4 Enhancements of Digital Holography 91 91 91
4.2 Recording conditions
4.2.2 The intensity of the reference wave
digmas epistemológicos dominantes en el pensamiento histórico europeo y a las vicisitudes políticas sucedidas a lo largo del último siglo (Díaz-Andreu, 1995). En el caso español, ello dio lugar al afianzamiento de una “historia oficial” marcada por un claro sesgo esencialista, de pro- fundas raíces multiseculares pero perfectamente adap- tada a las necesidades del estado predemocrático, que ha lastrado buena parte de la investigación hasta hace pocas décadas, provocando un efecto rebote que hoy se deja sentir en algunos de los discursos, también oficiales, de los nacionalismos periféricos.
Aunque por cuestiones de espacio no profundicemos en ello, conviene recordar estas condiciones contextuales no solo para valorar en su justa medida la información vertida por cada autor, sino para apreciar los ricos matices de su interpretación. Ello es extensible también, como no podía ser de otro modo, a la visión que aporta su des- cubridor, o mejor dicho el primer investigador que da a conocer el monumento. De las circunstancias de su ha- llazgo, la posterior visita y las labores de documentación realizadas por J. Cabré a instancias de M. Gómez -Moreno ya se hablará en otros capítulos. En esta ocasión nos in- teresa especialmente hacer hincapié en las conclusiones que se derivaron de este primer estudio y que se sitúan en los propios albores de la arqueología ibérica. Es es- pecialmente importante insistir en la preocupación de Cabré por dotar a las culturas paleohispánicas de perso- nalidad y desarrollo propios, tratando de sistematizar sus materiales con el fin de evitar depender de los reperto- rios y cronologías de referencia para otras áreas ultrapi- renáicas (González Reyero, 2007: 218-221). Ello le lleva a escrutar los rasgos distintivos de las poblaciones prerro- manas y determinar su dispersión geográfica y su desa- rrollo en el tiempo, como se llevaba años realizando en otros países europeos, en la línea clásica del Historicismo
Cultural. No olvidemos que, en esos momentos, una de las principales obsesiones de la incipiente disciplina ar- queológica era caracterizar materialmente culturas pro- tohistóricas, conocidas en muchos casos a través de las fuentes clásicas, y rastrear sus orígenes profundos en la Prehistoria, tratando de componer el mapa paleoetnoló- gico del viejo continente (Fernández Götz, 2008: 26-33). De acuerdo con esto, Cabré no dudó en adscribir el mo- numento de Toya a la cultura ibérica o, más bien, “hispá- nica”, como venía definiéndose en ese momento. Es más, lo asumió como el primer edificio completo registrado de esta civilización (Cabré, 1925: 74), lo que lo convertía en un caso paradigmático para estudiar su arquitectura y técnicas constructivas, así como los ajuares asociados a sus prácticas funerarias, aspectos todos prioritarios den- tro de las líneas de investigación emprendidas en esos años por el Centro de Estudios Históricos al que pertene- cía (González Reyero, 2007: 228). A su juicio, “este singular monumento, como también los de Tutugi (…), pertene- cen al pueblo hispano-andaluz del siglo V al II antes de J.-C. que vivía prósperamente, bajo la férula económica de los Cartagineses y en contacto directo con ellos, me- diante continuas transacciones comerciales, agrícolas y mineras”, lo que garantizaría la llegada de formas cons- tructivas que, en última instancia, procederían del fluido contacto de estos últimos con Oriente y, en especial, con el mundo jónico (Cabré, 1925: 101).
