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Chapter 3 : Experimental Apparatus And Data Processing

3.2 Instrumentation

El hombre pregunta siempre el porqué de las cosas, de la vida y de la historia. Mirando a la naturaleza, a sus semejantes y a sí mismo, se pregunta por un «más allá»: origen, fin, razón de ser, trascendencia, meta historia... La autoconciencia de su ser espiritual le hace preguntar por la trascendencia. Nada de lo que el hombre consigue con su reflexión, si no es Dios, le da una respuesta suficiente. El «misterio» de sí mismo le va abriendo al «misterio» de Dios.

El ser del mundo no se explica por sí mismo. La historia no tiene sentido si se cierra en sí misma. El hombre, si no se abre al Trascendente, se convierte él mismo en un falso absoluto, una subjetividad absurda. Pero ¿cómo ofrecer una visión del hombre que pueda compaginarse con la existencia de un Absoluto personal?

El devenir del mundo y el sentido de la historia que pasa reclaman un Dios personal y trascendente. Una hojita seca no se cae del árbol sin dejar un mensaje: la vida viene de Dios, que ha creado las cosas por amor a cada ser humano.

Existe en la humanidad una preocupación constante o una inquietud sobre el más allá, que se expresa de muchas maneras según las épocas, incluso en forma de rechazo o de aparente indiferencia. Desde el sigo XVIII se plantea, de modo especial en el occidente «cristiano», la negación del «tema» de Dios, que es propiamente una duda o un rechazo sobre el modo de presentar a Dios en la reflexión humana o en la práctica religiosa.

El ateísmo es sólo teórico, con derivaciones y consecuencias prácticas aberrantes, hasta el punto de intentar prescindir de Dios. Pero, de hecho, queda siempre la intranquilidad en el corazón humano, cuando no se quiere admitir una realidad por encima del hombre. Algunos dicen negar a Dios; otros ni afirman ni niegan, declarando ser «agnósticos»; otros se centran en la autonomía absoluta del hombre, intentando justificar la existencia humana por sí misma.

El ateísmo y agnosticismo actuales, ya caducos y sin base cultural, son fruto de un proceso histórico de crítica, no tanto directamente contra Dios, cuanto sobre las creencias religiosas y sus expresiones intelectuales. Ha habido un ateísmo naturalista centrado en la realidad de la materia, sin admitir otras realidades trascendentes (absolutizando las ciencias naturales). Pero ha habido también otro ateísmo más antropológico, que quiere hacer del hombre el verdadero absoluto autónomo y libre. Todo ateísmo quiere ser una afirmación de un absoluto que no es Dios: la materia, la realidad, el hombre, la historia. Entonces el hombre continúa preguntando sin encontrar solución; a veces, prefiere quedarse en la pregunta sin respuesta, por miedo de perder su autonomía. En esa pregunta constante del hombre, aparece siempre la intuición de algo o de «alguien» más allá del mismo hombre. El agnosticismo de hoy es un oportunismo cómodo, fruto de una sociedad consumista.

El hombre busca una autonomía propia para resolver sus problemas y sus preguntas. En esas preguntas y búsquedas del hombre, emerge la realidad de Dios, aunque no siempre la idea de Dios. El hombre encuentra a Dios en su propia interioridad inquieta. Se ha rebelado contra lo que le parecía ser caricaturas intelectuales o estructurales de Dios. Propiamente hoy la pregunta se va concretando: ¿qué experiencia de Dios se puede tener cuando parece que calla y está ausente?

La pregunta sobre Dios se la hace el hombre o a partir de la creación contingente (dimensión cosmológica-ontológica) o a partir de su inquietud interior (dimensión antropológica-histórica). La conquista de los secretos de la naturaleza desplaza, a veces, momentáneamente la búsqueda de Dios; pero esa búsqueda se hace más incesante e inquietante porque el hombre sigue preguntándose sobre sí mismo y también porque la naturaleza, en su origen y en su finalidad, deja entender siempre un más allá. Si el ser humano se ha planteado siempre el tema de Dios como pregunta imprescindible, es señal de que su ser está abierto al ser trascendente que le ha creado. Las huellas de este ser supremo son imborrables del corazón humano. Sin Dios, la vida sería un absurdo sin sentido.

¿Qué sentido tiene la vida del hombre, el mundo, la historia, el futuro? San Agustín se preguntaba: «¿quién es este ser que soy yo?»'. El hombre está en relación: consigo, con los demás, con la naturaleza. Es un ser profundamente relacionado. Ninguna respuesta le satisface, si no es «Alguien» trascendente. Por esto, al experimentar su contingencia, presiente que sólo trascendiéndose puede encontrar sentido a su vida. «Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta encontrarte a ti».

