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Para cerrar, más que una conclusión absoluta deseo dejar planteada mi apuesta frente al concepto tratado en este documento en relación con mi investigación creación, si bien mi objetivo es comprender cuales son las representaciones de la comunidad con la que estoy trabajando acerca de la masculinidad y el cuidado, conceptos significativos en mi vida como hombre, como pedagogo infantil, considero que en el proceso investigativo debo observar las representaciones sociales como un entramado que va más allá de las imágenes mentales como en las elaboraciones artísticas de orden plástico o visual que el grupo de madres gestantes elaboren, sino también las tensiones corporales que ellas sienten durante sus interacciones con los hombres de su contexto, incluso conmigo. Sin duda, debido a una delimitación propia de toda investigación debo enfocarme en analizar y dar cuenta para mi trabajo de maestría de unas vías de representación, pero personalmente tendré mayor consciencia de su riqueza.

59 Igualmente, al exponer que las representaciones que tengo sobre mi propia masculinidad han sido impuestas por patrones culturales y que de alguna manera tengo naturalizados algunos hábitos propios de la masculinidad hegemónica, desde lo personal, lo laboral y lo investigativo estoy en un camino donde pretendo vivir y evidenciar otra manera de asumirla.

CUIDADO

En la investigación fue imperioso establecer una relación armónica entre la ética del cuidado y la representación de las masculinidades, a causa de observar durante la realización de los talleres, cómo cuidar, estaba explícito en la vida diaria tanto de las mujeres del programa como en mi ejercicio profesional. En principio no lo observaba como una categoría relevante para el trabajo, pero en el transcurrir de los encuentros, asi como en mi práctica profesional el sacar tiempo planificado, o de manera espontánea; dedicado a la alimentación, la lactancia, el aseo de los bebés, hablar de sus vacunas, de la prevención de enfermedades, escuchar anécdotas de aquellas mujeres sobre lo que hicieron para contrarrestar un dolor, una fiebre de su hijo (a), etc; fueron elementos que en conjunto con la reflexividad establecida con mi tutor, conllevaron a concebir este concepto como un elemento que se ajusta a mis intereses, práctica y lugar de enunciación dentro de la investigación, porque ejercer cuidado por parte de un hombre es una característica de lo que significa para mí incorporar una práctica de género alterna a la hegemónica.

En consecuencia expongo los referentes que aportan a la significación de este concepto. La ética del cuidado surgió en el campo de la psicología del desarrollo de Carol Gilligan; con su libro In a different voice (1982). En él, la autora constata la existencia de un sesgo androcéntrico en las investigaciones de Lawrence Kolberg sobre el desarrollo moral de los niños (quien solo había encuestado varones). Paralelamente, ella identifica la devaluación de la ética y las formas de pensamiento de las mujeres por parte de psicólogos. Gilligan puso en evidencia la existencia de un voz moral diferente, es decir, de una manera distinta de resolver los dilemas morales, basada ya no en criterios de ley e imparcialidad como ocurría con la ética de la justicia, sino en criterios relacionales y contextuales. Lejos de desembocar en un relativismo moral, la ética del cuidado permite formular de modo inédito asuntos cruciales para las democracias, como el cuidado y la preocupación por los otros. (Gilligan, 2009).

60 Gilligan (1982), define el pensamiento moral femenino como la sensibilidad hacia las necesidades de los demás y por una actitud de responsabilidad, preocupación y ayuda. Propone una teoría del Desarrollo Moral del Cuidado, basada en la ética del cuidado y la atención. Sugiere las dos maneras de comprender el Desarrollo Moral:

-La Moralidad del Cuidado y la Responsabilidad−No Violencia. -La Moralidad de la Justicia y los Derechos – Igualdad.

Gilligan realizó un aporte clave a la filosofía moral sobre los juicios morales elaborados por las mujeres, después de dos estudios empíricos relacionados con el análisis de estudiantes universitarios, sobre su identidad y su desarrollo moral, el primero; la decisión de abortar, el segundo; y algunos estudios sobre derechos y responsabilidades.

Estos últimos estudios situaron a las mujeres en dilemas sobre la vida e hicieron evidentes razonamientos morales relacionados con el entendimiento de la responsabilidad y las relaciones, por tanto, un modo contextual de elaborar el juicio moral. En estos estudios, señala Gilligan, el cuidado y la responsabilidad en las relaciones son perspectivas que las mujeres consideran centrales al afrontar los problemas morales. En esa lógica, se establecen relaciones de igualdad y reciprocidad, lo que contrasta con la lógica masculina de la imparcialidad y la justicia propuesta en los estudios de la lógica de la moral (Gilligan, 1982).

Gilligan indica que Freud, Piaget y Kohlberg habían estudiado el modelo masculino de desarrollo moral, presentándolo como patrón universal con la aplicación de principios abstractos y con la adopción de un punto de vista imparcial de una ética de la justicia, que hacía suponer que todas las personas racionales coinciden en la solución de un problema moral. Esta perspectiva desconoció la construcción de los juicios morales de las mujeres orientadas por una ética del cuidado, mediante juicios morales contextuales situados y específicos, y con la tendencia a involucrar sentimientos y las interacciones con los otros.

