarquía estamental. Para los que ya habían alcanzado el zénit, la genealogía significaba la justificación escrita y comprobada del currículo familiar y el alimento de la vanidad y el orgullo gentilicios. Así, los patriarcas de los linajes y

14 A propósito de la relación entre el texto y el lenguaje, el fondo y la forma, el contenido y el

continente, resulta muy interesante el artículo de Jaume Aurell “El nuevo medievalismo y la interpretación de textos históricos”. Hispania. Revista Española de Historia, 2006, vol. LXVI, núm. 224, septiembre-diciembre, pp. 809-832. Aún cuando su objeto de análisis sea el texto medieval, muchas de las reflexiones que realiza rebasan el tiempo histórico y son aplicables a los textos modernos. En las páginas 825 y 826 dedica un pequeño epígrafe a los textos genealógicos.

52 de los clanes encargaban árboles genealógicos que colgaban en las paredes de sus residencias como símbolos de legitimación –no exenta de vanidosa ostentación− y los actualizaban según les obligaban los imponderables de su propio crecimiento y expansión. En el siglo XVII se introdujo la moda de exponer retratos de los antepasados en los domicilios privados, configurando auténticas galerías pictóricas con los personajes más ilustres de las historias familiares. En el culmen de la sublimación, llegaron a inventar, tanto las personas representadas, como los lazos familiares que les conectaban a los linajes que se pretendía enaltecer15.

Por su parte, los individuos que aspiraban a ascender en la jerarquía social estaban obligados a presentar el correspondiente informe genealógico para documentar su pretensión16. En estos casos la fiabilidad de los datos era menor ya que la necesidad de conseguir un expediente de limpieza de sangre, un beneficio religioso, un hábito de caballería, la sucesión a un mayorazgo o un título superior al que el individuo en cuestión ostentaba, facilitó la práctica poco escrupulosa de inventar un pasado legendario a las personas dispuestas a pagar por ello. Además, en estos trámites era fundamental evitar que a la familia se la asociara con algún hecho no deseable del pasado. Durante el siglo XVI, especialmente, eliminar sospechas sobre posibles lazos con el judaísmo se convirtió, para muchas familias, en un auténtico quebradero de cabeza. Por supuesto, no menos para los genealogistas y para las instancias públicas o privadas implicadas en su comprobación. Si, además, se podían acrecentar en alguna medida la antigüedad o los méritos, el objetivo del ascenso quedaba más próximo. Como consecuencia de las malas prácticas y dada la amplitud que en ciertos momentos llegaron a adquirir, se generó un alto grado de desconfianza que muchos autores trataron de reconducir explicando meticulosamente sus métodos de trabajo y adoptando sistemas que demostraran el rigor histórico de sus obras, como la citación de fuentes en sus escritos17.

15 Y. Gil Saura, “La invención de la genealogía: la galería de retratos de la familia Cervellón”, Ars Longa: cuadernos de arte, n. 21, 2012, pp. 277-294.

16 E. Soria Mesa, “Genealogía y poder. Invención de la memoria y ascenso social en la España

moderna”, Estudis: Revista de historia moderna, Nº 30, 2004 , pp. 21-56.

17 A propósito de la fiabilidad de las genealogías, Viciana afirma de su propio trabajo: “Cuando los

lectores encuentren en las familias nobiliarias ‘antigüedades de sus orígenes, proezas notables, hazañas por los antiguos obradas (…) que no se marauillen dello ni pongan duda, pues es verdad scripta sobre fundamentos de scripturas públicas y de fe” (II,7). Ante la infinidad de disgustos que le

53 En este contexto social y psicológico, la antigüedad de las Casas era en un valor añadido. Cuanto más antiguo se pudiera demostrar que era el origen de un linaje, mayor era el bagaje de los méritos acumulados para el currículum familiar, más fácil resultaba retrotraer la historia hacia un tronco común de renombre, y menos espacio quedaba para conjeturar acerca de posibles relaciones en el pasado con judíos o musulmanes. Esto explica la obsesión de algunos genealogistas por enraizar los linajes de cierta alcurnia con el pasado más remoto de la historia de España. Si las dinastías reales acostumbraban a buscar sus ancestros en las civilizaciones clásicas, no pocas familias nobles fueron asociadas en sus génesis a la construcción de los primeros embriones de los estados europeos. El resultado de esta obsesión es que, cuanto mas lejano fue el tiempo cronológico sobre el que estudiaron los genealogistas, mayor fue el riesgo de cometer imprecisiones y de manejar datos contradictorios, haciendo imposible ordenar una línea coherente que hoy nos permita reconstruir de manera fidedigna la historia de las familias.

Con carácter meramente administrativo, las genealogías desempeñaron un papel insustituible en las instancias de justicia. Los tribunales que se hacían cargo de sustanciar los interminables pleitos de los nobles por aumentar sus patrimonios, teniendo en cuenta que las piezas fundamentales del sistema de posesión eran las sucesiones y las herencias, necesitaban informes acerca de dichas relaciones para visualizar su seguimiento. El procedimiento habitual era encargar genealogías, ya fuera en formato narrado, ya fuera mediante representación gráfica, como los árboles. Lógicamente, en estos casos se obviaban los aspectos ornamentales y, aunque algunos pleitos, o parte de ellos, estén impresos, normalmente ambos tipos se presentaban manuscritos. No faltan este tipo de documentos en la historia de los Boïl. Contamos por ejemplo con un árbol catalogado simplemente como de mero borrador, que fue encargado como herramienta auxiliar de una causa.

causó la publicación del nobiliario, trató de justificar la base documental de sus conclusiones. Esta cita está tomada de S. García Martínez, “Estudio preliminar”, en R. Martí de Viciana, Crónica de la

ínclita y coronada ciudad de Valencia, vol. I, Universidad de Valencia (Departamento de Historia

54 Por otra parte, las Crónicas locales y sus autores alimentaron con sus relatos la consideración de la genealogía, especialmente las de los siglos XVI y XVII18, al incluir, como parte sustantiva de sus historias, nobiliarios que se hacían eco del protagonismo del Estamento Militar en la construcción de los entes locales, tanto reinos como ciudades. Rafael Martí de Viciana y Gaspar Escolano escribieron sendas historias sobre la Ciudad y el Reino de Valencia. Zurita escribió una obra de grandes dimensiones acerca de la historia del Reino y posterior Corona de Aragón, conocida como los Anales. Dichas crónicas tienen un perfil meramente narrativo y, casi siempre, cronológico, de modo que cuando sus autores redactaban los capítulos nobiliarios, aparte de incluir una pequeña relación de los bienes que poseía cada una de las Casas, se detenían sobre todo en el relato de las hazañas de los individuos que con sus méritos personales contribuyeron en mayor medida a la consolidación de sus respectivos linajes. Estos tratados nos van a ser muy útiles en la reconstrucción de la dinastía de los Boïl porque los tres grandes cronistas los mencionan en sus escritos por su protagonismo en la historia, tanto de Aragón como de Valencia.