Written Answers to Questions
INTERNATIONAL DEVELOPMENT Developing Countries: Malaria
Universidad de Costa Rica y consultor de traducciones de Sociedades Bíblicas Unidas (Región de las Américas). Jubilado, vive en Costa Rica.
Yo declaro
LA MODA...,
¿NO INCOMODA?
que, de hecho, ya está implícito en la forma verbal: si “declaro”, el sujeto del verbo no puede ser otro más que “yo”. En otras palabras, explicitar el pronombre (“Yo declaro”) resulta entonces de ca- rácter enfático. El problema radica en quién es la persona en la que se está poniendo el énfasis.
Ese uso es comprensible solo cuando quien declara es el mismísimo Dios. Es, en el contexto de la iglesia, atributo exclusivo de la divinidad. La mejor ilustración de este hecho la encontramos en el Evangelio: quienes no reconocían la autoridad de Jesús, lo acusan de blas- femo por atreverse a perdonar pecados, pues “solo Dios” puede hacer una de- claración tal. (Véase Marcos 2.1-12). Por eso, afirmar en estos casos categó- ricamente “Yo declaro” es, a fin de cuentas, asumir el papel de la deidad y, por ende, usurpar la autoridad y el poder que solo a Dios pertenecen. Que se trata de una usurpación se hace evidente cuando al “Yo declaro” le sigue un ro- tundo fracaso, la total negación de lo declarado.
Algo que hay que tomar en cuenta es el hecho de que esta moda del “Yo declaro” puede ser polimorfa, ya que se disfraza con expresiones distintas de esta “fór- mula”. Lo explicamos por medio de dos testimonios que procedemos a ofre- cer.
El primero es personal. El otro tiene que ver con un queridísimo amigo, de una amistad forjada a lo largo de más de medio siglo. Llegó a ser alumno mío tanto en el Seminario como en la Universidad.
Vamos con el primero.
Una pareja de “pastores” visitaron a mi hija, que vivía con nosotros y estaba muy seriamente enferma, con un linfoma “non-Hodgkin”. Antes de despedirse, el esposo me preguntó si podía orar. Pregunta innecesaria, pues ¿cómo le iba a decir que no?: Nunca le he negado a nadie el derecho de orar, ni siquiera a quienes no son cristianos. Después de unas pocas frases en nuestro idioma, comenzó a pronunciar sonidos ininteli- gibles para mí. Y al terminar sentenció:
“He tenido una visión: vi una puerta abierta, con mucha luz. Priscila se va a sanar”.
Priscila, mi amada hija Priscila, terminó no mucho después su peregrinaje terrenal y entregó su aliento a su Creador. Una apostilla aclaratoria, casi obligatoria, viene al punto: Al oír la rotunda decla- ración del “pastor”, le dije, aparte, que quizá la visión significaba todo lo con- trario. Y sucedió lo que me ha sucedido en otras ocasiones: el interlocutor (o, en otros casos, el “interlector”) no per- cibió ni mi escepticismo (producto de otras experiencias similares) ni, mucho menos, la cierta ironía de mi observación. Lo sé porque días después del falleci- miento de mi hija, dicho “pastor” le dijo a uno de mis hijos que yo había in- terpretado bien su visión… ¡Primera vez, en mis entonces 64 años, que me enteraba de que tenía el “don de inter- pretación de visiones”!
No hace falta ningún comentario adi- cional.
El segundo testimonio tiene aspectos similares y, sobre todo, una diferencia fundamental.
El hijo menor de mi amigo era un joven excelente. Se le presentó un cáncer ce- rebral. Sus padres pasaron por muchas vicisitudes, sobre todo al ver sufrir a su hijo y comprobar que todos los esfuerzos de la medicina resultaban infructuosos. Un día, una hermana de la iglesia se le acercó a mi amigo para comunicarle que el Señor le había dicho que su hijo se iba a sanar. Pero el muchacho falle- ció.
Hasta aquí llega la semejanza de ambas experiencias.
Antes de explicar la diferencia, unas casi ponzoñosas preguntas nos vienen a la mente: ¿No resultan ser estas “vi- siones” y “profecías” otra manera de decir: “Yo declaro” (como en el caso referido al principio de esta nota)? ¿No resultan ser, también, una especie de “desaguisado”, quizá piadoso, pero de- saguisado al fin, contra los padres y fa- miliares de los enfermos y contra los enfermos mismos?