El trabajo de Cabré es continuado por C. de Mergelina, que excavó el monumento de Toya y su entorno entre julio y agosto de 1927, a propuesta de Gómez-Moreno y como apoyo a su primer proyecto de restauración y musealización (Mergelina, 1943-44). Estas excavacio- nes, en las que participaron J. de M. Carriazo y E. Camps, permitieron documentar varios enterramientos en fosa simple así como una segunda cámara sepulcral realiza-
Figura 1.–Mapa de influjos e influencias mediterráneas
da con las mismas técnicas constructivas. Se trataba de una estructura más sencilla, de menores dimensiones y una sola cámara, aunque se encontraba ya prácticamen- te destruida en el momento del descubrimiento, por lo que no se pudo determinar si correspondía a algunas de las que pudo observar Cabré en su primera visita (Mer- gelina, 1943-44: 23-25). La publicación de los resultados de esta intervención se limitó a un somero análisis cons- tructivo de la Cámara Sepulcral y una descripción de las labores de reconstrucción, matizando algunas de las apreciaciones realizadas por Cabré pero sin avanzar en la interpretación sobre su tradición arquitectónica y sus implicaciones culturales; sin embargo, aporta una gran cantidad de datos nuevos sobre la necrópolis, lanzando algunas hipótesis sobre su organización y distribución de las sepulturas (Mergelina, 1943-44: 20 y ss.). Algunos años antes de la publicación de Mergelina, Carriazo, que casualmente era oriundo del vecino municipio de Quesada, ya había elaborado un opúsculo sobre Arqui- tectura Prehistórica donde llegó a calificar el sepulcro de Toya como “obra maestra de la arquitectura hispánica” (Carriazo, 1929: 12), entendiendo esta como una “civili- zación original, perfectamente definida”, resultado de la influencia ejercida por púnicos y orientales sobre un sustrato heterogéneo y atomizado que hunde sus raíces en los distintos flujos y migraciones de la Prehistoria (Ca- rriazo, 1929: 10-11).
No obstante, el primer estudio monográfico que se reali- za desde la obra de J. Cabré sobre los rasgos arquitectó- nicos de la Cámara de Toya y sus paralelos constructivos es el de A. García y Bellido. Este investigador se apoya en las diferencias morfológicas entre esta estructura y el resto de las cámaras sepulcrales documentadas hasta el momento en la Península, a las que pueden atribuirse raíces locales, para poner de relieve las particularidades
de su aparejo, cuyos modelos habría que buscarlos en otros puntos del Mediterráneo, más concretamente en el ámbito cultural griego (García y Bellido, 1935: 36). Al- gunos años más tarde llega a la conclusión de que los paralelos más próximos se situarían en Sicilia. En este sentido no faltarían “posibilidades históricas, como son el estrecho contacto entre España y Sicilia, bien a través de las colonias griegas de esta y aquella parte, como por medio de las púnicas de aquí y de allí, ya que griegos y púnicos eran vecinos tanto en Iberia como en Sicilia, y la inmensa cantidad de mercenarios españoles que por lo menos desde el comienzo del siglo V (Batalla de Hi- mera en 480), hasta fines de la Segunda Guerra Púnica (últimos años del siglo III) actuaron en Sicilia ya al lado de unos como de otros” (García y Bellido, 1954: 431). Así pues, García y Bellido reconoce la inspiración griega en los rasgos arquitectónicos del monumento, pero no des- carta –en la línea de Cabré– que esta se haya transmiti- do a través de la influencia cartaginesa o incluso de los propios iberos, a los que atribuye un papel activo en el proceso de helenización de la Península, lo que debe ha- cerse extensivo a las importaciones presentes en el ajuar, que pudieron haber llegado también a través del comer- cio púnico (García y Bellido, 1935: 7-9).
