• No results found

Ser oficial de órdenes no siempre resultaba llevadero. El coronel, pequeño, rechoncho, enérgico —quizá demasiado enérgico algunas veces—, parecía incansable y presto a estallar como una carga de dinamita. Nunca se sabía cómo reaccionaría ante cualquier pega que se le presentase. Conservaba la calma en los follones, cuando el fragor del combate asustaba a los mandamases del Estado Mayor, y se enfurecía ante cualquier equivocación.

El teniente Veloz vivía cuarenta y ocho horas cada veinticuatro, justas las que se concedían de antigüedad por tiempo de campaña. ¡Ah, los sabios legisladores! El Jefe del Regimiento, tan pronto estaba en Bistryza como en Smeiko o la Casa del Señor. Y arrastraba consigo a su cuadrilla, como él decía. Y por decir, quedaba dicho. Pero mucha más miga tenía el empujar el auto por los caminos embarrados, mojarse el trasero en el río o esperar interminablemente por las noches a que se resolviera una situación comprometida.

Después de los combates del Sitno, el día 22 se estableció una relativa calma en la cabeza de puente. El sector ocupado se había alargado y se imponía su consolidación y división en sectores para su mejor maniobrabilidad. Al otro lado del Wolchow había en aquellos momentos cuatro mil hombres, en diversas unidades, que planteaban una sinfonía inacabable de problemas de toda índole, logísticos, tácticos y estratégicos, algunos de los cuales tenían solución y otros parecían tenerla.

En aquellos días de fiebre, el teniente Veloz aprendió la mucha diferencia que existe entre planear y ejecutar. En una mesa, ante mapas desplegados, se establecía una cobertura con tal y cual unidad. Pero luego venía la realidad. Las unidades se retrasaban, el barro atascaba los camiones, el frío maltrataba a las gentes y el enemigo también decía lo suyo, que no era precisamente lo que se hubiera deseado.

Noches inacabables, durmiendo dos y tres horas encima de un montón de paja o de una silla; tráfago de notas y notines, palabras gruesas y telefonazos urgentes; enlaces inoportunos planteando rollos; soluciones sobre la marcha y maldiciones en todos los estilos. Sin embargo, peor estaban los del frente, verdad era. Y procurándose no parar mientes en los caídos, algunos de ellos fraternos camaradas.

Los soldados respondían. Gruñían como demonios, pero respondían. El sector del frente hervía en soldados que esperaban seguir adelante, quedarse quietos o retroceder, las tres alternativas del soldado, sin contar las de caer muerto, herido o congelado. Menos hartarse de reír o de comer, todo podía ser.

Después de los combates de Sitno se había trabajado en colocar adecuadamente los peones con vista a una nueva partida. La situación del frente era, poco más o menos: al Norte, se enlazaba con los alemanes del sur de Schewelevo hasta Russa, con fuerzas del 3.º Batallón del dos-seis-nueve y la 9.ª, 10.ª y 11.ª del Regimiento dos-seis-tres, más la Plana Mayor del último Regimiento, en terreno de la cabeza de

puente, bajo el mando del Comandante Suárez; al Centro: desde Russa hasta el molino de Sitno, se agrupaban las compañías del 2.º Regimiento propio, más la primera del 1.º y dos secciones de la Ciclista del dos-seis-tres, también en terreno ocupado, bajo el mando del comandante Román; el sector Sur comprendía desde Sitno hasta tres kilómetros más abajo y el cierre en línea recta con la orilla del río, con el Batallón 250, divisionario, una compañía de zapadores y dos secciones de ametralladoras de la 12.ª del dos-seis-tres y dos pelotones de morteros bajo el mando del comandante Osés.

El resto del Regimiento cubría frente desde la Casa del Señor hasta Kotowizy, en la orilla izquierda del Wolchow, sin atravesar el río y sin tomar parte en la ofensiva, excepto con sus baterías y golpes de mano. Se tenía el proyecto de ir incorporando fuerzas a medida que se fuese ocupando la ribera derecha.

