Chapter 4 Intergenerational Transfer of Occupational Status and Sex-Typing: How
5.1 Introduction
5.2.1 Intergenerational Status Transfer Revisited
Thomas Paine, Common Sense, 1792.
L
a crisis de los mercados fi nancieros generó unpredecible caudal de sentimientos anticapitalis- tas. A pesar de que las regulaciones gubernamen-
tales fueron una de las grandes causas de la crisis, los anticapitalistas y sus facilitadores en los medios culparon al mercado y exigieron nuevas restriccio- nes. El gobierno ya ejerce un grado de intervención sin precedentes en los mercados fi nancieros, y ahora parece evidente que los nuevos controles económicos irán mucho más allá de Wall Street.
La regulación de la producción y el comercio es una de las dos cosas básicas que hace el gobierno en nuestra economía mixta. La otra es la redistribución: la transferencia de ingresos y riqueza de un conjunto de personas a otro. También en ese terreno los antica- pitalistas aprovecharon la ocasión para exigir nuevos derechos, como un seguro de salud garantizado, jun- to con mayores cargas impositivas para los más ricos. La crisis económica, más la elección de Barack Oba- ma, dejó al descubierto una enorme demanda de re- distribución que estaba contenida. ¿De dónde provie- ne esa demanda? Para poder brindar una respuesta fundamentada a esa pregunta, debemos retrotraernos a los orígenes del capitalismo y observar con mayor atención los argumentos a favor de la redistribución.
El sistema capitalista llegó a su madurez en el si- glo comprendido entre 1750 y 1850 como resultado de tres revoluciones. La primera fue una revolución política: el triunfo del liberalismo, sobre todo de la doctrina de los derechos naturales, y la idea de que el gobierno debía estar limitado en sus funciones a la protección de los derechos individuales, entre ellos los derechos de propiedad. La segunda revolución fue el nacimiento de la ciencia económica, ejemplifi cado en
La riqueza de las naciones de Adam Smith. Smith demos-
tró que, cuando las personas tienen la libertad de per- seguir sus propios intereses económicos, el resultado no es el caos sino un orden espontáneo, un sistema de mercado en el que se coordinan los actos individuales y se produce más riqueza que en una economía dirigi- da por el gobierno. La tercera revolución, obviamente, fue la Revolución Industrial. La innovación tecnoló- gica permitió un apalancamiento que multiplicó sig- nifi cativamente el poder de producción del hombre. Como consecuencia, no solo aumentó el nivel de vida de todos, sino que, además, ofreció a las personas des- piertas y emprendedoras la posibilidad de aspirar a generar una fortuna inimaginable hasta entonces.
La revolución política, el triunfo de la doctrina de los derechos individuales, se vio acompañada por un espíritu de idealismo moral. Era la liberación del hombre de la tiranía, el reconocimiento de que toda persona, sea cual sea su estatus social, es un fi n en sí misma. Pero la revolución económica se expresó en términos moralmente ambiguos: como sistema eco- nómico, existía la idea generalizada de que el capi- talismo había sido concebido en pecado. El deseo de riquezas cayó bajo la sombra de la condena cristiana del egoísmo y la avaricia. Los primeros estudiantes del orden espontáneo eran conscientes de que estaban afi rmando una paradoja moral: la paradoja, en pala- bras de Bernard Mandeville, de que los vicios priva- dos podían producir benefi cios públicos.
Los críticos del mercado siempre se han benefi ciado de esas dudas acerca de su moralidad. El movimiento
socialista se sostenía en denuncias de que el capita- lismo traía aparejados el egoísmo, la explotación, la alienación y la injusticia. En versiones más modera- das, la misma creencia produjo el Estado de bienestar, que redistribuye el ingreso por medio de programas gubernamentales en nombre de la “justicia social”. El capitalismo nunca pudo escapar de la ambigüedad moral en la que fue concebido. Se lo valora por la pros- peridad que trae; se le valora como precondición nece- saria para la libertad política e intelectual. Pero pocos de sus defensores están dispuestos a afi rmar que el modo de vida esencial para el capitalismo –la búsque- da de la satisfacción del propio interés por medio de la producción y el comercio– es moralmente honorable, mucho menos que es noble e idealista.
No es ningún misterio de dónde viene la antipatía moral por el mercado. Surge de la ética del altruismo, profundamente arraigada en la cultura occidental, así como en la mayoría de las culturas. De acuerdo con los parámetros del altruismo, la búsqueda de la satisfacción del propio interés es un acto neutral, en el mejor de los casos, que excede el terreno de la mo- ralidad; en el peor de los casos es un pecado. Es cier- to que el éxito en el mercado se logra por medio del comercio voluntario y, por lo tanto, satisfaciendo las necesidades de los otros. Pero también es verdad que los exitosos están motivados por la ganancia perso- nal, y la ética se ocupa tanto de las motivaciones como de los resultados.
En el discurso cotidiano, el término “altruismo” suele entenderse como simple amabilidad o cortesía.
Pero su verdadero signifi cado, histórico y fi losófi co, es el del sacrifi cio personal. Para los socialistas que acuñaron el término, signifi caba la sumersión total del yo en el conjunto social. Según Ayn Rand, “El principio básico del altruismo es que el hombre no tie- ne derecho a existir por su propio bien, que el servicio a los demás es la única justifi cación de su existencia y que el autosacrifi cio es el deber moral, la virtud y el valor más perfecto”. En sentido estricto, el altruismo es la base de diversos conceptos de “justicia social” que se usan para defender los programas gubernamenta- les de redistribución de la riqueza. Esos programas representan el sacrifi cio obligatorio de quienes deben pagar los impuestos para fi nanciarlos. Representan el uso de los individuos como recurso colectivo, como medio para el fi n de otros. Esa es la razón fundamen- tal por la que cualquiera que defi enda el capitalismo debería oponerse a ellos por motivos morales.