Esta visión alternativa, donde, sin rechazar la importan- cia del influjo griego, se valora el papel relevante jugado por los púnicos, es uno de los principales rasgos de la obra de García y Bellido, que contrasta con las posicio- nes antagónicas adoptadas por sus contemporáneos, especialmente tras la Guerra Civil, cuando se impone la visión indoeuropeista o helenocéntrica sobre el proceso de conformación de los pueblos paleohispánicos (García y Bellón, 2009: 79-80). En efecto, a pesar de su declarada helenofilia, García y Bellido ha sido uno de los investi- gadores que más ha contribuido a revalorizar el papel
de fenicios y púnicos en la integración de Occidente en la ecúmene mediterránea (Bendala, 2005). Lo hizo en plena Segunda Guerra Mundial, cuando publicó Fenicios
y Cartagineses en Occidente (1942), una obra que cons-
tituye no solo la primera síntesis publicada en nuestro país sobre la colonización fenicia y púnica, sino también la primera ocasión en la que este fenómeno se aborda de forma aséptica y metódica, dotándolo de un espacio propio en la historia antigua de la Península Ibérica. Algunos años más tarde A. Fernández de Avilés (1942) iría aún más lejos y, siguiendo la estela de García y Belli- do, llamaría la atención sobre las similitudes existentes entre los aparejos empleados en Toya y los descubiertos por sus compatriotas en el entonces Marruecos Espa- ñol, especialmente en Ad Mercuri, Tamuda y Lixus. Las estructuras documentadas, si bien remiten en última instancia a tradiciones constructivas orientales y heléni- cas, adquieren en el contexto norteafricano unos rasgos específicos que permitirían de alguna manera deslindar en esta arquitectura, ya híbrida, las características que definen el savoir faire de los artesanos púnicos. Es lo que se desprende, en su opinión, del tipo de aparejo irregular pero formado por sillares escuadrados, de distinta forma, tamaño y disposición, colocados a hueso, muy similares al descrito en la Cámara de Jaén, y que estaría reflejan- do un mismo “espíritu constructivo” que se extendería al otro lado del Estrecho (Fernández de Avilés, 1942: 347). Esta interpretación, que reconoce la ascendencia orien- tal o helénica de los modelos constructivos utilizados en Toya, si bien filtrados a través del tamiz púnico, fue la que más peso tuvo en la investigación posterior, siendo seguida, no sin matices, por otros autores como A. Blan- co Freijeiro (1959: 96-97) o L. Pericot (1970: 220), mien- tras que M. Almagro Gorbea (1975: 275-276) considera las cámaras funerarias una herencia del periodo orien-
talizante, donde fueron introducidas directamente por los fenicios. Sin embargo, no todos los investigadores le dieron el mismo peso a la influencia griega y púnica, o al menos no como origen último de este tipo de arqui- tectura. Sin ir más lejos, J.Mª. Blázquez (1960) encuentra los paralelos más próximos en las necrópolis etruscas, especialmente en las de Caere y Tarquinia, donde no son infrecuentes las cámaras hipogeas de planta rectangular, con dos o tres naves, como tampoco los accesos con so- luciones constructivas similares a las del mausoleo jien- nense. No obstante, son los poyos corridos y los nichos excavados en las paredes de las estancias los elementos más conspicuos de las tumbas etruscas (Caere, Tarquinia, Veyes, Vulci), utilizados –como en el caso de Toya– para depositar indistintamente los cadáveres y las ofrendas (Blázquez, 1960: 235-237). Aun así, reconoce que no es posible asegurar que la Cámara de Toya sea una “copia exacta de las construcciones etruscas”, sino más bien una síntesis de elementos que son comunes en el Mediterrá- neo (Blázquez, 1960: 237-244). Con todo, esta atractiva propuesta fue secundada poco después por A. Arribas (1965), quien llega a afirmar que la Cámara de Toya “pa- tentiza una maestría que sólo puede compararse con la arquitectura etrusca” (Arribas, 1965: 167). Sin embargo, algunos años más tarde, a raíz del descubrimiento de las cámaras hipogeas de Trayamar, no duda en atribuir los orígenes de este tipo de construcciones a los prototipos fenicios existentes en la costa mediterránea de Andalu- cía, poniendo en cuarentena la conexión etrusca (Arri- bas, 1967: 86-87).
Como puede comprobarse, durante esta primera etapa la principal preocupación de los investigadores fue rastrear los antecedentes arquitectónicos y constructivos de la Cámara, en relación siempre con las distintas pulsiones civilizatorias que se dejaban sentir en este extremo del
Mediterráneo gracias a griegos y púnicos. No se elude el papel jugado por las élites iberas, especialmente en la selección del ajuar, aunque se hace mayor hincapié en las distintas influencias foráneas que se perciben tanto en los elementos importados como en las producciones locales, las cuales contribuyen, por otro lado, a definir una cultura material netamente indígena con respecto a los colonizadores de la costa.
