El problema de la representación fue la primera cuestión intelectual seria que se suscitó entre Inglaterra y las colonias, y si bien no llegó a ser el tema más importante involucrado en la controversia anglo-norteamericana (toda la cuestión de los im puestos y de la representación fue “ un mero incidente” , ha ob servado el profesor Mcllwain, dentro de una contienda constitu cional mucho más profunda1) , fue objeto del más temprano y acabado examen y experimentó la más significativa transforma-
r Charles H. Mcllwain, “ The Historical Background o f Federal Go vernment” , Federalism as a Democratic Process (New Brunswick, N.J., 1942), p. 35.
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ción. Este cambio conceptual tuvo lugar rápidamente; comenzó y, en cuanto a todos los efectos prácticos, concluyó dentro de los dos años de la controversia sobre la Ley del Timbre. Pero la posición intelectual elaborada por los norteamericanos en ese breve lapso tenía profundas raíces históricas; en ella se crista lizaba, en realidad, la experiencia política de tres generaciones. Las ideas que los colonos difundieron, más que crear una nueva situación de hecho, expresaban algo que existía desde largo tiem po atrás; articulaban, y al hacerlo generalizaban, sistematizaban, daban sanción moral a lo que había emergido casual, incom pleta e insensiblemente del caótico faccionalismo de la política colonial.
Lo ocurrido en los primeros años de la historia colonial fue la recreación parcial, no en la teoría sino en los hechos, de una forma de representación que había prosperado en la Inglaterra medieval, aunque luego había sido abandonada y reemplazada por otra durante los siglos XV y xvi. En su forma original, medie val, la representación electiva en el Parlamento había sido un recurso mediante el cual “ hombres del lugar, de espíritu localista, cuyo quehacer empezaba y terminaba donde empezaban y termi naban los intereses de su distrito electoral” se hallaban faculta dos, a título de apoderados de sus electores, para obtener jus ticia ante el tribunal real del Parlamento, en retribución de lo cual se esperaba de ellos que .comprometieran a sus electores, a prestar ayuda financiera. La concurrencia al Parlamento de los represen tantes de los comunes era una obligación que se cumplía a des gano la mayor parte de las veces, y cada comunidad circunscribía a sus representantes a los intereses locales de todos los modos posibles: exigiendo residencia en el lugar o posesión de una pro piedad local com o requisito para ser elegido; fiscalizando de cerca el pago de las remuneraciones por los servicios oficiales prestados; instruyendo minuciosamente a los representantes en cuanto a sus facultades y a los límites de las concesiones permisibles, y ha ciéndolos estrictamente responsables de todas las decisiones toma das en nombre de los electores. A raíz de esto, los representantes de los comunes en los Parlamentos medievales no hablaban en nombre de ese estado en general ni de ningún otro sector o grupo más numeroso que aquel que específicamente los había elegido. 2 El cambio de circunstancias, sin embargo, había alterado drásticamente esta forma y práctica de la representación. En la misma época en que las instituciones de gobierno iban adqui riendo una sólida forma en las colonias de Norteamérica, en Inglaterra el Parlamento había sufrido una transformación. Las
2 Interim. R eport. . . on House o f Commons Personnel. . . (Londres, 1932), citado en George L . Hasldns, The Growth of English Representativo Government (Filadelfia, 1948), p. 130; también pp. iii, 76-77.