Esa búsqueda y esa pregunta constante indican que, en el fondo del ser humano, Dios se deja entender. Dios es totalmente otro, incluso más allá de toda idea y explicación sobre él. El hombre «por su interioridad es, en efecto, superior al universo entero; a esta profunda interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personalmente, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino» (GS 14) 4.

Se puede decir que hoy no se niega directamente a Dios, sino que se pregunta sobre el hombre en toda su hondura. Pero las estructuras y los modos de actuar prescinden de Dios. También se critican o rechazan algunas expresiones religiosas. Más que rechazar a Dios, no se admite fácilmente el pensamiento filosófico o teológico sobre Dios, es decir, el modo como se explica o se vive el tema Dios. Las fuertes tendencias de la posmodernidad hacia lo útil, lo agradable, la ganancia, el dominio, la eficacia, parecen ofuscar la pregunta existencial, relativizando los valores permanentes.

El problema actual consiste en cómo explicar y «experimentar» a Dios: se pregunta sobre la expe- riencia de Dios. El hombre, en sus limitaciones, vislumbra que hay «Alguien» que no sólo le trasciende, sino que principalmente le hace partícipe de su misma vida. Pero la mera idea de Dios nunca podrá llenar el corazón del hombre. Al hombre sólo le podrá llenar, sin humillarle, la presencia de un Dios personal que ha hecho al hombre a su imagen y semejanza (cf. Gén 1,26-27), por la búsqueda de la verdad y del bien. A Dios se le aceptará solamente desde la relación con él.

El hombre de hoy está cansado de tantas elucubraciones filosófico-teológicas sobre Dios, y pregunta sobre la experiencia de Dios: ¿por qué calla y está ausente? «Paradójicamente, el mundo, que, a pesar de los innumerables signos de rechazo de Dios, lo busca, sin embargo, por caminos insospechados y siente dolorosamente su necesidad, el mundo exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible».

La humanidad manifiesta sed de justicia y de paz, respeto por la dignidad humana, tendencia a la solidaridad universal, respeto por la naturaleza, interés por la información, la cultura y el progreso. Estos signos pueden calificarse de «signos de los tiempos».

Existe hoy un despertar religioso, al que se le califica también de «retorno religioso», con ciertas ambigüedades sobre los valores éticos permanentes y sobre la búsqueda de experiencias fuertes, subjetivistas, por encima de la verdad objetiva. Las nuevas sectas y supersticiones dan cauce a esas ambigüedades, penetrando en los vacíos religiosos, dejando posteriormente a sus adeptos maltratados, en la indiferencia religiosa o, incluso, reclamando una religiosidad sin Dios.

Las actitudes «ateas» o «agnósticas» de tipo práctico son fruto de una impotencia ante la realidad divina, que es siempre misteriosa y más allá de toda experiencia y de toda conquista intelectual y crematística. El «análisis de la realidad» chocaría con un fantasma y con un juego de imaginaciones, si prescindiera de quien sostiene y da sentido a la realidad misma. Porque la realidad o se afronta en toda su integridad, o no es la verdadera realidad.

Dios parece que calla y que está ausente, porque se da «más allá» de sus dones y signos. Se quiere dar él mismo en la realidad íntegra. Habla por medio de cosas, acontecimientos, corazón, inspiraciones, «revelación»... Dios se manifiesta de muchas maneras en el cosmos (la creación) y en el microcosmos (el hombre). Jesús es la Palabra personal y definitiva de Dios, la respuesta al «silencio» y a la «ausencia», porque es el «Verbo» (Palabra) y el «Emmanuel» (Dios con nosotros). Sólo él descifra los otros modos del hablar que tiene Dios.

No basta con buscar una cosmovisión a la luz de Dios creador y una antropología que encuentre su orientación hacia Dios. Es necesario partir principalmente del amor de Dios que se revela en Cristo, centro de la creación y de la historia (cf. Ef 1,3-14; Col 1,13-20). Esta iniciativa divina está por encima de todo proyecto legítimo sobre el cosmos y sobre el hombre, e incluso va más allá de toda especulación teológica. La verdadera «sabiduría» acepta con admiración y gozo el «misterio» cercano y trascendente de Dios.

La fuerza de la razón humana es válida si respeta sus propios límites, sin querer dominar a Dios. Todas las ciencias humanas son válidas, pero ninguna puede sobreponerse al misterio y a los nuevos planes de Dios. El misterio de Cristo, revelado por Dios, da sentido a la creación y a la historia, pero es siempre «más allá de toda expectativa humana» (TMA 6). La pasión por la verdad acepta honestamente el «sufrir» a Dios, como Verdad suma y que trasciende y da sentido a la verdad ya alcanzada'.

La búsqueda constante del misterio del hombre se convierte en búsqueda de su razón de ser: Dios. Pero Dios ha desvelado el misterio del hombre por medio de su Hijo Jesucristo: «Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (GS 22).