Enfrente se tenía, según los interrogatorios, los Regimientos enemigos 848 y 1004, y en el resto del frente divisionario los numerados 1001 y 1002, sin contar la artillería y las reservas, cuya cuantía se ignoraba. Los rusos, en la cabeza de puente, tenían fuerzas en doble número a las españolas. Partiendo del axioma número dos, de re militar, consistente en recuperar posiciones perdidas, en contraataques inmediatos, se esperaban acontecimientos rápidos. Por dicha razón el teniente Veloz estaba hasta la mismísima coronilla de gritar ante el teléfono y de ser gritado antes, mientras y después del teléfono.

Los acontecimientos previstos llegaron en la madrugada del día 27. Ocurría siempre que antes de que los enlaces dieran la noticia los rumores del frente la adelantaban. El Puesto de Mando —PC para los íntimos— del Regimiento estaba en Bistryza. Una ruda concentración artillera enemiga al sur de Sitno indicó las intenciones enemigas. Veloz apenas había dormido aquella noche. Se tenía que vigilar a los prisioneros rusos que trabajaban para mejorar el paso de la Casa del Señor, acomodar a un batallón de la Organización Todd enviado para reparar caminos, establecer depósitos de municiones en la Casa del Señor, preparar un hospital regimental en Krutik y llevar a buen término los aprovisionamientos de víveres. Nunca se terminaba una cosa sin que empezara otra.

La artillería enemiga tiró de sus camastros a todo el mundo, sin que pudiera considerarse como una sorpresa. Empezaron a llegar noticias. El ataque enemigo se hacía con importantes efectivos, en dos direcciones: una frente a Sitno y otra al sur de dicho pueblo, en la zona de enlace con el río. El combate duró una hora. Los partes fueron comunicando escalonadamente rechaces parciales y numerosas bajas propias y enemigas. Pero la situación no quedaba muy clara.

Veloz comentó con el oficial de suministros los adelantos tácticos enemigos: ataque al amanecer, que permitía colocar la fuerza en posición en la oscuridad y atacar con luz suficiente, y fijación de las reservas dejando un punto amenazado. Sin contar el conocimiento enemigo del terreno.

ataque, no siendo de prever sorpresas. No obstante, ordenó que del sector Centro bajaran algunas fuerzas y que la artillería se atuviera constantemente a las indicaciones de los observatorios adelantados.

Por lo visto, aunque rechazado el ataque, los rusos intentaban fortificarse en algunos puntos, abandonando la táctica de posiciones. Aquello no convenía. El avance español se habría de reanudar y no interesaba desgastarse en combates aislados. Sin embargo, la artillería divisionaria no podía castigar debidamente a las tropas enemigas, pues estaban demasiado cerca. Y se llegó a una situación complicada. Los rusos infiltrados —dos batallones— estaban pegados al terreno junto al molino de Sitno y en la orilla del Wolchow, causando bastantes bajas por enfilar los caminos de evacuación.

La artillería y unos amagos del Batallón 250 hicieron que los rusos del río se replegaran hasta Dubrowka, donde, por el momento, se les dejó. Quedaba restablecer la tranquilidad enfrente de Sitno. El coronel subió a un observatorio artillero, acompañado de Veloz y otros cuantos.

Los heridos comenzaron a llegar en grandes cantidades. En la orilla del Wolchow se hacían cargo de ellos los prisioneros, llevándolos hasta una hondonada a dos kilómetros de la Casa del Señor, donde esperaban las ambulancias. Un enorme camión alemán apto para todo terreno se encargaba de remolcar los vehículos que naufragaban en el barro. Los heridos se iban acumulando en un pajar, sufriendo más del frío que de sus heridas.

La artillería, especialmente los pequeños canes del siete y medio, que ladraban incesantemente, se portaba bien y quebrantaba al enemigo casi tanto como la infantería.

No acababa de despejarse la situación en Sitno, con los rusos pegados al molino. Había nerviosismo en las altas y las bajas esferas. Hasta la noche no se restableció la situación con un golpe de mano que limpió el terreno del flanco y sembró de muertos las cunetas. A las dos de la mañana anunciaron por teléfono desde Smeiko, que todo había terminado, si bien los heridos estuvieron llegando hasta la madrugada.