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restricciones impuestas a los representantes de los comunes convir tiéndolos en apoderados de sus electorados habían sido elimina das; los miembros del Parlamento llegaron a actuar “no ya sola mente com o representantes locales, sino como delegados de todos los comunes de la nación” . Representando simbólicamente al Es tado, el Parlamento encarnaba de becbo a la nación para los pro pósitos del gobierno, y sus miembros, virtualmente, si no efecti vamente, y simbólicamente, si no mediante órdenes selladas, ha blaban en nombre de todos no menos que del grupo que los había elegido. Representaban los intereses del reino; pues el Parlamen to, según las palabras con que Edmund Burke inmortalizó todo este concepto de representación, no era “ un congreso de emba jadores con intereses distintos y hostiles que cada uno debía de fender, como un agente o un abogado, contra otros agentes y abo gados; sino que el Parlamento es una asamblea deliberativa de una sola nación, con un único interés, el de todos, y en la que ninguna aspiración local, ningún prejuicio local debe servir de guía, sino el bien general, producto de la razón general de todos” . “ Así, pues, las instrucciones” — decía Onslow, presidente de la Cámara— “ que cada distrito electoral dicta a sus propios miem bros, tienen o pueden tener solamente carácter de información, consejo y recom en d a ción ..., pero no son, en absoluto, imposi ciones sobre cómo votar y proceder y pensar en el Parlamento.” Las restricciones impuestas a los representantes, que los conver tían en apoderados de sus electores, habían sido eliminadas.3
Pero los colonos, que reproducían en miniatura las institu ciones inglesas, se habían visto obligados por las circunstancias a moverse en la dirección opuesta. Partiendo de concepciones del siglo XVII, por fuerza de la necesidad realizaron un retroceso, por así decirlo, hacia las,'formas medievales de representación a tra vés de apoderados. Su contorno había recreado en una medida significativa las condiciones que habían dado forma a las expe riencias tempranas del pueblo inglés. Las ciudades y distritos coloniales, a semejanza de sus contrapartes medievales, gozaban de amplia autonomía y era más lo que podían perder que lo que
3 S. B. Chrimes, English Constitutional Ideas in the Fijteenth Cen- tury (Cambridge, Inglaterra, 1936), p. 131. A cerca del funcionamiento p o lítico de esta forma de representación, véase “ The Representation oí In- terests in British Government: Historical Background” , por Samuel H. Beer, en American Polítical Science Revieio, 51 (19 5 7 ), 614-628. La mani festación de Burke corresponde a su alocución a los electores de Bristol, 1774; en cuanto a la casi idéntica declaración del presidente Onslow sobre que “ todo miembro, apenas elegido, pasa a ser un representante de todo el conjunto de los Comunes, sin distinción alguna con respecto al lugar desde-,el cual es enviado al Parlamento” , véase W . C. Costin y J. Steven Watson (com p s.), The Lato and Working o / the Constitution: Documents, 1660A914 (Londres, 1952), I, 392.
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probablemente ganaría al prestar una aquiescente conformidad a la acción del gobierno central. En la mayoría de los casos se sentían más benefactores que beneficiarios del gobierno central, provincial, o imperial; y cuando solicitaban algún favor de las autoridades superiores, procuraban el favor local y particular, privado, en suma. N o contando con suficientes razones para iden tificar sus propios intereses con los del gobierno central, trata ban de que las voces de los intereses locales se mantuvieran clara y distintamente; y donde parecía necesario, procedían — aunque sin mayor conciencia de estar innovando o realizando actos de amplia significación, y nunca en forma exhaustiva o sistemática— a vincular a sus representantes a los intereses locales. Las asam bleas de ciudadanos de Massaehusetts iniciaron la práctica de votar intrucciones para sus delegados ante la Corte General en los primeros años de la colonización, y así continuaron hacién dolo durante el siguiente siglo y medio cada vez que lo creyeron útil. En todas partes, con algunas variaciones, ocurría lo mismo; y en todas partes, como en Massaehusetts, llegó a hacerse una costumbre el exigir a los representantes que fuesen residentes, así como también propietarios, en las localidades que los elegían, y el fiscalizar todos sus actos como delegados. Con el resultado de que algunos descontentos de la época se sentían justificados al condenar esas Asambleas compuestas “ de labradores simples e iletrados, cuyas inquietudes rara vez van más allá del mejora miento de los caminos, el exterminio de lobos, gatos monteses y zorros, y el adelanto de los demás pequeños intereses de cada uno de los distritos que los han elegido como representantes” . 4
4 Kenneth Colegrove, “ New England Town Mandates” , Publications of the Colonial Society of Massaehusetts, X X I ( Transactions, 1919), 411- 436; W illiam Smith, History of the Late Province of Neto York, from its Discovery t o . . . 1762, I ( Collections of the New York Historical Society
[vol. IV) for the Year 1829, Nueva Y ork, 1829), 309; véase también, II, 14. Cf. la severa crítica de W illiam Douglass a la ley de Massaehusetts exigiendo com o requisito a los representantes “ el residir en la localidad por la que es elegido” . Un caballero, argumentaba, “ de sanos y naturales propósitos, y con residencia en la provincia, un hombre observador y con lecturas, que diariamente trata asuntos d e política y de comercio, se halla, p o í cierto, más capacitado para legislar que un despachante d e ron y cerveza llamado tabernero en una oscura localidad alejada de todo negocio” . A gre gaba que la residencia en la provincia, junto a la posesión de una pro piedad en el distrito electoral, bastaba para capacitar a los representantes.
