El siglo XVIII es, como se ha visto, el siglo de la decadencia, crisis y hundi- miento de los últimos grandes Imperios islámicos. Sin embargo, en Marruecos será el siglo de un nuevo renacimiento, a través de la afirmación de una nueva dinastía que reivindica una ascendencia jerifiana, la de los Alauíes (alawiyún), procedentes del Tafilalet, en el sur de Marruecos.
Como antes había ocurrido con los almorávides, con los almohades y más tarde con los sa’adíes, la dinastía alauí emerge de los confines del desierto, en las proximidades del viejo enclave caravanero de Siyilmasa, donde se asentó a comienzos del siglo XIII un ancestro de la dinastía, Hasan al-Dájil, descendiente de Alí, yerno del Profeta. Logrará unificar el país, dividido en ciudades-estado como Salé o Tetuán, en principados autónomos en poder de las zawiyas, de jefes militares en el Norte o de jeques locales, con una red vasta de comunicaciones que conectan los puntos diversos del país. Tarea básica desde los orígenes de la dinastía alauí será la revitalización del eje Siyilmasa-Rif con la conquista de dos ciudades clave como Taza y Fez.
El sultán, aprovechando el carácter jerifiano de su dinastía (la nobleza que confiere la pertenencia a la familia del Profeta), aspiró a mantener una coexis- tencia pacífica entre las tribus y a darles una organización administrativa. En consonancia con la teoría clásica del islam, tratará de imponer su poder —una vez asentado el mismo— con el consentimiento de la comunidad otorgado por medio de un sufragio: la bay’a. Esta institución, definida por Ibn Jaldún como el “compromiso de obedecer”, explicará la división que del Marruecos histórico se hace frecuentemente, separando de un lado el bled el-Majzen (el territorio en el que se ha reconocido la autoridad del Sultán) y el bled el-siba (territorio insumiso pero sobre el que el Sultán ejerce cierta paternidad espiritual). El compromiso se
establece mediante un contrato, la mubay’a, similar al de venta o matrimonio, y en el que las partes (el sultán de un lado y los representantes de la comunidad en presencia del cadí, de otro) se comprometen a cumplir sus respectivos cometi- dos. El Majzén, o poder central, aparece además así con una función de árbitro o mediador entre tribus, aceptado y sostenido por las poblaciones.
La nueva dinastía establecerá un control sobre las diferentes regiones del territorio a través del establecimiento de un ejército permanente implantado en una red de fortalezas a todo lo largo y ancho del país, apoyándose no sólo como en el pasado, en cristianos islamizados (mecanismo usado por el sa’adí Ahmed el Mansur a imitación de los jenízaros y sustituido ahora con los alauíes por escla- vos negros), sino mediante el recurso al reclutamiento de tribus guich estableci- das en la proximidad de las grandes ciudades o en regiones importantes.
Los grandes monarcas de la dinastía fueron Mulay Ismail (1672-1727), deno- minado el pacificador por restablecer la seguridad del comercio y las caravanas con su potente ejército, y por organizar una marca defensiva contra los turcos; y Mohamed Ben Abdallah (1757-1790), que afirmará su calidad de jefe religioso como factor de cohesión por encima de las pugnas intertribales, y organizará un sistema fiscal moderno, abriendo nuevos puertos atlánticos a un comercio exte- rior con Europa.
Pero un conflicto opondrá al Majzén jerifiano con las cofradías religiosas, convertidas en focos de poder sobre los que trata de ejercer el control la institu- ción monárquica, que adoptó el ideario wahhabí para acabar con la disidencia de las manifestaciones de la religiosidad popular. El monarca Mulay Sliman (1792- 1822) se verá incapacitado para actuar como árbitro por su aversión a la práctica de un islam popular aglutinado en torno a morabitos y romerías (mawásim). Las
tariqas y zawiyas, tanto en el mundo rural como en las ciudades, contrariadas por
el austero ideario wahhabí que trataba de imponer el sultán, entrarán en plena revuelta, ocuparán la ciudad de Fez y aprovecharán la coyuntura para deponer al sultán, que terminará por abdicar en su sobrino Abderrahman ben Hicham (1822-1859), quien restaura la tradición y permitir la libre actuación de las ta- riqas. Este episodio es clave para entender el Marruecos futuro y las formas que adopta la religiosidad y cómo ésta interfiere en la vida política.
La segunda mitad del siglo estará marcada en Marruecos por aconteci- mientos exteriores como la campaña africana llevada por España en 1859-60, así como por factores internos tales como la disidencia de ciertos poderes loca- les, tanto de origen religioso (las zawiyas, focos de poder político y económico, árbitros inter-tribales a escala local), como político-religioso (los “principados morabíticos” de los Uazzani en el Norte o los Banu Hashím en el Tazerwelt), así como las numerosas revueltas de carácter urbano o rural, protagonizadas por
corporaciones, cofradías o tribus. A todo ello se sumará la disputa dinástica a la muerte de Hasan I en 1894 y que enfrentará a dos de sus hijos, Abdalaziz y Muhammad.
A la presión económica, militar y política que Marruecos sufrirá en la se- gunda mitad del XIX, hay que añadir también la presión diplomática y la que se ejerce en el terreno militar sobre todo por Francia desde el Sahara y Argelia. Esta presión culminará con la Conferencia de Algeciras de 1906 y el posterior estable- cimiento del Protectorado hispano-francés en 1912.