Veloz pudo dormir hasta la salida del sol. Desde el Cuartel General ordenaron movimientos propios de avance hacia Tigoda y Nitlikino. Jaleo de ayudantes y enlaces, fuerzas en movimiento y órdenes a la artillería. El 3.º Batallón que se retrasa y el Cuartel General que se impacienta. Más impaciencias, pues ni a las diez ni a las doce de la mañana había empezado el ataque. El coronel bramaba e insultaba al teléfono y el puesto regimental bailaba al son de los acontecimientos.

A las trece horas el coronel decidió ir en persona a la cabeza de puente. No se podía pensar en el coche y se trasladaron caballos al otro lado del río. Se llegó a Sitno. El comandante del sector indicaba las muchas bajas sufridas, especialmente de oficiales, que duraban menos que unos zapatos, debido a su afán de gloria. Veloz, harto de escuchar palabrotas, abandonó la casa donde tenía lugar la conferencia y buscó a los amigos. Pero enseguida ordenó el coronel se buscase al comandante del

batallón que debía de apoyar el avance, que estaba preparado y prometió empezar el avance hacia Tigoda.

Por fin quedó todo en regla. Comenzaron a escucharse los impactos de los morteros y la artillería. Y las convincentes bombas de mano. Y las no menos persuasivas ráfagas de ametralladora.

A las cuatro quedaba ocupado el pueblo de Dubrowka, continuando el avance. Interesaba conocer la situación del 3.º Batallón y Veloz fue enviado para allá, en un caballo que tenía más miedo que vergüenza. A poco, el miedo y la vergüenza iban equitativamente repartidos entre jinete y montura. Una línea muy batida, con minas por todos los lados, ruidos impresionantes de pacos amenizando el camino y camilleros presurosos retirando heridos. Alcanzó un pueblo donde nadie estaba para responder a muchas preguntas, aunque el enviado fuera teniente y enlace del coronel.

Haciendo trabajar su capacidad deductiva sacó en cuenta lo siguiente: el pueblo ocupado se llamaba Tigoda, había muchos prisioneros y la situación estaba lejos de ser clara, pues el enemigo hacía fuego desde el bosque, casi cercando el poblado. El pueblo de Nitlikino estaba amenazado, pero no ocupado, pues había fuerte resistencia enemiga.Casi anocheciendo y de puro milagro, regresó a Sitno, donde el coronel no se conformó con las noticias. Pero no había otra. El combate se generalizó en todo el sector Sur. Frente a Dubrowka existían unos edificios grandes de mampostería, que costaron un descalabro al intentarse ocupar creyendo estaban abandonados.

La noche trajo un montón de inquietudes. Vueltos al puesto de mando de Bistryza un montón de papeletas a resolver dejó en claro la noche. Al otro lado del río el horizonte se teñía de encarnado en las casas incendiadas. La temperatura dio un bajón y un viento cargado de nieve azotaba la piel hasta dejarla tirante y dolorida. Veloz, pensando en los combatientes tumbados en los pozos y en los heridos que aguardaban en la orilla del río ser hospitalizados, sintió que un nudo le oprimía la garganta.

Del hospitalillo de Polbsvereja comunicaban que todo estaba lleno. Afortunadamente, desde allí hasta el hospital de Grigorowo las comunicaciones eran fáciles por la carretera. No sucedía lo mismo desde la Casa del Señor a Krutik y a Polbsvereja. Gracias al camión de los pontoneros alemanes, las ambulancias podían transitar por los infernales caminos. Veloz, por una parte, deseaba que helase definitivamente de una vez, endureciéndose el terreno; pero un aumento de frío suponía mayores sufrimientos para los infantes. Un verdadero círculo vicioso.

Después del fracasado golpe de mano a los edificios de Dubrowka, que los soldados empezaban a llamar «los Cuarteles», por los muchos soldados enemigos que allí había, el frente se paralizó un poco.

Más tarde, en su hora favorita del alba, el enemigo atacó desde los dichosos cuarteles. Los cuarteles habrían de traer horas muy amargas, debido a la defectuosa información y al excesivo entusiasmo de algunos jefes. Era creencia general que estaban desocupados o con escasa fuerza, como hacía presumir el fuego que desde los

edificios se hacía en las últimas horas de la noche.