A Summary, Historical and Political, of th e . . . British Settlements in North-America (Boston, 1749-1751), I, 506-507. Sobre la argumentación de 1728 en Pennsylvania acerca de que un representante era, en el m ejor de los casos, “ un títere del pueblo . . . N o hay ninguna transesencialización ni
transustanciación del ser del pueblo a los representantes así com o no hay una absoluta transferencia en el título de un poder que se otorga a un letrado” , véase R oy N. Lokken, David Lloyd (Seattle, 1959), p. 232. Véase en general, el material reunido por Hubert Phillips en The Development of
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Todo esto, unido a la experiencia común a todas las colonias en cuanto a la selección y control de los agentes que habrían de hablar por ellas en Inglaterra,5 6 constituyó el antecedente de la discusión del primer gran problema importante de la controversia anglo-norteamericana. En efecto, el principal argumento expuesto por Inglaterra en defensa del derecho que asistía al Parlamento de promulgar leyes imponiendo tributos a las colonias, era que los colonos, al igual que “ el noventa por ciento del pueblo britá nico” que no elegía representantes ante el Parlamento, se hallaba
de hecho representado en él. La facultad de votar realmente a los representantes, según se alegaba, era un atributo accidental, y no necesario, de la representación, “ pues el derecho de votar se halla vinculado a ciertas clases de propiedad, a ciertas fran quicias peculiares y al hecho de habitar en ciertos lugares” . En lo que realmente importaba, no existían diferencias entre aquellos que vivían en Inglaterra y los que vivían en América: “ nadie está realmente representado en el Parlamento, todos están repre sentados virtualmente” , porque, como concluía la argumentación:
Cualquier Miembro del Parlamento se sienta en la Cámara, no com o repre sentante de su propio distrito, sino como integrante de esa augusta asamblea por la cual se hallan representados todos los comunes de Gran Bretaña. Sus derechos así como sus intereses, pese a que su propia localidad pueda verse afectada por disposiciones de carácter general, deben ser el objeto funda mental de su atención y las únicas normas de su conducta, y sacrificar tales derechos e intereses por una ventaja parcial en favor del lugar que lo eligió, sería una transgresión de sus deberes. 0
a Residential Qualification }or Representatives in Colonial Legislatures
(Cincinnati, 1921) ; un detallado y excelente informe puede hallarse en
The History of Voting ih New Jersey, de Richard P . M cCorm ick (New Brunswick, 1953), cap. ii. Los folletos editados en Massachusetts en 1754 sobre el controvertido proyecto impositivo de ese año ponen d e manifiesto, en particular, las tendencias de opinión con respecto a la representación antes del período revolucionario. Véanse las listas de Evans 7176, 7186, 7227, 7296, 7303, 7304, 7312, 7319, 7332, 7418; este último, An Appendix to the Late Total Eclipse of Liberty. . . Thoughts o n . . . the Inherent Power of the People . . . Not Given Up to Their Representatives__ (Boston, 1756), por el acosado impresor Daniel Fówle, ‘ fue reeditado en 1775.