Por lo que respecta a este último, la primera propuesta de sistematización de los elementos hallados en el interior de la tumba se la debemos al propio Cabré (1925), que prestó especial atención a la posible ubicación de los di- ferentes objetos dentro de la C ámara (González Reyero, 2007: 227). Sin embargo, sobre su composición original pesa siempre la sombra del expolio al que fue sometido el monumento desde su descubrimiento y que llevó a que la mayor parte de los objetos se dispersaran entre los vecinos de Peal y de las poblaciones aledañas, mien- tras que los aparentemente más ricos o mejor conserva- dos fueron vendidos a coleccionistas, perdiéndoseles el rastro a muchos de ellos (Madrigal, 1997: 170-171). Aún así, el ensayo de reconstrucción del ajuar planteado por Cabré ha sido generalmente aceptado, con pocos mati- ces, por los distintos investigadores que se han aproxi- mado al mismo (González Reyero, 1999). No vamos a de- tenernos tampoco en este aspecto, que será desglosado detalladamente en otros capítulos, aunque conviene explorar la importancia del ajuar a la hora de componer la interpretación general de estos enterramientos en su contexto cultural.
Desde la publicación de Cabré se ha destacado la convi- vencia de producciones cerámicas locales junto con im- portaciones griegas, usadas indistintamente como con- tenedores cinerarios, en el caso de los recipientes de ma- yor tamaño, tapaderas de las urnas o simplemente como
parte de los enseres rituales, a los que se suman los ob- jetos de metal: armas, vasos y otros materiales entre los que destacan las ruedas de carros (Madrigal, 1997). Por lo que respecta a las cerámicas, se han observado patrones de uso extensivos a otras necrópolis de la Alta Andalucía que podrían estar revelando una selección intencionada de formas y motivos decorativos relacionada con el pro- pio ritual, tanto en lo que se refiere a las formas locales como a las importadas, donde se adoptan y adaptan re- cipientes destinados inicialmente a otros usos (Pereira, 1979; Pereira, 1987: 261-262). Esta lectura “a la indígena” de los materiales importados será una constante en la in- vestigación de las últimas décadas del siglo XX, cada vez más permeable a tendencias iconológicas o estructura- listas, donde se incide en la interpretación abierta de los objetos y las representaciones en los distintos contextos sociales en los que adquieren nuevos significados, algo que también acaba haciéndose extensivo, como se verá más adelante, al propio lenguaje arquitectónico de la es- tructura (Olmos, 1979).
Sin embargo, junto con las ruedas de carro recuperadas en el interior de una de las estancias (Cabré, 1925: 90-91) y, posteriormente, en los alrededores del monumento (Fernández Miranda y Olmos 1986), las cajas de piedra, utilizadas también como contenedores cinerarios (Figu- ra 2), son uno de los elementos más elocuentes tanto del estatus social como de la identidad cultural de los individuos enterrados, que se proyecta en los objetos, prácticas y significados específicos relacionados con el ajuar. Cabré llego a identificar un total de seis, tres de ellas fragmentadas, de forma rectangular y lisas, realiza- das en piedra caliza o yeso, con cuatro pies exentos y cubierta a dos vertientes (Cabré, 1925: 85).
Dada la alta concentración de estos recipientes en la Alta Andalucía, han sido considerados, junto con las tumbas
de cámara, uno de los indicadores arqueológicos que permitiría distinguir a los bastetanos de sus vecinos (Al- magro, 1982), en un intento por delimitar territorialmen- te a este grupo étnico, conocido a través de las fuentes clásicas. No obstante, como posteriormente se ha de- mostrado, cajas de este tipo pueden aparecer fuera de las fronteras de Bastetania (Madrigal, 1994), mientras que no es infrecuente el hallazgo de otros monumen- tos funerarios, como pilares estela, en este territorio (Quesada, 2008: 149). Sea como fuere, estas cajas se han interpretado también en un sentido simbólico como una representación de la propia idea de la tumba de C ámara donde estarían depositadas (Almagro, 1982: 254), constituyendo además, en el caso de las decoradas, un soporte perfecto para el desarrollo de temas funerarios, a semejanza de las crateras áticas usadas con el mismo fin (Olmos, 1982: 260-261). Nos encontraríamos, por tan- to, ante un elemento original de esta cultura, aunque resultado de un cruce de influencias, orientales y grie- gas, plasmadas en su forma y decoración. No en vano, cajas cinerarias de piedra, arcilla o metal fueron utilizadas como contenedores cinerarios en las necrópolis etrus- cas, lo que sigue dejando abierta la conexión tirrénica, señalada por Blázquez en relación con la estructura y soluciones constructivas de la Cámara, pero también en Cartago, desde donde pudo introducirse su uso a través de la Villaricos púnica (Ferrer, e.p.).