Expone Gilligan que la atención y el cuidado en las mujeres es un imperativo moral, un deber, a partir de discernir y aliviar situaciones reales y reconocibles del mundo de la vida. En este sentido la autora señala que, a diferencia de las mujeres, para los hombres el imperativo moral es la aplicación del mandamiento de los derechos, lo que conduce a la protección de los derechos a la

61 vida y la autorrealización. Estas dos concepciones de la moral entrañan una integración de deberes y derechos. (Gilligan, 1982)

Para Gilligan, el desarrollo moral de las mujeres pasa por tres niveles: el primero es la atención al Yo, centrado en la supervivencia y el cuidado de sí misma; en el segundo nivel se conecta el Yo con los Otros, por medio de responsabilidades y la relegación de sí misma a un plano secundario, por tanto de auto−sacrificio; y un tercer nivel sustentado en la inclusión del Yo y los otros en la responsabilidad del cuidado con equilibrio entre el poder y el cuidado de sí misma y de los demás.

Las tres perspectivas morales encontradas en el estudio sobre la decisión del aborto denotan una secuencia en el desarrollo de una ética de cuidado y atención. Estas visiones del cuidado y las transiciones entre ellas surgieron de un análisis de la forma en que las mujeres aplicaban el lenguaje moral: palabras como debiera, debo, mejor, justo, bueno y mal por los cambios y giros que surgían en su pensamiento, y por la manera en que expresaban ese pensamiento y lo juzgaban. En esta secuencia, un enfoque inicial de atender al Yo para asegurar la supervivencia va seguido por una fase de transición en que este juicio es valorado como egoísta. La crítica señala un nuevo entendimiento de la conexión entre el Yo y los otros que es expresado por el concepto de responsabilidad. La elaboración de este concepto de responsabilidad y su función en una moral maternal que trata de asegurar la atención al dependiente y al que está en desventaja caracteriza la segunda perspectiva.

En este punto, lo bueno es equiparado con la atención a los demás. Sin embargo, cuando sólo los demás quedan legitimados como preceptores de las atenciones de la mujer, la exclusión de sí misma hace surgir problemas de relaciones, creando un desequilibrio que inicia la segunda transición. La equiparación de la conformidad con la atención, en su definición convencional, y lo lógico de la desigualdad entre los otros y Yo, lleva a una reconsideración de las relaciones, en un esfuerzo de aclarar la conjunción entre auto−sacrificio y cuidado, inherente a las convenciones de la bondad femenina. La tercera perspectiva enfoca la dinámica de las relaciones y disipa la tensión entre egoísmo y responsabilidad, mediante una comprensión de la interconexión entre los otros y el Yo.

62 El cuidado se convierte en principio auto-escogido de juicio que sigue siendo psicológico en su preocupación por las relaciones y la respuesta pero que se vuelve universal en su condena a la explotación y al daño (Gilligan, 1982). Esta postura es enriquecida por otra teórica feminista, Neil Nolldings,que trasciende la percepción de considerar la ética del cuidado orientada a lo femenino y la ética de la justicia a lo masculino, para mí es válida su afirmación :

-Por una parte sentimos que somos libres para decidir; por otra, sabemos que estamos unidos irrevocablemente a nuestros seres íntimos. Este vínculo esta relación fundamental, está en el corazón mismo de nuestro ser . Así yo soy totalmente libre de rechazar un impulso a cuidar, pero me esclavizo a mí misma en una tarea particularmente infeliz cuando escojo esa vía… Cuando estoy sola, sea porque me he distanciado de mí misma o porque las circunstancias me lanzan a la libertad, busco primero y más naturalemente restablecer mi relacionalidad, es decir, mi individualidad definida en un conjunto de relaciones. Esta es mi realidad básica - (Noddings, 1984).

Así para la autora la vida humana se funda en el ser relacional, un sujeto conectado que disfruta de la compañía de otros y otras, esta condición es compartida tanto por hombres y mujeres; lo importante de esto es que en las construcciones que se realizan de las masculinidad debe inculcarse mucho más esta condición humana, que por fuerzas culturales le arranca al hombre su derecho de pensar en los otros y abrumarlos en una competencia por el reconocimiento.

Por lo anterior, para Gilligan (1982) el juicio absoluto da paso a la complejidad de las relaciones y a un entendimiento del desarollo moral distinto, centrado en el cuidado y la responsabilidad de sí mismo y de los demás. En este sentido la ética del cuidado es más que una ética feminista, porque es una ética de la humanidad. La persona moral “es la que ayuda a otras; bondad es servicio, cumplir con las propias obligaciones y responsabilidades hacia los demás, de ser posible sin sacrificio propio” (Gilligan, 1982, p. 114).

Ahora traigo a colación un referente que amplía el concepto de cuidado otorgándolo como constituyente de la escencia humana, desde la corriente de pensamiento de la Teología de la liberación, Leonardo Boff, considera el cuidado como parte de la ontología del ser humano, a continuación un recorrido sobre su propuesta y al final las implicaciones para el presente estudio.

63 Cuidar es más que un acto, es una actitud. Por lo tanto abarca más que un momento de atención, de celo y de desvelo. Representa una actitud de ocupación , de preocupación, de responsabilidad y de compromiso afectivo con el otro. La actitud es la fuente, que genera múltiples actos que expresan dicha disposición, en lo material, personal, social, ontológico y espiritual (Boff, 2002)

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