5 Los agentes de as colonias en Inglaterra eran de hecho, aunque jamás en teoría, representantes en Inglaterra de sus electores coloniales con estrictos poderes. Los miembros del Parlamento, entre ellos, compartían a veces plenamente el sentimiento de Charles Garth de ser “ representante igualmente de esta provincia d e Carolina del Sud y d e Devizes en el Parla mento” (L . B. Namier, “ Charles Garth, Agent fo r South Carolina” English Historical Review, 54 [1939], 6 4 5 ). Pero al desencadenarse la crisis se hizo evidente que considerar a los agentes, en algún sentido constitucional, representantes reales de las colonias en Inglaterra otorgaba mayor base a los argumentos constitucionales, y la noción fue explícitamente impugnada. 6 [Thomas W hately], The Regulations Lately Made Concerning the Co-
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En Inglaterra la práctica de la representación “ virtual” re sultó razonablemente eficaz para la representación real de los intereses importantes de la sociedad, y no suscitó ninguna ob jeción general. Fue precisamente lo contrario, la idea de repre sentación com o mandato, lo que se consideró “ una nueva clase de doctrina política sustentada con fuerza por los actuales des contentos” . Pero en las colonias la situación se había invertido. Allí donde la experiencia política había conducido a una di ferente apreciación del proceso de representación y donde la acción de la representación virtual, en los casos a la vista, se consideraba perjudicial, los argumentos ingleses fueron recibidos con llena y universal repulsa y, por último, con irrisión. Consiste, escribía Daniel Dulany en una cabal refutación de ese concepto, “ en un cúmulo de hechos falsos y de conclusiones inadmisibles” . Lo que cuenta, decía en términos con los que casi todos los auto res norteamericanos coincidían, era la medida en que la repre sentación lograría proteger los intereses del pueblo contra las extralimitaciones del gobierno. Desde este punto de vista la ana logía entre los que no votaban en Inglaterra y quienes no lo hacían en Norteamérica era del todo aparente, pues los intereses de los ingleses que no votaban para la elección de miembros del Parlamento se hallaban íntimamente ligados a los intereses de los que ocupaban bancas en el Parlamento como representantes. Los intereses de unos y otros, “ los no electores, los electores y los representantes, son individualmente los .mismos, para no hablar de la vinculación entre los vecinos, amigos y parientes. La se guridad de los no electores con respecto a la opresión estriba en que su misma opresión hará víctimas también a los electores y a los representantes. No pueden ser agraviados aquéllos e indemniza dos éstos.” Pero tal “ íntima e inseparable relación” no se daba entre los electores de Inglaterra y los habitantes de las colonias. Los dos grupos no se hallaban de ninguna manera expuestos a las mismas consecuencias de las leyes impositivas: “ ni un solo elector inglés puede verse afectado inmediatamente por impuestos aplicados en Norteamérica por un estatuto que ha de tener vigencia y efecto ge nerales sobre las propiedades de los habitantes de las colonias” . 7
lonies and the Taxes Imposed upon Thern, Considered (Londres, 1765), p. 109. Un análisis de los folletos de Whately y otros sustentando el mismo criterio, junto a la réplica de Dulany a todos ellos, se hallará en la Intro ducción a [Daniel Dulany], Considerations on the Propriety of Imposing Taxes (Annapolis, 1765: JH L Pamphlet 1 3 ), en Bailyn, Pamphlets, I.
7 W illiam Seal Carpenter, The Development of American Political Thought (Princeton, 1930), p. 47n; Dulany, Considerations JH L 1 3 ), pp. 7, 10. D el mismo m odo, también, por ej., [Ebenezer Devotion], The Examiner Examined. . . (New London, 1 7 6 6): “ Nada hay, decían los colonos, que pueda conceder una apropiada representación salvo la efectiva elección de
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Una vez aceptada la inexistencia de una natural identidad de intereses entre los representantes y la masa del pueblo, el con cepto de la representación virtual pierde toda fuerza; pues con semejante criterio, escribía James Otis, uno podría “ probar tam bién que la Cámara de los Comunes de Inglaterra representa en realidad a todos los pueblos del globo tanto como a los de Nor teamérica” . La idea, en tales casos, resultaba “ fútil” y “ absurda” : era obra de un “ visionario político” . Era una noción, afirmaba Arthur Lee, apoyándose en citas de Bolingbroke, Loeke, Sidney, Catnden, Pulteney, Petyt, Sir Josepb Jekyll y diversos oradores parlamentarios, que “ en tiempos de superstición habría sido con siderada hechicería” , pues significa que en tanto “ nuestros pri vilegios son todos virtuales, nuestras penurias son reales . . . P o día habernos halagado el que una obediencia virtual hubiera correspondido exactamente a una representación virtual, pero sucede que la inefable sabiduría del señor Grenville logra recon ciliar aquello que, para nuestro escaso entendimiento, parece ser contradictorio, y así una obediencia real ha de ser prestada a un poder virtual.” ¿Quién, precisamente, es el virtual representante en Inglaterra de los hombres libres de Norteamérica?
