.. .Mi Serio,- me ayudaha, por eso quedaba do ...(IsSO. 4-71
... yosi, actuando como un se rebajó hasta someterse incluso a la lIllU de
PoresoDios lo sobre lOdo le concedió el ... (Flp2.6-11);
... Realmente f/¡jo de Dios ...(iVll 14-·27,
Principio después de ...
Hoy hay que hacer fjesta. Y hemos de poner en Juego toda la alegría de que seamos capaces.
El hecho de que este domingo abra la semana santa alarga inevi- tablemente una sombra de melancolía sobre ella (la misma narración de la pasión contribuye a acentuar y a espesar esa sombra).
Pero sostengo que es necesario recortar un medallón luminoso captando toda la belleza del día, independientemente de lo que sucederá mañana.
Jesús hace la entrada en Jerusalén. Algunos abren los ojos, se mueven, le salen al encuentro, lo aclaman, lo reconocen como mesías, le reservan una acogida calusora, se dejan contagiar por el entusiasmo. Será un triunfo modesto, reducido (por otra parte, nadie se ha preocupado por suerte de calcular el número de los participantes, de medir la duración y la intensidad de los aplausos). Pero, aunque mitado, se trata siempre de un triunfo.
La cabalgadura no es en absoluto magnífica, sin em-
bargo, la escena conserva sin duda un tono de solemnidad.
Una fiesta bajo el signo de la espontaneidad, de la simplicidad. Ningún comité (donde están los nombres de todas las personas im- portantes; aquí, por el contrario están todos los que no cuentan, los que no tienen nombre), nada de preparativos colosales, gastos pro- bablemente inexistentes (la fe comporta un costo que no tiene nada que ver con los gastos). La manifestación sustraída al artificio y a la
oficialidad. El conscnso obviamente no se organiza. Todo sucede, diría, por inspiración.
Cierto, esto no tendrá una continuación.
Mañana será difícil reclutar a alguien dispuesto a salir todavía al descubierto, a tomar posiciones, a librarse del miedo, a decir no a la conjura, a vigilar durante la noche.
Pero es importante, estupendo, que haya sucedido lo que ha su- cedido.
No digo que Cristo esté satisfecho.
Pero es probable que haya quedado contento.
El sabe muy bien que no nos mantenemos por mucho tiempo. Que la coherencia no está entre los «signos» característicos con que nos dejamos conocer a ciencia cierta.
Sabe perfectamente a pesar de la ramita de olivo que hoy
llevamos a casa, mañana encontraremos la manera de andar a la greña con alguien, de irritarnos por tonterías.
sin embargo, está contento de que hoy no nos hayamos echado atrás. Nos hemos interesado por su suerte. Hemos cultivado por lo menos un pequeño deseo de paz.
Está feliz de haber hecho su «entrada». No esperaba otra cosa. Se trata de un inicio. Ningún inicio es despreciable.
El no se engaña. Nos conoce bien.
Sabc que con nosotros sicmpre debe comenzar desde el principio. Principio después de principio ...
De todos modos, desde nuestro punto de vista, sería útil, al menos una vez, no conocer ya de antemano el final de la historia.
Debemos actuar. .. comosi no estuviéramos informados de la con- clusión.
Quién sabe si un día la aventura no tendrá un final distinto del que solemos darle ...
fondo
Lástima que la liturgia de hoy, ya bastante sobrecargada, y en muchos casos condicionada por la presencia de huéspedes «ocasio- nales» y con prisas, no consienta un comentario profundo de la na- rración de la pasión relatada por Mateo.
De todos modos domina, en el fondo, el rostro trágico del «siervo del Señor» esbozado por el deutero-IsaÍas (primera lectura): el rostro de alguien que, aunque humillado, despreciado, torturado de la manera más vil, está dispuesto a dirigir una palabra de esperanza a los des- confiados.
Dejémonos acompañar por el himno que nos ofrece Pablo, que posiblemente lo ha sacado de la misma liturgia de la Iglesia de Fj]ipos,
quien se dirige (segunda lectura), en la que destaca un doble mo- vimiento, que caracteriza la vida de Cristo y la de todo cristiano: abajamiento/alzamiento; humillación/glorificación; oscuridadllumino- sidad; despojo/trasfiguración; pérdida del nombre y de los los/adquisición del «Nombre sobre-todo-nombre».