El día 29 de octubre tuvo un nombre para Veloz: los Cuarteles. Se encontraban los tales no lejos de la orilla del río, entre Dubrowka y Murawji. El Batallón 250, de Reserva Móvil, unidad sin ametralladoras pesadas, estaba situado enfrente. Se había ordenado que se mejorasen las posiciones y se ocuparan los edificios en caso de estar abandonados.

La orden de mejorar posiciones fue interpretada muy ampliamente, intentando el asalto directo. Del Cuartel General querían que se aclarasen las cosas y las cosas no se aclaraban. Otra vez las prisas de gloria. Se había de encontrar una resistencia seria, inquebrantable con los escasos medios de que se disponía.

El general del Cuerpo de Ejército se dejó caer hasta Sapolje, tratando de ver qué clase de hombres eran aquellos españoles. Su presencia no mejoró la situación. El empeño era no quedar mal ante un personaje de tal calibre. Del Cuartel General propio río subía nadie, aunque la comunicación telefónica era constante.

Los heridos iban dando la pauta del instante. Las tres compañías del Batallón de Reserva llevaban varias horas atacando. Los cuarteles tenían rectos muros y la artillería no causaba grandes daños. Enfilados todos los claros del bosque, la infantería avanzaba, se incorporaba para el asalto final y desde los pisos altos se desencadenaba un verdadero infierno. Muchas bajas en el asalto y en los intentos de retirar los heridos. El enemigo no respetaba a los camilleros ni a nadie. Se llegó a alcanzar los edificios, siendo preciso retirarse.

Y así una y otra vez. Entre asalto y asalto la tropa esperaba tras los árboles. Hubo muchos casos de congelación. Las bajas entre oficiales eran crecidísimas. Sección había que era mandada por un cabo. Desde Sopolje se escuchaba el tremendo jaleo, algunas veces decreciente, lo que hacía concebir esperanzas. Los soldados, en posición, escuchaban absortos. El mayor gasto de ruidos lo hacían las ametralladoras. Su rítmico tic-tac se apagaba algunas veces, crecía otras, se convertía en un aullido constante en ocasiones y en todo momento tenía ecos de trágica grandeza. Estremecía pensar que alguna de aquellas ráfagas pudiera estar segando vidas españolas.

A las tres de la tarde ordenó el coronel que se suspendiera el asalto y que el Batallón 250 pasara a reserva, ocupando la línea de Dubrowka el Batallón del comandante Román. Así se hizo, al cabo, después de muchas dificultades, pues los españoles rodeaban los edificios y costaba localizarlos. Se abandonaron los muertos demasiado lejos para ser rescatados. Los rusos gritaban sus «¡hurras!» y los españoles respondieron con cantos rabiosos. El jefe alemán se retiró, prometiendo stukasstukas y más artillería para el día siguiente.

La noche trajo problemas de abastecimiento y un doloroso cómputo de bajas. Las bajas por congelación, que hasta entonces habían permanecido por bajo de las traumáticas, aumentaban pavorosamente, amenazando sobrepasarlas. Las especiales condiciones del ataque a los Cuarteles lo imponían. Los heridos contaban y no acababan. Horas enteras tumbados en la nieve, entre ataque y ataque, calentándose las

manos en los cañones de las ametralladoras; rachas alocadas de ataques rabiosos ante unos muros que escupían fuego; un aguardar bajo la metralla la orden de retirada; minas que estallaban en cadena, dejando en la nieve su gigantesco girasol; heridos que era preciso abandonar, por lo menos hasta que aclarara el fuego enemigo, pues su rescate costaba algunas veces dos o tres heridos más. En fin, contaban y cantaban lo que era la guerra.

Lo malo de todo aquello era que los ataques podían considerarse definitivamente postergados. La resistencia enemiga había sido muy superior a la que se esperaba y aún serían de esperar los consabidos contraataques. La temperatura había descendido mucho y el Wolchow comenzaba a helarse, impidiendo el paso de los botes, pero sin consistencia todavía para permitir el paso a pie enjuto. Podía darse por terminada la ofensiva. Una ofensiva en la que sólo había tomado parte un Regimiento.

Nitlikino

Related documents