Parece que hay consenso en atribuir el monumento de Toya a las élites bastetanas, aunque la definición de su territorio suele ser objeto de controversia, especialmen- te sus límites con los grupos vecinos (Quesada, 2008), algo que ya reconoció García y Bellido en relación con los túrdulos o turdetanos y los oretanos (García y Bellido, 1954: 431). Esta dificultad es aún más evidente cuando se intenta hacer coincidir la información aportada por
la literatura clásica, cuya visión suele variar dependien- do del momento o de las fuentes utilizadas por cada autor, con la evidencia arqueológica, donde suelen bus- carse elementos exclusivos cuya distribución coincida con las supuestas fronteras históricas. Ello ha derivado a menudo en reconstrucciones excesivamente sinté- ticas y estáticas, que no tienen en cuenta o no valoran suficientemente la variabilidad existente, sobre todo en áreas de transición entre unos grupos culturales y otros, así como los cambios que experimentan a lo largo del tiempo (García Fernández, 2007: 118-119). En todo caso, más allá de la adscripción étnica, que nunca ha dejado de preocupar a los investigadores, en las últimas déca- das la atención se ha centrado sobre todo en la organi- zación social que dio origen a este tipo de enterramien- tos. Los trabajos de A. Ruiz, M. Molinos y C. Rísquez, en general, así como los de J. Pereira, T. Chapa o A. Madrigal, entre otros, para el caso de la cuenca del Guadiana Me- nor, han contribuido a desentrañar los procesos que se esconden detrás de la conformación de las aristocracias ibéricas de la Alta Andalucía, las cuales asisten a lo largo del siglo IV a.C. a profundos cambios que supusieron el auge y transformación del modelo clientelar, así como el surgimiento de entidades territoriales de carácter étnico (Ruiz, Molinos, 1998), uno de cuyos principales reflejos es la aparición de un nuevo paisaje funerario y nuevos tipos de enterramientos colectivos como el representado por la necrópolis de Peal (Ruiz, Molinos, Rísquez, 2007; Perei- ra, Chapa, Madrigal, 1998).
Recientemente, la investigación ha vuelto a mostrar in- terés por los aspectos arquitectónicos y constructivos de la Cámara de Toya, aunque ahora al análisis formal y técnico se suma una lectura social y simbólica de la es- tructura. De hecho, los estudios llevados a cabo por J. Blánquez y L. Roldán a partir de la documentación pro-
cedente de las distintas intervenciones, especialmente la restauración emprendida a principio de los años setenta, y la aplicación de técnicas fotogramétricas, han permi- tido lanzar nuevas hipótesis sobre el proceso de ejecu- ción y el aspecto final que debió tener el monumento funerario. En efecto, durante las labores de saneamiento y la reubicación de la entrada, mencionadas más arriba, L. Berges Roldán pudo dibujar un primer croquis de la secuencia estratigráfica asociada a la tumba, así como recabar datos sobre su construcción a partir de los res- tos de esquirlas procedentes del retallado in situ de los bloques de piedra ya aparejados. Con estos mimbres no sólo se ha conseguido averiguar el nivel de uso original y calcular la profundidad del hoyo en el que se inserta par- cialmente la Cámara funeraria, sino realizar también un cálculo aproximado de la estructura tumular que posi- blemente cubría la estructura (Blánquez, 1999: 132-134). Asimismo, el análisis de los elementos y detalles cons- tructivos ha contribuido a demostrar que la puesta en obra debió responder a un plan previo perfectamente