La trama
Recorriendo rápidamente el texto, quisiera aludir ante todo al de- talle del discípulo que, para defender a Jesús, desenvaina la espada, cortando una oreja al criado del sumo sacerdote.
«... Envaina la espada».
Jamás Jesús se ha encontrado tan indefenso como cuando alguien ha intentado defenderlo de una manera equivocada.
Quiere vencer únicamente con el amor.
Cuando se pretende vencer con otras armas (poder, leyes, astucias mundanas, diplomacia terrena, finanzas) él sale derrotado (por los amigos, entendámonos, no por los adversarios), y continúa repitiendo: Depón ese arma.
Jesús no se deja impresionar por las «espadas y palos» de los enemIgos.
Se alarma por una sola espada empuñada por uno de los suyos. Que se convierte en un arma más, y decisiva, para los enemigos.
El Maestro prefiere que los amigos -como él ha hecho- mani-
fiesten un amor más grande que todo el que les acomete.
La espada no derrota el mal. Lo perpetúa.
Algo más. Judas reconoce públicamente ante la autoridad: «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente».
El traidor, al final, no ha querido sacar provecho del dinero em- bolsado de aquella manera infame. Y hasta se ha «confesado».
Ha sido, en el fondo, un acto de fe. Es más, una profesión abierta de fe.
Pero se trata, por desgracia, de una fe sin esperanza.
Su suerte está comprometida irremediablemente, no por la gra- vedad de su delito, y menos por la falta de fe, sino por un vacío de esperanza.
Los sumos sacerdotes no tienen valor para destinar aquellas mo- nedas a la caja del templo. Pero las usan igualmente (¡y útilmente!) para cerrar un negocio: la adquisición de un terreno.
Nunca se ha de rechazar el dinero. Siempre existe la pretensión de convertirlo, de hacerlo útil para algo, aun cuando de él mane sangre
inocente; también cuando es fruto envenenado de injusticia, o cuando se ha ensuciado con las manos de los mercenarios de la muerte.
Que no nos avergüence nunca, y basta. O se contente con aver- gonzamos ... un poco menos.
«Sálvate ati mismo ... Desciende de la cruz».
Pero el amor mantiene la palabra. Más que los clavos le «sostiene» el amor.
El amor no disminuye ni siquiera en la cruz, cuando está reducido a la impotencia.
Si hubiéramos tenido necesidad de una confirmación, esta es la confirmación definitiva.
Al final morirá dando un gran grito. Es cierto, ese grito lacerante expresa la indignación de todos los torturados, de todas las víctimas de la injusticia, de la violencia, de los sufrimientos más absurdos, del abandono ...
Pero es también una declaración última de amor. Cristo muere «gritando» su amor a todos.
y nosotros hemos de dejamos penetrar por aquel grito y no con- formamos con oírlo.
«Tú puedes moverte libremente, porque yo permanezco clavado en la cruz.
Tú puedes existir, porque yo te amo.
Tú puedes vivir, porque yo, como la semilla, acepto morir». «María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas en- frente del sepulcro».
Si se tratase de una curiosidad banal, ya se habrían ido, desde el momento que ya no hay nada que saber, nada que ver; todo está terminado.
Sin embargo, cuando se ha visto todo, falta captar el significado. La postura de las mujeres es una postura típicamente contempla- tiva. Una mirada que va más allá de las apariencias, aunque las apa- riencias tomen la forma de una gran piedra que sirve para sellar una tumba.
Quizás es la ilustración, real, de la parábola de las vírgenes sabias, capaces de velar con las lámparas encendidas.
El esposo puede llegar precisamente ahora ...
y ya hay un anuncio explícito de la resurrección.
Lo formulan, paradójicamente, los sumos sacerdotes y los fariseos, que piden a Pilato turnos de guardia para vigilar el sepulcro e impedir así que los discípulos vengan a robar el cadáver de «aquel impostor» y vayan después a contar por ahí: «Ha resucitado de entre los muertos».
La profecía de la resurrección está presente en el palacio de Pilato, y la encontramos en los labios de los enemigos (también este es el juego del Espíritu, que sopla donde quiere ... ).
Aunque parezca increíble, ésta, en boca de los responsables de la muerte de Jesús, es la primera fórmula del anuncio de la resurrección.
Los apóstoles, testigos de ese acontecimiento, ya saben desde ahora lo que deben decir. ..
DOMINGO DE PASCUA