¿N os conoce, acaso? ¿L o conocemos a él? No. ¿Tenemos algnna ma nera de restringir su conducta? No. ¿L o obligan sus deberes e intereses a preservar nuestras libertades y propiedades? No. ¿Está al com en te de nues tras circunstancias, necesidades, situación, etc.? No. ¿Q ué cabe esperar, en tonces, de él? Nada más que impuestos sin término. 8
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Pero no era únicamente la situación norteamericana lo que ponía en tela de juicip el concepto de representación virtual. L ó gicamente, el argumento podía ser llevado más allá diciendo que toda la concepción, en cualquier lugar o en cualquier forma en que se aplicara, era defectuosa. Si resultaba errada en Norteamé
un representante, o, en su defecto, una evidente semejanza de intereses con quien representa y el partido representado, o, por lo menos, entre los elec tores y los que no lo son' debe existir una entrelazada, inseparable comuni dad de intereses” (p. 1 6 ). Véase, además, entre las abundantes refutaciones de la representación virtual, Maurice M oore, The Justice and Policy of American C o l o n i e s . (W ilm ington, N.C., 1765: JH L Pamphlet 16) ; Richard Bland, An Inquiry into ihe Rights of the British Colonies, Intended as an Ansioer to [ “ ] The Regulations Lately Made [ ” ] . . . (Williamsburg, 1776: JHL Pamphlet 17) ; Some Observations of Consequences in Three Parts. . .
([F ila d elfia ], 1768), pp. 23 y ss.
b [James O tis], Considerations on Behalf of the Colonists. . . (Lon dres, 1765), p. 9 ; Benjamín Church, A n Oration Delitfered March Fifth 1 7 7 3 ... (Boston, 1773), p. 15; [Arthur L ee], “ Monitor U P ” , Virginia Ga- zette ( R ) , 10 de marzo, 1768.
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rica, lo era también en Inglaterra, y debía ser suprimida com pletamente tanto en un lugar como en otro. “ ¿Para qué, enton ces — preguntaba James Otis en un famoso pasaje— , pregonarles duraderos cambios a los colonos en los casos de Manehester, Birmingham y Sbeffield, que no eligen representantes? Si estas localidades ahora tan importantes no están representadas, debie ran estarlo.” Pues, como escribía John Joaehim Zubly, pastor — de origen suizo— de Savannah, Georgia, en una casi literal impugnación de lo que Burke describiría cinco años más tarde como las funciones propias de los representantes,
cada representante en el Parlamento no representa a toda la nación sino sólo al lugar particular por el cual ha sido elegido. Si algunos han sido ele gidos por una pluralidad de lugares, dehen optar por uno solo de éstos. . . ningún miembro puede representar sino a aquellos por quienes ha sido ele gid o; si no ha resultado electo, no puede representarlos y, desde luego, tam poco hablar en nombre de e llo s __ la representatividad se tunda exclusiva mente en la libre elección del pueblo.
Tan difundida se hallaba la convicción, por cierto — una simple cuestión de hecho— , de que la “ representación virtual” en cualquier parte, bajo cualquier condición, era “ demasiado ridicula para ser tomada en cuenta” , que los lories norteameri canos de buen grado la emplearon como fundamento para pro testar contra la representatividad asumida por los Congresos Provincial y Continental provisorios. Pues casi no era una exa geración de los primeros argumentos de Otis al declarar en Nueva York en 1775 que, según el razonamiento de los patriotas, “ todo hombre, mujer, muchacho, muchacha, chico, infante, vaca, ca ballo, cerdo, perro y gato que hoy viven, o han vivido alguna vez, o vivirán en esta provincia se hallan totalmente, libremente y