Entre estos dos testimonios hubo, tam- bién, una diferencia abisal que, en mi modesta opinión, no habla muy bien de aquel “pastor”.
En efecto, la hermana que le dio aquella “profecía” a mi amigo, una vez que el enfermo hubo fallecido tuvo el valor de acercarse al padre doliente, le confesó que se había equivocado y, lo que es muy importante, le pidió perdón. El “pastor” se limitó a hablar con mi hijo…, ¡y si te vi, no me acuerdo!
Cuarto: ¿Qué significado tiene esta arrogancia de “declarar”, afirmar que se ha tenido “visiones” o que “Dios les ha dicho”? Los dirigentes que han adop- tado esa moda, ¿han pensado, acaso, en los efectos negativos en quienes toman en serio lo que les dicen y luego descu- bren que todo fue “tamo que arrebató el viento”, por no decir “fraude”? ¿Qué va a pensar o decir, y cómo va a reac- cionar el no cristiano que es testigo de estas cosas? ¿Es esa manera apropiada de dar testimonio del evangelio de nues- tro Señor Jesucristo? ¿O somos, más bien, piedra de escándalo? (…y no por el mensaje de la cruz).
Y quinto: Lo que consideramos que qui- zás sea peor: ¿Qué pasa con los miem- bros de nuestras iglesias, incluidos reales o supuestos “veteranos” en la fe, que, en presencia de sedicentes “profetas” cuyas profecías no se cumplen y cuyas “declaraciones” resultan falsas, continúan rindiéndoles pleitesía, guardan timorato silencio y siguen tras ellos como borregos tras un falso pastor?
Uno de los lemas de Juan Wesley, el fundador del metodismo, era “Pensar y dejar pensar”. Hay hoy en nuestro mundo evangélico muchos líderes que no dejan que los demás piensen…, seguramente porque ellos mismos no piensan…, aun- que crean que sí lo hacen. R
Tres Ríos, Costa Rica Mayo, 2017
E
ste es el último capítulo que de- dicamos al comentario del libro “Cantar de los Cantares”. Con- tinuamos a partir del versículo cuatro del capítulo siete, con la descripción del cuerpo de la esposa, conforme a los contenidos de las elaboraciones oníricas de la misma. La siguiente parte del cuerpo que se analiza es la nariz: más bien lo que nosotros entenderíamos como cara y cuello:Tu nariz, como la torre del Líbano, Que mira hacia Damasco.
En la época de Salomón el reino de Is- rael, que constituía por aquel entonces un imperio, por su frontera norte limitaba con el sur del Líbano. En esta frontera había unas torres militares que miraban hacia Damasco, como ocurre en el día de hoy. A veces da la impresión de que el tiempo no hubiera transcurrido. En aquella época, como en los tiempos ac- tuales, los vigilantes de estas torres es- crutaban la realidad que se observaba al otro lado, en Damasco y en toda Siria. Salomón, después de una gran campaña de guerra, había extendido mucho su reino y conseguido un extenso periodo de paz.
Pero vayamos al análisis de esta parte del cuerpo de la esposa, tal y como he- mos venido haciendo en otros capítulos. Comencemos analizando para qué sirve la nariz desde el punto de vista anatómico y fisio- lógico: la nariz sirve funda- mentalmente para respirar. Si interpre- tamos, esta función, desde un punto de vista alegórico, diríamos que la Iglesia tiene que respirar el viento del Espíritu, que es lo mismo que decir que tiene que “pneumatizarse” (pneuma=espíritu, aire, viento) con la misma esencia de Dios. Pero la nariz también sirve para calentar el aire que se respira. Esta fun- ción es muy importante, porque el aire debe de entrar en nuestro cuerpo a una temperatura determinada que sea ho- meostática para nuestra salud. Digamos que la nariz es una especie de aparato de aire acondicionado que se regula según nuestras necesidades vitales. Si llega aire muy frío a nuestros pulmones podemos sufrir afecciones patológicas graves que incluso nos pueden producir la muerte. Pero la nariz tiene más fun- ciones primordiales para favorecer que nuestra salud se vaya deviniendo a favor del principio de la vida. Otra de las funciones de la nariz es la de detener