Jacques de Molay fue quemado el 18 de marzo de 1314, tres días antes del solsticio de primavera, en una pira levantada en las proximidades de la cate- dral de Notre-Dame, en París. Era el vigésimo segundo Gran Maestre del
9. Entre estas leyendas cabría destacar la tradición popular leonesa del «señor de Bembibre», localizada entre los templarios de Ponferrada.
Temple. René Gilles, desde un punto de vista estrictamente hermético (10), apunta la idea de que con esta cifra, identificada con la última letra del alfa- beto sagrado hebreo -la Tav, que predice ruina y corresponde al Plutón de los avernos-, «se puede pensar que las Potencias superiores abandonaron al Temple porque ya había cumplido la misión que le había sido encomen- dada...».
No creo que debamos llegar a conclusiones tan estrictas, pero sí creo, en cambio, que este sentimiento de final, de ciclo cerrado o de misión cumplida, pudo estar presente en el ánimo del Gran Maestre y de sus compañeros cuando, pudiendo resistirse con las armas a la orden de arresto, no movieron una sola espada en su defensa (11). El simbolismo de la Cábala estaba, sin lugar a dudas, más presente en la vida y en los ritos de los templarios de lo que a primera vista podemos adivinar.
Volvamos al proceso que acabó con la orden y, dentro de él, a una de las más grandes acusaciones esgrimidas contra sus miembros. Según ella -cito textualmente la orden de arresto del 14 de septiembre de 1307 «el que es recibido en la orden, después de ser obligado a renegar de Jesucristo por tres veces y de escupir también por tres veces sobre la cruz, el maestre que le recibe le hace desnudar de su ropa y [...] le besa en el extremo de la espalda, bajo la cintura, luego en el ombligo después en la boca y le dice que si un hermano de la orden desea yacer carnalmente con él, debe consentir y sufrirlo según el estatuto de la orden, y que por ello, por modo de sodomía, yacen carnalmente unos con otros...»
Las torturas hicieron que muchos templarios confirmasen esta acusación. Geoffroy de Charney, preceptor de Normandía, declaraba el 21 de octubre de aquel año: «Interrogado acerca del beso, dice bajo juramento que besó al maestre que le recibía en el ombligo...». Y Hugues de Pairaud, visitador de Francia, llamado a declarar el 9 de noviembre, «requerido a declarar si había besado al que le recibía o bien si había sido besado por él, dice bajo jura- mento que sí, pero que solamente en la boca».
Extraña acusación y más extrañas confesiones, aunque fueran hechas bajo la amenaza o el efecto de la tortura. Invitan a preguntarse si no habría en ellas un fondo de verdad del que únicamente habría llegado a torcerse la in-
10. En su libro Les templiers sont-ils coupables?
11. Al menos en Francia. En los reinos españoles, a pesar de la buena disposición de los reyes a no reconocer culpabilidades templarias, hubo varios importantes conatos de resistencia armada en la corona de Aragón. Los castillos de Miravet y Monzón, en Tarragona y Huesca, fueron los últimos en obedecer las órdenes llegadas de Roma en 1308. Se da el caso de que en Miravet murieron en la lucha bastantes templarios, y de que, organizado el sitio de Monzón, los habitantes de la ciudad se negaron a tomar las armas contra los caballeros cercados, que resistieron nueve meses antes de entregarse en condiciones ventajosas.
tención; es decir, si aquel acto de los besos no respondería a intenciones distintas a la acusación formal de sodomía.
En 1794, un obispo alemán -o tal vez danés- llamado Friedrich Munter dijo haber descubierto en los fondos de la biblioteca Corsino de los archivos vaticanos un documento redactado a fines del siglo XIII por Roncelin de Fos, Gran Maestre Secreto del Temple (12). Publicado como Libro de estatutos de la orden de los templarios (Statutenbuch der Ordens der Tempelherren), este documento es más conocido como el manuscrito de Hamburgo, y reproduce una regla secreta supuestamente seguida por los templarios, paralela a la regla reconocida oficialmente en el concilio de Troyes (1128). La autenticidad del documento no ha sido nunca enteramente probada, pero los artículos que contiene muestran haber sido, al menos, redactados con un sentido del sincretismo religioso que sí pudo ser -yo creo que sí fue- patrimonio del Temple.
El artículo 23 de estos estatutos dice: «Si judío o sarraceno os invita a su mesa, comed de todo cuanto se os ofrezca y despreciad a los hipócritas que condenan la convivencia y rechazan el alimento que Dios ha creado, en vez de agradecer al Señor lo que concede al hombre».
Y el 24: «Llevad la guerra con justicia y caridad, tratad de proteger al débil y de castigar al culpable. Sobre todo, no penséis en aprovecharos de la gloria ni de la debilidad de los príncipes, ni practiquéis el saqueo. Durante los tiempos de paz, recordad que vuestro Dios es el mismo que el de los judíos y el de los sarracenos».
Estos dos artículos dan -con otros que no viene al caso citar en este lugar- la clave de una certeza que hemos estado vislumbrando hasta aquí: la bús- queda, por parte de los templarios, de las verdades que unían a los pueblos, y el rechazo de los errores que los separaban. Más adelante, en otro docu- mento del mismo origen, el obispo Munter reproduce las oraciones templarias y nos descubre que, al parecer, entre ellas figura nada menos que la Fatiha, la oración musulmana que abre el Corán. Y afirma que el receptor termina el acto invocando: «Un Maestro, una Fe, un Bautismo, un Dios padre de todos y sea salvado todo aquel que invoque el nombre de Dios».
Conforme a esta idea sincrética de unidad religiosa, el artículo 11 de estos estatutos secretos de Roncelin justifica la acusación que reseñábamos antes,
12. La existencia histórica de Roncelin de Fos está debidamente probada, aunque no así su pretendida categoría de Gran Maestre Secreto del Temple. Efectivamente, este personaje fue recibido en la orden en 1281 y era miembro de una familia noble de la Provenza. En el pueblecillo de Bormes, cerca de Lavandou, se levantan aún las ruinas del castillo de Fos, y muchos de los miembros de esta familia jugaron importante papel a lo largo de la historia de Francia.
pero da una luz sobre su verdadero significado. Dice que el receptor besará al neófito después del juramento, primero en la boca para transmitirle el aliento, luego en el plexo solar y en el ombligo, que manda la fuerza, y finalmente en el miembro viril, imagen del principio creador.
De modo claro y sin segundas intenciones, estamos ante un acto caba- lístico genuino. El beso en la boca es la exaltación del segundo sefira en el Adam Kadmon: JOJMA, la Sabiduría, correspondiente a la letra Beth. El beso en el plexo y el ombligo representa al sexto sefira: TIFERET, la Belleza, y a la letra Vav, Y el beso en el sexo es la exaltación pura, simple y simbólica del noveno sefira: YESOD, la Fundación, y de su letra Teth, la controvertida Tau templaria que, ahora sí, deja patente toda su función.